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MORIA — Cap. 8 (Cecilia Roth y Moria Casán) – Dirección y guión: Javier Van De Couter – (Netflix) – Por Dra. Raquel Tesone / Rachel Revart

Fotografías artísticas: Gentileza Netflix / Alina Schwarcz

Director de Fotografía: Luciano Badaracco

Moria construyó una figura femenina profundamente innovadora, vinculada con la libertad del cuerpo, la sexualidad, el deseo, la transgresión y nuevas formas de pensar la feminidad y la maternidad. También abrió espacios de visibilidad para identidades y expresiones que durante mucho tiempo permanecieron fuera de los lugares centrales de la cultura popular.

Cada uno de los ocho capítulos lleva como título una de sus propias frases, que la serie convierte en un modo singular de mostrarnos a Moria. Cada episodio abre una puerta diferente a su construcción. Por eso elijo recorrerlos uno por uno, dedicándole a cada uno el tiempo que merece.

Moria. Moria Casán in Moria. Cr. Courtesy of Netflix ©️2026

“Sabrán de mí todo el tiempo”

Este último capítulo recorre la última etapa de Moria hasta llegar a su cumpleaños número 80. Y lejos de parecer el cierre de la serie, es una especie de pasaje entre encierro, renacimiento, linaje y multiplicación. Más que un final, una afirmación de continuidad: Moria no deja de reinventarse y, en ese movimiento, parece volverse inmortal.

Si bien retoma su “estadía” en la cárcel de Paraguay por la acusación de robo de una joya y por tenencia de cocaína, la entrada de Moria (Cecilia Roth) a la prisión tiene como música de fondo el “Ave María”, como una santa que ingresa a un templo.

La siguiente imagen muestra el Obelisco y las marquesinas iluminadas de la Avenida Corrientes, en plena Ciudad de Buenos Aires, con su nombre en luces de neón. La escena vuelve a llevarnos a la mujer que entraba a la cárcel de Paraguay.

Y así se presenta con sus compañeras de celda: 

“Soy Moria Casan”

Moria. Cecilia Roth as Moria in Moria. Cr. Alina Schwarcz / Netflix ©2026

Lo que aparece en el episodio anterior como caída, aquí comienza a tornarse una experiencia de aprendizaje. La cárcel se transforma en “un retiro espiritual”. Hay algo significativo en que Moria pueda decir “fui feliz acá” después de haber hablado de estar en el agujero. 

“Todo circo, mi amor”, pero admite que la encontraron con merca y lo reconoce asumiendo así:

“De chiquita me gustó jugar al bordecito de la marginalidad pero yo siempre en mi eje. Sé dónde estoy. Y me vienen a agarrar por esta pelotudez de mierda. No puede ser. No me lo creo.”

La prisión se transforma así en un recinto donde se puede recobrar la libertad interior. Y, al descender a sus profundidades, alcanza al mismo tiempo el umbral de la consagración.

Y resuenan sus propias palabras: 

“Sé lo que es llegar a mi casa con temblores en el cuerpo y en el alma. La fiesta también es eso. La vida también es eso”. 

La puesta en escena convierte el encierro en una experiencia inesperada: lo que podría vivirse como castigo toma otro giro y termina siendo una oportunidad para que Moria se encuentre con su soledad desde otra perspectiva.

Como un ensueño, se dice a sí misma: “Hay que estar en el agujero para salir del agujero.”

“Hay que saber estar arriba y abajo. Adelante y atrás.”

Y logra salir de ese espacio de soledad, acompañada también por las otras prisioneras, que encuentran una enseñanza en sus palabras.

Moria. Cecilia Roth as Moria in Moria. Cr. Alina Schwarcz / Netflix ©2026

Y las prisioneras la idolatran. Las mujeres de la cárcel de Paraguay parecen encontrar en Moria a una mujer capaz de liberarlas, aunque sea simbólicamente, de sus propias cadenas. La ofrenda vuelve a aparecer, pero esta vez la dirección se invierte: ya no es el cuerpo de Moria el que se ofrece, como sucedía en el vínculo con su madre, sino que es ella quien recibe las ofrendas de las otras mujeres. El cuerpo que antes era ofrecido es ahora destinatario de una devoción que la consagra.

En el interior de una institución que disciplina los cuerpos, el de Moria produce un efecto que excede el control institucional. La que está encerrada encarna, para las otras, una posibilidad de libertad. Algo que Moria supo conquistar: su cuerpo como dispositivo de poder. Un cuerpo monumental que no solo se exhibe, sino que produce discursos, habilita prácticas y funda saberes sobre la feminidad, la sexualidad y la seducción. Un cuerpo que desborda sus propios límites, captura identificaciones y altera los sentidos que pretenden fijarlo.

