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Entrevista a Limón García. La búsqueda como motor – Por Flavia Mercier

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Héctor “Limón” García, siempre comprometido con la búsqueda de lo aún no develado en la música, por muy conocida que sea; y con la puesta en escena de lo auténtico. Ha recorrido un prolífico camino desde lo más tradicional del folklore y el tango hasta lo más revolucionario en el rock y el tango. Tras acompañar a artistas de la talla de Mercedes Sosa e Ignacio “Cuchi” Leguizamón con un grupo de folklore que se llamó “Los Argentinos”, un día sintió escuchando en vivo a Manal que un fuego ardía en su interior. Al tiempo formó un trío de rock con el que debutó como teloneros de “Pastoral”. Luego, tras un breve paso por los “Abuelos de la Nada”, formó primero “Frappé” con Javier Calamaro y luego con otros músicos la banda de rock “Vía Varela”. Tras la disolución de esta última, fue parte de la formación original de la mítica banda “Bersuit Vergarabat”. Tras su salida de Bersuit, y descontento con el curso que tomaban las bandas de rock en los 2000 al perderse ese sonido original y propio que tenían las bandas de los ’90, aceptó la propuesta de Tripa Bonfiglio y Cristian Basto para hacer una apuesta revolucionaria en el tango, tanto a nivel musical como estético, dando nacimiento a las bandas “Rascasuelos” y “Rascacielos”. Era una vuelta al origen, pero como volvía después de un fecundo trayecto, lo hizo para encontrar algo diferente, no lo mismo de siempre.

Buscador incansable, inconformista sin remedio y artista inclaudicable, incapaz de negociar su arte, Limón García se juega en esta entrevista como en todo lo que hace.

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Hola Limón, ¿Cómo la estás llevando? O, mejor dicho ¿Qué haces para llevarla?

Estuve haciendo algunas composiciones nuevas y trabajé un poco para un par de bandas malagueñas, “Tabletom” y “Bendito”. Estoy resistiéndome un poco a los vivos “on line” porque hasta ahora los que vi no se escuchan bien. Prefiero no hacerlo si no voy a quedar conforme o no voy a estar tranquilo con lo que sale.

En Rascasuelos siempre estuvimos muy involucrados en la estética con Tripa (Patricio Bonfiglio), Fulvio (Giraudo) y Cristian (Basto). Teníamos muy claro que se tenía que cuidar y que cuando lo viéramos nos tenía que gustar a nosotros primero. Y a cada lugar al que voy o en el que participo insisto con este tema porque hace muchos años que estoy en esto y hay cosas que sé que en 20 años me seguirán gustando, pero algunas “manchas negras” tengo. Y lo tremendo es que después las ves todo el tiempo, se repiten toda la vida. Los artistas deberíamos preguntarnos qué hacemos para que la gente quiera venir a nuestros shows.

Este tiempo a mí me ha servido mucho para recuperar una memoria emotiva y resignificar por qué soy un artista. Cuáles fueron las cosas que me llevaron a ser un artista, cuantas fueron las cosas contra las que luché para ser un artista. Y en este ir para atrás sentí que en mi historia había un común denominador que era la búsqueda. 

Cuando yo comencé a los 8 años con la música ya estaba buscando una música. Y entre los 10 y los 11 ya estaba componiendo mi primera canción. Y esa pasión por la búsqueda hizo que toda la vida intente provocar un evento artístico. Alguna vez me habrá salido y muchas veces no. Siempre busqué en muchas otras disciplinas para provocar un evento artístico. Eso es lo que más importa.

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¿Y qué buscas? Si sabés qué es. Es también posible buscar qué es lo que causa el deseo de hacer.

Bueno, hay un poco de las dos cosas. Está el rumbo que te marca la brújula y lo que te encontrás. Sé que tengo que ir hacia donde las cosas me provoquen, me sorprendan. 

Nosotros estamos trabajando con mi esposa Sole (Soledad Fernández), a partir de una idea básica que después se empieza a transformar. Así hicimos ese último concierto en escena (“En vivo en el Templo Cultural”). Yo siempre le decía a Sole que había que pensar las cosas de una manera integral, que todo tenga que ver con todo: si hay bailarines en escena tienen que estar bailando lo que está pasando musicalmente; y si hay música tiene que estar también en función de lo que hacen los bailarines. Todo dentro de una gran estructura en la que el protagonismo circule en el escenario, que el protagonismo vaya para un lado y para otro. Es como mirar un gran paisaje. 

