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“FINDING SOFÍA: DESCUBRIENDO OTRO ESTILO DE COMEDIA” por NICOLÁS CASAVECCHIA

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Escrita y Dirigida por Nicolás Casavecchia

Fotos: Johanna Herrera

“Aquello que despreciamos a veces nos constituye tanto como lo que aprendemos”

Rafael Spregelburd

En el marco del BAFICI, se estrenó ayer 14 de abril, una película, con un elenco de excelentes actores argentinos y norteamericanos – hablada en español e inglés -, y Rafael Spregelburd es uno de ellos quien se luce con su personaje de artista plástico excéntrico y muy problemático, quien no tiene filtro para rebelarse ante lo establecido, ya que es políticamente incorrecto y difícilmente “corregible”. Antes y después de la función, tuvimos una charla con él, con Andrea Carvallo y con su Director Nico Casavecchia.

¿Es para analizar tu película?

Nico: espero que cuando termines de verla me digas que sí. El personaje de Rafael, vimos con mi analista, representa a mi padre en una trama edípica, donde yo tengo que conquistar a mi madre, compitiendo con mi padre. ¿No tenes 65 años, Rafael? (risas). A Rafael lo fui a buscar a la puerta del teatro, cuando hacía SPAM, y le di el guión medio temblando. Presenté mis credenciales y por suerte, me dijo que si.

Rafael: nos conocíamos ya a través de una amiga en común. Y es mentira, Nico es muy humilde, tiene una carrera importante, lo que pasa que se fue del país, porque este país expulsa a los talentos, vivió mucho en Barcelona, y ahora vive en Nueva York. Con lo cual, la película tiene un formato extrañísimo.

Nico: además de mí, hay actores argentinos. Me fui de acá a los 21 años, viví 11 años en Barcelona y para mi la película es una vuelta a Buenos Aires. Cuando pensé en Rafael, fue porque soy admirador de su trabajo y pensé que era perfecto para interpretar a Víctor.

Rafael: Y entre otras ventajas, nos repatriaron a Andrea Carvallo que también se fue y vive en Barcelona, y la película nos la trajo de vuelta por unos meses.

Andrea: Y además, al Tigre. Yo hago de Sofía, estamos todos trabajando en equipo, con las historias de todos, Sofía está tironeada entre dos hombres, mintiendo mucho, estudiante de sociología con novio artista, ahí nadie se aburre. Todos los personajes están en una gran crisis.

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Y ¿salen de esa crisis?

Rafael: Algunos no salimos, quedamos en el camino.

Andrea: Creo que ninguno sale demasiado, no hay algo rosa.

Rafael: la crisis parece ser un estado permanente y no una excepción. Es algo muy argentino, es raro ver el Tigre, hablando en inglés, es algo del argentino exacerbado, como nos tomamos muy naturalmente el estar en crisis y como el extranjero, lo vive, como algo extraño, algo tienen que hacer, algo tiene que decidir. No habla de una crisis económica, sería algo más cliché, sino de una crisis existencial, cómo se crean los vínculos, cómo hay explotación afectiva de unos y de otros, qué es lo que obtienen, cómo se escapan…

Andrea: lo que más me atrapó del guión es eso, cómo se vinculan entre ellos.

¿Cómo fue trabajar con Rafael, que para nosotros en uno de los mejores dramaturgos y artistas? Lo amamos.

Andrea: Yo no lo podía creer… Mis profesores de teatro me mandaban a ver sus obras, así que imaginate… Lo disfruté muchísimo.

Rafael: Era un aprendizaje para todos. Hay una escena muy linda cuando van a tener sexo y ella le dice: “me siento como en una porno teniendo sexo en inglés” (risas). Porque hacer la película en otro idioma, cuestiona todo lo que uno sabe de la actuación porque no te reconoces, estás deshabitado, hay un grado de extrañamiento. Con el equipo técnico hablábamos en inglés, y de pronto, como a escondidas, hablabamos en español y parecía como si estuviéramos cambiando figuritas, se van a dar cuenta que hacemos trampa (risas).

Andrea: claro, por una cuestión de respeto con los otros.

Rafael: este es un tema que aborda la película, el respeto cuál es, hablar en inglés, porque es el idioma del imperio o pedirles a los otros que hablen un poco del nuestro, ¿no? Nosotros vivimos en el culo del mundo, y tanto Andrea como Sofi, aprendimos dos o tres idiomas, viene alguien de Estados Unidos y da por sentado que hablamos inglés y esto, todos lo compartimos con gracia, pero a su vez, te da ganas de cuestionar esto.