Moria. Cecilia Roth as Moria in Moria. Cr. Alina Schwarcz / Netflix ©2026

Moria puede verse a sí misma en los noticieros y en las imágenes de la manifestación que le consagraron en el Obelisco bajo el lema «Free Mo», para pedir su excarcelación. También en Paraguay reclaman su liberación porque es un ícono del país y del mundo.

La abogada le explica que se trata de un arreglo entre el joyero y el dueño del evento para cobrar el seguro, dejando a Moria como responsable. Hay un dato que modifica el escenario: las joyas son falsas y no valen ochenta mil dólares. Pero el problema es la jueza.

Y la jueza es una mujer. La paradoja adquiere entonces otra dimensión: mientras las prisioneras encuentran en Moria una figura capaz de encarnar su propia libertad, otra mujer tiene en sus manos la decisión de mantenerla encerrada. El hecho de ser mujeres no las ubica necesariamente del mismo lado. Entre ambas se juega algo más que un conflicto judicial: dos posiciones frente a la ley, el cuerpo y la transgresión. El cuerpo de Moria, que despierta devoción entre las prisioneras y desborda los límites del encierro, encuentra en el poder judicial un límite que no puede subvertir por sí solo.

«Otra más que se cuelga de mis tetas».

Su cuerpo tampoco deja de desplegar sus efectos dentro de la prisión. Hasta termina seduciendo al mismo psicólogo al que debe ver periódicamente por el tema de la cocaína.

El cierre de la entrevista con la abogada la devuelve a una materialidad bastante menos solemne: le pide que le traiga cash para arreglar el aire acondicionado de todos los pabellones.

Mientras tanto, lee la Kabbalah y la define como «un wifi cósmico».

Está en el baño. Llamada a su hija. Y corta.

El psicólogo le toma un test:

«Si no fueras vos, ¿qué objeto, una persona, qué animal, planta serías?»

Contesta:

«Ninguna».

«Sería electricidad. Luz… estar todo el tiempo en todos lados».

«¿Y cuál no serías?»

No quiere ser mariposa porque vive poco: quiere ser luz y estar siempre en movimiento. Algo que la mantiene presente es que, cuando habla de sí misma, vuelve una y otra vez a su propia voz. Sin negar al otro, logra no entregarle a nadie el poder de decir quién es.

Y mucho menos a un test psicológico.

«Tengo un don especial: estoy en permanente comunicación con Yo del futuro. Eso me permite redefinirme todo el tiempo y reinventarme incluso. No irme. Estar en eje. Y ese poder funciona desde el goce».

La hija es la única que tiene el poder de sacarla de su eje. Sofía aparece primero como «Kryptonita», aquello que puede desestabilizarla. Después va tomando otros colores: aparecen el perdón, el amor, la caricia y, finalmente, el baile juntas.

La maternidad no aparece como un lugar idealizado, pero tampoco queda atrapada en el imaginario del mandato materno sacrificial. La evolución del vínculo madre-hija atraviesa la separación, el amor adulto, la reparación y la transmisión.

«Si me quedara 24 horas de vida, me gustaría estar con la gente que quiero todos juntos, bailando, tomando y muchos putos, mucho, mucho puto, saludando».

Otra escena significativa es aquella en la que Moria se masturba en la prisión. Entre gemidos, resuenan como un eco sus propias frases sobre la resaca después de la fiesta, la depresión que viene después y la «culpa que, si no la tenés, te la inculcan».

Entonces aparece un agujero. La cámara se adentra en él y emerge Moria entre marquesinas y luces, gigantesca, más alta que los edificios que la rodean. Su voz en off, sus botas y su vestido plateados condensan un recorrido vital que desemboca en una afirmación:

«La vida es una fiesta y hay que bebérsela».

Y con esa actitud, sale de la cárcel y les agradece a sus compañeras de celda.

“Gracias porque me contuvieron. A veces una no sabe que necesita que la contengan. Me lo enseñaron. Quiero decir que yo fui feliz acá… Suena raro ¿no?”

Y lo asombroso es que Moria puede encontrar dicha cuando descubre que incluso de esa experiencia se lleva algo para aprender en el futuro.

“Yo me voy, pero hay una parte mía, una parte de mi corazón que se queda acá para siempre.”

La mujer que suele sostener, provocar, conducir y dominar la escena es, al mismo tiempo, aquella que puede reconocer que necesitó ser contenida. ¿Será acaso que justamente cuando cae la omnipotencia puede aparecer la verdadera potencia?