Cuando convoqué a los chicos para este show, me pidieron las partes. Y, por supuesto, no había partes. No era la idea que hubiera partes. Yo les proponía: “Vamos a tocar como cuando nos juntamos en casa, donde hay ciertas estructuras, ciertos patrones, pero luego yo necesito ver a Nico Enrich bandoneonista, a Lisandro (Silva) guitarrista, a Cristian (Basto), que me ofrezcan lo que tienen.”

O sea, les estás pidiendo que sean intérpretes, no sólo un músico, o un bailarín, o simplemente un buen lector de una partitura.

Por supuesto. Esto es una historia que empiezo a contar yo, pero, como la sabemos todos, es una charla entre cuatro personas donde cada uno va contando desde dónde vio esa historia. Para esto yo les proponía “desemprolijar” un poco esta cosa del tango, contarlo de una manera que sea más fácil y llegue más rápido, y no desde la tiranía de la partitura. Está buenísimo leer la parte cuando tenés que hacer grupales. Pero en este caso lo que yo les proponía era otra cosa, era libertad. Yo admiro a todos los músicos con los que toco. Yo me emociono cuando escucho tocar a Nico Enrich, o al Tripa o a Juan Otero, o a Cristian o a Julio (Domínguez). 

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Es una manera de renovar el tango. El énfasis que cada uno le pone a distintos momentos del tema me hace escuchar de otra manera esa historia. Lo cual puede representar para mí casi otra historia, aunque la haya escuchado 100 veces.

Cuando me involucro con la letra intento ver cómo me sentiría escribiéndola. No sé si el autor se sintió así, pero hoy yo quiero contar esa historia de esa manera. Por ejemplo, decir “la abandoné y no sabía que la estaba queriendo” es desgarrador. Cuántas veces uno abandonó algo y después se dio cuenta que lo quería, o amaba, … ¡Y no hay marcha atrás! Me parece que cuando el autor elige estas palabras quiere decir justamente esto, que no hay marcha atrás. 

Eso me hace contar la historia dándole importancia y peso a cada una de las palabras por las que estoy pasando. Y sintiendo los espacios. Las palabras tienen un peso que a veces nosotros pasamos por alto porque le damos mucha más importancia a la melodía, pero el peso de cada palabra, la intención, puede cambiar una canción. Para mí es así: sentir en alguna frase la historia y a partir de ahí contarla toda. Y esto mismo es lo que les pido a los músicos, cuando encaramos algún trabajo, cuando empezamos a tocar. Les digo: “Muchachos, ¿estamos escuchando? Está diciendo que la abandonó y no sabía que la estaba queriendo (con énfasis). No muchachos, si yo voy a fondo tenemos que ir todos a fondo, porque si no estamos sintiendo lo que estamos tocando es muy difícil.” No sé si difícil, pero sé que no quiero hacer eso. 

Una función abierta a lo que se encuentra, a lo que se devela en los matices que cada uno va encontrando. ¿Cómo se ensaya eso? ¿Son los ensayos parte de la búsqueda?

Yo valoro mucho la espontaneidad. Te diría que ningún show es exactamente igual al otro, aunque la propuesta sea la misma. En un ensayo funciona igual. Eso es justamente la diferencia del tango: el tango es pura improvisación. Salís a bailar con alguien y no sabes cómo va a salir ni cómo va a ser todo el dibujo del tema hasta el final. Y esto es lo que yo busco con las cosas que hago. El mantener esa frescura y la risa. ¡La risa! Recuerdo que los sábados en mi casa ensayaba la orquesta de tango de mi tío Juan, y los vecinos pasaba y bailaban ¡con una felicidad! Se bailaban el tango con una sonrisa. Yo veo que ahora la gente baila y están serios, y no lo entiendo.

Ponen cara de “tango” …

(Risas) ¡Claro! No tiene sentido. Dan ganas de decirles: ¡Disfrutá! Estás a punto de pasar por un lugar que no vas a volver a pasar porque cada tango es diferente. Disfrutá porque cada tango que bailes va a ser distinto, cada tango que cantes, cada vez que lo toques, va a ser distinto. “Tiene” que ser distinto, no importa que ya esté escrito.

Por eso a los músicos con los que trabajo les pido que sobre unos patrones que son las progresiones armónicas, se liberen, sueñen, se conmuevan, que haya pasión en lo que se toca. Una función mucho más orgánica.

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En el sentido de algo que está vivo, del organismo.

