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DEBATE CON RAFAEL SPREGELBURD: CHAU BUENOS AIRES / REALIDAD Y FICCIONALIDAD – Por Dra. Raquel Tesone

Rafael Spregelburd actúa en la película CHAU BUENOS AIRES del cineasta Germán Kral, un director argentino radicado en Munich y nos cuenta su experiencia. Como es habitual, EL INCONSCIENTE se expande con las vivencias de este gran actor que además es uno de los mejores dramaturgos y directores de teatro, y un exquisito novelista que se estrenó con “Diarios del Capitán Hipólito Parrilla”. Actualmente, está co-dirigiendo con Andrea Garrote, la obra de teatro PUNDONOR que se reestrenó este mes de marzo 2021. Para el 20 y 21 de marzo, se estrena en el Festival del BAFICI una de las películas donde actúa dirigido por Gabriel Litchmann (muy recomendable la serie del mismo cineasta intitulada En París con el protagónico de Rafael)

¡Bienvenido a la ciudad de la furia Rafael! Me gustaría que me cuentes tus impresiones sobre la película “Chau Buenos Aires”,  y el detrás de la escena. 

La película es bastante curiosa porque cuenta en tono de comedia romántica una situación que bien podría haberse visitado desde cualquier otro ángulo o género. Se trata de las vicisitudes de un bandoneonista (interpretado por Diego Cremonesi) que en medio de la crisis de 2001 decide irse del país pero se termina quedando. O sea, al revés de lo que le pasó a su director Germán Kral en su propia vida; él terminó viviendo en Munich, reinventando e imaginando la Argentina un poco entre dos aguas. Yo creo que este elemento paradójico es muy decisivo en su concepción y dirección. Es como si a través de la película esté realizando quizás un sueño que no pudo cumplir: quedarse pese a todo. Hay en esta historia una evidente piedad por quienes nos quedamos, una caricia que tal vez sea una manera urgente de exorcizar su propia contradicción por haberse ido. El hecho de que con los elementos de un drama (propio pero también social) se construya una comedia casi de enredos (y un musical con tangos) es una muy buena rareza. 

Y se cruza en algo con que este año hayas vivido en San Miguel del Monte, un lugar de ensueño y fuera de la ciudad de Buenos Aires, casi como vivir en otro mundo. ¿Te hubiera gustado seguir viviendo allí?

Yo no tomaría este año como vara de ninguna impresión duradera. Todos hemos hecho una tarea formidable para sobrevivir a esta pandemia; la seguimos haciendo, enojados, confundidos, cansados, derrotados, esperanzados. Un día antes de que comenzara el encierro, mi mujer y yo subimos niños y gatos al auto y nos fuimos al campo por lo que –pensábamos- serían 15 días. Ya llevamos viviendo allí un año. Nos adaptamos. Perdimos el 95% de nuestro trabajo. Reflexionamos en formatos de celulares. Nos dimos la cabeza contra la realidad una y mil veces. Es una condición extrema. Y es acá nomás, a 120 km. No me quiero ni imaginar lo que debe ser un exilio de verdad, como el de Germán; ese cimbronazo de arraigarse como se pueda en otro lado, en otra cultura, en otro entorno. Por lo demás, no es tanto que me hubiera gustado seguir viviendo en Monte, es simplemente que la nueva normalidad en Buenos Aires se me hace (como a todos) algo insoportable. El futuro está caliente y no deja de aparecerse por todas partes.

Ciertamente, esta pandemia nos condujo de alguna manera a hacer muchísimos adaptaciones a este cambio, y seguramente no es parámetro de algo duradero. Sin embargo, teniendo tanto reconocimiento en Europa, sabiendo que tus obras de teatro tienen muchísimo éxito en el exterior, y que además, das cursos de dramaturgia en el extranjero y actualmente online, ¿pensaste en irte del país? 

Lo pienso entre tres y cinco veces por semana. Pero ya ves, acá estamos. La pregunta es compleja porque no tiene que ver con planteársela en términos de éxitos o fracasos, sino en aspectos más profundos y quizás algo más invisibles. ¿Dónde quiero ser? No simplemente dónde quiero estar, sino “ser”. ¿Qué cosas temo perder al partir? ¿Quién seré cuando parta? Cuando uno se queda (es decir, cuando se evita el cambio mayor y repentino) la duda ya está igualmente ramificada y tendiendo sus nuevas conexiones nerviosas, como en cualquier bifurcación. Las cosas que odiaba las odio más porque podría haberme liberado de ellas y no lo hice; pero también las que amo las amo más porque me di cuenta de cuánto las valoraba. Que mi trabajo es más cómodo fuera de la Argentina ya lo sabía de antes, o al menos no hay que lidiar con tantos frentes a la vez. Pero el trabajo no es lo único que hay. Siempre espero que el trabajo no sea lo que condicione el resto de mis elecciones vitales; el trabajo es una circunstancia mutante y otras son más duraderas.

