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EL MAR DE NOCHE Autor: Santiago Loza Intérpretación: Luis Machin Dirección: Guillermo Cacace – Por Dra. Raquel Tesone

unnamedEsta obra conjuga un tríptico que a nivel artístico es de una excelencia contundente. La conmovedora actuación de uno de los actores más talentosos y que más se destaca en todas sus composiciones hace muchísimos años: Luis Machin, encarnando como él dice, como si fuese un “médium” un personaje que aparece “muerto” en escena antes que empiece la obra.  Al ingresar a la sala, Machín está sentado en un sillón del que nunca se levanta, dejando en el mismo estado a los espectadores, estaqueados a nuestras butacas a la expectativa de cada una de sus palabras y  de todo lo que dicen sus silencios. Este texto impecable, pertenece a la autoría de nada menos que Santiago Loza, uno de los dramaturgos más potentes tanto en teatro, como en sus reconocidos guiones de cine y  de televisión. Y si a esto le sumamos que va de la mano de  Guillermo Cacace en la dirección, quien es célebre por su trayectoria internacional y multipremiado, ya teníamos la garantía de asistir a una obra de arte sublime. Es un teatro donde se sacraliza lo mundano.

El mar de noche es la representación de un ser que se siente morir por amor, pero no por falta de amor, sino por el desamor más desolador: el abandono de aquel que ni siquiera escuchó la puesta en palabras del adiós. ¿Cuál es el efecto de aquello que queda sin palabra? Lo siniestro. Lo innombrable. Lo indecible. Lo que remite a la no significación y nos sume en un mar de miedos y angustias catastróficas.

“Amante. Hace un rato me tuve miedo”, con ésta suerte de diálogo interior, empieza ésta extraordinaria obra. El amor nos sume en el temor a uno mismo, a todo aquello que podamos descubrir de nosotros en esa entrega y al punto en el que se puede creer que se podría quedar expuesto, vulnerable e inerme frente a la ausencia irremediable del ser amado. Ser dejado como un resto.  Todo aquello que no se expresa en palabras, produce mayor dificultad para su elaboración.

“Tuve renovados deseos de hacer un viaje eterno a tu lado en tren. Tomar el transiberiano, por darte un ejemplo, recorrer en silencio estepas y noches”. En la muda despedida, hay un tren que se perdió y hay un viajero triste y solitario que esperando, desespera.

“Sé que lo que busco está en alguna parte. Irradiando su ausencia. Que la cosa se burla y espera”. La ausencia del abandono cosifica al amante y Luis Machin parece dialogar en estado de cosificación con ese ser que no está más presente en su vida y que lo sumerge en el olvido. Aquel que puede ser olvidado como un desecho descartable y perdido para siempre, signa a la relación de un sin sentido, dejando una huella traumática, como si nada ocurrió o todo fue una mentira. Se trata de un vínculo que resultó ilusorio al que se pretende refrendarlo con algún indicio de verdad.

“Nunca te voy a dejar de esperar (…)  Me das la espalda y tus pensamientos están lejos y no me atrevo a nombrarte. A romper el hechizo establecido entre tu ser y el paisaje contemplado. Vos perteneces a ese paisaje, la belleza te iguala. Yo soy el intruso, se me ha permitido espiarte”.

Un texto poético y desgarrador que nos lleva a pensar en la importancia de las palabras y la comunicación como pilar de todo vínculo, allí donde cada día parecen escasear más. Las relaciones se sumen en lo efímero de los nuevos modelos del lazo social donde se diluye el deseo en busca de otros necesidades inventadas por el establishment. Inmediatez de un deseo que se vuelven a disolver en los pliegues del mercado de la oferta y la demanda de los estereotipos de personas, diferentes en sus envases, pero parece que todo da igual, sino es aquel o aquella, puede ser otro.  Y todos están disponibles y son intercambiables en el universo virtual del Tinder, del Facebook y demás redes sociales.

“No te vayas. Necesito que contemples el daño.

Es necesario que tengamos un final.

¿No vas a venir?

Estoy esperando tu llegada que no sucederá.

¿Es así?

Me lo podrías haber dicho, hubiera sido más simple”.

Es una obra que nos advierte, como una suerte de señal de alarma, sobre las consecuencias nefastas de la banalización del amor.

Y en  la penumbra tenebrosa del final,  no vemos bajar ningún telón, sólo queda resonando algunos interrogantes: ¿Se puede obtener o eliminar de la vida a otro como un objeto y con un solo click?

¿Es que acaso, el amor ha muerto en el mundo, hoy?

 

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