Moria. Olivia Nuss as Sofía in Moria. Cr. Alina Schwarcz / Netflix ©2026

Se reencuentra con su hija, que la interroga:

“¿Alguna vez le pediste perdón a alguien vos?”

“No.”

“Ya está, ma.”

“¿Quién te enseñó a ser tan madura?” dice Moria con su peculiar picardía como desentendida de su rol de madre.

“¿Madura o mostra? Yo también puedo ser mostra, a veces”, refuta Sofía.

En este diálogo, la hija le cuenta que está embarazada de Dante.

“Te quiero.”

“Yo también.”

Otra imagen que dice mucho: se larga a llover en el jardín.

Magia.

Llama al nieto. Le cuenta que termina Brujas con 4000 funciones. Una escena de Moria Casán, ella misma, saliendo del teatro en la última función, aclamada por su público.

Moria. Moria Casán in Moria. Cr. Alina Schwarcz / Netflix ©2026

Luego, en el camerino con su hija Sofía Gala.

“Te amo. ¿Me podés perdonar?”

“Obvio que te puedo perdonar”, le responde Sofía conmovida.

“Ay mi chinita adorada, te amo tanto, no nos peleemos más, somos dos loquitas hermosas.”

Y la caricia.

“Ya estoy ready, ¿y vos?”

“Estoy lista.” responde Sofía y la imita juguetona.

Terminan riéndose.

Aparece Dante.

“No me digas abuelita”

Y aparece Helena, su otra nieta.

“Mi otra Moria Casán”.

“Felices 80”, le dice Sofía.

Moria. Moria Casán in Moria. Cr. Alina Schwarcz / Netflix ©2026

Aparece toda la familia: su hija, sus nietos y su novio. La imagen de ella con su vestido plateado saliendo del camerino es fascinante, las maquetas iluminadas y Moria mirando la escena desde arriba.

Moria. Moria Casán in Moria. Cr. Alina Schwarcz / Netflix ©2026

Baja las escaleras. Le da un beso en la boquita a su hija, tipo piquito diva. Las dos bailan con toda la gente.

Moria. Moria Casán in Moria. Cr. Courtesy of Netflix ©️2026

“Ficción y realidad se funden en el final del viaje”, en una fiesta para bailar, “siempre bailar.”

Ahí están las Morías bailando.

Moria. Cr. Alina Schwarcz / Netflix ©2026

“Mis amigos entrañables y leales. Todos unidos por el mismo hilo invisible.”

“Mis imitadoras fabulosas que multiplican mi sello de siempre.”

“El periodismo, mi eterna catarsis y mi diván. Les he contado todo antes que a nadie”

Hablar, exponerse, provocar, ser mirada y responder: la escena pública vuelve a ser un espacio donde Moria se pone en juego.

Moria. Lali in Moria. Cr. Alina Schwarcz / Netflix ©2026

“Ella (Lali): la certeza de atravesar generaciones en el aquí ahora presente y futuro. Conviven aggiornados.”

Moria reconoce en otras artistas la posibilidad de atravesar generaciones y de seguir produciendo efectos más allá de la propia.

Moria. Cr. Alina Schwarcz / Netflix ©2026

“Mi amor adulto,” (Galmarini)

“Admiración mutua. Lealtad única. Compañerismo total.”

“Y el linaje, siempre el linaje, mi continuación en este mundo y en todos los paralelos.”

“Ahora sí la constelación es total y absoluta”.

Parece nombrar algo que excede a la persona Moria. Ya no es solamente “yo”: Sofía, Helena, Dante, y agrega: “y ustedes. mi público, devoción mutua, mi comunidad, mi aldea”. El público deja de ser solamente quien la mira. Se convierte en parte de su propio universo.

Moria. Moria Casán in Moria. Cr. Courtesy of Netflix ©️2026

La multiplicación de Moria ya no es una fantasía individual. Está en la ficción, en las artistas que la retoman, en quienes la imitan, en su descendencia y en ese público que la incorpora a sus propias historias.

Van De Couter consigue hacer de Moria un personaje monumental sin volverla un monumento inmóvil. La vemos como mujer, madre, amante, abuela, artista y mito, pero ninguna de esas figuras alcanza a nombrarla por completo.

Por eso la veneran, la imitan, la multiplican, la convierten en meme y le gritan diosa.

“Sabrán de mí todo el tiempo, no tenga ninguna duda.”

“Soy Moria Casán”.

“El Obelisco con tetas. La República. La One”.

Y la cámara va de Moria hacia la bola de fiesta iluminada con luces de colores. Sigue alejándose hasta que ella empieza a ser como una estrella…

Sin duda,

continuará…

en la serie y en nuestro universo.

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