
En la sala del Cultural Thames se abre la puerta del living comedor de la casa de los Santillán. Los espectadores tomamos asiento alrededor de ese espacio familiar. Comienzan a ingresar las voces como si estuvieran en la cocina, como en la casa de cualquier familia donde se está preparando la comida y están a punto de almorzar. Los espectadores nos encontramos con cada uno de los miembros de esa familia y tenemos la sensación de convertirnos poco a poco en un integrante más. En esa dinámica donde los vaivenes emocionales nos envuelven, y todo sucede en tiempo real durante el almuerzo familiar, quienes asistimos nos sentimos parte activa de la escena. Y en mi caso, tal como en algunos de los cursos con familias que aceptaban la cámara Gesell, me imaginé supervisando como observadora no participante a Los Santillán, porque ellos me reenvían a algunas de las situaciones que suelen ocurrir en las sesiones familiares. La gran diferencia es que allí, me vi Ingresando sin introducción ni previo aviso, y sin que me consulten, dentro de la intimidad de esta familia que está intentando procesar un duelo. La elaboración de un duelo implica una retracción libidinal y una gran necesidad de nutrirse con amor. Ese amor está simbolizado en el puré con albóndigas que cocinó Inés, la mamá, para almorzar junto a su hermano Horacio, su hijo Juan, su hija Cata, y sus dos nietos.
Me encuentro de pronto observando la escena desde mi lugar de analista, metabolizando los sentimientos inexpresados que circulan en esa “otra escena”, aquella que está más allá de lo que alevosamente es explícito. Por momentos, se hablan a los gritos, hay mucho ruido en la comunicación, las superposiciones e interrupciones en los diálogos, me llevan a preguntarme: ¿qué necesita gritar cada uno, quizá, con el deseo de hacerse escuchar? ¿Es el dolor del duelo de cada miembro de la familia el que grita? ¿Se grita para tapar algo que pueda emerger a través de las palabras? ¿Qué nos produce tanta risa: lo “no-dicho”?

Existe una especie de maltrato generalizado y naturalizado, en ocasiones, hay un flagrante destrato, e impacta por que da lugar a que se tome conciencia del absurdo de algunas situaciones cotidianas. Como telón de fondo, detrás de lo que dicen o no se dicen, se escucha, paradojalmente, un grito de amor. Empezando por Inés, una madre que se hace cargo del hermano con algún tipo de retraso madurativo y motriz, y quien, sin su marido, se siente desbordada. Ese marido aún ocupa un lugar en esa casa, algo que conserva guardado… aunque se haya muerto, es una ausencia presente.
En esta familia son las mujeres, madre e hija quienes llevan sobre sus hombros la responsabilidad de una maternidad cuya función paterna, la deben ejercer ellas. El tío por su estado físico y mental, es como otro niño al que hay que cuidar, y si bien Inés se responsabiliza por él, lo ama y lo cuida, se siente agotada y sola, porque es una hermana que tuvo que hacer el rol de madre con él. Al mismo tiempo, como madre, Inés se siente excedida para responder la demanda de amor de sus hijos, hasta el momento que irrumpe una situación inesperada. Es esa circunstancia en la que aparece el vecino y el encargado de la seguridad del country de Pilar (donde está situada la casa). Ese lugar familiar que parecía turbulento pero seguro, se carga de emociones frente a un afuera peligroso.

En la medida que va interactuando la familia, se crea una escena desopilante y cómica, y poco a poco, se devela lo que debe quedar como secreto familiar.
Imagino a esta familia en mi consultorio, hablando del vecino quien amenaza con denunciar aquello de “lo que no se habla” y del poder que otorga saber algo que debe esconderse pero que todo el country lo sabe aunque todos hacen que no lo saben, porque “de eso no se habla”. Y no se habla con la idea de proteger a uno de los miembros de la familia, como un acto de amor, aunque lo que muestra la obra es que lo que verdaderamente libera de la carga, es la palabra para lograr perdonarse y transformarse.
Tomando la figura del padre muerto, podemos hacer una lectura a nivel transubjetivo de la Argentina. El papá era abogado, dejó libros de leyes que a “nadie le interesa”, lo que podría ser una alusión a los “padres” políticos muertos de nuestro país. La alegoría a una falta de legalidad y de leyes que se transgreden o cambian según el gobierno de turno. Cuando se carece de un marco que hable en Nombre del padre, se arroja a la población a una situación violenta y descontrolada. Esa familia nos habla de esa desolación, de esa falta. Las familias argentinas están atravesadas por un sistema capitalista patriarcal representadas en la escena por las dos madres, Inés y su hija, Catalina, madre de dos hijos, separada, exigida a trabajar y sostener la función paterna porque el padre de sus hijos, lo que más sabe hacer es culparla de todo, sin responsabilizarse de nada. ¿Cuántas madres están en esta situación en nuestro país, cuántos padres ni siquiera cumplen con la cuota alimentaria porque no hay una ley clara que la regule?

El personaje del vecino magistralmente interpretado por Hernan Cuevas, tiene sus matices pasando de ser distante y amenazante a derribar su propio muro hasta lograr sentir la cercanía y hasta cierta ternura hacia esta familia. Esto es otro logro de la dramaturgia que hace que nos podamos identificar con un vecino que se siente damnificado tanto como con la familia. El rol que juega el encargado de la seguridad, tiene un gran despliegue de muchísima comicidad un personaje a la medida de Juanma Artaza, quien termina involucrado afectivamente con la familia. La interacción con este personaje denota otra característica muy argentina, y es que la mayoría de los extranjeros, suelen destacar que se los aloja con calidez y se los hace sentir miembro de la familia y de la Argentina.
Es destacable lo parejo del nivel de actuación de cada uno de los actores, Polly Bouquet es muy acertada en su dramaturgia y además en su dirección, hace lucir a todos los personajes por igual con maestría. Cecile Caillon en el papel de madre de Juan y Cata, y abuela de sus nietos, nos hace vivir la montaña rusa emocional que la hace perder el timón, Matías Labadens, interpreta al hijo mimado que está en vías de deconstruir su estereotipo masculino y las dificultades que eso significa, Gaby Schapiro trasunta verdad en todo momento con su cuerpo y su gestualidad en el rol del tío y Susi Gianone brilla con su naturalidad, mostrando todo el peso de la responsabilidad que conlleva ser una madre argentina buscando un sostén en su madre y su hermano, un brazo donde poder relajarse sin ser juzgada.

Con una puesta en escena original, esta obra nos permite realizar una experiencia de inmersión teatral que espeja a la familia y la sociedad argentina, y nos permite comprender por qué valoramos tanto los argentinos el espacio que nos ofrece el diván (el que compartimos en familia y el que nos brinda nuestro analista).

Ficha técnico artística
JuanMa Artaza, Cecile Caillon, Hernán Cuevas, Susana Giannone, Matias Labadens, Gabriel Schapiro
Dirección y dramaturgia:
Duración: 70 minutos
Clasificaciones: Teatro, Presencial, Adultos
