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AL DIVÁN JORGE GENTILE – Por Dra. Raquel Tesone

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Fotos: Valentina Oyuela

Jorge Gentile, actor de teatro, cine y televisión, músico, cantante y Postproductor audiovisual (ENERC). Su formación actoral se realizó con Claudio Tolcachir, Timbre 4, Andamio, Ana Frenkel, Alejandro Catalán y Javier Daulte. Actualmente en cartel protagoniza la obra de teatro ¨Reconstrucción de una ausencia¨ de Gonzalo Marull en Patio de Actores y co-protagoniza con María Onetto la obra de teatro ¨Valeria radioactiva¨  de Javier Daulte en Espacio Callejón.   

Hola Raquel, justo vengo de mi análisis.

Pues tendrás una jornada de psicoanálisis intensiva por hoy.

(Risas) Entonces me voy al diván porque yo hago diván (se recuesta en el diván), antes me analizaba cara a cara pero siempre tuve la curiosidad del diván. Ya hace 12 o 13 años que me analizo, hice 3 años cara a cara y por algo muy puntual, le dije hoy me voy a acostar en el diván. Y ahí cambió todo. Si, cambió el panorama ya que cuando la mirada no está, se abre una oportunidad de olvidarte de quién te está mirando, quién te está escuchando, lo que dio lugar a mi mirada y a mi escucha. Soy yo el que me estoy escuchando. Poder decirme que no importa a quién se lo esté contando sino que lo importante es que lo escuché yo. Ahí empieza a jugar estas cuestiones de ahora lo escuchó y entonces qué hago…, ¿me sigo haciendo el boludo o realmente voy a hacer algo?  (risas). Por supuesto, que es un proceso y es como las capas de la cebolla, esas cáscaras que van saliendo de a poco. 

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Evidentemente, fue una entrega y una apuesta tuya ir al diván en tu análisis y te agradezco que acá vengas con esta  misma predisposición a analizarte.

Todo lo que es abrirse no es algo que me es natural y a la vez, cuando me ocurre, lo festejo. Siempre que tengo alguna duda me digo: “¿me pasa a mí o le pasa a todo el mundo?”,  como si le pasase a todo el mundo sería lo normal y no me tengo que preocupar (risas). En realidad, no importa tanto el mundo por ahí, importa más mi mundo…Sí, festejo abrirme y tirarme a la pileta y ver qué pasa, eso es lo bueno. Y en el último tiempo, me estoy animando más a tirarme a la pileta.  Y eso en la actuación se ve, es el reflejo, el resto de la vida no deja de ser un trabajo para la actuación. Pienso que vivo para la actuación.

Es el mismo contrapunto entre la realidad y la ficción que trata la obra donde actuas en Valeria radioactiva de Javier Daulte a quien tuve el honor de recibir la semana pasada y estuvo en este mismo diván.

Si, recuerdo que yo te lo presenté cuando viniste a felicitarme a la salida de esta obra. Cuando empezamos a hacer el proceso en esta obra, que fue recontra arduo hasta que estrenamos, me vi superándome las limitaciones que yo tenía, Me ayudó mucho Javier Daulte, y el equipo también porque sentía que por momentos, no pegaba una.  Me limitaba mucho estar trabajando con tanta gente consagrada al lado, nunca me había pasado eso porque son todos tan buenos, tan grosos, con muchos premios, y yo sentía que ellos tienen el sello y yo no lo tengo. Clarividentes también fue una obra que hice con Javier y eso me dio confianza, ahí hubo un proceso creativo en el que, reuniendo a un montón de actores con una idea y dos escenas escritas, las actuabamos y luego, él escribía a la noche y nos pasaba lo escrito para que lo estudiaramos a la mañana. A la noche, lo volvíamos a ensayar con un trabajo de improvisación, algo muy loco, con un texto totalmente modificable en base a lo que nosotros veníamos trabajando. Cuando me entregan Valeria, venía con ese entrenamiento, ya conocía el estilo de Javier. ya había entrenado con él y estuvimos laburando dos años y medio con la obra, ya había un vínculo. Yo recontra agradezco a Javier que me haya dado esta confianza muy alta y a la vez, me dio una responsabilidad muy alta. Cuando empezamos a trabajar, sentí mi límite  o lo que yo creía que era mi límite, un límite que se tenía que correr. No era algo que podía hacer con lo que ya tenía. 

