
Fotografías artísticas: Gentileza Netflix / Alina Schwarcz
Moria construyó una figura femenina profundamente innovadora, vinculada con la libertad del cuerpo, la sexualidad, el deseo, la transgresión y nuevas formas de pensar la feminidad y la maternidad. También abrió espacios de visibilidad para identidades y expresiones que durante mucho tiempo permanecieron fuera de los lugares centrales de la cultura popular.
Cada uno de los ocho capítulos lleva como título una de sus propias frases, y en ellas la serie encuentra un modo singular de mostrarnos a Moria. Cada capítulo abre una puerta diferente a su construcción. Por eso elijo recorrerlos uno por uno, dedicándole a cada capítulo el tiempo que merece.
Hay algo muy particular en la imagen de Moria sola en su cama.
No parece simplemente descansar. Está ahí, con la libido puesta en ella misma: craneando, pergeñando, vistiéndose y desvistiéndose de sus propias ideas. Pensando qué hacer con lo que tiene, qué dejar atrás y qué puede todavía inventar con su propia vida.
La cama, que más adelante será escenario, entrevista, exposición y territorio de elección, primero es un lugar de su trabajo de pensamiento.
Y quizás sea justamente desde esa soledad que pueda volver a ponerse en movimiento.
Un cuerpo que, además, logra parir su sueño: Sofía Gala.
Sofía se enfrenta al enorme desafío actoral de interpretar a una madre que, como persona, es “inclasificable”, como señala Javier Van de Couter. Su interpretación evita encasillar a Moria en una definición única y le aporta los matices necesarios para dar cuenta de la complejidad y singularidad de un personaje imposible de etiquetar.
“Quiero que mi hija me conozca espléndida.”
Primero, se relaja y recién ahí se produce el encuentro con su hija, a lo Moria: en una habitación con flores, globos y algo de maquillaje.
No quiere que su hija la conozca transpirada y sin el glam que la caracteriza y que se esfuma después del parto.
“Parí a una mujer, parí a una rival, parí a una actriz.”
Pero esa marca ya estaba presente en el recibimiento teatral que le concedió.
Hasta el nombre parece condensar algo de ese universo: Sofía, sabiduría; Gala, brillo, espectáculo. Moria juega con ese nombre y con esa elección. ¿Podría existir allí un deseo de que algo de ella la trascienda?
Pasan los años. Viven en una casa con parque y piscina. Y la actuación de Sofía Gala deja entrever una serie de preguntas que se van desplegando y elaborando en cada escena con profundidad.
¿Pudo Moria haber querido construir en Sofía aquella madre que hubiera querido tener y no tuvo? ¿Pudo haber querido formar en su hija a la madre que ella misma no pudo ser: una mujer que atiende a sus hijos, cocina, se levanta temprano, construye una familia y, a la vez, trabaja en su mismo universo?
Moria dice estar orgullosa de Sofía como madre. ¿Podría ese orgullo tener también algo que ver con verla encarnar aquello que ella misma no pudo ser?
Quizás, incluso sin saberlo, Moria buscó que su hija recibiera aquello que a ella le había faltado, al mismo tiempo que pudiera construir una maternidad diferente.
También aparece otro deseo posible: la continuidad artística. Que Sofía fuera actriz, aunque necesariamente de otro estilo, con otra identidad.
¿Qué ocurre cuando una mujer tan construida como personaje tiene una hija que, además, termina interpretándola?
¿Puede Sofía ocupar para Moria el lugar de la kryptonita?
No alguien inferior ni superior. No es bajo esos términos que piensa Moria: en la complejidad de su pensamiento no existe el arriba o el abajo, pero sí alguien capaz de tocarla justamente allí donde ella deja de sentirse invulnerable.

Si pensamos que en estos tres primeros capítulos la protagonista es también su propia hija, es probable que Moria haya querido transmitirle su excepcionalidad y, al mismo tiempo, que Sofía haya necesitado diferenciarse de ese deseo materno. Y eso lo consigue en todo lo que su personaje tuvo que elaborar.
Pero la maternidad no es lo mismo que la relación de pareja.
Y aquí, en esta mezcla de pareja de vida y pareja artística, comienzan a aparecer las diferencias. Le sugieren a Moria que se despegue de su marido: él no entiende sus chistes, se engancha con temas políticos, no sincroniza con ella. Le proponen seguir sola.
Moria registra que Mario ya no escribe teatro y tampoco dirige una obra propia.

