
Tres hermanas con un vínculo mínimo, del orden de lo familiar, pero que en realidad no se conocen más que por ciertas etiquetas que les permiten ubicarse mutuamente, prejuiciosamente, sin ninguna profundidad. Una madre que cae, víctima de un posible ACV, o una dolencia que pareciera ser lo suficientemente grave como para convocar a las tres en un sanatorio y que, a medida que transcurre el tiempo, las obliga a mirarse o a fugar.
Y fugar no es difícil en ese sanatorio casi desmantelado, que preserva unas pocas instalaciones para atención de pacientes y alquila una parte de su espacio para que se filme una película de terror clase C, en la que la producción abarata costos utilizando al personal y a los pacientes y sus familiares como extras.

La película de terror tiene como eje la venganza de uno de los personajes, en la que Diego (Santiago Zapata) oficia de asistente de producción; la historia “real” es la de una familia con un secreto oscuro, y Viviana (Fernanda Pérez Bodria) -la hermana menor- , se erige como la narradora, con la autoridad que le confiere su deseo de ser guionista, lo que le permite distanciarse de las emociones que embargan a sus dos hermanas, Eva, la mayor, encarnada por Fiorella Cominetti, y Sandra, la del medio, a cargo de Fernanda Bercovich, siempre sostenida y asistida por su novio, Damián, que lleva adelante Lautaro Murúa. Estas dos capas se superponen y tensan entretejiendo a los personajes de una con los personajes de la otra, con la necesaria intervención de Nelly (Fabiana Brandán), la enfermera y Ximena (Catalina Piotti), la novia de un paciente que tiene problemas de memoria a corto plazo, ambas a la vez personajes de la película de terror
De pronto, en medio de un juego de dualidades donde Eva, Sandra y Viviana son hermanas, pero a la vez paciente, médica y guionista en la ficción dentro de la ficción, se presenta una situación urgente en la salud de la madre que aún no ha recobrado toda su lucidez.
A suerte o verdad, Fernando Olivera, desde su texto y su dirección, desencadena el secreto que abre las aguas de la fantasía y la realidad ficcional, creando un fenómeno que va dejando -de uno y otro lado- tópicos que encontramos en nuestras propias familias, situaciones hilarantes, lo doloroso y lo cómico que -aún en una situación dramática-, nos puede hacer reflexionar y cambiar, y nos muestra a seres que mutan por deseo, por miedo, por amor o por necesidad de fugarse de una realidad que no contiene sus sueños.

Es destacable la escenografía de Natalia Byne y Ezequiel Galeano que, con gran sobriedad de elementos, arman ese juego de velos que ocultan y a la vez permiten ver, que configuran y borran lugares y espacios y, con ellos, memorias.
El fondo de la escena se presenta los sábados a las 19.30 en el Portón de Sánchez.