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¿Y  qué pensabas de cuál era tu límite?

El límite técnico lo fui corriendo pero no era mi miedo lo técnico. Mi mayor desafío era al límite emocional y eso era algo que tenía que recorrer los personajes. Por ejemplo, en la obra Valeria radioactiva, empecé a jugar con qué Percy, que es el personaje que se convierte en la  ficción dos en una especie de mafioso y se hace pasar por un médico para robarle la fórmula de la inmortalidad a Julia dentro del marco de un culebrón inventado por la escritura de Valeria, y yo imaginaba que era Percy haciendo de actor, como si le hubieran ofrecido un bolo en una novela. 

Un personaje que jugaba a ser otro personaje, pues resulta muy interesante.

Alguien que no es actor pero tiene alguna cuestión histriónica y lo divertido es que es creativo y morboso ese personaje porque le tienen que sacar sangre para descubrir la fórmula. Es un malo medio raro. En los ensayos, Javier abría un espacio de encuentro para reflexionar acerca del proceso del ensayo en sí mismo, de los personajes y de la obra.  Javier está muy abierto a los comentarios y eso estuvo buenísimo porque todos al principio decíamos que esos personajes eran unos hijos de puta descarnados y que lo único que les interesaba era ganar dinero, poder y éxito. Con el tiempo, nos dimos cuenta durante el proceso, que estos personajes eran unos seres muy fáciles de derribar. Todos eran vulnerables.

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En el fondo, ¿todos queremos ser inmortales?

Sí, creo que es el miedo más profundo a este juego que es la vida porque en definitiva no deja de ser eso, en ese miedo a lo inevitable se esconde todo. Valeria lo dice en un momento cuando tiene una charla en el final con el personaje de Horacio que lo hace Héctor Díaz, le dice a Valeria: “vos estás loca”, y Valeria le dice que no, que cuando él se esté por morir, se va a dar cuenta que no y que lo que está haciendo es una forma de despedirse. Entender el final puede ser algo triste pero también es un motor para decir que no queda tanto y para que aprovechemos el tiempo. Lo podés ver de las dos formas:  te podés deprimir y quedarte en tu casa y pensar que como me voy a morir para que me voy a preocupar tanto de las cosas y me quedo acá, o bien, que sea motor para aprovechar el tiempo que te queda de vida.

Entonces tu limitación, ¿era el miedo a la vida, a tirarte a la pileta y a aprovechar tu tiempo?

Si, podría llegar a ser eso. La obra que estoy haciendo sobre la vida de Jorge Barón Biza,  trata de la vida real de Jorge, con una familia de suicidas, él es un periodista, un crítico de arte, con unos padres que se destruyeron durante los 30 años que vivieron juntos. En ese comienzo del final del episodio donde el padre le tira ácido a la madre y se suicida, y él con 22 años y un estado de ebriedad que llevaba años, se tiene que hacer de repente cargo de la madre quien tiene la cara desfigurada, porque el padre se suicidó. Allí empieza el derrotero de Jorge. Meterme en esa vida es muy fuerte, es de una tristeza y una soledad tremenda, un desierto increíble. El libro en el que está basado la obra se llama “El desierto y su semilla” escrito por Jorge. Me removió mucho esa tristeza y aparecieron las tristezas que he ido acumulando. Un amigo que vino a verme y que los padres fallecieron, y eran también una pareja de se había hecho mucho daño, y si bien no llegaron al límite de esta familia, él me decía que de todas maneras te puedes sentir identificado por más que tu padre no le haya tirado ha sido a tu madre en la cara. Hay algo de la obra que habla de eso, y yo pienso en cosas de mi infancia cuando compongo ese personaje. Otro amigo me dijo que terminó la obra y se preguntó cuál puede ser el ácido que su padre le haya tirado a su madre.

