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THE DRAMA – Zendaya y Robert Pattinson – Dir. Kristoffer Borgli (Amazon Prime) – Por Dra. Raquel Tesone /Rachel Revart

The Drama, protagonizada por Robert Pattinson y Zendaya, es una de esas películas en las que no solo sus protagonistas están excelentes, sino que además te dejan pensando por la profundidad con la que Kristoffer Borgli construye la historia y la incertidumbre que la envuelve: ¿qué fue lo que realmente pasó? ¿Quién era el otro? ¿Quién era uno mismo frente a ese otro? ¿Cuánto de lo que vimos pertenecía a la realidad y cuánto a las fantasías, los miedos y las proyecciones de quienes estaban en escena?

Y hay algo que la película plantea desde el comienzo y que después adquiere otra dimensión: el amor empieza con una mentira. Él quiere acercarse a ella y, para levantarla, le dice que leyó el libro que ella tiene entre manos. No lo leyó. Después se lo confiesa y hasta lo busca por internet. Pero la mentira ya hizo su trabajo: ella mordió el anzuelo. Quizás el amor empiece, justamente, cuando alguien se arriesga a inventar algo para entrar en el mundo del otro.

La película se construye alrededor de una pareja que se ama y, al mismo tiempo, parece no poder dejar de preguntarse quién es realmente la persona que tiene enfrente. Y allí aparece uno de sus hallazgos más interesantes: el amor no elimina la duda sobre el otro.

Él es un obsesivo. No solamente porque duda de su decisión de casarse, sino porque cada respuesta nueva genera otra duda. Una duda lleva a otra, y esa a otra, y así sucesivamente. ¿Me caso? ¿No me caso? ¿Y si esto significa aquello? ¿Y si lo que creo de ella es cierto? ¿Y si no lo es? ¿Qué pensarán mis amigos de ella?

La duda deja de ser un instrumento del pensamiento y se vuelve una trampa.

Es inevitable pensar en la neurosis obsesiva freudiana: la búsqueda de una certeza que nunca termina de llegar. Porque quizá el obsesivo no busca solamente saber qué ocurre. Busca una garantía imposible antes de poder desear, con lo cual evita aquello que desea. Sin llegar a la fobia ni escapar de su angustia, queda capturado en sus propias escenas imaginarias.

Y mientras él intenta descifrarla, ella permanece como un enigma. 

Solo hay una clave que no explica el amor, pero sí explica lo que le permite a él seguir a su lado: ella convierte su drama en una comedia.

Ella lo desarma y cuando él se hunde en el mar de sus incertidumbres, ella lo rescata y lo lleva a otro lugar, con otro personaje, donde todo comienza de nuevo. En esa escena “improvisada” cada uno es otro, y la regla es creer todo lo que el otro dice. ¿Será que el amor implica creer a ultranza en el otro? ¿Será eso el amor a ciegas?

Porque no solamente lo saca de la angustia al cambiar de personaje, sino que le rompe las reglas de la relación.

Porque durante toda la película él intenta descubrir si ella dice la verdad. Y ahí aparece algo muy interesante como contrapunto: él necesita cerrar el sentido; ella puede abrirlo.

No porque ella “sepa más” ni porque sea más sana que él. Incluso puede ser una defensa de ella también.

Pero cinematográficamente y psíquicamente funciona muy bien que cuando él pregunta, ella desplaza; incluso por momentos reconoce que no sabe por qué o para qué hizo ciertas cosas en su vida. Él como buen obsesivo interpreta todo, mientras que ella juega con las fantasías tan obvias de él, y ella se ríe. Y cuando él intenta fijar, ella cambia de escena.

Entonces quizás la diferencia entre ambos radica en qué hace cada uno con lo que no sabe.

Mientras él se pregunta:

¿Quién es ella realmente? ¿Qué hay de verdad en aquello que cuenta? ¿Qué pertenece a su pasado, qué pertenece a su fantasía y qué pertenece a la mirada de los demás?

Ella no responde, en cambio, le propone “empecemos todo de nuevo: yo soy Emma ¿y vos?” Aquí comienza a pasar algo novedoso: acuerdan creer. Lo único que parece verdadero es el nombre, después tiran fruta y juegan.

Eso permite una pregunta preciosa:

¿Qué diferencia hay entre creer en el otro por saber si dice la verdad y creer al otro porque se acepta entrar en su juego?

Y arrimo el bochín con una idea: quizá amar no sea creer que conozco la verdad del otro, sino poder entrar en una escena donde la verdad no está garantizada.

En ese juego se abre un espacio donde no hace falta que todo sea comprobable.

