
Empecemos por lo sagrado. ¿Qué es lo sagrado para cada uno de nosotros? Para mí, es claro, contar con artistas de la talla de Julio Chávez, un orgullo para nuestro país: entrega, pasión, amor, excelencia, sabiduría y todo lo que hace a un actor inconmensurable. Y por si esto fuera poco, además, es un exquisito artista plástico, y se luce la dramaturgia escrita en coautoría con Camila Mansilla, por hidratar nuestra mente y hacernos pensar desde distintos puntos de vista, lo que significa lo sagrado, en tanto, las subjetividades hace que lo representemos de forma diversa.
Cada uno de los personajes de esta sublime pieza teatral representan roles donde se suele posicionar las personas en sus vínculos de pareja y de padres/hijos, rompiendo la idea paradigmática vincular de víctimas y victimarios, nos muestra la profunda complejidad que implican estas relaciones plenas de ambigüedades, ambivalencias y contradicciones.
La historia se centra en Rafael (Julio Chávez), filósofo y afamado escritor que vive de manera ermitaña en un pueblo cercano al mar, luego de dos años de trabajo, escribe un libro intitulado: “Lo sagrado” en el que retoma cuatro años de convivencia con una pareja y el hijo de ella, luego de 8 años de haberse separado. A punto de publicarlo, lo visita su hijastro llamado Gael (Rafael Federman), y le pide que cumpla con una promesa. Aquí comienza la tensión entre ambos y el cuestionario ético.
Los otros dos personajes de esta historia son: Adela (Eugenia Alonso) su secretaria quien decide, luego de años de trabajo, renunciar a su empleo el mismo día que llegaba su hijo, y quedaría solo el ayudante de la finca, José (Claudio Medina) al servicio de Rafael. Ambos aparecen en la primera parte de la obra y representan los lugares de victimización, el que dirán y lo que se dice en el pueblo. Con agudos diálogos que ubican a Rafael en la silla del acusado, hace que el espectador construya un relato del pasado y se haga una imagen del protagonista, y de la relación con Adela. José le marca el goce de haberse quedado tantos años con Rafael y esto si bien, lo señala desde la injusticia, no es un dato menor, es quien le dice con todas las letras que fue su elección.
En la escena en que Gael se encuentra con Rafael, hay un abrazo interrumpido por Adela, que nos deja pensando qué hubiera sucedido si ese gesto de cariño hubiese estado presente… y tal vez, el cumplimiento de la promesa se transformaba en lo que estaba detrás, al decir de Lacan: toda demanda, es una demanda de amor. La intervención de Adela, tampoco es inocente, y eso lo sabremos en un diálogo con Rafael que es posterior a esta escena. Toda esta primera parte, es intrigante y nos da una idea que se arma y se desarma de a poco, así como nuestros pre-juicios.

El pasado y los vínculos para Rafael son tan sagrados que lo transforma en un libro para eternizarlo, es su hijo simbólico. La obra abre el debate sobre si es ético “usar” la vida del otro y el derecho a la intimidad. A partir de este relato, surgen los interrogantes que contienen múltiples aristas: ¿a quien le pertenece ese pasado? Acaso, un escritor aunque lo habiten personajes ficcionales, ¿no está desplegando su propia fantasía y como en los sueños, siempre el soñante habla de sí mismo? Un gran debate que trabaja Justine Triet en forma directa en su película “Los casos de Victoria” en que una abogada quiere iniciar juicio a su ex marido por ser descripta en situaciones de pareja en su autobiografía y al hacerse famoso, su vida privada se hace pública. Y en la película “Anatomía de una caída”, la pareja de escritores se debaten por la utilización de la idea del otro. La pregunta es si quien escribe, siempre transcribe, incluso los recuerdos son encubridores según Freud, con lo cual, cuando se escribe de otro, al igual que en un análisis, ese otro es una construcción subjetiva. Entonces, ¿está violada la intimidad del otro, si ese otro es nuestra re-presentación? ¿Cuál es la ética del escritor en su imaginería si se trata de su autobiografía? O bien, como el caso de la protagonista de “Bebé Reno” en la cual, uno de los personajes (la acosadora) quiere hacerle juicio al creador de la serie (aunque Richard Gadd invento un nombre de fantasía para personificarla). ¿Dónde queda el borde ético hoy, en tiempos de redes sociales, la línea difusa entre lo público y lo privado, sobretodo, cuando ese otro se puede sentir herido por lo escrito?
Lo interesante de la obra es que en lugar de responder, deja ese trabajo al espectador, porque en este caso, cumplir la promesa es prueba de amor y de ser leal a la palabra pero engendra un daño para quien prometió, y no cumplirla es un daño para la otra parte que sale decepcionada. Al mismo tiempo, se abren otros interrogantes: en nombre de la honestidad, cumplir con una promesa que perjudica, ¿es dar respuesta a una demanda de amor o es aceptar el pago de una factura que no nos corresponde, o bien corresponde por haberla prometido? En los tiempos que corren, dar peso a nuestras palabras, es conservar una posición ética. Y en nombre del amor, respecto al vínculo de Adela con Rafael, servicial, cuidadosa, atenta en todas sus necesidades, lo ha dado todo por amor, ¿a la espera de una devolución? ¿El reproche hacia Rafael es una forma de justificar y no hacerse cargo del propio masoquismo y la victimización consecuente? ¿A qué llamamos amor si esperamos algo a cambio que, si no sale del otro de manera natural, lo terminamos acusando de victimario? ¿Hasta donde “darlo todo” es un acto de amor o bien, esconde el deseo de ser el centro de la vida del otro para sentir el derecho de pedirle todo?
Julio Chávez encarna las emociones de Rafael con potencia escénica y un cierto grado de exasperación, consternación, y alta sensibilidad desde un lenguaje no verbal (gestos, manos cerradas, crispadas, miradas exaltadas, esquive de miradas, etc) frente a estos cuestionamientos de quien consideraba su hijo durante cuatro años de convivencia. Consigue trasladar el desconcierto y atravesar al público, incomodando en cierta forma, obligando a no tomar partido, a no juzgar y a tener que pensar, llevando al mismo tiempo, un ritmo vertiginoso durante toda la obra. Sin duda, en este inteligente guión y en esta descomunal actuación, surge el verdadero filósofo que habita en este artista, con sus años de psicoanálisis y su aguda introspección.
Una puesta austera de Ariel Vaccaro, marquetería y estructura con columnas y salamandra en hierro, magnífica iluminación, un escritorio con su máquina de escribir con un velador, una biblioteca importante, todo acorde a la personalidad del dueño de la casa, ventanales que crean sensación de que puede entrar un vendaval hasta desatarse un huracán en cualquier momento, acompañado por la música Diego Vainer que alimenta el suspenso y nos mantiene en un ping pong actoral de alta dinámica (observé que los espectadores, como en el tenis, movíamos la cabeza siguiendo a uno y otro actor).
Una obra de teatro que sería ideal para un debate posterior con el público. Consigue que desnaturalicemos lo aprendido en nombre del amor como aquello que es signado por el sufrimiento más que por el placer de la experiencia y de la vivencia del amor, para interpelarnos en nuestra íntima singularidad sobre qué es lo sagrado de nuestros vínculos.
Se recomienda la lectura de AL DIVÁN JULIO CHAVÉZ con Dra. Raquel Tesone / @Rachel Revart y AL DIVÁN RECONSULTA 2024)
Paseo La Plaza, Avenida Corrientes 1660
Funciones:
Viernes 19.45hs
Sábados 19.30hs
Domingos 19hs