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El ácido es la metáfora.

Y yo pienso … ¿cuál habrá sido el ácido que nuestros padres se deben haber tirado mutuamente?  

Y a vos, ¿te salpicó?

Si, claro. Trabajo mucho con mis recuerdos, con mi infancia.  En la obra se dice que todos heredamos de nuestra familia algo y que la vida es eso: saber qué hacemos con esa herencia, que hacemos con eso que recibimos.

Como señalaba Sartre: ¿qué hacemos con eso que nos hicieron? En lo que vos relatas, la pregunta es ¿qué hacemos con lo que “tira” un padre? ¿Repetir algo de esa historia o crear algo diferente? Transgredir o reformular.

Totalmente, yo me hago cargo de lo que heredado. Reformular más bien que transgredir porque en el transgredir si bien hay algo de cambio, me parece mejor esto de lo hago a mi manera, no calcado, es una opción. Porque hacer algo totalmente distinto me parece algo imposible. Caigo en cosas de la obra en esto de hacer algo diametralmente diferente… Jorge  en el cuarto acto habla del padre: “… el fracaso por comprender a Raúl me ata a él, todas todas las reflexiones que me planteó sobre él, valen también para mí y parece la única puerta que me dejó abierta. Comprendo que esa abertura va a estar en mí para el resto de mi vida y no sé qué voy a hacer con ella y tampoco sé qué va a hacer ser ella conmigo”. Es una reflexión donde dice: estoy al horno.  

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Encima se llama Jorge. ¡No te dejo un milímetro de distancia!

¡Obligado! Y eso fue producto de una cadena de casualidades que parecieran inevitables. Cuando recibí el material, me dije: esto es de una tragedia que no sé si estoy dispuesto a contarla, y a la vez, había algo de esa oscuridad que me atraía. Ese tira y afloje me llamó la atención desde el primer momento. Después llegué a pensar a quién le va a interesar tanta tragedia en un momento donde todo está tan mal. Respecto a reformular y no transgredir, hay una parte que Jorge dice: “decido rehacerme por oposición, ser todo lo contrario, nada de ira, nada de violencia, nada de rendimiento voy a reconstruirme a mí mismo como Clotilde contradiciendo todos los designios de Raúl”, como lo hizo su madre respecto a lo que decía su padre. “Yo seré el antiRaúl”. El se proclama el antipadre  y se plantea la vida desde ahí, quiere hacer todo lo contrario a lo que hizo su padre. Cuando se lo quiere contar a su madre, no le sale, y en ese momento, la mamá se suicida, no se suicida por él sino porque estaba en una decaída tremenda, estaba con el ácido en la cara hacia como unos 10 o 15 años y eso era insoportable. Me parece que ser todo lo contrario es imposible, es como todo, hay que buscar un equilibrio.

Buscar un equilibrio respecto a los aspectos que heredaste de tu padre.

