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PASIÓN – Los Pipis – Por Dra. Raquel Tesone / Rachel Revart

Lo que intento aquí no es una reseña. Es un collage mental. Un montaje. Como ese padre que filma cuando todo se desarma, yo también intento montar una película cuando algo en mí fue tocado por la escena. Y si aparecen muchas emociones, es señal de que la obra no actúa sola. Dialoga con mi historia, con mi práctica clínica, con mi mirada cultural, con mi momento vital. El orden vendrá después. La emoción es la materia prima. Podemos mirar Pasión desde muchos lugares. Pero elijo la mirada del padre que monta una escena para poder contar lo que le duele. Elijo esa posición, casi cinematográfica, porque tal vez sea la única manera honesta que tengo de acercarme a una obra así: encuadrarla sin clausurarla, narrarla sin explicarla. Como si filmara con palabras lo que no es dado al entendimiento.

En mi propia versión de esta obra la madre no es alegoría.

El hijo no es metáfora.

El padre no es recurso narrativo.

La hija no es el epítome de la feminidad, ni el amor entre dos jóvenes es la deconstrucción de lo romántico.

Son posiciones psíquicas en movimiento. Una escena dentro de la escena donde la familia, la patria y la traición se reordenan desde la pasión despertada por la obra.

Mi montaje interpretativo con una cámara quieta sobre la pampa, el viento levantando papeles, un picnic al costado de la ruta. Mientras cuento esta escena, intento no violentar la naturaleza de lo poético. Y poso mi cámara para sostener los puntos de sentido. Fijar un relato sería traicionar su arte. Su lenguaje tan poético, su rima, con cadencia casi versificada, no permite domesticar lo que primero pide ser atravesado.

Es una obra que impacta como una metralleta emocional. Que invita a que algo sedimente. Primero atraviesa el cuerpo. Después decanta. Y recién entonces aparece el pensamiento. Porque lo que ahí se juega no es un concepto sino una experiencia. Algo que se mete bajo la piel y sigue resonando. El pensamiento viene después, casi como un segundo tiempo. Primero hay afecto. Hay estremecimiento.

Me debato en la tentación de explicar cada símbolo, cada gesto, cada metáfora al estilo del padre, pero temo empobrecer la potencia del acontecimiento escénico. No todo lo intenso necesita ser traducido. Prefiero no poner distancia mental frente a lo que nos toca demasiado. La poesía —cuando es verdadera— no quiere ser desarmada. Quiere ser habitada.

“Un pequeño circo está llegando al pueblo”. No es una noticia. Es una irrupción. Desordena la pampa como quien sacude una memoria que parecía quieta.

“Elefantes, camellos y leones”. Figuras de lo no domesticado. Pero este pueblo ya sabía de irrupciones. Un dinosaurio enterrado, un ciego vuelto médium.

“Espectáculo de lona… purpurina, motocross y sobre todo, ocultismo.” Lo exótico no como postal sino como retorno de lo que estaba enterrado. Porque en este pueblo ya hubo un dinosaurio bajo la tierra, ya hubo un ciego que vio más que los otros. Lo reprimido siempre encuentra su forma de volver.

Pero ahora la magia tiene otra forma. Ya no es fósil ni milagro. Hoy es espectáculo. Ahí aparece la dimensión contemporánea: el sujeto sabe que es ficción, pero igual se entrega.

Y allí está la madre, Argentina.

“Hijo no habías perdido el asombro ante el fervor desmedido de artificio construido.”

El asombro es la forma infantil del deseo antes que el mercado lo nombre: un resto todavía no colonizado. La madre Argentina no teme al circo. Teme que el asombro de su hijo quede absorbido por el artificio.

“Hoy vamos a recuperar una patria que se agota, habrá que despedir esta y construir otra.” Suena a duelo. Algo se agota.

“¿Dónde está mi hijo?” No es una pregunta espacial. Es estructural. ¿Dónde está aquello que era mío? ¿En qué momento dejó de ser prolongación de mi piel?

“Del otro lado del quilombo donde la magia se apagaba.” La verdad del espectáculo no es el aplauso: es el cansancio. No es la pirueta: es el parto.

“Bañado de luz luna como agua de bautismo.” El hijo se inicia en la fragilidad de la ilusión. Y llora porque ha visto que la magia tiene costo.

“No tengo nada para ofrecer ahora, nada para darle batalla.” Se cae el Ideal. La Madre no puede retener. Solo puede desear. No solo ama y protege. Es una Madre que pierde poder, porque no logra impedir que siga latiendo el trasfondo trágico.

“Que el vasto mundo te reciba, que recuperes la magia en cada gesto de su triste mercancía.” Ahí el poema se vuelve ético. No se trata de impedir la partida. Se trata de desear que el hijo no quede petrificado por la mercancía. Que encuentre lo humano en lo mercantilizado.

La patria deja de ser símbolo y se vuelve escena traumática. La Madre Argentina no es bandera. No es consigna. Es cuerpo.

