
¿Cuántas veces nos preguntamos, en distintas instancias de la vida, si nuestras decisiones se alinean con nuestros deseos o son solamente fruto de un mandato familiar o social?
“Viejos Laureles” nos lleva a un lugar primitivo, una zona desprovista de exigencias éticas y morales, carente de prejuicios limitantes. Quique, es quien habita este terreno, siendo el personaje que encarna la idea de “vida vocacional” y quien se acerca a la muerte -vejez- portando la promesa incumplida del teatro. Abre la pregunta por el ser: ¿qué quiero hacer con mi vida? En sintonía con este viaje, Cecilia, un personaje que todo el tiempo nos topa con una realidad pesimista que no deja espacio a los sueños ni a lo que somos sin culpa, nos muestra el mundo frustrado de los actores y actrices independientes que se proyectaron durante toda su vida en las marquesinas de la calle Corrientes y no pudieron materializar ese deseo.
La obra de Cristina Sisca es también un recorrido por una calle oscura que esconde un secreto que no puede ser revelado ante Quique, la pareja de Cecilia, y que está siempre latente en las conversaciones con su amigo Pascualito. El figurante “optimista” le reclama a su mujer que no le haya dado un hijo, acto que la actriz -el de criar a un sujeto en condiciones decadentes- considera problemático: “hubiéramos tenido más problemas que los Pérez García”, dice.

El sueco, personaje que está fuera de campo, representa el mundo de la “posibilidad” y de la promesa de que vendrán “tiempos mejores”, lo que Quique siempre quiso y no logró.
Esta pieza teatral es un diálogo entre el recuerdo y el arrepentimiento que está albergado en un refugio para los actores olvidados.
Actúan: Víctor Anakarato, Hugo Mouján, Mirta Seijo.
