
No fui por turismo. Fui porque necesitaba altura.
No la de los paisajes ni la postal perfecta, sino otra más difícil de alcanzar: esa altura que permite ver adentro.
Al llegar a Zermatt, me hablaron del Cervino con una mezcla de admiración y respeto.
—La montaña tiene conciencia —me dijeron—.
—¿Conciencia? —repetí, dudando.
—Sí. Se llama Albrum.

La leyenda circula entre los más viejos, pero también entre quienes han sentido algo allá arriba que no supieron explicar. Dicen que Albrum no es un espíritu, ni un dios, ni un mito. Es la conciencia que duerme dentro del Cervino.
Una fuerza silenciosa, casi mineral, que habita la montaña desde siempre.
Y que a veces, cuando el visitante está listo, despierta.
No es una voz.
No da respuestas.
Pero al estar frente al Cervino, uno empieza a escuchar cosas que no sabía que estaban.
Como si ese macizo helado supiera lo que el alma arrastra, y lo mostrará sin violencia.

Los antiguos decían que Albrum podía “mostrarte lo que no ves cuando te mirás”.
Encontré algo muy verdadero. Era el Inconsciente.
Ahí comprendí que Albrum no es símbolo de la conciencia: es la conciencia.
Pero no la cotidiana, racional, ordenada. Es esa otra. La que soñamos, la que tememos, la que esquivamos. La conciencia arcaica. Instintiva. Primordial. La que no distingue entre lo bello y lo terrible. La que guarda lo que fuimos antes de saber hablar.
Caminar en torno al Cervino se volvió, entonces, una forma de atravesarme.
El frío no dolía. Hacía pensar. La nieve no cubría. Revelaba.
Y el silencio, más que calmarme, me confrontaba. Hice Yoga sintiendo que la montaña me abrazaba.
Albrum estaba ahí. No como una figura imaginaria, sino como una presencia innegable.
Una conciencia que no observa desde afuera, sino desde dentro.
Como si la montaña llevara guardado algo de todos los que alguna vez subieron con preguntas, con duelos, con cansancio, con deseo de desaparecer y con deseos de revivir.

Volví distinta.
No porque encontré respuestas, sino porque pude quedarme con las preguntas sin desesperar.
Y porque entendí que hay lugares donde el alma se ve obligada a descender… para poder elevarse.
Allí, donde el aire escasea y el ruido desaparece, aparece algo más íntimo: aparece lo no dicho, lo no pensado, lo que uno es cuando se detiene.
Albrum, entonces, no es sólo la conciencia de la montaña. Es la entrada. Es la grieta. Es El Inconsciente mismo, esperando a que uno se anime a escucharlo.