AL DIVAN/ARTE/CINE/INICIO/TEATRO/TELEVISIÓN

AL DIVÁN OSMAR NUÑEZ – Por Dra. Raquel Tesone – Rachel Revart

PH: Celeste Burgos 

Osmar Núñez, actor y director de escena, atraviesa actualmente un momento de intensa actividad: protagoniza Con Federico, sobre textos de Federico García Lorca, bajo la dirección de Analía Fedra García; reestrena Bergman y Liv, con dirección de Leonor Manso; y prepara el estreno de Haroldo.

Actor multipremiado —entre ellos, el Premio Clarín, Trinidad Guevara, ACE, Cóndor de Plata y Konex—, cuenta con una extensa trayectoria en teatro, cine y televisión. Su formación fue con Carlos Gandolfo y ha sido dirigido por figuras como Daniel Veronese, Luis Cano, Dora Milea y Luciano Suardi.

En cine, se destacan sus participaciones en Relatos salvajes y una vasta filmografía que atraviesa más de dos décadas. En televisión, su reciente trabajo en la serie En el barro lo encuentra en el rol de Aquino, un personaje atravesado por la pérdida y la incertidumbre.

Con una carrera prolífica y profundamente comprometida con el oficio, Núñez se ha consolidado como uno de los actores más singulares y respetados de su generación.

¡Qué hermoso recibimiento en tu linda casa! Un gran privilegio. 

Contame Osmar,  ¿por qué consultarías hoy?

El tema que siempre me apremia, es el trabajo. No puedo no tener un proyecto. 

Pero tenés tres. 

Tengo tres, sí, pero quiero más (risas) Si. Soy un incansable. El trabajo del actor es un trabajo tan desigual, tan bello por un lado y tan injusto por el otro. Ayer estuve grabando para una serie nueva, todavía no puedo hablar pero ya te lo voy a contar más adelante.  Es un personaje breve, también muy particular, pero muy lindo. Entonces, yo tengo la constancia, lamentablemente, o la obsesión del trabajo, no sé si la palabra es obsesión, porque tampoco es que soy un loco pero no sé…

Lo que te angustia no es no tener trabajo, sino la idea de que podrías dejar de tenerlo.

Las dos, creo… Qué bueno cómo me lo decís. Es que últimamente lo audiovisual está muy difícil porque el INCAA está prácticamente cerrado y están las plataformas donde hay posibilidades. Y eso es lo que estoy haciendo ahora para una plataforma, para Disney. Pero   también es muy desigual porque hay poco, no es que hay muchas series. Y tal vez, haces un personaje que actúa en dos o tres capítulos. Y es para  algunos porque somos tantos. Son tantos. A mí, por el tiempo, la edad, me llaman, sí, pero hubo un impasse. No nos olvidemos que la pandemia también dejó  unas averías. 

Absolutamente. ¿Antes de la pandemia sentiste el temor a no tener trabajo? 

No, no, tenía muchísimo trabajo. Estaba como muy pendiente en qué elegir, siempre uno elige, por supuesto, hay cosas que he dicho que no, incluso, pero hoy aparece una imposibilidad, casi te diría, de no poder elegir.

Entonces, la pandemia dejó una marca traumática.  Sin embargo, cuando te vi en Bergman y Liv, me contaste que estuviste durante ese tiempo ensayando con Ingrid, y tampoco paraste. 

Pero la pandemia dejó un agujero negro muy fuerte en todo. No solamente en el trabajo quedó un hueco negro, de verdad. 

Aumentaron las consultas por ataques de pánico, ansiedad…

Me imagino, Y, por eso no hablo solamente hablo de mí. En mi caso, además aunque me ofrezcan un personaje tiene que estar acorde, que no haga papelones, que no tenga que ver conmigo o ideológicamente en lo que respecta a mi formación como actor, y a mi gusto por la actuación. Y que yo sepa que puedo desarrollarlo en breve tiempo, porque  también en la televisión, con la cámara hay mucho menos tiempo que en el teatro. Hay personajes que quizás están muy distanciados de mí y que requiere una elaboración y un trabajo mucho más arduo. 

¿Aquino, por ejemplo, no tiene nada que ver con vos? (En el Barro, temporada 2, en Netflix) 

Claro, Aquino no tiene nada que ver conmigo, pero a mí me gustan estos personajes.

 Le otorgaste una picardía tuya, tu impronta.  

Es que uno en lo opuesto se encuentra en algo.

Porque ese personaje también tiene una cierta ternura.

