ARTE/CINE/INICIO

GUILLERMO DEL TORO : lo monstruoso y lo humano. La barbarie de la civilización – Por Lic. Manuel Larrabure

A lo largo de la filmografía de Guillermo del Toro he descubierto que todas sus ficciones están guiadas por un tema en común, por un paradigma que atraviesa como un rayo vertical el amplio horizonte de sus narraciones: el tema que retorna una y otra vez, el tema que identifica al autor o, en palabras de Emilio García Wehbi, “son las propias obsesiones las que guían el trabajo”. Las huellas identitarias del autor, los deseos y los dolores que marcan a la persona que hay detrás de la magia de la pantalla, el humano que guía a la máquina de la ficción.

Esto, que en un primer momento fue una intuición muy marcada al ver La forma del agua por primera vez en una sala de cine, se confirmó luego al volver —una y otra vez— sobre El laberinto del fauno, película a la que regresé reiteradas veces para revisitar la profundidad emocional, filosófica, política y existencial que habita en el centro de la obra de Del Toro, como el diamante oscuro de su poética.

Ese corazón de lo humano que Del Toro defiende ha sido representado de múltiples formas, siempre entrelazándose con el mito, con el monstruo, con lo temido, con lo rechazado por el curso “civilizatorio”, del cual el cineasta se encarga de visibilizar su carga de barbarie, su lado oculto. Porque mientras la sociedad “avanza”, la pregunta persiste:
¿qué es lo que necesita destruir para poder avanzar?

Si, por ejemplo, ChatGPT escribe por nosotros y reduce los “fallos técnicos” de una redacción desprolija en pos de aumentar la productividad, ¿no es acaso en ese caos donde se expresa aquello intangible que el texto intenta decir?
¿No es en esa manera de asociar, en los saltos lógicos o ilógicos, donde se captura el pulso de lo humano vibrante de una escritura artesanal?
El alma del escrito reside en su sintaxis. En su imperfección.

When todo que perder, todo por temer.

Regresando a la figura de la niña que encarna al héroe deltoreano: la niña sensible y poética, la elegida del Fauno para proteger a su madre —símbolo vital—, la indefensa y valiente que se refugia en los libros y la imaginación en medio del caos de la Guerra Civil española. Anidada en un ambiente militar que pisotea simbólicamente toda su sensibilidad. Metáfora encarnada en esa raíz con forma humana: la mandrágora.

Es ahí donde radica la vida de Frankenstein. En eso humano, imprevisible, que la civilización nos obliga a sacrificar en pos de… ¿qué?
¿Por qué “Víctor, Víctor, Víctor” se enfurece tanto con su criatura? Porque al lograr su cometido nace un nuevo problema para el creador: ahora debe cuidar de su creación. Ahora esa criatura se vuelve autónoma, adquiere conciencia propia. Ahora ha perdido el control.

Si no, ¿por qué la ata?
¿Por qué la humilla?
¿Por qué le niega un nombre propio, ajeno a él?

Víctor desconoce la fuerza de la bestia, pero también desconoce al animal sensible que habita en su interior. Del mismo modo en que no se conocía la sensibilidad del Minotauro hasta que Julio Cortázar, en Los reyes, le otorga voz: bestia temida y monstruosa, pero también bestia encerrada, bestia oprimida. Cortázar devuelve dignidad allí donde la cultura había depositado el horror, invirtiendo la carga simbólica del monstruo: ya no como amenaza, sino como criatura estigmatizada que carga con una proyección ajena.

El monstruo encarna un discurso del otro. Porta cualidades que hablan más de quien las enuncia que de quien las padece. Al representar lo atroz, el Minotauro asume la responsabilidad de ser una máquina de sacrificio. Pero no es más que el chivo expiatorio de una cultura que necesita encerrar una parte de sí misma. Parte que retorna, como el monstruo de Frankenstein, cuya sombra lo persigue “hasta el fin del mundo y el fin de los tiempos”.


La vulnerabilidad

El monstruo no mata nunca.
Bueno, en realidad sí.
Pero el monstruo no mata por placer.

Mata por un odio que le engendró el mundo. Sufrió una injusticia. ¿Cuál? La de haber nacido monstruo. ¿Lo eligió? No. Le tocó. Es víctima pura. No eligió, por tanto no se le puede reclamar responsabilidad alguna por su condición. Sin embargo, el reproche del mundo cae sobre él a través del padre, de su creador. Quien le teme y, por eso, lo encierra.

¿A qué teme el padre?
¿A que se escape?
¿A que use su fuerza?

¿Por qué las cadenas?

Potentes metáforas de Del Toro, que no se encarga de explicar, sino de hacer sentir desde la imagen. Por eso el propio cineasta aclara: no se trata de un mensaje, se trata de una experiencia. De ponerse en el lugar de la bestia y en el lugar del padre. De habitar ambos puntos de vista. Una identificación reflexiva —o post-reflexiva—, post catarsis.

Como dice el monstruo:
“Ya contaste la tuya. Ahora yo contaré mi historia.”

Tan indefenso es el monstruo en su búsqueda de reconocimiento paterno como profundamente humano, a pesar de sus “imperfecciones”.

“No le tengo miedo a la inteligencia artificial, le tengo miedo a la estupidez natural”, afirma Guillermo del Toro.

Frankenstein se dignifica en el perdón. Es humano. No bestia. Su búsqueda de amor culmina en ese gesto final: el perdón al padre antes de morir. ¿Poético?

El sol es la luz, el padre.
El monstruo es la sombra de uno mismo.

Y entonces resuena Walter Benjamin:
Todo documento de civilización es un documento de barbarie.

Porque el problema de Frankenstein no es el monstruo.
Es la relación con el padre.
El problema kafkiano.

——-

El autor trabaja como curador en el museo Sitio de Memoria ex-Esma y recibe mails en la casilla: manu.larrabure@gmail.com

IG: manula.ok

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.