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OJOS LÁTIGO – Dirección Leticia Coronel – Por Sebastian Levin

Una fiesta de la memoria, la cumbia, el cuarteto, el rock; una oda a la amistad, un trabajo sobre la masculinidad y la ausencia, una indeterminación temporal del baile. Desde el primer segundo, música, luces y humo dan atmósfera a cuatro personas extasiadas de felicidad, energía y baile, que gozan de la vida que se les sale por los poros. Son amigos, y esta palabra sagrada será el hilo que llevará a cada locura que veremos en el escenario. La dinámica entre ellos es de una particularidad tan inexplicable que se vuelve universal. Confianza, naturalidad, juego y chistes son la base de este grupo de amigos, que ama bailar, actuar, rapear, escuchar música, sentarse en el banco de la plaza.

La ausencia está presente de fondo todo el tiempo en la foto real de los cinco amigos. “Ojos látigo” toca lo documental ya que nace a partir de la muerte del mejor amigo de Leonel Coronel, hermano de la directora Leticia Coronel. La obra desborda de pulsión de vida porque nace del deseo más profundo de honrar a una persona; nace del amor. Haciendo pie en el grupo de amigos, aparece la voz de la directora leyendo un texto, los actores se tornan poetas, la interpelación a público rompe la cuarta pared. Así se construye una dramaturgia más por constelación que por «narración clásica en tres actos».

El grupo de amigos está loco: hacen chistes sin parar, hacen fotos graciosas, actúan de distintos personajes, rapean, juegan al fútbol con una pelota imaginaria, hacen un recital con instrumentos imaginarios, en el que uno hace lip sync y los demás tocan guitarra eléctrica, batería y bajo. Se toman el tiempo, lo gozan, y uno los observa como quien escucha una conversación ajena con tanta atención que ya no puede salir de ella. Por momentos los amigos son tomados por la ausencia y el deseo, y lo onírico toma lugar, en un clima construido por un impresionante juegos de luces y humo, que nos transporta del estado más surrealista hasta el más cotidiano. Sin querer, la obra hace un trabajo profundo sobre la masculinidad, ahonda en los códigos sociales de los varones en grupo: los cuerpos necesitan tocarse, sentirse, pegarse, como formas de mostrar afecto. Son un grupo de amigos, un grupo de pertenencia, y entre ellos reside una verdad que se siente hasta la médula; una ternura.

Piel de gallina genera presenciar un ritual de juego, ternura y memoria. Amigos que viven en el barrio y tienen la potencia de la intimidad abierta en flor.

Domingos 18hs en Teatro El Extranjero (Valentín Gómez 3378)

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