Mirá, se habla tanto del tango, del tango, … Yo viví la época dorada del tango. En mi casa había una orquesta de tango, mi tío era cambio de Pugliese cuando a Pugliese se lo llevaban preso. Yo sí sé cómo se sentía esa época. Y luego pasé al rock y empecé a sentir cosas muy similares. Empecé a sentirme discriminado y toda una serie de cosas que me permiten hoy poder hablar del tango teniendo un punto de vista por haberlo recorrido, haberlo pasado a otro lugar y por hoy hacer lo que estoy haciendo.

Creo que como artistas también tenemos que animarnos a decir cosas que pensamos. Musicalmente, o con la letra, o como que sea. Seguir un patrón determinado para cantar o tocar es muy importante en las orquestas, pero en formaciones donde no hay doblez -es decir, no hay instrumentos repetidos-, si quiero retrasar una frase, lo puedo hacer. Necesitamos animarnos a más, porque si nos quedamos con las formas del ’40 y del ’50 nadie nos va a entender. De hecho, nadie nos entiende ya. 

¿El tango y el rock tienen entonces en común, que cada una en su época fue marginal, discriminado y perseguido?

Cuando arranqué mi carrera en el rock empecé a entender lo que sentía mi viejo. Ellos aprendieron a bailar tango en la calle, entre hombres, o en alguna casa con un hermano o una hermana, porque no estaba bien visto el tango en el ’30 y pico, por los ambientes en los que se bailaba. Las letras eran bastante livianas

En mi época yo tenía el pelo largo y sólo por eso la policía te perseguía. Estabas en una cola y te sacaban, aunque les mostraras que tenías tu entrada. Te subían al micro y te llevaban toda la noche para que te perdieras el show. Así desalentaban a la gente para que no quisieran ir a ver a esos loquitos como Spinetta, Charly García, Manal, o tantos otros … 

Pero yo empecé a encontrar una forma de hacer una resistencia. Sentí que había algo para hacer desde la música y me involucré. Y así hice toda mi carrera musical. 

Pareciera que tu búsqueda no sólo está en relación a tu verdad sino a la verdad de tu gente 

A mí lo que me conmueve y lo que me motiva es estar comprometido con la época. Me tocó vivir épocas muy importantes del mundo y de la Argentina y siempre estuve muy comprometido. Hay artistas que dicen otras cosas y está muy bien. 

Yo siempre entendí que la música podía contribuir a que la gente reaccione de otra forma de la que le dicen que tiene que reaccionar. Y en ese sentido siempre fue muy importante poder tener una trinchera, que en su momento fue Bersuit, donde había mucha risa, mucha diversión y mucho compromiso con lo que se decía. De alguna manera en ese momento siento que ellos están buscando lo mismo que yo. Había como una mixtura entre todo lo recorrido en la calle y cosas urbanas, mezcla de rock y mucha música que escuchábamos. Los ensayos eran renovadores. Eran como el lugar ideal para mí, primero porque eran amigos y luego porque empezamos a hacer una música que era como estar leyendo el diario anticipadamente. Nosotros los artistas a veces nos olvidamos que somos los testigos, y a veces los encargados, de reflejar lo que está pasando en la sociedad, desde cualquier lugar que lo mires.

En base a todo ese aprendizaje, yo encaro mis canciones. Quizás resulte extraño, pero a veces siento que estoy entre la vida y la muerte, que puedo morir en cada instante.

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Diría el maestro Peredo: “El cantor se juega la vida en cada canción”.

Y sí, el maestro sabe mucho. Yo hablo mucho con él. Siempre le digo: “Osvaldo, como te robo. Te robo mucho.” Hemos salido de gira con Osvaldo y hemos tenido conversaciones magistrales, porque es una biblia, el viejo es una biblia. 

Hay una cosa que aprendí en todos estos años: siempre hay alguien que puede tener una idea mejor que la tuya en muchas cosas, sobre todo cuando trabajás en grupo. Y se trata no sólo de abrir las orejas sino estar abierto para recibir eso. Siempre hay maestros y cuando hay un maestro hay que escucharlo porque te va a ayudar a entender lo que te estaba molestando, pero no sabías qué era. Y él quizás en dos palabras te lo sintetiza. Eso es Osvaldo. Te puede gustar más o menos. Pero él canta tango, él es un cantor de tango y lo vive. Él transita por las palabras como a mí me gusta. Yo tengo una gran admiración por Osvaldo por eso. Él pasa por las palabras, se apoya en las palabras, de una forma que vos decís: ¡Sí! Te conmueve porque te está diciendo las palabras como te lo dice un amigo o alguien que te quiere. Y para mí, para mi forma de ver la música, el tango, va por ahí.