Y no necesariamente los buenos aspectos. En Valeria hay una parte que hago de mono y en la segunda intervención que hago de mono, tengo que saltar muy cerca de una viga y hay una saliente dónde va un tornillo, y me la di en la espalda y sentí como si me hubiesen dado un hachazo. Después salí igual a actuar aunque sentía el dolor como si me hubieran dado con un hachazo, me cambié y salí al tercer acto. Hubo algo que sentí que me modificó en la actuación pero lo tomé y seguí adelante. Y eso tiene que ver con el oficio, se te cae un piano en la cabeza y no parar, sigo con eso pero también tiene que ver con mi viejo, a él se le puede caer un piano en la cabeza y sigue como si nada.  Después me fui a comer, no me fui a mi casa. Hay algo de pasar por alto los dolores y eso es algo que me linkea con mi viejo. Más que pensar si lo que tengo en mi viejo es bueno o malo, lo pienso como equilibrio o desequilibrio y esto es más desequilibrio. Después hay algo de la fuerza y de la voluntad que yo también lo heredé y que me parece que está bueno. Hay algo de la disciplina. En los dictados de primer grado, mi papá me decía que era un burro, encasillado como si fuera una bestia, y era un chico de primer grado que estaba tratando de aprender a escribir. Y durante muchos años pensé que era una bestia. Eso me pesó mucho pero también rescató que soy un actor muy disciplinado. 

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Lograste hacer una transformación de lo que dictó tu padre. Pasar de ese sentimiento de ser un burro a ser disciplinado y usar la disciplina para ser un buen actor. 

Sí y además yo siempre sentí como una limitación que no venía de una familia de artistas, eso lo vivía mal. Mi viejo y mi vieja siempre se dedicaron a otras cosas y sentía que la cuestión artística no era algo familiar. Empecé con la música con una banda de rock que tuve de los 16 hasta… aunque siempre seguí tocando la guitarra y cantando. Primero vino el deseo por el lado musical y después por el lado actoral. Había muchas ganas pero no se incentivaba mucho a mi casa por una cuestión de ignorancia que había en mi casa, una ignorancia hasta lógica. Fui  buscando los caminos yo sólo en ese sentido.

El costado artístico te lo dictaste solo.

Me lo dicté solo… Me acuerdo cuando era chico que tenía un mundo interior muy de película, con mucho silencio, sin hablar tanto, como si viviera dentro de una película con muchas fantasías, pero después para darme cuenta que quería ser actor, tuvieron que pasar muchísimos años. Tuve una experiencia en el 2001 de aprender teatro un año o dos, y fue muy fuerte porque estudié con Tolcachir. Hice comedia del arte y fue muy bueno.  Después me puse estudiar cine y dejé la actuación y volví recién en el 2011. Empecé a estudiar, a ir a una escuela, hacer las muestras, fue cómo arrancar de grande porque ya tenía 35 años y enseguida no tarde mucho en darme cuenta que yo quería seguir con eso, dedicarme y trabajar, tener más responsabilidades. En 2014 hice mi primer obra, y Valeria es la quinta obra que hago. María Onetto con Javier ya tiene hecha más de 7 obras y debe tener como 70 obras realizadas, hace 5 o 6 obras por año, y a veces,  tengo la tentación de deprimirme un poco y pensar porque no habría empezado antes y después veo que con el entrenamiento lo podría lograr en menos tiempo. Y si hay algo de la experiencia que no está pero creo que además del entrenamiento en la sala, el actor se hace mirando, cachando,  teniendo ese sentido desarrollado de la observación. Naturalmente, me pongo en un bar y me divierte mirar la gente aunque no escuche, veo cómo se están peleando o lo que sea. El actor se va formando viviendo, con la vida misma. Subir a un colectivo ya es una clase de actuación.

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Ese chico callado fue armando su universo actoral y hubo una búsqueda desde distintos lugares artísticos para llegar a eso, como tener una banda de rock, ir a Tolcachir, estudiar cine, teatro… Hay todo un acervo personal del que te fuiste acopiando con tus vivencias y con lo que observas. Sos un actor que está en diálogo permanentemente con su mundo interno. Y tus años de análisis te expandieron en todo sentido.