¡Qué bueno otorgar importancia a lo invisible y más profundo que habita en tu ser! Sobre todo porque te queremos aquí en tu país. Esta diferencia que tiene nuestra lengua “ser” y “estar” es extraordinaria y no existe en la lengua francesa, por ejemplo. ¡Qué vuelta te pegas para pensarte, Rafael! Aunque entiendo que es lógico que este tema te interpele. Volviendo a la película. Siendo un director argentino pero que vive en Alemania donde tiene tanta difusión el tango, me imagino que el tango debe tener un lugar muy importante en su película.

A Germán el tango le interesa mucho. Ya de entrada nos dijo que quería que hiciéramos un playback muy decente. Más que decente. Así que por un lado una orquesta de lujo grabó todos los temas y luego nos entrenaron a cada uno con el instrumento que el rol determinaba. Esto que iba a durar un par de meses, unas cinco o seis clases, finalmente me acompañó todo el año de encierro. Me entrené en el contrabajo primero con Ignacio Varchausky (factótum de la orquesta El Arranque) y luego con Patricio Cotella (contrabajista en la Romántica Milonguera), quien luego hizo toda la supervisión de mi performance en el rodaje. Se trata de dos pesos pesados. Así que aproveché la pandemia para darle al 2×4. No hice masa madre ni zoompamento.

(Risas) No te quedaba tiempo para eso, por suerte. Estuviste coacheado por dos grandes de dos orquestas de la vanguardia del tango. ¿Cómo fue aprender a tocar un instrumento como el contrabajo que no debe ser nada fácil? Además, vos bailas tango, es que también ese acercamiento previo al tango y desde la danza, ¿contribuyó a componer tu personaje?

No sé cuán fácil o difícil sea el contrabajo: no tengo con qué comparar porque siempre fui un negado para la música. Era una deuda pendiente. Tuve que aprender de cero (algo que hago cíclicamente en mi vida con diversas actividades). Ahora leo partituras, escucho los arreglos, corrijo la notación musical cuando el sistema de la computadora (que es una garcha que te divide el compás a la mitad aunque una nota te quede partida en dos) y memorizo para tocar sin leer, porque en la película se supone que soy lo que se llama un “rústico”, y los rústicos no leen música. Me costó un Perú (risas). Pero Varchausky y Cotella no me abandonaron jamás. Creo que más que de contrabajistas oficiaron de terapeutas; me hicieron creer que yo iba a poder y les estoy eternamente agradecido. 

Muy atinado el paralelismo entre el coach musical y el analista, ese otro que te sostiene para poder con tu propio deseo, y más aún si eras negado para lo musical, aprender contrabajo…

Creo que el contrabajo es un instrumento que es más o menos posible. Si me hubiera tocado el piano, o el violín o el bandoneón me habría ceñido a una mímica aceptable, como hicieron los otros tres actores que hacen de músicos (Diego Cremonesi, Carlos Portaluppi y Manuel Vicente operan milagros con sus instrumentos sin cuerdas, desenchufados y sin silbatos). Pero acá se me invitó a probar un poco de la belleza de expresarse con un instrumento poco conocido que tiene unos matices hermosos. El bajo es la batería del tango: acompaña los pasos de los bailarines y (junto al piano) arrastra a toda la orquesta hacia adelante. Pero ningún precio es gratis: el contrabajo se oye poco. Ya me acostumbré al bullying del que son víctimas los contrabajistas, por lo cual me considero recibido en el Ciclo Básico del Contrabajista Sufrido (risas). El contrabajo tiene una mística apasionante: un instrumento clásico, adaptado y secuestrado por el tango. Todo en él se toca distinto. El instrumento es enorme y se me antoja un animal medio salvaje que se doma a medio tiempo: la afinación es discutible, los glissandos son optativos, el pizzicato se puede probar también con arco, y ofrece una dinámica muy caprichosa que además tiene toda la onda. Es un instrumento con una gran personalidad.

Por lo demás, la historia tiene muchos elementos costumbristas que seguramente están pensados tanto para los argentinos como para el público de allá, del mundo entero. Viste que con el tango siempre es algo complicado…

Porque al tango lo aman en el mundo entero. 

Sí, pero, ¿tanto como nosotros? ¿De igual manera? En Finlandia el tango es música nacional, pero es completamente otra cosa. ¿Dónde está el tango entonces? ¿Está en sus notas, en sus corcheas, en sus yeites? ¿En el abrazo? ¿O está en todo un pueblo que lo resignifica sin parar? ¿Es posible componer tangos nuevos, con aquellas reglas que les adjudicamos a los viejos? Hay bandas que me gustan mucho, como Falopa o Tokio, de Federico Marquestó, que componen letras y músicas siguiendo el espíritu canyengue, desarreglado, políticamente incorrecto de los tangos carcelarios y marginales de los años 40. No creo que semejante fenómeno pueda darse (o entenderse) igual en Alemania, Japón o Medellín. Ellos son grandes conocedores del tango; bailarines e intérpretes eximios. Pero me parece que el tango les ocupa otro lugar en su vida cotidiana.