A la salida, nos volvimos a encontrarnos con Rafael Spregelburd y aprovechamos para preguntarle sobre algunas cuestiones que nos disparó esta comedia respecto a ciertas temáticas de muchísima actualidad.

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Rafael, primero que nada te felicito por tu interpretación de un personaje muy conflictivo que desataba carcajadas en el público al mismo tiempo, que lograbas que el espectador, se sienta “cacheteado” por muchas preguntas, entre ellas, el argentino que compusiste, es aquel que se cuestiona su identidad. ¿Nuestra identidad está en crisis así como nuestras ideologías respecto a lo autóctono y a la idealización de lo extranjero?  

Yo más bien creo que TODA identidad es una crisis. En su libro “Lejos de mí”, el filósofo Clément Rosset desarrolla una tesis bastante polémica a la que me gusta adherir (hasta que se demuestre lo contrario): la identidad individual no existe, sólo existe la social. La que se impone en nosotros dado que la identidad propia es un vacío horrendo que sólo busca ser llenado por imitación, por educación, por afinidad. Rosset llega a esbozar la idea de que el amor no es más que una atracción por imitación: lo que me atrae a la pareja es lo que veo que ella ama de mí. Pero no puedo verlo en mí mismo. Para Rosset, hablar de “identidad” es imposible porque el yo que la enuncia no puede escindirse de sí; es como si la lente de una cámara pretendiera filmarse a sí misma. Así como la lente de la cámara es lo único, absolutamente lo único que no entra en un film, la identidad es lo único que el yo no puede comprender. Por eso sólo entiende lo que los otros (los padres, los amigos, la sociedad) adjudican como una constante de nuestro carácter.

Yo creo que el Víctor de esta película está compuesto por varios supuestos cuasi automáticos de la “identidad nacional”. Era una película en inglés, concebida sobre todo para un espectador extranjero, así que no tuve ningún prurito en divertirme con el cliché, porque es evidente que hay algo de la pregunta acerca de la “argentinidad” (lo inconformista, lo ventajero, lo conflictivo, lo introspectivo, lo alegre, lo melancólico, lo pesimista, lo exagerado) que ejerce un enorme grado de fascinación. Usamos lo que el público ya sabe del cliché, pero al mismo tiempo mantuvimos bien roja la alerta: la película es una comedia y el cliché está expuesto de manera más o menos franca. No intentamos hacerlo pasar por otra cosa.

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Víctor ataca lo extranjero, no por xenófobo, sino porque lo identifica con lo que es impuesto por el imperio: la frivolidad del discurso global (diseñado para ser aplicado sobre cualquier cultura, cualquier latitud y a cualquier precio) es un tema relativamente nuevo en la historia de las ideologías y ha venido a reformular de manera drástica los supuestos de lo nacional, lo autóctono y lo extranjerizante. Hay algo decisivamente demodé en la actitud ultraísta de Víctor que lo torna cómico, si bien no por eso menos verdadero. Creo que es un tema acuciante, y para desgranarlo no está mal primero reírse un poco de él.

¿El arte, una vez institucionalizado, corre el riesgo de convertirse en una basura que circula? ¿No requiere de la mirada del otro para completarse o es que esta mirada “cybernética” que corre por las redes de Internet está viciando el arte?

Así es, el arte ha estado siempre en las antípodas de las instituciones. Pero en la comodidad de ciertas sociedades burguesas, necesita de ellas para cobrar forma. Necesita de los museos a los que critica; de los teatros a los que quiere modificar; de los ministros de cultura a los que denosta por su doble discurso berreta. Esto es porque si no, el arte en situación de mera marginalidad también se torna inocuo. Lo que en un teatro independiente puede causar una sonrisa cómplice, en una sala central suele producir escándalo (e historia). Una expresión plástica extremadamente nueva en un sitio marginal puede pasar inadvertida (siempre recuerdo la obra de Jane Brodie en el Rojas que fue tirada a la basura por los barrenderos del Centro Cultural) y en un lugar central brilla con discurso de megáfono.

