
Es muy difícil hablar sobre una obra de danza. Principalmente, estimo, porque en la danza no hay palabras. Es puro cuerpo, o como se dice: corporalidad. Lo que vemos, y particularmente me llama la atención esto, vemos cuerpos en movimiento. Pero quiero detenerme en el primer verbo, los espectadores vemos. Y es ahí donde radica la contradicción: estamos viendo cuerpos en movimiento, pero nuestros cuerpos están quietos. El máximo movimiento que podemos hacer puede ser un movimiento con las manos en la butaca, y generalmente ni siquiera. Hasta nuestras manos están quietas, o tratamos de que estén lo más quietas posibles, mientras vemos una exposición de las posibilidades de movimiento del cuerpo, un movimiento que posiblemente nunca alcancemos por el nivel de técnica y virtuosismo de esos cuerpos ahí, expuestos a nuestra mirada. Incluso, recalcó, los espectadores que estaban a mi lado, tenían su mano en la barbilla, en posición de alguien que piensa. El espectador piensa, el bailarín se mueve. Esa es la dialéctica principal que percibo entre el público y los bailarines, mientras todo es silencio y no hay palabras, solo cuerpos que se mueven, música y el sonido de los pies sobre las tablas del escenario.

La obra se divide en dos grandes momentos: el primero, en que se trabaja algunas canciones románticas, ligadas según el autor al amor de pareja. Hay una danza maravillosa de dos bailarines, los cuerpos esculturales, hay algo de tango o de baile de salón, con una iluminación muy bien cuidada que lateralmente se proyecta sobre los cuerpos, generando un juego de luces y sombras, de calidez e iluminación tenue que acentúa la belleza de los bailarines. En esta danza, en la cual abunda el romanticismo y la virtud estoica de músculos trabajados, de hombres vitruvianos, de pronto se introducen signos. Llegan tres baldes típicos de obrero, de obra en construcción, el típico balde de albañil, que son traídos por tres mujeres, las cuales entrarán en una danza con los hombres, que comenzarán en un juego entre languidez y movimiento. Surge la pregunta: ¿qué significan estos baldes? Pronto nos enteramos que dentro contienen agua. Las mujeres sumergen sus cabezas en los baldes de agua, incluso, pareciera que los hombres son quienes hacen que ellas sumergen la cabeza en el agua, para luego desfallecer lánguidamente y ser llevadas en brazos de los hombres a una silla, en la cual aparecen como maniquíes, o cuerpos objeto que están quietos: como el maniquí. Para ordenar la secuencia: mujeres traen baldes de obrero, mujeres se acercan a esos baldes, los hombres les meten la cabeza en el agua, ellas se desmayan, y son puestas arriba de las sillas, y quedan rígidas como estatuas.

Esto es sumamente perturbador, aparece nuevamente la pregunta: ¿qué puede significar esto? Por supuesto que la interpretación está mediada por la subjetividad del espectador, pero más allá del particularismo de mi propia historia, me pregunto qué puede significar esto para mi país, mujeres, que son sumergidas en el agua, para luego ser llevadas por hombres a un podio, en forma de silla que actúa como un escenario dentro del escenario, como un lugar para la mirada del otro, en donde es colocada. Finalmente, una de las mujeres es llevada a estar dentro de un balde de agua, sumergida en sus dos pies, y en una posición de suma vulnerabilidad, se le vuelca el agua por otros dos hombres sobre la cabeza, para dejarla ahí, expuesta frente al público, y mojada. Vuelvo a preguntarme: ¿qué puede significar esto?
Es muy difícil de analizar, porque no hay palabras. Pero hay cuerpos, hay signos. No necesariamente para analizar un mensaje se necesita de las palabras. Ahí hay signos, hay representación, hay cuerpos expuestos ante un público, ante una sociedad que tiene una historia. ¿Qué significa el cuerpo de las mujeres, lánguido, y el agua, en nuestra sociedad, en nuestra historia? El signo se hace cuasi evidente, hay una fuerza que empuja a conectar esto con el pasado reciente, con la memoria, con los cuerpos y el agua, pero otra vez, ¿habla el espectador que analiza? ¿La crítica se torna en una autobiografía? ¿La obra se torna para el crítico en una excusa para decir lo que ya quería decir previamente? ¿Quién puede afirmar lo que quiere significar esa ilusión? La danza, puede ser abstracta, puede permitirse la ambigüedad, porque no tiene palabras.

Luego de este número que supuestamente es romántico, viene la parte italiana, la mesa.
Otra vez, en este caso, no tengo demasiado que decir. Es impresionante la coordinación del movimiento, del “baile”. La virtud, la memorización de secuencias, pero el significado es escaso. Es algo impresionante de ver, lo recomiendo. Lo admiro. Pero es difícil traducirlo a palabras. Probablemente, no signifique nada. Nada más que el cuerpo.
Agradezco enormemente haber podido presenciar la vitalidad de esos cuerpos, más aún cuando tengo personas muy queridas que no pueden moverse así.
Por: Manuel Larrabure

Agradecimientos:
ROSSINI CARDS
Coreografía Mauro Bigonzetti
Reposición coreográfica Vincenzo Capezzuto
Música Gioachino Rossini
Diseño de vestuario Helena Medeiros
Diseño de iluminación Carlo Cerri
Reposición de vestuario Laura Parody
Reposición escenográfica Soledad D’Addezio
Asistencia en la reposición lumínica Alberto Lemme
BAILANDO EN LA OSCURIDAD
Coreografía Ana María Stekelman
Música original E. Rudnitzky, J.P. Adams, G. Matos Rodríguez, K. Weill, G. Ruiz, R. López Méndez, J. Carreras, M. Morales, E. Goicochea
Reposición coreográfica Miguel Ángel Elías, Elizabeth Rodríguez
Reposición coreográfica de tango Nora Robles, Pedro Calveyra
Diseño sonoro Edgardo Rudnitzky, sobre original de José Luis Díaz
Reposición de vestuario y elementos escenográficos Jorge Ferrari y Analía Morales, sobre diseño original de Gioia Fiorentino
Diseño de iluminación Alberto Lemme, sobre diseño original de Ernesto Diz
la compañía
Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín
Dirección Andrea Chinetti Codirección Diego Poblete
Bailarines
Constanza Agüero, Brenda Arana, Camila Arechavaleta, Adriel Ballatore, Lucía Bargados, Juan Camargo, Carolina Capriati, Matías Coria, Francisco De Assis, Lautaro Dolz, Rodrigo Etelechea, Fiorella Federico, Gastón Gómez, Darcio Gonçales, Jonás Grassi, Alejo Herrera, Benjamín Lameiro, Daniela López, Vicente Manzoni, David Millán, Silvina Pérez, Boris Pereyra, Eliana Picallo, Andrea Pollini, Lara Rodríguez, Rubén Rodríguez, Damián Saban, Ivana Santaella, Manuela Suárez Poch, Camila Vanoni, Federica Wankiewicz, Catalina Weber, Antonella Zanutto.
Asistencia coreográfica
Elizabeth Rodríguez y Melisa Buchelli
Coordinación de producción artística Leandro Rosenbaum
Coordinación de producción técnica Angel Ariel Porro
Coordinación técnica de escenario Tomás Torres Oviedo y Paz Corinaldesi