Sí, claro, tiene la ausencia de un hijo que no sabe qué le puede pasar, si lo van a matar, si no lo van a matar. Si lo secuestraron y el hecho de no saber dónde está un ser querido tuyo, creo que debe ser lo más espantoso del mundo, sobre todo un hijo, ¿no? Es tremendo no saber dónde está tu hijo. Hay algo de ese personaje que no es un arco dramático y punto..Es un ser humano que tiene sus contradicciones, sus oscuridades y sus luces. Es así, yo no puedo juzgar al personaje por lo que hace o por lo que es. Entonces, hay que tomar lo que le está sucediendo a ese ser y que necesita ese personaje, Tengo que sentir que hay alguna conexión con el personaje. Si yo siento una distancia… y si, me ha pasado, pero tiene que ver el tiempo, si es teatro, aunque sea muy complejo, hay tiempo de ensayo, y lo puedo elaborar. Hay más posibilidad de ensayar.  En cine he ensayado mucho, pero en la televisión no tanto y las series tienen otro formato distinto, pero se trabaja a conciencia también. Ayer, por ejemplo, estuve haciendo una  escena con otro actor muy querido, El Puma Goity que lo conozco hace muchos años y es un gran compañero, y nos tomamos nuestro tiempo. Hicimos muchas veces de escena, se analizó, hablamos con el director Martín Odara, y eso relaja. Con Martin ya trabajé el año pasado, hicimos Las Maldiciones que está en Netflix, con Leo Sabaraglia. Y con Leo venimos haciendo un montón de cosas.

Está en la mira de El Inconsciente para pasar por el diván.

Es que Leo es un sol. Con Leo hicimos con Burman, Las Maldiciones (un thriller político que está en Netflix). Un actor estupendo y ha hecho una carrera extraordinaria.

Extraordinaria trayectoria como la tuya. Volvamos a ese temor post pandemia, porque esa sensación no se condice con que estás trabajando en 3 obras, más el personaje de Disney.

Sí, pero las obras son proyectos muy personales, es algo que uno busca. Siempre he tenido proyectos míos, tanto Bergman y Liv como la obra de Lorca, son proyectos de uno. El teatro independiente es  el teatro que hacés porque no lo podes hacer en otro lado, por una cuestión presupuestaria, porque no te llaman para hacer ese rol, entonces, yo lo produzco o por ahi, surge la posibilidad de Pro teatro, o del Instituto que subvencionen los gastos gruesos. En el teatro independiente no pagas un seguro de sala.O sea, las salas comerciales tenés que tener 30, 40, 50 entradas de tanta cantidad de dinero y es diferente el riesgo económico mucho más fuerte. En teatro independiente, hay un porcentaje que se lleva el elenco y otro porcentaje que se lleva la sala para sobrevivir. El Centro cultural de la Cooperación ha sido muy generoso. 

Todas las obras que ví en la Cooperación, son de alto nivel.

Es que seleccionan mucho el material, nos ofrecen hacer este año también hacer Con Federico, porque cuando hicimos el año pasado fue muy cortito porque era dentro del marco del agosto poético. Y así fue Las patas en las fuentes también. Fue dentro del marco poético, como funcionó muy bien, también era con Analía Fedra García. Y como funcionó bárbaro, seguimos y seguimos y seguimos. Se cumplieron ya 11 años este año se cumplen de hacer Las patas en las fuentes. Y siempre, cada tanto volvemos.  El tema es que si no me cierra por más que gane dinero, no puedo. 

Claro, obras como La desobediencia de Marte, son proyectos que no son de producción propia. No la podes reestrenar vos, y son obras excelentes que conmueven y aprendes mucho.

Sí, esa obra es de la producción del Cervantes y del Coliseo. Fue una coproducción, y se presentó en esa sala hermosa del Conicet.  Y después la hicimos en el Pairo, al año siguiente.

Esos golazos son para que los vea todo el mundo.

Sí, sí, es que es una obra para que la vea todo el mundo, todo tipo de público. Sí, es una obra maravillosa. Bueno, Juan Villoro, que es el autor mexicano, es un escritor extraordinario. Juan estuvo aquí en el Conicet, vino a verla, estaba fascinado con el espectáculo, muy emocionado, dio una conferencia, un intelectual, fue en el 2023. Y cuando he tenido obras en el San Martín, o Cervantes, lo que fuera, siempre tenía un proyecto mío que hacía los lunes o los martes, siempre. Toda la vida. Porque yo leo material de algo o me pasan un material, como con Analía que me dice: «Che, hagamos algo sobre el Lorca.» Y nos pusimos a trabajar. Y coincidimos mucho con ella.  Ella me conoce mucho como actor. Yo la conozco mucho a ella como directora. Nos encanta trabajar juntos. Entonces, nos potenciamos. Si hay diferencias, encontramos cómo acordar, porque las diferencias está bueno que existan en todos los órdenes de la vida. En lo artístico donde todo es tan subjetivo, el arte lo es de hecho, así que es mi cable a tierra. Si tengo que depender solamente de lo económico, no cierra. El trabajo tiene que ver con aquello que yo deseo mucho comunicar y con aquello que me interesa, pero quizás no es un proyecto mío. Empiezo a enamorarme después, si me interesa seguro, después me voy a enamorar y me pongo la camiseta de donde sea, sea televisión, cine o teatro.

