
Advertencia: hay spoilers, aunque el verdadero riesgo es pensar la serie en serio.
Esta miniserie no comienza con Marie Adler como “víctima de violación”, sino como víctima de la incredulidad, y ese gesto no es menor. Está basada en hechos reales y lo que la vuelve original es que la escena fundante no pone el eje en el abuso, sino en el momento en que la obligan a decir “mentí”. Ahí el trauma se duplica, primero en el cuerpo y luego en la palabra. Primero la violencia real, después la violencia simbólica.
La serie muestra con crudeza cómo la violencia institucional es una de las formas contemporáneas del patriarcado. No necesita gritar ni golpear. Alcanza con desmentir, con sembrar duda, con invertir los roles, hasta que la víctima termina sintiéndose culpable frente a sí misma y frente al mundo. Es ahí donde el Estado se vuelve agresor. Es como sufrir una segunda violación, ahora por parte de quienes deberían proteger.

La policía aparece como parte de un sistema históricamente masculino, formado en la sospecha, el control y la fuerza. En ese dispositivo, el relato de una mujer violada suele leerse como exageración, fantasía o manipulación. Hay un goce del poder del que esta institución está investida, y no es casual. El dato que la serie deja entrever acerca de un alto porcentaje de violencia doméstica dentro de la fuerza no apunta a acusar, sino a abrir una hipótesis inquietante: el violador no es sólo un monstruo externo, puede ser un sujeto integrado, incluso protegido por la misma lógica institucional.
Aparecen entonces dos mujeres policías que no “empatizan” en un sentido sentimental, pero escuchan distinto. Y en psicoanálisis escuchar no es creer todo ni desconfiar de todo. Escuchar es no forzar la palabra, no completar el relato, no cerrar rápido, tolerar la repetición, la contradicción, el silencio. Ellas no obligan a las víctimas a “ordenar” el trauma, no buscan coherencia inmediata, no se ofenden ante la pausa. No utilizan el interrogatorio como herramienta principal, sino una escucha atenta. Sin embargo, la serie deja claro algo fundamental: no alcanza con la buena voluntad. La escucha del trauma requiere formación, tiempo y un saber específico. Este tipo de situaciones debería estar en manos de profesionales de la salud mental y no sólo de fuerzas policiales que, muchas veces, carecen del tacto mínimo para alojar una palabra devastada.

El agresor no viola sólo cuerpos. Arma una escena, una coreografía del control. Es un voyeur de la fotografía, ata, manda a cerrar los ojos. Su goce no es ser visto, sino ver. No se trata de placer sexual, sino del dominio sobre el cuerpo del otro. Aquí se puede pensar con Foucault el poder sobre los cuerpos, con Freud la compulsión a la repetición y con Lacan el goce, diferenciado de la satisfacción sexual y ligado a la pulsión de muerte. Sumando a Deleuze, el cuerpo no es sólo organismo, es un campo de fuerzas, un territorio político. El violador no toma un cuerpo, lo coloniza, lo reduce a superficie de inscripción de su poder.
Otro acierto de la serie es mostrar cómo el clima social naturaliza la sospecha sobre la palabra femenina, dejando a Marie fuera del relato. Mientras el caso avanza, ella queda sola, trabajando, sobreviviendo, casi sin historia, pero marcada en el campo social y familiar. Convertida en “la que mintió”. Y sin embargo, es ella quien encarna la pregunta más radical: ¿qué derecho tiene una institución a destruir un sujeto para sostener su propia falsa coherencia?

Esta no es una serie sobre un violador. Es una serie sobre cómo se escucha, quién tiene derecho a la palabra y qué instituciones están dispuestas a sacrificar un sujeto para preservar su imagen. No es sólo el trauma del hecho, es el encuentro sin velo con lo real, cuando el mundo deja de ser confiable y el Otro ya no protege. Ahí se cae algo del deseo, se rompe el lazo con la vida y, por lo tanto, el lazo social. Quienes trabajamos clínicamente con mujeres violadas lo vemos una y otra vez: no es “miedo”, no es “tristeza”, es una deserotización del mundo.
Mi experiencia clínica se basa en la escucha y en el tiempo que lleva poner en palabras lo traumático. No hay atajos ni protocolos universales. Cada cuerpo necesita su propio ritmo para volver a ser cuerpo deseante. El final de la serie es excelente justamente porque no promete reparación total. La verdad se restituye, pero el daño queda inscripto.

Y creo que algo fundamental que deja esta historia real es su valor como precedente. No sólo por la condena al agresor, sino porque visibiliza el daño institucional, dejando una marca que puede ayudar a que esto no vuelva a repetirse del mismo modo. Que la palabra de una mujer no vuelva a ser triturada por un sistema que dice protegerla.
Ahí aparece nuestra ética como analistas, que no es borrar la herida sino acompañar el proceso, desvictimizar sin negar el trauma y permitir que ese cuerpo ultrajado vuelva a erotizarse, no como reparación mágica sino como reapropiación libidinal, para que vuelva a ser un cuerpo vivo, un cuerpo deseante.