Actualmente, muchas parejas se mandan fotos para certificar, estoy acá o allá, como si eso garantizara que no habrá infidelidad o que el ser amado está bajo control.

La película es inteligente porque no deja que el personaje tenga control de su angustia. No le responde a él ni al espectador nada sobre ella. Nos muestra que finalmente, no necesitamos decidir si ella es esto o aquello. No necesitamos convertirla en un diagnóstico para poder comprenderla. El misterio permanece.

Y quizá ahí reside buena parte de su potencia psicoanalítica: uno nunca sabe completamente quién es el otro. Pero tampoco sabe completamente quién es uno mismo cuando ama.

La boda como escenario social

Pero no se limita a poner bajo la lupa a una pareja. También desarma otra ficción: la de la sociedad que necesita que el amor adopte determinadas formas para poder ser reconocido como legítimo.

La boda estadounidense aparece rodeada de sus rituales, discursos, preparativos con fotógrafos y DJ, damas de honor, familiares, amigos, expectativas y opiniones. Todo parece organizado para celebrar el amor, pero debajo de este festejo aparece otra cosa: la necesidad de que el amor sea “presentable”.

Hay una imagen que ofrecer para que el amor pueda ser reconocido socialmente. La boda hace algo todavía más radical: transforma una relación privada en una escena pública en la que todos empiezan a tener derecho a opinar sobre ella.

Y eso se conecta directamente con el problema de él.

Él ya tiene una dificultad para confiar en su propia percepción. Entonces aparecen:

los amigos, la familia, las opiniones, los juicios, las expectativas.

Es decir, no solamente pregunta:

“¿Quién es ella?”

También empieza a preguntar:

“¿Quién es ella para los otros?”

Y esa segunda pregunta puede ser mucho más devastadora. Porque el protagonista empieza a incorporar esa mirada social a su propia duda.

Y ya no le alcanza con amar: hay que poder defender públicamente aquello que se ama.

Ahí la boda deja de ser un decorado y pasa a ser una máquina de producir mirada sobre la pareja.

Una pareja que debe responder a determinadas expectativas. Una familia que observa. Amigos que opinan. Una comunidad que juzga. Una serie de rituales que parecen naturales pero que, mirados de cerca, tienen algo profundamente teatral.

Y allí la película introduce una crítica feroz a cierta hipocresía social: todos parecen preocupados por lo que está bien, por lo que corresponde, por quién es adecuado para quién, mientras debajo de esa superficie circulan deseos, prejuicios, fantasías y violencias mucho menos decorosas entre los mismos invitados y sus propios vínculos secretos. Incluso quienes juzgan tienen algo que confesar, y algunas de esas confesiones pertenecen al orden de lo siniestro, mucho más allá de aquello que condenan en los otros.

La boda, entonces, deja de ser solamente una celebración.

Se convierte en un escenario.

Y en ese escenario todos tienen un papel que representar.

Aquí tampoco nadie es quién uno había creído que era…

¿Qué hacemos con aquello que deseamos?

Hay un momento especialmente potente en el recorrido del personaje de Pattinson: cuando el obsesivo comienza a desarmarse frente a sus propios impulsos.

Hasta entonces parece estar intentando comprenderla, explicarla, encontrar la clave que le permita ordenar aquello que lo descoloca. 

Pero ¿y si aquello que atribuye al otro también habla de él?

¿Y si aquello que teme que ella pueda hacer contiene algo de su propia violencia, de su propio deseo, de aquello que no puede reconocer en sí mismo?

La película deja flotando una posibilidad intrigante, sin necesidad de resolverla: quizás algunas de las fantasías que proyectamos sobre el otro sean también una forma de mantener lejos de nosotros mismos aquello que no queremos saber.

Incluso puede que el interrogante más potente de la película sobre el amor aparezca cuando ninguno de los dos puede concebir una vida sin el otro: ¿quién quiere realmente destruir a quién para sobrevivir a una posible pérdida?

Haber encarnado a un neurótico obsesivo con tanta sutileza y minuciosidad actoral, y al mismo tiempo, mostrar a través de este personaje, el enigma del amor, me parece una total genialidad. Porque si bien, no todo amor incluye ese rasgo de obsesividad, sí está determinado por un misterio, la falta de garantías y por el temor a la pérdida del ser amado.

Amar sin tener una explicación

Hay algo más que la película pone en cuestión y que me parece particularmente interesante: la idea de que para amar tenemos que poder explicar por qué amamos.

Como si el amor fuera una suma de antecedentes comprobables. Para ejemplificar, la lista Tinder donde quien se presenta arma una especie de CV para dar prueba de las “características” que podrían atraer al que está en la búsqueda de su “media naranja”. No, ese mito, no se rompió aún, en esas aplicaciones convertimos el deseo en un proceso de selección.