Ahí hay mucho deseo en juego. Contame cómo nació este deseo.

De toda la vida. No sé cuándo nació porque toda mi vida me gustó actuar, desde muy chico. En la escuela primario te hablo, en los actos ni siquiera levantaba la mano, porque ya me habían asegurado los maestros que iba a decir que si.  Mi padre era un artista, era un cantante extraordinario sin haberse dedicado a eso, cantaba muy bien. 

Y vos cantás muy bien también.

Tengo oído, no como él, pero tengo oído. Y estudié canto. En su juventud cantaba en determinados lugares pero después se dedicó a la familia y a criarnos, hacernos estudiar y a trabajar. Mi padre no paró nunca. 

Y vos tampoco, pero con tu arte. Ese es tu miedo: que te pase algo así como a tu papá. Que tengas que estar pensando en el pan y no en el libro, parafraseando a Lorca. 

Si, si, eso. Exactamente, exactamente. Lo dijiste muy inteligentemente. Y creo que este que pasa algo por ahí. Para mí, los padres son nuestro nuestro cuadro de la vida. 

¿Eso ya lo analizaste, lo trabajaste?

Mucho, lo trabajé, es que es así, te guste o no te guste. El tema de mis padres, y esta cosa que tengo de padre con mis hermanos, no cumplo el rol de mi viejo, soy de los mayores y tengo dos hermanas mayores que yo, después estoy yo, después tengo dos hermanas menores y está mi hermano, el menor de todos. Somos una familia de seis, somos un familión hermoso. Para mí la familia es pilar muy fuerte, siempre están. Siempre y siempre estaré… Eso es algo que ha hecho siempre bien muy viejo, sin duda, con nuestras diferencias, con la vida, con lo político, todo lo que quieras. Hay diferencias políticas y opuestas, pero en lo que respecta a lo amoroso, nos respetamos mucho.

Un aprendizaje para las familias que se rompen por diferencias políticas en nuestro país, y hasta por ser de otro cuadro de fútbol.

En las familias hay maneras distintas de ver la vida y hay que respetarlo. 

Porque el amor, en algún punto, trasciende.

El amor trasciende… Tuvimos buenas infancias, con los traumas que tenemos todos, lo sexual, lo social, lo religioso, todo eso siempre está. En mi familia, no hubo fanatismo, nada exagerado. Mamá era peronista, papá radical, ahí también había una diferencia. Pero era otra época. Porque además los dos eran personas inteligentes, eran obreros inteligentes, porque no eran tipos con título universitario ni mucho menos. Y sin embargo…, hay que criar seis hijos. Y por eso todos queríamos trabajar, todos empezamos a trabajar también desde muy chicos, estudiábamos y trabajábamos, porque veíamos ese esfuerzo de los viejos. Mi primer trabajo fue como vendedor en una zapatería. No, no sabes todo lo que yo he hecho. He trabajado como obrero en una fábrica. Sí, he llegado a ser jefe de personal.

Esos trabajos para los actores, son puro entrenamiento actoral. 

Pero, por supuesto. Distintos roles que me tenía que parar de acuerdo a lo que a lo que me proponían. Y nunca le hice asco al trabajo, nunca, la verdad, laburaba y a la vez, estudiaba actuación. Hasta mis 33, 34 años ni era conocido. Lo mío empezó mucho después empezó.

Y no sólo llegaste a ser célebre, además te hiciste querer. Sos un actor muy querido, además de admirado. El afecto de la gente que te espera post función para felicitarte es muy emotivo. 

Lo que sucede es que yo disfruto mucho con mis compañeros. A mí me costó mucho llegar a desarrollarme como actor. Entonces, una vez que llegue a la Meca, en el año 89, cuando hice Romeo y Julieta expulsados del paraíso, Claudio Nadie fue el director, él ya falleció, era un gran director, un tipo maravilloso con él hice dos espectáculos: uno que tenía una versión sobre Romeo y Julieta de Shakespeare y después una versión de La tempestad. 

El teatro clásico se refleja en tu actuación. 

Y con Ingrid Pelicori, hicimos Agamenón,  antes de la pandemia,  justamente después nos agarró la pandemia y la tuvimos que bajar. En el 2019 estrenamos y fue tocar el cielo con las manos, porque primero hacerlo con Ingrid que es una gran conocedora de todo. Bueno, ella fue la de la idea y la dirigió Manuel Evadni, que tampoco ya está contra nosotros… fue lo último que hizo Manolo. Otro director extraordinario al que extraño todo el tiempo.

