
Advertencia: hay spoilers para analizar los mensajes secretos.
“Pocas personas tienen la imaginación para la realidad” — Goethe
Hay películas que uno cree haber visto, pero en realidad lo que vio fue el argumento. Y hay otras que se quedan adentro como un sueño. La película de Kleber Mendonça Filho pertenece a estas últimas. Es cine de autor, no cine comercial de Hollywood.
La violencia en este film está magníficamente desplegada porque no aparece de golpe. Se trata de una historia basada en hechos reales, construida a partir de archivos históricos, testimonios de sobrevivientes, periodismo de investigación, juicios a militares, memorias de ex presos políticos e informes de derechos humanos, entre otras fuentes. Es una coproducción internacional junto a institutos de cine de Brasil, fondos culturales y productoras independientes.
Relata una de las tragedias que atravesó Brasil, en un pueblo que el poder intenta borrar del mapa. El actor principal, Wagner Moura, un profesor universitario perseguido, hace una interpretación enorme en cada uno de los matices de su actuación. Es un actor brasileño muy importante, que suele encarnar personajes ligados al poder, la violencia, el Estado y la represión. En Marighella interpreta a un guerrillero que lucha contra la dictadura brasileña, en una línea cercana a El agente secreto, donde encarna a un profesor universitario perseguido. También protagonizó Tropa de élite 1 y 2, y alcanzó fama mundial en la serie Narcos, interpretando a Pablo Escobar.
No es casual que Kleber Mendonça Filho, cuyo cine trabaja sobre memoria, dictadura, violencia social, desapariciones y vigilancia, lo haya elegido como protagonista. En El agente secreto también aparece Andrés Parra, un actor extraordinario, de una expresividad singular: puede ser tierno y siniestro al mismo tiempo, y eso lo vuelve profundamente cinematográfico.
Hay un cruce interesante: los dos actores que interpretaron a Escobar, Parra y Moura, confluyen aquí en un cine político latinoamericano intenso. Escobar, como figura, condensa poder, violencia, Estado paralelo, legalidad e ilegalidad mezcladas, y ese mismo clima atraviesa muchas películas sobre dictaduras, servicios de inteligencia y desapariciones. Es, en algún punto, el rostro del poder en América Latina: de Pablo Escobar al agente secreto.
La película cuenta además con un elenco sólido, la “Tía Sebastiana” es sublime, y cada uno de los roles secundarios tiene un brillo propio.
Pero más allá del lujo actoral y de dirección, lo que sostiene a El agente secreto es su trama. Es remarcable la particular forma en que se despliega la memoria en el protagonista y cómo, a través de él, se narra el intento de borrar personas durante la dictadura.
Y entonces aparece la pregunta, inevitable:
¿se puede borrar a alguien de la historia?
La respuesta es no.
La memoria funciona como lo Inconsciente, lo que se intenta borrar vuelve. Vuelve en sueños, vuelve en películas, vuelve en símbolos, vuelve en generaciones que no vivieron la dictadura pero la sueñan igual.
La película también refleja el clima social y la necesidad de negar esa realidad cruel: el carnaval, la gente en la calle, la vida aparentemente normal mientras ocurría el horror. Es una idea fuerte y, sobre todo, históricamente verdadera.
En Argentina ocurrió algo similar durante la Copa Mundial de Fútbol de 1978, el país festejando mientras funcionaban centros clandestinos de detención. Los mecanismos de defensa, la desmentida, la naturalización de la violencia, permiten que la vida cotidiana conviva con el horror. La fiesta funciona como un tapón de lo siniestro, de aquello que la sociedad no quiere saber por el dolor y la impotencia que provoca.
En la trama, María Aparecida, el nombre de la madre del protagonista, aparece como una búsqueda desesperada a través de su partida de nacimiento. Es un símbolo de identidad perdida, incluso de su propio nombre. La película juega con esa ambigüedad y deja al espectador en suspenso, no sabemos con certeza si ella también fue víctima.
Ese vacío no es un error narrativo, es un mensaje.
Cuando se intenta borrar demasiado, lo que aparece es el fantasma.
Y los fantasmas no desaparecen.