Mientras los proyectos de Moria se van concretando, Mario Castiglione queda cada vez más afuera de lo artístico. Parecía tener temor de hacer algo solo, pero al mismo tiempo le ponía un techo a Moria.
Y hay una imagen muy precisa del director que espectaculariza el deseo de Moria de atravesarlo: rompe el techo y sale por arriba.
Moria afortunada-mente, no tiene techo. Y para hacerlo, saca al padre de su hija de su cama para aparecer ella misma, sola, frente al público.
Su cama se transforma en su show.
Crea A la cama con Moria, donde no solo aparecen políticos.
También pasa por allí Galmarini, entonces un entrevistado más, quien cuenta haber hecho realidad un sueño: años antes, durante aquel encuentro, había deseado ser pareja de Moria. Mucho tiempo después, en esta etapa de la vida de Moria, ese deseo terminó realizándose y hoy Galmarini es su pareja.
En ese espacio logra desarrollar un cambio de posición fundamental: de ser mirada a mirar, preguntar, elegir y dar visibilidad al otro.
La cama ya no es solamente un lugar de intimidad.
Es el territorio desde donde Moria decide a quién quiere escuchar, a quién desea tener cerca, qué quiere preguntar y qué quiere mostrar.
Y también es el lugar donde su libido vuelve a estar puesta en ella misma: no para encerrarse, sino para elegir.
Y agrega la revista de Moria, pero decide que el escritor ya no será Mario. Acá comienza una separación no solamente con su pareja, sino también con una versión de sí misma que deja atrás para volver a pensarse.
Moria le dice a su pareja, mientras discuten:
“Todo lo que hagas sin vos te va a parecer una mierda.”
Él intenta convencerla de que ella quiere estar con personas que le digan todas las cosas buenas y que nunca le digan que hace un bodrio, mientras que él es “sincero” y se lo dice porque la quiere.
Aparece el episodio del auto. Escena más que significativa, donde Mario justifica todo en nombre del amor, pero esta mujer no se deja atrapar de ninguna manera.
“Me querés mal entonces. No estás pudiendo con tus cosas y eso no es un problema mío.”
Muy en su tono de “me importa un bledo”, Moria pregunta y Mario redobla la apuesta.
“Todos menos yo”.
“Vos sos un meteorito, sos la persona más brillante que conozco, pero no sos una estrella. Yo sí. Y vos no me lo vas a cobrar.”
Un meteorito puede impactar y destruir. Y Moria aprendió cuándo y cómo protegerse.
“Cuando eras una actriz de tercera… Te apoyé.”, le dice Mario dando a entender que él la llevó a ese nivel.
Moria no se deja intimidar por su opinión despectiva. Retruca:
“Yo siempre fui de primer nivel. Yo sí, te apoyé en todo y tu respuesta fue encerrarte con tu botella de whisky, boicotearme sin parar.”
Mario, herido en su orgullo, le responde:
“Esto no es una amenaza, pero yo no voy a volver.”
Y probablemente también lo último que podía decirle a un ser como Moria.
Porque su singularidad existía mucho antes de conocerlo.
Mario pudo haber acompañado, producido, imaginado personajes y compartido una parte fundamental de esa historia. Pero creer que él había creado a Moria era desconocer con quién estaba hablando.
O, mejor dicho, con quién se había subido al auto.
Y Moria, generosamente, había compartido escenario con él.

Moria lo hace bajar del auto. Y lo hace bajar de su vida.
No sin dolor. Pago un costo porque no solo era su pareja y compañero artístico, sino, y más que todo, el padre de su hija.
Sin embargo, ningún precio es demasiado alto cuando comprende que ya no puede seguir creciendo a su lado.
Ella se baja de una forma de vida y se dice:
Aquí Moria cambia nuevamente de posición.
Hasta entonces, Moria había sido muchas veces el cuerpo mirado.
Ahora es ella quien mira, pregunta y decide a quién llevar a su cama.
Ocupa el lugar de quien hace visible al otro.
Y no deja en ningún momento de provocar con su cuerpo. De hecho, la visibilidad sigue estando en su territorio: su cama.
Pasan personajes que nunca habían sido legitimados por los medios hegemónicos.
Moria lleva a Batato Barea a la cama.
Moria fue una de las primeras entrevistadoras en llevar a una persona travesti/trans a ese espacio y preguntarle:
“¿Cómo querés que te llame: divino o divina?”
Y Batato responde:
Antes de imponer una identidad, pregunta cómo quiere ser nombrado.
En esa época, no lo era tanto. Ni siquiera actualmente.
Moria besa a Batato y se emociona con su recitado poético. Le otorga reconocimiento artístico y afectivo.
Profundizar la dimensión del nombrar y reconocer al otro implica otorgarle un lugar. Darles a esas figuras de la diversidad y a todo el universo que representa la visibilidad que siempre merecieron por su arte.
Con eso aparece también una pregunta: ¿qué puede importarle al arte el género, si la diversidad del arte es su esencia?
También deja afuera a un diputado para recibir a Batato, porque elige.
Y elige no necesariamente lo que le da más rating, sino todo lo que Moria considera valioso y la enciende.
Por eso A la cama con Moria tiene también ese tinte erótico de una mujer que se sabe capaz de elegir a quien desea.
Moria siempre se siente en condiciones de elegir.
Pero también sabe que ella puede ser elegida.
Nora Carpena le propone Brujas, con un gran elenco.