Si, es verdad. Esa experiencia que tuve en el 2001, fue muy importante porque todo ese grupo de actores sigue trabajando mucho y nos seguimos viendo,  seguimos por grupo de chat con la gente con la que estudié y fue el primer curso de adultos de Tolcachir quien siempre se acuerda de nosotros. Después pasé a comedia del arte y después el segundo año que hice en el Andamio, el año se llamaba “naturalismo”, y no era comedia del arte y era  algo de de jugar con cuestiones propias, y eso me sacó del juego porque no estaba preparado. Tiempo después, empecé terapia y lo necesitaba, yo no se lo digo a mi terapeuta pero fue mucho gracias a la terapia porque mi terapeuta durante 3 años en el ascensor, en esa charla de pocas palabras antes de saludarme y darme un beso y despedirme para la próxima sesión siguiente me decía: ¿vas a estudiar teatro este año?; y yo hasta ese momento estaba componiendo mis canciones y estaba más con el tema más de la música.

Hiciste 3 años cara a cara y tu terapeuta vio al actor, y hasta ahí necesitabas la mirada de tu terapeuta, después,  no necesitaste más su mirada y pudiste hacer diván. 

Y me vio mucho antes de que yo lo pueda ver. Además, trabajaba en una productora en la que trabajé como 8 años haciendo una vida como de oficina y me costó mucho dejar ese trabajo porque era algo muy armado, muy estándar y muy seguro y además, me daba de morfar. Justo cuando tuve mi primer hijo, me dije: este camino que estoy haciendo, no es lo que quiero. Mi hijo ahora tiene 9 y y tengo una nena de 5 años y hay una frase recurrente sobre cómo se aprende de tus hijos pero es cierto. Se aprende de verlos jugar, del amor que te dan pero también se aprende del hastío y de no aguantarlos más, de gritarles y de las sorpresa permanente. El otro dia mi hijo me sorprendió cuando lo retaba, y me contestó: “papá, así no se trata un hijo”

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Interesante cerrar la sesión con un papá y con un papá que aprende de su hijo y que se deja “dictar” por su hijo: cómo ser un buen papá.

Y ahí volvemos a lo que hablamos al principio de la sesión: ¿qué hacemos con esa herencia?

Es que si hay un hijo que le puede decir  a su padre como quiere ser tratado…

…Es porque yo le doy ese lugar.

Dejamos acá. 

DEL OTRO LADO DEL DIVÁN: 

Jorge Gentile es un ser sumamente empático y de una gran humildad que, por momentos, puede deslizarse para el lado de la desvalorización, en tanto es hiper exigente con su persona y con su labor profesional. El sabe que tiene un mundo interior muy colorido desde su más tierna infancia pero le cuesta externalizarlo, “tirarse a la pileta” implica un riesgo que, si bien está dispuesto a correr (tal como lo hizo en la sesión), el mayor obstáculo, es superar su exigencia y relanzarse desde sus emociones sin temor de no estar a la altura de la jugada. La marca de haberse  creído que era un “burro”, lo lleva a exigirse por demás. Sin embargo, puede tirarse a la pileta porque supo inventarse un padre, como diría Cornelius Castoriadis, un padre que es un padre entre una infinidad de padres. Jorge supo contar con padres profesionales como Tolcachir y Daulte que lo legitimaron y confiaron en él. La cuestión del padre es central en Jorge, por eso obras como “Reconstrucción de una ausencia” lo auto-cuestionan en sus fibras más íntimas y puede ir elaborando sus propias problemáticas con esta obra de teatro y encarnarlas llegando a conmover lo más profundo de cada espectador. Lo mismo en “Valeria radioactiva”, en tanto logra no juzgarse, se puede permitir jugar un poco a que la vida también puede ser una ficción posible donde pueda mostrar su verdad. En un punto él sabe que no quiere ser el anti-padre porque puede transformar algo de esa presencia, y por otro lado, poder reconstruir aquellos aspectos que pueden ser recreados en su paternidad, es su meta. El cierre de la sesión nos habla de esa transformación, un hijo que puede ayudar a su padre a saber cómo quiere ser tratado. Un padre que da lugar al desarrollo de su hijo, ese mismo espacio que se está generando él mismo para seguir desplegando sus múltiples talentos artísticos. 

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