Y además fue un trabajo tan delicioso, creo que es una de las cosas más fuertes que he hecho en teatro. 

Deben tener ganas de reestrenarla…

Es que todo es posible y todo es imposible. Lo que pasa es que tanto Ingrid como yo, pero Ingrid creo que me gana por varios cuerpos, siempre está en un proyecto nuevo y en tres o cuatro obras a la vez. Ahora está haciendo Fedra, El Zoo de Cristal vuelven otra vez, está ensayando La muerte de un viajante, y en abril estrenamos Bergman y Liv.  Y siempre plácidamente lo hace, es una trabajadora incansable, una actriz estupenda, gran compañera y gran amiga. Agamenón requería una sala que tuviera una sección de proyección, porque el corifeo y el coro, sobre todo el coro, lo hacíamos nosotros mismos filmado. Éramos nosotros doblados con distintas máscaras y con la proyección permanente. No sabes lo que fue eso. 

Da FOMO escucharte, quisiera poder estar en todo lo que haces. 

Es una experiencia impresionante. Yo nunca había hecho tragedia, donde está todo: lo social, leyes, lo psicológico, todo. Todo. Todos los comienzos del mundo. Así que fue una experiencia extraordinaria. Intentamos reestrenar pero se hacía muy difícil. Tiene que haber una sala con mucha altura para proyectar. Nosotros lo hicimos en el teatro de La Comedia que después se cerró. Ese teatro era ideal porque tenía la altura, y después lo hicimos en el Apolo, en Avenida Corrientes. Ahí duramos muy poquito porque después vino la pandemia y tuvimos que bajar. 

Eso debe haber dejado una frustración grande.

Sí, nos dejó medio rengos. ¿Sabes qué pasa? Son proyectos de muchísimo trabajo y de una entrega corporal, psicológica y que se te trunque ahí cuando estabas haciendo el gran teatro… Yo siempre soñé con el gran teatro. Siempre. Y tuve la suerte, la fortuna de tener directores que confiaran en mí y que me llamaran para eso, como en La desobediencia de Marte,  antes la obra Tomar partido de Ronald Harwood, el autor de  la película El pianista, trababa el prenazismo y el post nazismo, y los juicios de desnazificación. Hicimos esa obra en el San Martín y  fue un éxito impresionante.. Estábamos con Boy Olmi,  había un elenco hermoso. 

Digo, todo aquello que uno ha trabajado tanto para hacer, después cuando bajás… Esa obra requería una sala como la Sala Cuberta con una puesta descomunal. He tenido la suerte de hacer cosas maravillosas. 

Y pienso también en la salud, los años de uno,  yo estoy bien, gracias a Dios, estoy  trabajando,  y me hago estudios y necesito seguir bien porque me da tanta vida la actuación. Veo el mundo de otra manera porque puedo comunicarme a través de grandes textos de autores maravillosos que me han enseñado los distintos caminos en la vida. Eso es lo que tiene la literatura también.

Es lo que transforma tu manera de ver el mundo.

Es que transformamos el mundo. Lo que sucede en esta hora en una obra como Con Federico, es mágico. Lo que nos pasa a todos, a mí me pasa que me olvido que es él el público,  siento que son amigos y que comparto a Lorca. Fíjate las grandes preguntas que hace Federico. No tengo respuestas. Y lo bueno es que nos preguntemos. Que entre todos, uno pueda sentir que no está solo en lo que pensás, en lo que te preocupa, ya sea, en lo social, en lo político, en lo amoroso, en todo. Las grandes preguntas que hacen los grandes clásicos, son tremendas. 

Fijate que ayer destapando el lavatorio, me golpeé con la canilla y ayer tenía que filmar. Y tenía que tener puesto un anillo de este lado y al final no hicimos nada de lo que se pensaba que iba a hacer con la mano o lo que yo pensaba que iba a hacer. Esas son las cosas del actor también, digo, «¿Qué? Pero me estoy boicoteando, me dije: “justo que me ponía en el anillo.» Esas son preguntas que te hacés.

Preguntas que surgen del autoanálisis en que uno ya sabe que puede hacer un sabotaje. 

Si, actos fallidos… Eso lo veía cuando daba clases, que hace mucho que no doy clases pero me encanta la docencia, me gusta dirigir también, tengo ganas de hacerlo. Dirigí anduvo bárbaro Stéfano, con premios, con giras, fue una alegría enorme. Era una obra que yo quería actuar y el actor Norberto Gonzalo, me llamó para dirigirla. Poder ver de afuera, tenés actores que piensan distinto y trabajan de otra forma y también está bueno eso, porque también te sorprende, y vamos probando y voy eligiendo sobre eso que van tirando, lo que yo estoy proponiendo, esto lo pueden tomar a que yo no, bueno, es un ida y vuelta. Es maravilloso todo el proceso creativo. 