Moria formula una pregunta muy atinada:
“Porque sos una rareza y es mucho más que ser una actriz.”
Moria acepta porque entiende en esa respuesta que su “rareza” no será tomada como un defecto que deba corregirse, sino como aquello que también la hace ser una gran actriz.
Es en ese momento cuando le dice a su hija que decidió hacer una nueva vida sin su padre y se lo anuncia con esta frase potente:
“Quiero hacer una obra de teatro y nos vamos a ir a Mar del Plata.”
“Quiero vivir con vos, no para vos.”
Y entonces aparece una concepción muy interesante de la maternidad: no vivir para la hija, pero estar disponible para ella.
Moria entiende la vida no como tener que vivir por nadie ni para nadie.
Hay un costado filosófico muy interesante en lo que plantea.
Moria dice que decidió no dejarse educar por sus padres de la manera en que pretendían educarla y tomar esa misma decisión con Sofía.
Reconoce que lo que no es conveniente para ella es estar acompañada en su vida por alguien que no está capacitado para disfrutarla. Así le explica a su hija por qué se separa de su padre.
“Me voy a ocupar, pero no me voy a preocupar.”
Moria plantea que Sofía tendrá que aprender muchas cosas sola, observándola, coincidiendo y discrepando con ella.
Rompe con la idea de una maternidad basada en el sacrificio, en vivir para el hijo hasta convertirlo en el sentido único de la propia existencia.
Viajarán a Mar del Plata para hacer temporada, y se lo anuncia con otra reflexión que la pinta de cuerpo entero.
“Vamos a ser vos y yo, un poco solas. Esto va a ser un poco anárquico. Quiero que seas libre y yo también. Nunca postergué cosas por nadie… y espero que vos tampoco lo hagas. Si querés comer algo, vas y lo comés. Si querés hacer el amor con alguien, vas y lo hacés.”
Y acá aparece algo particularmente interesante porque, años después, es la propia Sofía Gala quien pone palabras a esa experiencia de crianza.
“Mi mamá me hizo vivir su vida con ella.”
La frase podría parecer, a primera vista, contradictoria con aquello que Moria le había dicho:
“Quiero vivir con vos, no para vos.”

Pero quizás justamente ahí esté lo más peculiar de este vínculo.
Moria no quiso que Sofía viviera para ella. Quiso que viviera con ella.
No fue apartada de ese mundo para protegerla: fue incluida en él. Y lo que recuerda de esa crianza no es sometimiento, sino respeto.
“Creo que lo que más me gustaba de la crianza de mi mamá era la no subestimación. ¿Viste que la gente tiende a subestimar a los niños por ser niños? ‘Callate, sos chiquito, vos no sabés’. Y yo siempre sentí que hubo mucho respeto hacia mi persona”, asegura en un reportaje post serie.
“Yo nací en ese mundo, de esa mamá, atravesando esa vida, y la atravesé con ella sin ninguna careta. No es que de golpe me di cuenta a los 15. Siempre supe quién era mi mamá”, agrega Sofía.
Y en la serie, las escenas donde Moria le habla a su hija reflejan ese mismo sentimiento de respeto y honestidad:
“Quiero que seas libre, que lo seas vos también.”
Aparece además la idea de que será responsabilidad de Sofía construir su propia comunidad.
“No estoy capacitada para darte consejos, pero quiero decirte algo que se te grabe siempre: voy a estar ahí para vos.”
Moria tampoco se erige como modelo de maternidad. ahí está, quizás, una de las cuestiones más interesantes que plantea la serie: no hay una única manera de ser madre, sino una maternidad que cada una tendrá que construir desde su propia historia. Maternar con aquello que recibió y también con lo que le faltó.
Moria tenía claro qué quería para ella y para el vínculo con su hija.
“Voy a estar ahí para vos.” Y esto tiene nombre: es presencia sin apropiación.
Otra frase muy importante para el vínculo Moria-Sofía:
“Sos diferente porque sos una estrella”
“Yo soy diferente no porque soy una marciana.”
La serie nos va mostrando que ser diferente no es quedar expulsado de lo humano.
Y con Brujas muestra la multiplicidad de facetas de una gran actriz.
Esa singularidad se despliega en todo su esplendor en la nueva etapa de Moria, que Griselda Siciliani comienza a encarnar.
No solamente el cuerpo que brilla.
Es la entrevistadora; la actriz en Brujas; la figura que visibiliza otras identidades; la madre que construye libertad; y después, otra vez, el cuerpo público, pero ahora en otra etapa.
“Ser bruja no es hacer magia.”
“Una bruja se suma a la familia y, como toda nueva iniciación, la vivo como un cambio de piel. Ser bruja es casi lo mismo: es sobrevivir al fuego y seguir.”
La aparición de la desnudez pública de Moria y la repercusión en los diarios trae consigo las críticas hacia su cuerpo y hacia su manera de romper esquemas.
Lo que cambia es que Moria ya no puede ser explicada solamente por él.
Porque ahora el cuerpo no es solamente aquello que se mira.
También es aquello desde donde ella mira, decide, provoca, pregunta, desea y hace visible al otro.
Pero también aprendió a hacer de ese cuerpo una forma de poder.
La imagen final con la maqueta del escenario de Brujas y ella apropiándose de él habla por sí misma.





