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LA DUDA con Meryl Streep y Philip Seymour Hoffman (Netflix) – Por Dra. Raquel Tesone

AVISO: Hay spoilers con fines inconscientes…

Doubt es una película que no busca resolver la pregunta, sino instalarla como herida ética. La duda no es un vacío sino, más precisamente, el núcleo mismo del film. Nunca sabemos con certeza si el padre Flynn —interpretado de manera impactante por Philip Seymour Hoffman— es pedófilo. Y eso no es un defecto del guion, es su posición política y moral. La película no habla tanto del abuso comprobable como de qué hacemos cuando no podemos saber, cuando sólo hay indicios, climas, gestos, silencios que son significativos pero no son prueba fehaciente.

Desde una lectura foucaultiana, el problema no es sólo el posible abuso, sino el dispositivo de poder que lo hace pensable y, al mismo tiempo, indecible. La Iglesia funciona como una maquinaria de producción de verdad, en tanto, decide qué se investiga, qué se silencia, qué se desplaza. No busca la verdad, sino la gobernabilidad. El traslado del sacerdote no es un accidente narrativo, es una tecnología del poder que no castiga, redistribuye. No elimina el riesgo, lo administra. El escándalo no se enfrenta, se gestiona. El abuso no desaparece, se muda. Como diría Foucault, el poder no reprime sino que produce realidades.

La escena de la madre del adolescente (estremecedora actuación de Viola Davis) con la directora interpretada por Meryl Streep es brutal y central, donde la agudeza de sus mínimos gestos, sus miradas suspicaces, sus entrecejos fruncidos, dicen más que las palabras. El guión es impecable por mostrar en los detalles más nimios una constante tensión entre los protagonistas que conlleva un fuerte suspenso. En este intercambio, cuando la madre dice que prefiere que su hijo esté con un pedófilo antes que con un padre golpeador, no banaliza el abuso: revela una lógica de supervivencia. En un mundo donde su hijo es negro, pobre y señalado, el cura representa —aunque sea de manera ambigua— una posible protección simbólica, una salida, una promesa de futuro. El padre violento es un real sin mediación; el cura encarna una figura ambivalente, peligrosa quizás, pero socialmente poderosa. Ella elige el mal menor para que su hijo pueda dejar de ser golpeado permanente. Es devastadora esa escena porque ya no deja lugar a juzgar, ya que no lo entrega a un pedófilo, lo salva de un padre que lo destruye física y emocionalmente. 

El personaje de Streep, aunque despierte rechazo por su perfil psicorrígido, no es “la villana”. No actúa desde el sadismo, sino desde una certeza defensiva. Necesita creer, necesita crear un orden sin fisuras. Su estructura rígida protege al Yo del derrumbe. La duda es intolerable porque abre la angustia. Por eso, cuando al final confiesa “I have doubts”, no es una victoria moral, es una caída subjetiva. Siente que puede haber destruido una vida posible —la del cura, quizá— pero también ha quedado tocada por la grieta que ella misma abrió, contemplando que dejó a salvo la vida de un menor sin defensa alguna.

Al final, luego del diálogo con la madre, decide echar al cura, pero no expulsar al niño de la escuela. Escucha ese pedido desesperado de su madre de no dejarlo marcarlo, de no sellarle un destino. Ahí aparece la compasión como acto e sensibilidad que no puede suturar con la ley. La ley del padre es inexistente. El niño queda como resto, como objeto de disputa entre discursos adultos: la Iglesia, la madre, la institución escolar, la moral. Nadie puede garantizar su bien.

Que la película no trate de la pedofilia en sí, sino del poder, la fe, la sospecha y la responsabilidad cuando no hay pruebas, le da una profundidad enorme. Nos deja sin consuelo. Y quizás esa sea su mayor honestidad, mostrar que no hay decisión sin pérdida, no hay certeza sin violencia, no hay inocencia que quede intacta. 