O sea,  que tu temor fue desencadenado por la pandemia, porque desde el 88 en Romeo y Julieta, no paraste de trabajar. 

Si, a partir de eso no paré, nunca. 

¿Y cuándo empezaste a analizarte? 

Desde joven,  22, 23 años.  Mi primer motivo de consulta tenía que ver con la enfermedad de mi madre que no me la bancaba, era diabética galopante, y tenía que ver algo afectivo muy fuerte en ella. Era difícil para mí aceptar que estaba enferma. Si bien tenía sus hijos… Mi madre murió muy joven, a los 59 años. Era otra época también con el tema de la salud, no era insulino dependiente, era tipo 2, pero a veces es tan bravo como la otra. Saber que tus viejos se van a ir es tremendo. Hay algo que te empieza a correr, y empezas a auto revisarte, sabes que es la ley de la vida, o lo lógico de la vida. Aunque la vida no tiene lógica porque hay hijos que se mueren también antes que sus padres y eso creo que es aún más terrible…  Lo analicé unos años, y me fue bastante bien. Y después, casualmente antes de morir mi padre, retomé la la terapia. La primera vez por la enfermedad de mamá que temía que empeorara y fue lo que pasó, y la segunda ya estaba trabajando. Papá falleció 10 años después. Este, pero durante ese tiempo no hice terapia, estaba trabajando mucho más que para mí la terapia era eso, mi otra terapia. Podés tener la edad que tengas, pero quedas huérfano, y la orfandad es la orfandad… Uno queda huérfano de muchas cosas a veces en la vida, pero los padres son un peso muy importante en la vida de uno. Y para mí han sido han sido  mis pilares y lo siguen siendo y son los me siguen dando fuerza. 

Están dentro tuyo.

Totalmente. Y por eso digo, qué bueno que que estamos los hermanos, ¿viste? Cuando se necesita, ahí estamos. Aunque no lo necesitemos, también estamos.

Y ocupar un poco el lugar de papá con tus hermanos es como tener a papá dentro.

Soy muy paternal.

Ese aspecto paternal es muy tierno. ¿Era así tu padre? 

Sí, sí, sí, los dos, era cabrón pero eran muy cariñosos. Nunca me negaron el abrazo, estaban hablando y había esta caricia. Nunca tuve problemas en la etapa de  estudiar actuación con lo físico, con lo corporal, con tocar, sea un hombre, sea una mujer.  Todo lo contrario.

En muchas de tus actuaciones lo que conmueve es sentirse abrazado por tu interpretación.

Mi padre cuando cantaba él me decía, fijate cómo está cantando este cantante y cómo canta este otro. Este sabe lo que está cantando y mi padre no había estudiado nada, pero sabía quien transmitía lo que canta. Este no sabe lo que está cantando. Claro, no lo siente. Decía «Vos fijate vos Goyeneche, ¿Cómo interpretaba? Entonces, si él te decía, «La luz del farol” está viendo la luz del farol y lo que representa para él la luz del farol. Y eso me lo decía mi viejo a mí. Quiero decir que mi viejo fue mi primer maestro. Fue el que me enseñó a leer, él leía el diario y cuando empecé primer grado, no leía de corrido, pero ya me asomaba.

Te enseñó el hábito de la lectura y eso hace a tu dicción también para leer los textos en voz alta.

Y sin que él fuera un gran lector después, lo que leí era el diario, todos los días. Y esa observación…  además yo me daba cuenta cuando él cantaba como interpretaba, o sea, fue mi primer maestro. Sin ningún lugar a duda. 

¿Y te ayudó la terapia a elaborar estos duelo? 

Sí, mucho, la terapia y la vida y la familia y los afectos, todo te ayuda. Salvo que te jueguen en contra otra cosa un imponderable, vaya a saber, pero no, no, nada me jugó en contra, fueron duelos difíciles como es un duelo, pero seguimos adelante. La primera fue mujer y el segundo fue un hombre.no porque eligiera aunque no elegía por eso. 

Son transferencias distintas, con la primera trabajaste el tema de lo que te pasaba con tu mamá, tu conexión afectiva, y con el segundo, el sostén con tu papá.