¿Y cómo llegas en tu búsqueda a Rascasuelos? Parece un intento de retorno a lo auténtico del tango, pero a la vez que lo mantenga vivo renovándolo.

Cuando Tripa y Cristian me vinieron a hablar (con Tripa ya habíamos tocado en River con Bersuit y después yo lo convoqué a él para el último disco de Via Varela para tocar “Si hay”), yo estaba en un momento de mucho conflicto. Me sentía un poco mal con lo que pasaba en el rock en ese momento, sentía que se estaba perdiendo la lírica, que eran todos “parecidos a”, y eso después de la década de los ’90 en la que habíamos sido 30 bandas diciendo una cosa distinta, como Los Abuelos, Los Piojos, Divididos, Ataque, Babasónicos, Los Pericos, Los Fabulosos Cadillacs, Los Redonditos de Ricota… Te nombré ocho bandas y ninguna es parecida a ninguna a ninguna de las otras ¿no?

Tenían un estilo propio. Y muchas no sólo por no parecerse, sino que tenían un estilo nuevo, creado de la fusión de distintas músicas, y en la búsqueda de algo original.

Pero además había para todos los gustos, había un panorama musical donde todo el mundo tenía su propia voz. Y luego empezó a pasar todo lo contario y me empecé a sentir mal. No me gustaba lo que estaba escuchando, lo que estaba viendo, y los lugares por los que tenía que ir si quería que ocurriese algo artísticamente. 

Entonces en ese momento aparecen Tripa y Cristian y me dicen que están armando una orquesta. Y para mí fue muy importante. Primero porque fue un gran entrenamiento para poder volver al tango. Esto le debo a Rascasuelos y a mi amigo Tripa. Y segundo, porque para mí que venía del rock, de otro palo, volver a pasar por toda una serie de cosas me motivaba muchísimo… Y como ahora, en aquel tiempo también pude recuperar una memoria emotiva. Empecé a recordar cuando mi papá me compró la primera guitarra, cuando iba al profesor de guitarra, cuando hice mi primera canción, y recordé ese fuego y esa pasión por los que soñaba con tocar la guitarra, era lo único que quería y no soñaba con otra cosa. Y entonces me di cuenta de que tenía que volver a la fuente, que tenía que volver a lo que había hecho cuando empecé con todo esto. Y entonces, empecé a sentirme bien.

¿Cuál es esa fuente a la que tenías que volver?

La pasión y la búsqueda. El fuego que uno siente. Te ponen una pared adelante y vos la tirás abajo porque lo único que querés es lo que te hace sentir ese fuego. Entonces dije: yo soy músico y fui músico toda la vida. ¿Y por qué soy músico? ¿Qué era lo que me movía? Entonces supe que lo único que quiero es cantar y sentirme libre para cantar, que las cosas fluyan en mí, que vayan transitando. Y supe que nunca voy a cantar una canción igual.

¿Que tu arte sea honesto con vos mismo?

Que mi arte sea honesto conmigo mismo y con la persona que me viene a ver. Que no encuentre un cliché ni una persona estructurada, sino una persona como cualquiera de los que están escuchando, porque todos vivimos muchísimas historias. Y puede haber cosas que te conmuevan más y cosas que te conmuevan menos, pero cuando terminás un show y sentís la sensación y la plenitud de haber pasado por todo ese lugar, física y emocionalmente, es impagable. Es lo que quiero hacer como artista hasta el día que me muera, no quiero hacer otra cosa. Cuando voy a otros proyectos contribuyo en lo que otros me proponen, pero cuando tengo un proyecto propio, quiero esto. Nunca voy a cantar a medias, nunca voy a ir a ningún lado a cantar a medias, no quiero hacer más nada que no me conmueva. Y esto es un poco mi búsqueda.

¿Rascasuelos fue la posibilidad de una vuelta a la esencia, pero también la oportunidad para redondear tu búsqueda como generador de hechos artísticos?

Soy un instrumento, si hay una canción yo estoy al servicio de la canción, la canción no está a mi servicio. Voy a ir a la canción y voy a entregarme a la canción. Soy un artista, no sólo un cantante, ni sólo un músico, soy todo eso. Tengo la necesidad de producir un hecho artístico y esto es lo que nosotros intentamos en la mayoría de los últimos proyectos donde estuve: generar un evento artístico y que éste provoque que la gente tenga ganas de verlo. Y sí no lo viene a ver, y bueno, provocaremos otro, más adelante.