“Hijo, no habías perdido el asombro…” La frase no es nostalgia privada. Nombra la caída de una potencia colectiva: la capacidad de asombrarse y desear como condición de vida psíquica y política. Aquello que todavía no fue tomado por el mandato. Quizás por eso duele tanto su posible pérdida.

Es el deseo materno que antecede al relato y al momento del nacimiento. La pregunta “¿Dónde está mi hijo?” es lo que queda cuando el relato se rompe. Y el hijo ya está fuera del útero que lo alojaba. Es el gran interrogante por el destino del deseo, por lo que se cría, por lo que se forma y se pierde inevitablemente. Suena a duelo.

La patria también es un cuerpo que abraza. Y el hijo empieza a soltarse. Y se cruza al otro lado de la carpa. Argentina enfrenta no solo la traición. Hay algo más radical: la deriva hacia una forma de suicidio social. La expulsión del lazo, el abandono del espacio común.

Pero aquí la tragedia no es unidireccional. El hijo no es víctima pura. Elige. Y en esa elección se complejiza todo. La madre pierde poder porque su palabra no organiza el sentido. Y en esa caída, la patria deja de ser emblema.

Y como lo pensó Arnaldo Rascovsky al hablar de filicidio social: sociedades que no saben sostener a sus hijos sin empujarlos hacia el abismo. Y cómo las sociedades exponen a los hijos a riesgos que los sobrepasan y fracturan los vínculos. Allí aparece el contexto histórico y sus huellas traumáticas. Y también el mundo de hoy, que parece haber perdido su eje…

Eso habla de la imposibilidad de alojar la alteridad sin destruirla. Cuando la patria se agota, cuando el ideal cae, el riesgo es expulsar al hijo que no coincide con la imagen esperada. La madre no puede proteger, y el hijo elige irse. La tragedia se produce en esa elección, no en la coacción.

El padre cineasta intenta reconstruir la historia. Intenta montar otra versión del relato. Editar la historia. Reorganizar la escena. Como si el montaje pudiera suturar la fractura. Un padre que intenta sostener puntos de certeza cuando el pasado se vuelve inestable y todo es incertidumbre. Sin relato no hay futuro posible.

Y tal vez este padre que arma su propia película para poder contar lo que duele no hace otra cosa que intentar historizar la pérdida para que no se vuelva pura repetición.

Pero la pasión, como en Shakespeare, excede cualquier intento racional de ordenamiento. La pasión no es argumento: es fuerza que arrastra, que atraviesa cuerpos y conciencias. Y la obra la encarna. Lo que golpea no se procesa linealmente. Se aloja en la respiración, en la voz que tiembla, en el asombro que resiste.

La decantación permite que el pensamiento emerja sin sofocar lo vivido. El circo, con sus plátanos resbaladizos, sus leones, trapecistas y purpurina, es metáfora y cuerpo. La escena se abre al espectador y lo atraviesa.

El dinosaurio, el milagro del ciego, las vírgenes rubiecitas, las putas del zanjón: todo es exceso que activa lo reprimido y permite sentir lo que no puede pensarse de otro modo.

El texto deja entrever la necesidad psíquica de historizar, como bien decía Piera Aulagnier. Porque sin historización no hay identidad posible. El sujeto necesita inscribirse en un relato que le permita metabolizar el pasado.

Pero cuando el relato se reescribe según lógicas del poder, como bien señala Michel Foucault, la memoria se vuelve campo de batalla. Entonces la madre no solo pierde al hijo: pierde el relato que la sostenía. Historizar para que lo que golpea no quede sin inscripción. Reescribir el pasado, si solo tiene sentido para el poder de turno y no para sus habitantes, no inscribe, desarma y el trauma retorna como lo reprimido.

La obra lo revela. Sostiene un espacio donde el hijo, su hermana y la madre, el padre y la historia de amor con el compañero del pasado, puedan encontrarse, aunque sea en fragmentos. Y entre esos fragmentos asoma el recuerdo de un amor juvenil, como si la infancia y el deseo fueran restos luminosos en medio de la tragedia. Y por momentos, nos convoquen a reinventar un mundo posible.

Circula en la obra un viejo mito familiar: guantes que curan, como si esa Argentina herida todavía conservara la ilusión de reparar lo irreparable.

“¿Dónde está mi hijo?” Reverbera en otros interrogantes. ¿Dónde va lo que criamos cuando ya no nos pertenece? ¿Qué ocurre cuando la historia se reescribe y el suelo simbólico se mueve bajo los pies? ¿Cómo se sostiene el deseo cuando la memoria colectiva pierde estabilidad? ¿Qué es una patria cuando ya no puede proteger?