 Yo creo que sí. Y no lo había pensado eso porque en realidad fueron recomendaciones las dos. Es que el dolor de la pérdida, hay algo de aprendizaje muy fuerte ahí. Muy fuerte. Hay que aprender a seguir caminando con eso, como lo hacen los grandes personajes o los grandes autores como Chejov. Los personajes están padeciendo y siguen jugando, divirtiéndose y bailando, y por ahi tienen una afección física o afectiva y sin embargo siguen adelante. Esa particularidad que tiene ese autor, me encanta. Chejov es otro autor que me fascina y que también tu cumplí un sueño haciendo a tío Vania, hicimos giras y viajamos por todo el  mundo con esa obra. Y  fue la primera obra que leí. Fui dirigido por Daniel Veronese. Primero hicimos, Mujeres soñaron caballos, que fue un boom. Después hicimos Un hombre que se ahoga, que era una versión de Tres Hermanas, donde los varones hacían los personajes femeninos y las mujeres hacían los masculinos sin travestirnos. Tio Vania, fuimos por todo el mundo, fue impresionante. Hasta en Rusia. Fuimos al Festival Chejov en Moscú y después fuimos a San Petersburgo,  Inglaterra, Francia. Fue para mí también una alegría. Me gustaría volver también a trabajar con él. Otro director que te que te lleva a lugares insospechados. Es increíble, Daniel, yo creo que ni él sabe el director que es. Porque te lleva a crearte confianza. 

Todos los actores que trabajaron con él me dijeron lo mismo, entre quienes recuerdo ahora,  Ana Garibaldi, y a quienes extrañamos, María Onetto me dijo lo mismo y Julieta Vallina me dijo lo mismo. 

Julieta era una gran amiga. Otra que extraño terriblemente. Maria no era amiga pero éramos compañeros..  Qué grandes actrices…

Estamos hablando de las pérdidas… 

Las pérdidas tremendas, Claudio Da Passano… Hemos trabajado juntos todos en ese equipo, en distintos proyectos, pero yo he estado en varios proyectos de Veronese, o sea, era como una compañía. Y Vania, fue el sueño de mi vida. Eso fue el sueño de la  primera obra que leí y que me impactó en el colegio primario. 

La pelicula Drive my car si la viste te habrá gustado. 

La vi dos veces y la quiero volver a ver. Hay un par de peliculas iraníes que me parecían películas muy valientes, es como El círculo que es una película, ya tiene como 15 años. Otra es el El espejo, otra que me parece maravillosa. Me gusta mucho el cine iraní. Me gusta mucho el cine. 

Y supongo que viste mucho de Bergman, para poder componerlo así a tu personaje. 

Claro, ya había visto muchísimo de Bergman, porque siempre me gustó. Lo primero que vi fue Gritos y susurros,  yo era una adolescente cuando la vi y que no entendía un pito, pero me quedé impactado. A esa edad que si no viviste nada todavía, aunque todo depende de la vida de cada uno, pero yo tenía 16, 17 años. ¿Qué sabía de de todo eso que me estaba contando él? 

Lo resignificas ahora en tu obra de teatro. 

Y claro, después la fui aprendiendo otra vez en el tiempo, pero algo pasó. Me impactó y no dejaba de pensar en las escenas de la película. Algo algo pasa, va más allá de la inteligencia o de la experiencia o del conocimiento,  más allá del intelecto. Los grandes artistas no apuntan solamente ahí.

Eso te caracteriza a vos como actor, uno metaboliza las emociones dentro y fuera de la sala. En La desobediencia de Marte, me pasó que lloré al final que quedé en shock. No me lo esperaba que salten mis lágrimas, fue abrupto y sorpresivo, tampoco entendía que me pasaba que no podía parar de llorar, y la amiga con quien fui, lloró durante la actuación. A mi me pasó otra cosa que me decantó en el apres-coup. 

Lo que pasa que ese personaje era un farsante, pero un farsante con dolor. Era un hombre que tenía toda la sospecha de que el gran amor de su vida había tenido un hijo y que él no lo había conocido y que era este personaje (personificado por Lautaro Delgado Tymruk) Entonces, digo, por ahí no lo era, no se sabe pero esta trampa que le hace a este otro personaje, la hace en el lugar donde él se siente más seguro que está actuando. Entonces digo, ¿cómo no me voy a sentir identificado con un personaje así? Yo sé que no soy padre, pero digo; y si hubiese sido posible… 

Hay que ver si no sos padre…

Es que uno paternar. Y con Lautaro, me acuerdo cómo a través del teatro, se fue armando este vínculo. Si bien habíamos trabajado juntos, en esta obra de La desobediencia de Marte, había que entregar todo. En esa época, ambos estábamos pareja. Y estábamos con nuestras cuitas con lo que nos estaba sucediendo con nuestras respectivas relaciones amorosas. Y nos contábamos que nos pasaba con nuestras parejas, hablábamos los dos muchísimo, muchísimo, Ay, qué bárbaro. Mientras nos maquillamos o a veces íbamos a tomar algo y seguíamos en largas charlas sobre nuestra vida personal. Esta obra potenció mis preguntas sobre la paternidad.  Es una asignatura pendiente para mí la paternidad. Pendiente ya no, digo ya asumí que no, pero me pregunto ¿por qué no lo fui?