Freud pensó la religión como un sistema de renuncia pulsional a cambio de protección simbólica. La Iglesia exige castidad, pero no trabaja el deseo, por el contrario lo reprime, tornandolo pecaminoso. Y lo reprimido no desaparece, retorna. No necesariamente como abuso, pero cuando retorna sin elaboración, puede hacerlo de las formas más siniestras. No se trata de decir que “la represión produce pedófilos” (eso sería simplista y falso) sino de interrogar qué sucede cuando una institución prohíbe el cuerpo pero no ofrece espacios de palabra, de elaboración del deseo. Cuando el goce no puede simbolizarse, busca salidas laterales. Y en ocaciones, encuentra cuerpos vulnerables donde descargarse.

Hay otro personaje crucial: la hermana James. Parece ingenua y no lo es. Representa una posición subjetiva dentro del dispositivo eclesiástico, la dimensión afectiva del lazo pedagógico. Ella sabe que educar es también querer, alojar, confiar. Su deseo es que la escuela sea un espacio menos disciplinario y más vivible, donde el aprendizaje no esté sostenido sólo por la ley, sino también por el amor. Encarna una función maternalizada dentro de la institución. Es quien escucha, cuida, se conmueve. No traduce inmediatamente el sufrimiento en acusación. Su posición no es ciega, es confiada: cree en la posibilidad de un Otro respetable.

Frente a la rigidez de la hermana Aloysius (Streep), la hermana James funciona como contrapunto con una ética del cuidado más que del control, una pedagogía del afecto antes que del disciplinamiento. Sin embargo, la película no la idealiza. Su fragilidad es creer para no saber. Su afectividad, que humaniza, también la vuelve vulnerable. En ella, la duda no se transforma en acto, sino en angustia. Paga el costo de sentir. Podría pensarse que representa la ilusión de que el amor basta para proteger, y la película muestra que no siempre alcanza. El afecto sin ley puede quedar capturado por el poder; la confianza sin interrogación puede volverse cómplice sin quererlo. Y sin embargo —y esto es clave— ella es la única que no goza del poder. No expulsa, no acusa, no asciende, no castiga. Sólo padece. En ese sentido, es el personaje más ético en términos humanos, aunque no el más eficaz institucionalmente. Si Aloysius encarna la ley sin amor, el sacerdote la autoridad ambigua, la hermana James encarna el amor sin ley. Y la película no elige entre ellas. Nos deja en el conflicto abierto. Ese conflicto es el corazón del film.

El sacerdote, incluso si fuera inocente, no es sólo un individuo: es también un síntoma institucional. Encarnación de una función que el sistema necesita para sostenerse. Es carismático, cercano, capaz de generar adhesión. Cuando una institución deposita tanto poder simbólico en un sujeto, lo vuelve intocable… y a la vez, peligrosamente impune.

Seymour Hoffman realiza una interpretación excelsa de esa seducción que no es inocente y que es muy compleja de interpretar porque se trata de una seducción como don y como herramienta. Y cuando se combina con rasgos psicopáticos (frialdad afectiva, manejo del discurso, ausencia de culpa), el poder se vuelve aún más opaco. No porque todos los sacerdotes lo sean, sino porque la institución ofrece el escenario ideal para que ese perfil prospere sin ser rápidamente detectado. Esto vuelve todavía más perturbadora la posición de la hermana Aloysius, porque no se enfrenta sólo a un hombre, sino a una estructura que sabe absorber el escándalo sin transformarse. Su gesto es violento, extremo, quizás injusto. Pero también es el gesto de quien intuye que, una vez que el sacerdote se va, el riesgo no desaparece… se redistribuye.

La duda entonces ya no se limita a la culpabilidad individual. Se desplaza hacia una pregunta más inquietante:

¿qué hace una institución con aquello que sabe o sospecha, pero no quiere revelar o no sabe nombrar?

Duda abre nuestras dudas y no nos pregunta por la pedofilia, sino por aquello que puede ser causa y sostén de la perversidad:

¿qué estamos dispuestos a no saber para que el sistema siga funcionando?

Porque a veces la verdad no se niega, al decir de Foucault se gestiona, formando nuestras creencias disfrazándose con bellos ropajes.

Es una película que, como el inconsciente, no responde:insiste.

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