Me gusta porque hizo esto.

Me gusta porque cuando era chica le pasó aquello.

Me gusta porque tenemos estos mismos gustos.

Me gusta porque entiendo su historia.

Él también está intentando construir un expediente de ella para poder decidir si puede casarse, sin necesidad de una aplicación y habiéndose atrevido a acercarse a ella en un bar por simple atracción, el amor sigue funcionando bajo la normativa de las aplicaciones.

¿Qué requisitos debemos completar para ser amados? Muy Black Mirror. Solo que ese espejo puede ser tan negro que ya ni sabemos a quién estamos mirando si la pretensión es que el otro se ajuste al formulario y rellene las expectativas para entrar en la selección.

Pero lo interesante de esta película es que nos muestra que amar no funciona así.

¿Qué pasa cuando pretendemos saber de antemano quién debería gustarnos?

Cuanto más intenta descifrarla, más empieza a revelar cosas de sí mismo.

Entonces se produce una inversión:

Al principio parece que la película pregunta:

¿Quién es ella?

Y poco a poco empieza a preguntar:

¿Quién es él cuando intenta saber quién es ella?

Ese giro me parece central.

El verdadero objeto de interrogación termina siendo la mirada de él.

“¿Quién era el otro? ¿Quién era uno mismo frente a ese otro?”

Porque el encuentro amoroso puede desobedecer completamente el expediente. Y en este caso, él va descubriendo quién es ella, y quiere siempre saber más de manera obsesiva, para garantizar su elección, pero también para saber quién es él.

Quiere una certeza antes de casarse, pero el amor justamente ocurre sin esa certeza, y menos aún la sexualidad. Es allí donde él se “esfuerza” a desearla, enredado en su oxímoron, y queda atrapado en la captura imaginaria de “y si ella es esto o lo otro…” Y en esta escena, ya no hace el amor con ella, sino con su duda. 

Parece que ir descubriendo al otro, qué nos gusta y qué no nos gusta de él, qué podemos aceptar, qué nos molesta, qué nos provoca deseo y qué nos provoca rechazo, no es lo mismo que llegar al amor con quien tiene un formulario completo del otro.

Porque el otro o mejor dicho, el “nosotros” se va construyendo en cada encuentro. El “nosotros” no existe completamente antes del encuentro.

Se produce en el encuentro.

Y eso explica por qué nunca alcanza un expediente previo, ya que, como muestra la película, el “nosotros” en cada una de las escenas del film se construye entre cada reencuentro y las fantasías que acompañan a cada uno de los partenaires.

Y hay algo aún más desconcertante, y es que en ese “nosotros” podemos descubrir que es posible seguir amando a alguien aun cuando tenemos sospechas, preguntas y aspectos de ese otro que no conseguimos comprender.

Eso es justamente lo que The Drama deja abierto.

No sabemos todo.

Ellos tampoco.

Y, sin embargo, siguen encontrándose.

Quizás el amor no consista en finalmente descubrir quién es el otro, sino en soportar que nunca terminaremos de descubrirlo.

Una película sobre nuestra época

The Drama aborda con hondura algo del drama vincular contemporáneo.

Porque muchas de las consultas que escuchamos hoy están atravesadas por esa misma experiencia: personas que continúan en sus vínculos mientras conviven con dudas enormes sobre el otro. Dudas que pueden llegar incluso a imaginar en esa persona aquello que resulta más terrible. Y dudas acerca de cómo la familia y los amigos lo van a juzgar.

Y entonces aparece una pregunta clínica que la película no responde —y que quizás tampoco debería responder—:

¿Cuándo una duda es una señal que necesitamos escuchar y cuándo se transforma en una maquinaria que no nos permite vivir?

La diferencia no siempre es sencilla.

Porque hay algo de la condición humana que la película captura con enorme precisión: no sabemos todo del otro, pero tampoco sabemos todo de nosotros mismos.

Y quizá sea justamente esa falta de saber la que hace posible el deseo.

The Drama no nos ofrece una solución.

Nos deja algo mucho más interesante:

la sospecha,

el deseo,

la risa,

el miedo,

la pregunta,

y ese amor que, contra toda explicación posible, insiste.

Quizás se trate también de eso: de descubrir qué anzuelo mordemos, qué queremos creer del otro y qué no. Porque amar no es solamente descubrir quién es el otro, sino también preguntarnos qué hacemos con aquello que creemos saber de él y con aquello que quizá tampoco podremos saber, ni del otro ni de uno mismo.

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