¿Será que tu deseo tomó otro camino? Para tener un hijo hay que tener deseos. 

Claro, sí, el deseo estaba. Lo que quizás no estaba era la circunstancia que se debía dar para eso. Entonces, eso no estuvo, como enamorarme perdidamente para ser padre, si no por qué tendría que ser padre.

¿Y nunca te enamoraste perdidamente? 

Yo sí me he enamorado perdidamente. Pasa que no siempre es recíproco. Pero me he enamorado y se han enamorado de mí también, Después de los 30, hay algo que te empieza a parecer, porque si ya estoy de los 30 y pico. ¿Y cómo no soy padre que debe ser una experiencia? Y después empieza el deseo. Hay algo que racionalizas también.

Sí, pero tal vez también hay un mandato. Escucha lo que dijiste. Después de los 30 debo tener ese deseo. 

¡Exactamente! Son mandatos. Todos tenemos esos mandatos… Sii no se daba no se daba, no es que lo padecía. 

Claro, pero lo remarcás como un “no tengo”.

 Y no tengo, pero pienso que hubiera estado bueno tener un hijo. Hubiera querido saber qué pasaba con mi descendencia. ¿Qué es lo que tenía que vivir, que no viví? En ese camino. 

Es muy interesante cómo pensás estas cuestiones. El deseo de hijo puede estar sin amar a alguien, pero en vos se une al deseo de amar perdidamente,  sos alguien que tiene esa sensibilidad y el deseo de hijo se te une con el amor. Y en tu motivo de consulta está el no tengo, respecto al trabajo.  «Tengo miedo a no tener trabajo,” Y trabajo tenés. Y el deseo de tener un hijo, queda asociado a otro miedo que el actor encarna. En tu personaje con Lautaro, no saber si es o no tu hijo, y en el personaje de Aquino que señalaste, es lo peor que te puede pasar, que tu hijo muera antes que vos. 

Es tremendo, porque a mí me pasa con mis sobrinos, por ejemplo. Ahí tengo como una cosa que me vuelve loco. Me  encantan y tengo de todas las edades. 

Ahí hay una forma de paternidad.

Y están en la cabeza todo el tiempo. Entonces, si este paternar, ¡la pucha sí he paternado¡ Tengo una sobrina que convivió conmigo un largo tiempo, que había  conflictos, y se vino a vivir a casa. Le dije: yo no soy tu padre, pero hablaremos con tu padre. Todo ese tiempo estuve paternando  bastante, y es un tema, no es tan color de rosa. 

Esos sobrinos son como hijos. En realidad, ya sabía El Inconsciente lo que ibas a experimentar, porque lo sentiste con ellos. Un hijo y la función paterna para por una suerte de adopción, siempre es otro. Y como dijo Sean Penn cuando nació su hijo y le pregunta un periodista si estaba feliz, y contesta: “Es la angustia más grande de toda mi vida”. Y  tus obras son hijos simbólicos, y son innumerables.

Esto lo pensé en un momento. Y es verdad, también está la profesión, también está el trabajo. Pensé si yo me ocuparé, seré consciente, soy bastante irresponsable. Después empecé a justificar el porqué no también (risas) pero también me lo pregunté. Es más complejo… Me acuerdo de Claudio Da Pasano y de Malena cuando querían adoptar y era tan difícil porque no es tan fácil el tema de la adopción, terminaron adoptando en otro país. Después la vida te va llevando a otros lugares, pero durante la etapa de los 30 a los 40 me lo pregunté. 

¿Es la vida?

O yo en la vida.

Eso último ya es hacerte cargo de lo que deseas en tu vida y no en quedarte  aquello que no tenes. Vos te demostraste que cuando queres algo, sabes conseguirlo y hasta auto gestionarlo, porque te sentías en posición de elegir.

Si. Absolutamente. Quizás es una forma de esquivar la responsabilidad… En lo afectivo, siempre tengo para donde canalizar. Es verdad, cuando he estado en pareja, con mi pareja, cuando estoy con mis hermanos que están siempre, la familia, los amigos, el trabajo, toda mi vida hay un equilibrio afectivo. Tengo con quienes contar, donde abrirme. 