Y ahí la obra alcanza su fuerza máxima: porque no necesita ser explicada, sino habitada. No es azar que este texto toque fibras sensibles de la argentinidad. Trabajar la tensión entre proteger y dejar ir: una Argentina que aloja y al mismo tiempo nos eyecta al exilio. Ama y aún así no logra impedir el desastre cuando el hijo se arroja a un destino de expulsión, de marginalidad, de autoaniquilación simbólica y no puede detenerlo.

No es la madre todopoderosa del mito. Es la madre caída. La que ya no organiza la ley ni garantiza sentido. La que intenta proteger y descubre que su palabra no alcanza. Ahí la patria deja de ser emblema y se vuelve escena traumática: una madre que ya no puede alojar a sus hijos sin expulsarlos, que no logra impedir que el lazo social se rompa.

Cuando el cuerpo dice “¿Dónde está mi hijo?” y tiembla, dice: ¿Dónde está aquello que era mío? ¿En qué momento dejó de ser prolongación de mi piel? Es también una pregunta transgeneracional. ¿Dónde están nuestros hijos cuando el relato que los sostenía se desarma? ¿Qué heredan cuando el Ideal cae antes de tiempo?

La pregunta se vuelve escena, y el acto teatral nos interpela con arte y lo inscribe para nuestro futuro. Nos hace descubrir que aún podemos impedir que nuestros hijos se arrojen al abismo.

“Que el vasto mundo te reciba, que recuperes la magia en cada gesto de su triste mercancía.” No se trata de impedir la partida. Se trata de desear que el hijo encuentre lo humano en lo mercantilizado. Que no pierda deseo.

“No tengo nada para ofrecer ahora, nada para darle batalla.” Aquí la obra toca lo real: cuando el discurso se cae y lo que aparece no es explicación sino temblor. La Madre no puede detener la fuerza que arrastra al hijo hacia una escena donde la ilusión se desarma.

Su pérdida no es solo íntima. Es simbólica. Pierde autoridad, pierde capacidad de protección, pierde su lugar en el relato. Y en esa pérdida se revela algo más inquietante: cuando la función materna ya no logra alojar ni orientar, el riesgo no es la rebeldía del hijo, sino su caída en la intemperie. La tragedia no está en que el hijo se vaya. Está en que nadie pueda garantizarle un suelo estable donde caer.

La madre Argentina no pide obediencia. Pide memoria. Que no se olvide del pochoclo. Ni del dinosaurio.

Y ahí empieza el verdadero trabajo de Argentina: habitar la fractura, reconocer la pérdida de poder de la madre, sostener el asombro y, aún en la traición, percibir la fuerza de la vida que sigue. Que sigue como esta obra acompañando con su eco. Sin cerrar. Que algo siga trabajando en silencio, como lo hace el inconsciente.

Por algo en esta puesta, los actores incluyeron una escena cinematográfica que inspiró la descomunal dramaturgia de Federico Lehman, donde el elenco construyó su propia película. Porque montar es intentar historizar. Es darle forma a lo que golpeó para que no quede como resto mudo. Entre el impacto y la comprensión hay un tiempo de decantación. Y es en ese tiempo —no antes— donde puede nacer otra patria posible.

El padre historiza para sostener puntos de certeza; la obra, en cambio, reinterpreta para sostener puntos de sentido. Yo acepto que todo relato es versión. Y quizás ahí radique la necesidad psíquica de historizar: no para cerrar el pasado, sino para que no se vuelva puro goce repetitivo. Defender mi asombro ante tanto arte quizá sea una de las últimas formas de imaginar un porvenir. Lo que no fue elaborado retorna, pero es en el acto creativo de los hijos donde también puede abrirse otra elaboración posible.

Y en ese sentido, esta obra es un hecho teatral que persiste, que late con intensidad y deja resonando lo vivido mucho después de que la función termina. Como el viento que levanta papeles en la pampa, la obra sigue moviendo lo que creemos quieto, dejando espacio para que la vida vuelva a sorprendernos. Así, Pasión insiste y acompaña, sin cerrar, recordándonos que aún en la fractura, el asombro y la fuerza de lo vivido pueden abrir otra patria posible.

Ficha técnica:

Elenco: Matías Milanese, Federico Lehmann, Matilde Campilongo, Luis Longhi, Camila Marino Alfonsín.
Composición musical y música en vivo: Stevie Marinaro.
Asistencia de dirección: Paula Sanabria.
Música original: Stevie Marinaro.
Diseño de iluminación: Miguel Coronel.
Diseño de escenografía y vestuario: Micaela Sleigh.
Asistencia de escenografía y vestuario: Maia Doudchitzky.
Prensa: Pablito Lancone
Dramaturgia: Federico Lehmann
Dirección: Los Pipis Teatro (Federico Lehmann y Matías Milanese)
Producción Ejecutiva: Jimena Morrone.


Teatro: Timbre 4 (México 3554)  
Funciones: Domingos 15hs.                                                          
Entradas: https://www.timbre4.com/teatro/1241-pasion-una-tragedia-argentina.html              


Este espectáculo cuenta con la producción del Complejo Teatral de Buenos Aires.

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