
Los límites entre ficción y realidad se diluyen: un actor actúa de actor, y sus actuaciones se desbordan hasta tornarse reales dentro de la ficción de la ficción. Una tragedia sobre las tragedias y la potencia -demencial y productiva- de una persona apasionada. «El teatro es lo que ocurre en el espacio entre el actor y el espectador». Profundas reflexiones sobre el teatro y las ficciones que nos construimos para vivir se abren paso en esta obra metatextual que dialoga con nosotros, los espectadores. Un hombre simpático y obsesivo nos habla de forma cotidiana; empatizamos, reímos, y de un modo sutil se lleva -y nos lleva con él- a una situación extrema en la que nos preguntamos cómo terminamos allí.
Miles de personajes atraviesan el cuerpo en constante transformación de Roberto Peloni. En un juego actoral impresionante, conviven muchas obras dentro de la obra, pasando de personaje en personaje hasta la locura. La búsqueda de perfección, la obsesión y la exigencia plantean la pregunta sobre el límite entre neurosis y psicosis, y cómo una y otra están más cerca de lo que parece. En una oda a las obras clásicas, este unipersonal planta semillas que crecen hasta desbordar lo teatral y lo humano. Se pregunta por lo que consideramos “éxito” y revela que es una idea que en el fondo trae soledad.

Con una escenografía simple y bella, deja rienda libre a la imaginación del espectador, quien crea en su mente los múltiples escenarios, tiempos y personalidades, solo a través de la expresividad e interpretación de un actor. Gracias al tono natural y liviano con el que nos habla, la dramática de los personajes clásicos no se vuelve densa; al contrario, se potencia por contraste. Por eso impresiona cuando las formas se mezclan, los personajes cohabitan el espacio aún en su ausencia, y todo se descontrola, sin perder la comicidad que sorprende con palabras inesperadas como “hámster” en medio de parlamentos de teatro clásico.
Siguiendo su lógica, pero sin poder predecirlo, al actor le ocurre “el brote”. La potencia se torna diabólica y se quiebran las certezas de la vida y del teatro: el ritual se rompe. Luego, el morbo social lleva a la compañía al “éxito”, pero la situación de fondo permanece, se profundiza: hay una grieta que solo puede crecer. Nuestro actor es un incomprendido y -como en toda buena tragedia- su potencia es tan grande que lo llevará hasta las últimas consecuencias. Al final, tal vez, encuentre su lugar en el mundo.
Actuación impresionante y estremecedora, textos reflexivos y poéticos. Una obra actual por sus temáticas y su modo de abordarlas, que demuestra, en escena, que la vida es una ficción más.
Martes 20:30hs en Teatro Maipo