Hay múltiples símbolos para analizar. Uno particularmente potente es el deseo del hijo del protagonista de ver la película Tiburón, prohibida por su abuelo para evitarle pesadillas.
Ese “tiburón” no es solo peligro. Es lo que acecha desde abajo, lo que no se ve, lo que aparece cuando ya es tarde. Como la violencia política cuando la sociedad cree que nada puede pasar. Pero hay un giro: ya de adulto, el hijo cuenta que dejó de tener pesadillas cuando finalmente vio la película.
Ahí aparece algo fundamental, el arte hace algo con el miedo. Le da forma, imagen, relato. Y cuando el miedo tiene forma, se puede mirar, se puede nombrar, se puede simbolizar. Deja de aparecer como pesadilla, como ese Real innombrable del que hablaba Lacan.
Lo que no se simboliza retorna como síntoma o como sueño angustiante.
El arte permite simbolizar; con otra modalidad, lo hace el psicoanálisis.
Por eso esta película resulta indispensable, porque ayuda a resignificar las huellas traumáticas de las dictaduras en América Latina.
El arte elabora lo traumático, a nivel individual y también social.
El agente secreto devela lo oculto, incluso cuando los cuerpos y las identidades se esconden por miedo. El protagonista cambia de nombre, de Armando a Marcelo, como tantos otros.
Hay una escena clave donde ciertas palabras estaban censuradas, “refugiados” no era un término aceptable, “desaparecidos” si, porque ya sus cuerpos estaban marcados por la lógica de la desaparición.
En Argentina sabemos demasiado sobre cuerpos que faltan.
El Golpe de Estado de 1976 no recuerda solo un hecho político. Recuerda una maquinaria de desaparición.
La dictadura no solo mató personas, intentó borrar sus cuerpos, sus nombres, sus historias. Los arrojaron al río, al mar, a la tierra.
Los movimientos guerrilleros también dejaron marcas de violencia social y cometieron crímenes que arrasaron vidas.
Pero no es lo mismo.
Porque cuando lo que se intenta borrar es incluso la huella de que alguien existió, lo que queda en juego ya no es solo la vida, sino la posibilidad misma de hacer duelo.
Solo silencio.
Como señala Silvia Bleichmar, la ética es la posibilidad de identificarse con el sufrimiento del otro. Y cuando ese sufrimiento es negado o borrado, no hay ética posible.
No todo dolor es equiparable, pero todo dolor merece ser escuchado y no desaparecer.
Desde la clínica —y también desde la deontología que orienta nuestra práctica— esto no es un detalle teórico. Es una posición.
Escuchar implica no borrar. Nombrar implica hacer pensable lo inefable.
Hay una frase del juez Ricardo Gil Lavedra, del Juicio a las Juntas, y que quizás sea una de las más claras para pensar la violencia política en la Argentina: “¿Qué guerra puede haber en la cual una acción de combate sea violar una mujer o robarle los bebés a las chicas embarazadas? Eso no es una guerra, esa no es una acción de combate”. La frase introduce una diferencia fundamental: la violencia política, la lucha armada, el terrorismo, pueden ser discutidos histórica y políticamente, pero el terrorismo de Estado introduce otra dimensión, porque el Estado posee el monopolio de la ley, de la fuerza y de la vida de los ciudadanos. Cuando el Estado secuestra, tortura, roba bebés y hace desaparecer cuerpos, ya no estamos en el terreno de una guerra ni de una confrontación entre bandos, sino en el de un crimen planificado desde el poder. Y ahí la película El agente secreto resuena de otra manera: la clandestinidad, los cuerpos que se hacen desaparecer y que son asesinados, los silencios, las identidades falsas, muestran que lo más siniestro no es la violencia visible, sino la violencia organizada en secreto.
Por eso hay algo fundamentalmente ético que no se puede hacer desaparecer: la memoria.
Por eso el 24 de marzo no es solo una fecha histórica.
Es una advertencia.
La memoria no es mirar el pasado, es resignificarlo para impedir que el pasado vuelva como futuro.
Porque los cuerpos pueden desaparecer.
Pero hay algo que insiste.
Algo que vuelve.
Algo que no se deja borrar.
Y eso, aunque duela,
aunque no cierre,
es lo que nos mantiene vivos.



