TEATRO

“TERCER CUERPO” de CLAUDIO TOLCACHIR

Por Raquel Tesone

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A Tercer cuerpo es la tercera vez que la voy a ver, y esto habla por sí mismo de una obra que tiene aristas interesantes para investigar  (aunque no sé si atribuirlo también, con el humor a lo Tolcachir, a lo que significa el tres en el triángulo edípico). Tercer cuerpo alude –  en el plano manifiesto –   a un inmueble de oficinas donde tres seres conviven y comparten sus horas laborales dentro del tercer cuerpo de ese edificio. ¿Son tres cuerpos que habita cada uno con su soledad y su vacío? ¿Hay otros cuerpos fuera de esa oficina, cuerpos invisibles, imaginarios (como un marido inventado), u otro cuerpo deseado y prohibido…

¿Cuál sería el intento absurdo de estos sujetos que parecen estar sujetados por el mismo sentimiento de vacío? Seres olvidados en el Tercer Cuerpo… ¿Será acaso una tentativa absurda desear vivir, y no de sobrevivir dentro de un sistema que deja excluido del circuito productivo a una parte de la sociedad? ¿Y cómo queda el resto inserto en un mundo capitalista? Parece que haciendo equilibrio dentro de algún lugar que lo legitime como ser humano.

A través de una historia situada en una oficina sombría y gris, Tolcachir encuentra, como en todas sus obras, un buen pretexto para trabajar desde una situación específica una temática social más amplia. Con personajes que llevan una vida hueca y que pasan desapercibidos, logra que el espectador ingrese en ese universo que, aunque alejado de él, le cuestiona su propia alienación social a un mundo que impone exigencias imposibles de cumplir. El espectador se siente ingresando en una oficina que parece pertenecer a otro mundo – pero, es de éste – llena de muebles desvencijados, con una máquina de escribir vieja, sin siquiera una computadora que funcione, y enfrentando a tres almas desesperanzadas que tratan de buscar un deseo que los despierte de su letargo. Sin embargo, parecería que en esa oficina, los deseos no solo no pueden mostrarse y deben ocultarse. Los protagonistas deambulan con ese deseo en una especie de limbo donde el deseo no se ancla, y no pueden comprometerse con él. Viven como fantasmas en un tiempo aparentemente suspendido, donde el otro intento absurdo es tratar de tener una vida privada que termina siendo privada, pero de toda privacidad. ¿Es que el capitalismo implica la privatización de todo, hasta de nuestras vidas? Estos personajes, que no se adaptan a un tiempo de puro consumo, parecen consumirse en un deseo que se diluye y que no se sostiene. La soledad los sumerge en un tiempo que no parece transcurrir, que se congela y los consume hasta hacerlos desaparecer. La invisibilidad de esa oficina que parece haber quedado en el olvido para el afuera, es un claustro pero parece ser un refugio donde al menos hay un lugar. Ya no se mandan correos, sino mails, pero a los del Tercer Cuerpo se olvidaron de darles al menos una computadora. En esa oficina, los objetos no se encuentran, los cajones se abren con dificultad y el tubo fluorescente titila amenazante, se prende y se apaga, de la misma manera que sus vidas.

El «tercer cuerpo» parece hacer alusión además a estos tres cuerpos que trabajan – o hacen como que trabajan – pero, en realidad, no producen nada. Están allí solo con sus cuerpos deambulando, pero no con sus almas. El cuerpo de Sandra, fuera de esta oficina, se manifiesta en un deseo de hijo que transita solo en las frías consultas médicas; el cuerpo de Héctor, sin el cuerpo de su madre, parece poder abrirse a una sexualidad que estaba reprimida (o consagrada a su madre), un cuerpo que desea resistir el envejecimiento y el cuerpo de Moni que no tiene lugar al que deja durmiendo en el incómodo sillón de su oficina.

Condenados a convivir durante muchas horas de sus vidas en el encierro de una oficina sombría y tenebrosa, inmersos en una aparente comunicación donde, en verdad, no se dicen nada más que algo anodino, no llegan a conocerse porque están totalmente aislados y hundidos en sus miserias y sus mentiras. Una máscara oculta sus pesares. Moni se muestra en exceso intrusiva, porque necesita invadir la vida de los otros ya que no puede vivir su propia vida; Héctor está ligado a su madre, pero, al mismo tiempo, la muerte de ésta supondría su liberación, buscando su identidad, mientras que Sandra, hace como si llevara una vida «normal» de pareja y, en verdad, está tan sola el resto.

En paralelo, se muestra la historia de una pareja, Sofi y Manuel, que se preguntan qué es el amor, si es algo para siempre o es algo efímero, asistiendo con impotencia a la letanía de su derrumbe.

Estas historias de pequeñas personas, desamparadas y vulnerables se entrecruzarán, y cuando creemos que solo está la nada del vacío mismo, se cae a pedazos la máscara de cada uno de los personajes y se revela la verdad.

Tolcachir logra con humor ácido que la tristeza, la melancolía y hasta la angustia de estos seres generen y provoquen risa en una catarsis que intenta expulsar de nosotros lo que nos identifica con sus personajes (gestos, guiños y algo de la humano en sí mismo).

Los diálogos alternados consiguen un ritmo en los tiempos adecuados sin superposiciones, lo que es otra de las grandes estrategias de la original dirección de Tolcachir y de su habilidad para llevar a buen puerto montajes muy arriesgados que requieren de un equipo de actores consolidados como grupo coordinado en sus intercambios. La puesta en escena montada con espacios virtuales solo recortados por los actores y su magnífica actuación, como se da en el caso de la consulta de Sandra a una ginecóloga, el encuentro de Héctor en un bar, el hogar donde discute Sofía y Manuel, permite a los espectadores ser partícipes activos. Es como si el público oficia de espejo o bien, ocupa el lugar de ese interlocutor invisible lo que involucra al púclico con la problemática que se desarrolla en cada escena.

Estos personajes outsiders que no se resignan a este no lugar, promueven a su vez, ternura. Libran una pequeña batalla privada para salir de la chatura de sus vidas.

Este microcosmos es una interesante alegoría de Tolcachir para hacer un profundo cuestionamiento a una sociedad, (o sea, ¡a todos nosotros!) que, sin tomar conciencia, permitimos y por momentos, facilitamos que se nos aliene dejando que el sistema formatee nuestra subjetividad.

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