Pero luego hay otro problema: solemos llamar “arte” en la vida cotidiana a expresiones estéticas, bellas, feas, audaces o decorativas, cuya vida útil es breve como su sorpresa. La experiencia cibernética (todas las imágenes en un solo lugar) sólo agrega vértigo a los 15 minutos de fama señalados por Warhol, pero no habría que confundir lo “lindo”, o lo “interesante” de esa inmersión en el mundo virtual como una expresión artística. En todo caso, la cyberestética redefine las funciones del arte y sus materias formales. Pero es útil separar las cosas y pensar en la vieja distinción entre arte, artesanía y diseño. El arte es un gesto único, inicial, original y primero. Su tema es el sentido, sobre todo el que aún permanece no dicho para una comunidad. La artesanía, en cambio, es la repetición serializada (hecha a mano o no) de este gesto único y original: conserva su forma pero pierde su valor de revelación y se convierte en souvenir. El diseño persigue lo estético pero no lo artístico. No le interesa tanto la revelación como el consumo. Por eso es muy reveladora la situación inicial de Alex Tyler en la película: él ha animado unos tomates que bailan (¿se puede pensar en algo más alejado de las esferas del arte?) y cosecha millones de vistas en internet. Él quiere transformar esto rápidamente en algo artístico, pero el dueño de la marca de yogures le muestra la triste realidad: eso se puede convertir en el puntapié inicial para animar bananas, kiwis y frutillas y vender un producto. Todo lo otro es fugaz, y los cibernautas se fascinarán en tres días con la próxima estupidez que la web quiera ofrecerles. “¿Cuánto dinero has sido capaz de hacer con tu invención? Nada”, le dice el empresario. Y tiene razón: él ve como diseño lo que Alex querría ver como arte.

Los más pesimistas asumirán que el mundo del diseño se ha superpuesto sobre el del arte y lo ha hecho desaparecer por completo. Yo no estoy tan seguro. Pero atención: yo me dedico al teatro, que por su propia materialidad única e irrepetible, guarda poca relación (aunque no nula) con el problema del “diseño”. Por otra parte, no habría que creer necesariamente que “el arte” es mejor que “el diseño”. Son sólo dos prácticas humanas diferentes, como el básquet y el psicoanálisis. Y ambas tienen capacidades y maneras de hacer el bien a las personas o de servir de bálsamo misterioso.

La visibilidad que tienen a través de Internet algunas creaciones artísticas, ¿estaría rompiendo los límites en que el artista puede desarrollarse para poder vivir y que le paguen por sus producciones artísticas? ¿Esa masificación hace que se corra el riesgo de perder la producción individual? Hoy, ¿hay más “artistas” que personas que disfruten del arte?

Es la gran pregunta del film. Si el artista no quiere convertirse en un mero productor de diseños de moda (de una moda que dura 15 minutos) ya sabe lo que debe hacer: entrenar su instinto, su sensibilidad, sus técnicas. No buscar los resultados. Vivir en el accidente. Dudar de lo establecido. Cuestionar su gusto y sus propios hallazgos. Indagar en su Inconsciente. Estirar el lenguaje. Fijate que son todas cosas que dudo mucho se enseñen en las escuelas de diseño.

La otra cuestión es cómo lograr que te paguen por ser artista. Es un viejo debate. Cuando se inventa la noción del arte, si creemos en los historiadores, la única forma de financiación es la de los mecenas, es decir, la del poder económico burgués. Progresivamente esta forma de financiación es reemplazada por la idea del estado moderno: los ministerios de cultura ejercen de patrocinadores de las expresiones del arte (siendo que arte y cultura no son definitivamente la misma cosa). Allí surgen mil nuevas confusiones. Algunos estados neoliberales (como el inglés o el norteamericano) directamente dejan en manos de fundaciones ricas (como en el Renacimiento) la financiación de los asuntos artísticos. Otros estados más protectores (como el francés o el alemán) con una historia densa de luchas sociales y triunfos y derrotas, trata de construir un Estado que permita el desarrollo del arte sin inmiscuirse en sus contenidos. Los países tercermundistas (¿se sigue usando la palabra?) padecemos los males de ambos sistemas centrales: tenemos Estados truchos y corruptos, con funcionarios que son empresarios y que piensan toda actividad desde su rentabilidad económica (la cual no excluye derivar sus propias ganancias a paraísos fiscales), pero que anuncian una cosa mientras en realidad gestionan la opuesta.

La ilusión de la protección estatal (supuestamente democrática y para todo el mundo) también genera una distorsión en la concepción que cada individuo pueda tener de sí mismo como artista: todos nos creemos con derecho a ejercer alguna forma de arte. Y es verdad que ese derecho debe existir (ya que si no, la economía haría su selección natural, y un chico de una villa jamás podría pintar como da Vinci) pero los caminos del arte son injustos, erráticos y azarosos: como en última instancia dependen de la sensibilidad personal, del instinto, de la suerte (además de un buen pasar que te permita poder desarrollar tus potencialidades) tarde o temprano los verdaderos artistas son pocos. Esto es triste. Siempre recuerdo una anécdota brillante de la obra de teatro “Teremin”, de uno de mis dramaturgos favoritos, el checo Petr Zelenka. Es una obra sobre la fascinante vida del ruso Teremin, el tipo que inventó el “teremin box”, un instrumento musical tan fácil de tocar, que pretendía derribar a la última de las barreras del capitalismo: la del talento. Teremin quería que todo el mundo pudiera tocar música y diseñó un instrumento que se aprende en 15 días. Pero, ¿cuántas obras maestras tenemos hoy en teremin? ¿Cuántas canciones hechas con éste instrumento se pasan por la radio? La historia de ese fracaso es la historia del misterio del talento, que va muy ligado al del arte.

