
La medicina perfecta para dar con la muerte, acudiendo a los medios tradicionales, pero evadiendo los clásicos lugares como el propio hogar, se encuentra en un hotel rutero, a las afueras de Buenos Aires, en el año 1940. Los servicios incluidos, que daban a los huéspedes la tranquilidad necesaria para implementar su deseo de letalidad, eran té con veneno, un lago para ahogarse y sogas en las habitaciones. Con el tiempo, el dueño, a quien podríamos imaginar como el gran Jack Torrance cuidando el Hotel Overlook, fallece -tal vez por la locura- y es heredado por su hija: “la doctora”.
“El silencio del jacarandá” comienza con la reestructuración moral del hotel. La heredera observa que los huéspedes que llegan son esclavos de padecimientos que pueden revertirse. Por eso, “la doctora”, la que intenta curar en vez de habilitar el espacio para morir. El mecanismo de reparación espiritual consiste en la contratación de unos actores y actrices que fingen ser empleados o, también, huéspedes del hotel y sus personajes representan aquello que los potenciales suicidas necesitan para no condenarse a su fatal destino. Le Breton nos diría, (…) la naturaleza individual y los pensamientos propios del individuo se desarrollan únicamente en las horas en que se encuentran lejos de todo espíritu extraño, en un tú a tú consigo mismo. (Schelle, 1996, 51). Los actores son espejos que reflejan la grandeza de quienes solo ven miseria, el nuevo servicio del hotel resulta aún más complejo e interesante.

En la historia, además de los huéspedes que arriban con sus malestares, se encuentra Eva, una fotógrafa a la que se le averió el auto y no le quedó más remedio que acercarse al hotel para resolver su infortunio. Vaya las coincidencias del destino que justo allí merodea el fantasma de un pasado amor de Eva que se suicidó por un desamor con la accidentada dama. Su rostro aún en la muerte reflejaba su cariño, decía Victor Frankestein al referirse a su difunta madre. Así se lo ve al espectro de corazón roto, enamorado desde el más allá, ardiendo en su derrota, pero sin desviar su sentimiento al verla otra vez.
En la obra el tema de la muerte no es tabú. La muerte está en el plano real y metafísico. Se habla de ella y también se ve.
Los “contratados” por la doctora, que son llamados con números, quieren quedarse con todo, un deseo antagónico al concepto de “vocación de herencia” derridiano, que ubica a la herencia como un precedente, algo que no es dado y estamos exentos de elegir. He aquí lo trágico, lo realizado desde la desmesurada voluntad – la hybris, concepto fundamental de los antiguos griegos- y no desde la aceptación de la ley divina no escrita: el destino, aquello que el oráculo señala.

Cuando florezca el jacarandá
todo el cielo se va a caer.
No habrá campanas que lo anuncien
ni nadie lo va a detener.
Gracias María Elena por tu poesía. Gracias Nati por tu obra que nos deleita con un florecimiento no anunciado.
Actores y actrices: Rodrigo Ponce (“Dos”); Sergio Castell (“Uno”); Loli Zacarías (“Tres”); Mirta Perazzo (“la doctora”); Luca Panza (el fantasma); Luciana Quinteros (Clara); Lucila Bertoncello (Inés Córdoba); Romina Ruiz Díaz (Eva).