No vas a tranzar con el hecho artístico para vender.

No, no me interesa. Me interesa mucho más la música y el evento artístico que lo económico. Y a veces uno no la pasa tan bien, pero prefiero ser así y asumir las consecuencias. Duermo tranquilo. 

Yo tuve mucha suerte en mi vida, en mi carrera. Estuve en una de las bandas más grandes de Argentina. Pasé por un montón de lugares políticos y sociales porque la historia fue así. Y estoy acá, vivo, y necesito contar de alguna forma mi historia en alguna de las historias que cuento con las cosas que hago. Las canciones las elijo yo, y siempre hay algo mío ahí adentro, algo que me ocurrió. Eso me permite transitar de otra forma y no quiero hacer más lo que no que no tengo ganas de hacer. Suena un poco raro, porque hay una corriente a hacer lo que hacen todos. Y después me llaman mis colegas para decirme “algunas cosas” … Pero la verdad, creo, posta, que hay que salir de la quintita, porque un día viene una tormenta y te vuela todo.

¿Y cómo salís de la quintita? ¿De qué te nutrís para reinventar?

De lo que veo y escucho en la calle, de mis amigos, de las pasiones y amores desencontrados, de historias que transformo para volcarlas en un escenario. Y cuando se logra, para alguno de los que te ve, se produce un hecho artístico.

Los artistas somos responsables de muchas de las cosas que nos pasan. Nos quejamos, nos rasgamos las vestiduras, pero la verdad, somos culpables de no ofrecer, como dice la canción, nuestro corazón y tomar una ruta fácil. Agarrás una ruta fácil, empezás a ganar plata y ya está, todo bien. Bueno, a mí me gusta agarrar por el ripio porque creo que hay mucha gente que necesita escuchar otra cosa. Hay mucha gente que necesita dejar de ver televisión, internet y redes sociales, y escuchar otra cosa. Y creo que los artistas a veces somos responsables de que esta gente no tenga donde escoger porque no estamos proponiendo nada interesante. Simplemente copio y pego, copio y pego. Nosotros hicimos Rascacielos porque muchos nos decían que Rascasuelos era muy volado, que era una música rara, depresiva, … Bueno, hicimos Rascacielos.

Del suelo al cielo…

Claro rascas el suelo o rascas el cielo, tango vivo o tango muerto. Y ahí se ofendieron los tangueros ¡¿Cómo tango muerto?! Sí, Rascacielos hace tango muerto, tango de los años 40, están todos muertos ya. Y Rascasuelos hace tango vivo porque son tangos nuevos. Sobre la misma base de lo que podía hacer Pugliese, D’arienzo, Di Sarli, …, nos subíamos arriba y hacíamos Rascasuelos.

Sobre la base, rascando el suelo, a ver qué se podía sacar nuevo, que podía brotar nuevo, qué quedaba de fértil en ese suelo… fértil como lo que da vida…

Exactamente. Es que las semillas se plantan en el suelo, no en el cielo. Los árboles crecen en el suelo, no en el cielo.

Claro, se trata de ir a la raíz. Otra vez la búsqueda de lo verdadero, del origen, para de ahí hacer brotar lo aún no descubierto, lo aún no develado.

Exacto. Y enfrentar la disyuntiva de no ser entendido, porque a la gente la sacás del lugar donde está y le cuesta. Cuesta salir de ese lugar de confort. Yo he escuchado a dueños de compañía pedir: “¿No me hacés otro tema como éste?” Como si fuese una licuadora que metés zanahoria y manzana y tenés un jugo. Esto no es así. 

De eso, sobre todo de eso, no quiero más. Eso no es música, no es nada. No quiero saber más nada con eso, porque yo he vivido épocas con bandas que nos movilizaban. 

Muchas cosas han cambiado desde entonces, ¿no?

Y ya que estamos, voy a decir otra cosa que me resulta desagradable: Me enoja mucho la gorra. No en la calle, está todo bien con los artistas callejeros, porque ahí es donde se inventó la gorra. Ahora, que uno vaya a tocar a un local, donde la gente consume cerveza y otras cosas, y tengas que pasar la gorra…

Yo le decía la otra vez a un organizador de milonga: “¿Vos crees que cuando está por cerrar el banco, los empleados salen y pasan la gorra para ver si trabajaron bien o mal? ¿Vos crees que les darían 1 peso? ¿Y por qué nosotros lo permitimos? ¿Por qué desestimamos tanto lo que hacemos que fuimos hasta ese lugar?” 