Lejos de ser paralizante, esta realidad debería tranquilizarnos: hay que entregarse con pasión al aprendizaje de las técnicas, cruzando los dedos para que la musa nos visite. La musa es vaga y no visita mucho al que no se predispone, creo yo.

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Las relaciones virtuales son, a tu criterio, vínculos ficcionales que pueden generar falsas relaciones, ¿Qué efectos psíquicos engendran este tipo de vínculos donde, en esa suerte de “doble vida” que plantea el film, hay uno que miente y otro que busca descubrir cuál es la verdad en esa relación?

Creo que la frase que mejor encierra esta paradoja es aquella en la que Sofía le dice a Alex: “Esta es mi vida real, no es internet”, y Alex le contesta: “Internet es la vida real”. Si bien internet es algo nuevo, creo que el argumento es viejo, viejísimo, y podría remontarse también al descubrimiento del Inconsciente, o al poder del sueño, o a la voluntad chamánica de la ficción. Siempre hemos querido habitar en un mundo que fuera irreal, para poder controlarlo y adaptarlo a nuestros deseos, a nuestro placer. Internet cumple para algunos esa función. Sus vínculos no son totalmente irreales. Esta es la trampa óptica. Hay quienes “militan” sin salir jamás de su casa, respondiendo a opiniones ajenas en internet. Hay quienes se enamoran de la pornografía, y con ella reemplazan al sexo real. Hay quien llama “amigos” a sus vagos amigos de Facebook. Pero yo no diría que estas relaciones son falsas. Son otro tipo de relación, más superficial, menos definitivo, relaciones que se pueden borrar con un clic sin mayores consecuencias. El verdadero problema es cuando estas relaciones son la únicas relaciones del sujeto.

En la película hay una imagen muy poderosa: Sofía le propone a Alex enterrar los estúpidos tomates en la playa. Alex bromea y lo considera magia negra. Sofía lo corrige con razón: no es un “simulacro” sino un ritual, una ceremonia (como en el buen teatro): se trata de hacer una trampa de lenguaje para engañar a la mente, y que la mente comprenda, mediante una forma concreta, el significado de ese acto liberador. Liberarse de los tontos tomates. Cuando Alex se pelea con Sofía (quien es también adicta a sus propios problemas) lo primero que atina a hacer es desenterrar esos tomates, deshacer el ritual, desdibujar la trampa de su mente, y volver a aferrarse a sus tomates. Que en última instancia lo “salvarán” (son los que le permiten solucionar el entuerto de la Embajada y regresar a su país). Esta es una de las ironías más tristes de la película: aquello que despreciamos a veces nos constituye tanto como lo que aprendemos.

Si existe una “foto” para el Facebook (siempre “feliz”), para que el otro crea que “uno es así o asá”, detrás de la cual, se esconde el verdadero rostro  humano, este mundo virtual ¿podría estar desencadenando una crisis de identidad general?

¡Hay que preguntarle a Roland Barthes, primer gestor de esa teoría tan inquietante! En el segundo que dura el clic de la foto, la personalidad se subdivide en tres, y el sujeto “posa”: me pongo para la foto tal como quiero que crean que soy. Siempre es perversamente divertido ver cómo se sacan fotos las personas, lo que hacen con el gesto, con las cejas, con la mirada, con el cuerpo. Una ráfaga de indecisión, de contradicción, de eternidad. Porque la foto congela y eterniza.

Yo creo que Facebook no hace más que expandir como una plaga este problema individual. Pero, ¿no hace lo mismo twitter con las ideas? ¿No reduce todo pensamiento a un haiku? Así como Facebook invita al fingimiento (salvo en el caso de personas que cuelgan sus autorretratos más fallidos sin discriminar) twitter reduce los argumentos a slogans. Facebook crea la ilusión de que el “yo” es una empresa, y que esa empresa tiene un gran director de imagen, que es uno mismo. Por eso te ofrece tantas herramientas de presentación. Te pone a trabajar en el cuidado de esa empresa que no produce mercancía alguna, o lo que es peor, que te vende como mercancía a un mercado que no ha pedido comprar nada.

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