Incluso cuando pienso en mis hermanas, recuerdo cuando hicimos la versión de Tres Hermanas, éramos tres hermanos varones:  Luciano Suardi que hacía Maya y Claudio Tolcachir que hacía el personaje de Irina. Todos me decían, «Nunca vi una Olga como ella.» Y yo les decía:  «Porque ustedes no tienen tantos hermanos como tengo yo.» Olga era paternal, maternal, porque para mí lo es el personaje de Olga, es la que quiere que todo esté en orden y, que esto vaya por donde tiene que ir y era como muy recta, amorosamente, pero muy recta. Y me encantaba hacer ese personaje. porque era absolutamente impune, y muy divertida. Decía: Irina está estudiando italiano, decía ante los demás,  que hable en italiano y Maya era todo lo contrario, decía: «sí, sabemos muchas cosas que no sirven para nada.» (risas). Y a Olga le desesperaba que dijera eso.  Quería saberlo todo. todo. Era muy verticalista y también muy amorosa, pero las cosas tenían que funcionar de acuerdo a sus parámetros, si no era subversivo de los demás.

En tus personajes, se refleja una experiencia de algo vivido en la función de padre. Quizá persista la idealización de que tener un hijo sea totalmente diferente a tu rol con tu familia. Y tal vez ese temor a no tener se transforme en la medida en que puedas hacerte más cargo de lo que sí elegiste, y no de aquello que no fue elegido. 

Gracias por recibirme en tu hogar. 

 DEL OTRO LADO DEL DIVÁN

Hay algo que insiste en el discurso de Osmar Núñez. No se trata de una falta, sino de su anticipación.

“No puedo no tener trabajo”, dice. Y sin embargo, trabaja. Mucho. Tres obras en simultáneo, un nuevo proyecto audiovisual, una trayectoria consolidada. Pero el fantasma no se apacigua. No es no tener, es poder dejar de tener.

La pandemia aparece como corte, como agujero. Y esa lectura es lúcida, dejó un vacío social. Pero en su caso, lo que se reactiva allí parece más antiguo. Una lógica donde el deseo y el trabajo quedan enlazados a una herencia. Un padre que “no paró nunca”, como mandato silencioso a seguir.

En ese mismo movimiento, emerge otro “no tengo”. El hijo.

Un “no tengo” que convive con múltiples formas de paternar —sobrinos, vínculos, personajes— y que, sin embargo, insiste como pregunta.

No es casual que sus personajes bordeen esa zona. Un hijo que podría no serlo, un hijo que podría perderse, un hijo en riesgo, un hijo que incluso aparece bajo la forma de contrato, como en su protagónico en La corporación.

Como si la paternidad, en su universo, estuviera siempre atravesada por la incertidumbre y la pérdida.

En Osmar hay algo que no se detiene. Trabaja. Siempre. No puede no hacerlo. Y basta recorrer la cantidad y la calidad de su trayectoria —irreductibles a cualquier presentación— para advertir que allí hay una inversión libidinal sostenida.

La identificación con el padre es clara. Un hombre que no paró nunca.

Pero no se trata de una repetición sin diferencia.

Ese mismo padre, además de incansable, le dejó una marca más sutil y decisiva. Le enseñó a distinguir, a escuchar. No cualquiera canta. No cualquiera transmite.

Ahí se juega una ética del arte. Una enseñanza que se vuelve brújula. No alcanza con actuar, hay que saber lo que se está diciendo. Como escribe Federico García Lorca, “el teatro es poesía que se levanta del libro y se hace humana”.

Y Osmar hace algo con esa herencia. Si el padre eligió el pan antes que el libro, él elige el libro, pero sin dejar de trabajar como él. No renuncia al mandato, lo transforma. Y en esa elección, el arte no es refugio, es una forma de verdad en acto.

Sin embargo, no todo se ordena del lado del padre.

La madre, atravesada por la enfermedad, introduce otra marca. La fragilidad, la posibilidad de la pérdida, una angustia que no se nombra del todo pero insiste.

Es en ese cruce —entre una exigencia de verdad en el decir y la experiencia temprana de lo que puede perderse— donde se organiza también su modo de elegir, de rechazar, de sostener el deseo en su oficio. Como sugiere Ingmar Bergman, el arte no consuela: expone, revela, deja al sujeto frente a lo que no puede evitar sentir.

Ya en la puerta, me despedí para mi sorpresa con una frase de Goethe, retomada por Freud: “Lo que has heredado de tus padres, adquiérelo para poseerlo”. Y tal vez por eso, sin proponérselo, ciertos textos lo encuentran.

Porque cuando el deseo se sostiene en esa tensión entre verdad y pérdida, ya no se trata solo de elegir personajes. Hay algo, en escena, que también lo elige a él.

Quizás no se trate de lo que faltó, sino de cómo se nombra lo elegido.

Porque a veces, el verdadero trabajo analítico no es llenar un vacío, sino dejar de nombrar como falta aquello que fue y es, también, una forma de deseo.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.