Me cuesta mucho eso. Para eso, prefiero tocar gratis. Esto seguramente se estandarizó o lo tuvimos que hacer todo el mundo porque no había otra forma de subsistir. Y cuando uno pertenece a un grupo con dos o tres personas más, a veces tenés que consensuar para que algunas cosas ocurran. Pero eso no quiere decir que no me enoje.

Que las circunstancias de la vida te obliguen a hacer algunas cosas, no significa que las aceptes sumisa y dócilmente…

Y no justifica que no lo digas. Porque esto es una crítica que yo le hago al rock en nuestro país. Nos convertimos en hamburguesas. Nos “hamburguesamos”, echamos panza en el rock. El rock es contestario, es revolucionario, tiene otra función. El rock fue un paso más arriba que el tango porque habló de cosas que el tango no hablaba. No hay muchos tangos contestatarios. Tenés Aquaforte y alguno que otro… Se hablaba de otra cosa en el tango. Se hablaba de cómo era la ciudad y de cómo vivía y sentía una persona común y corriente. Bueno, el rock fue con eso y además dijo: a vos no te banco, vos sos un traidor, vos sos esto, vos sos lo otro… 

Cantó las 40 el rock…

Tomó una posición política el rock, que es intentar siempre ser lo más sincero posible y decir la verdad desde el escenario. Cosa que se empezó a perder, por eso me enojé tanto con el rock. Pero creo que después de eso, muchos de nosotros empezamos a entender que hay una tarea para hacer, que no se puede dejar a la gente sola con todo esto. Hay gente que confía en nosotros y confía que vamos a poder decir lo que está mal. Aunque estés de acuerdo con un gobierno, tenés que decir lo que está mal. Eso es la función del rock y mi obligación como artista. Yo lo veo así, estoy hablando de mí.

Es la idea de estas entrevistas, dar voz a los artistas para que puedan hablar de otra cosa. Gracias Limón.

La conversación con Limón García acerca de su búsqueda por lo que da sentido a su vida, especialmente como artista, nos invita a reflexionar sobre el deseo. Una reflexión muy oportuna y necesaria en estos tiempos donde se reclama “el derecho” y “la libertad” para seguir gozando, siendo gozado por lo que hace mal, mata y mortifica en un desprecio descomunal por la vida. 

Limón García nos muestra cómo el artista con su búsqueda puede ir al encuentro de una dimensión de la verdad que muestra lo que da sentido a su vida, y como tal permite alcanzar una existencia. Es la dimensión vivificante del deseo.

Es una búsqueda responsable en la que no todo tiene lugar, como bien nos explica Limón al describir lo que ya no quiere hacer o con lo que ya no quiere tranzar. Es la dimensión ética del deseo que le lleva además a sentirse comprometido con lo político, entendido por él como un compromiso con un hacer mediante el cual pueda acontecer la verdad histórica, ofreciendo otra cosa y poniendo su voz y su arte para nombrar las injusticias y lo falso.

Su manera de abordar el tango nos enseña cómo la obra de arte puede engendrar mundo. En la polifonía de su música, en la polisemia de su poesía, en un tango el sentido se multiplica. La búsqueda del sentido aún no desvelado haciendo lugar a lo que se encuentra, hace que el imaginario vaya poblándose de nuevas imágenes que enriquecen la visión de lo cotidiano permitiendo así despegar del sentido habitual. Como con “Rascasuelos” se trata de rascar la base hasta que emane lo fértil, algo brote y germine ese suelo. Se pone a rodar el ciclo de la vida. Y entonces, quizás, se pueda “rascar algo del cielo”, algo de lo divino de esos dioses que se muestran con una vida apetecible y convocan por tanto a desearla para sí. Una vida en la que se construye un mundo para habitar y por tanto permite albergarse en un repliegue cuando es necesario cuidarla.

No se trata entonces de “los deseos” a los que se cree tener derecho. Se tiene derecho al deseo de una existencia. Existencia que se gana realizando elecciones con responsabilidad, de manera que no todo cabe porque nada de lo que hace mal puede hacer bien. Se construye así una ética que permite ganarse una vida en una búsqueda de lo verdaderamente real. Búsqueda que no tiene un objeto que la colme, sino que es lo que hace que haya un trayecto, un recorrido, una vida.

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