¡Wowwww! Esas preguntas son muy interesantes y me las hago cuando viajo y me voy a las milongas de Europa. Yo creía que esta danza nos puede asemejar en el abrazo, aunque ni eso es igual en otras culturas. En muchos países me sacaban la ficha (sin hablar, claro) que era argentina, y cuando les preguntaba a los bailarines cómo se dieron cuenta de mi nacionalidad sólo bailando, la respuesta era siempre la misma: por el abrazo. Es decir, que hasta el abrazo tiene un tinte cultural. Con lo cual, la composición musical, me parece que más aún por todo lo que vos señalas. 

Sí, es una cuestión muy técnica. No me acuerdo cuál de todos mis maestros de tango (tuve muchos) hacía una muy interesante semblanza antropológica de la forma del abrazo en el tango argentino que lo tornaba único. Decía que en este abrazo debían entrar tres (y no dos): un hombre, una mujer, y un malevo con un  cuchillo, que ocupa en hueco entre los brazos de ambos. Si el hombre avanza dentro de ese hueco, el malevo te acuchilla. Si el hombre entrega a la mujer al hueco, el malevo te la roba. Era una explicación muy sonsa pero muy gráfica que sirve para comprender cómo es el agarre y por qué los pasos del hombre (sobre todo los de la pierna izquierda) van “cuerpando” a ese malevo, empujándolo hacia afuera para ganar el amor de la mujer. Pero este malevo anda armado, y no se le puede ir de frente. Siempre medio de coté. También es interesante para entender algo de la dirección de la mirada. La mujer mira en general al hombre con el que baila, pero el hombre mira hacia el camino (en parte es para no chocarse con otras parejas, pero esta pequeña fábula cuenta que es para no perder la vida ante el peligro que lo espera adelante). Si hombre y mujer tienen en cuenta esta fabulilla (esta mentira inventada anónimamente) se produce un tipo de abrazo muy especial, muy difícil de explicar de manera unánime y definitiva. Pero que define al bailarín de tango argentino. En España ese hueco se rompe de miles de maneras, un poco a la manera gitana. Pero a nosotros se nos enseñaba a mantener esta convención: mientras que muchas cuestiones de los pies quedaban algo libradas al azar de todo folklore, el abrazo era definitorio de un estilo “argentino”.

¡El triángulo edípico argento tanguero y arrabalero! No tenía este dato que para tantos psicoanalistas que bailamos tango es una perlita. ¡Me sorprende sobremanera cuánto trabajo involucro esta película y cuánto aprendizaje!  Contame sobre tu personaje. 

Hago un papel secundario en esta historia, lo cual me ofreció varias libertades y me permitió sumergirme en la labor de manera mucho más ligera que en otras ocasiones. Soy completamente impune, puedo pasar de una escena muy dramática a la charada sin ninguna responsabilidad. Los protagonistas son Diego Cremonesi y Marina Bellati, dos compañeros que me encantan en todo sentido. Diego interpreta a un dueño de una zapatería que toca el bandoneón en una banda con sus amigos. Sus compinches somos Manuel Vicente (violinista), Carlos Portaluppi (piano), Mario Alarcón (voz) y yo (contrabajo). Yo me llamo Tito Godoy y tengo un taller mecánico. El pobre zapatero ya ha decidido despedirse de la banda, y de Buenos Aires, pero no parece encontrar la forma de hacérselos saber… Hasta que un accidente viene a trastocar todos sus planes.

En medio de la gran crisis de diciembre del 2001 se cuentan en paralelo varias historias de todos estos personajes, cada uno con su costado más paradójico. Sobre todo yo, que hago supuestamente del mejor amigo de Julio y lo traiciono (mejor no revelar cómo). Es que Tito es un desastre en todo sentido: mujeriego, inimputable, ladrón, pero lamentablemente muy simpático.

¿Habría en tu personaje algunos rasgos de un perfil del argentino promedio? Tendríamos que ponernos de acuerdo cómo lo caracterizamos (aunque no sea bueno generalizar). Como tu personaje del maravilloso film “Finding Sofia”: el canchero argento. 

Tal vez haya algo de todo eso, sí. Yo siempre quiero evitar los estereotipos, pero a veces, en el cine, los personajes más secundarios tienen ese sino: se tienen que poder pintar en dos o tres trazos porque no habrá tiempo para narrar en primer plano tu complejidad. No se parece en nada a lo que pasa en teatro, donde cada personaje es un sistema planetario alrededor del cual puede girar toda la historia y que tiene un punto de vista propio. En el cine, muchos personajes somos sólo “signo”. Por eso el casting muchas veces es un arte muy preciso: qué rostro, qué cuerpo, qué voz va a narrar automáticamente un universo personal sin necesidad de complejizarlo.

El de “Finding Sofía” (la película de Nico Casavecchia) era un  personaje más desarrollado en su propia tragedia: era víctima de su propia condición soberbia y arrogante. Era lúcido, celoso, vengativo, melancólico: tenía una gran idea de sí mismo. Este Tito no se le parece en nada. Pero es posible que ambos resuman, como decís vos, aspectos de algún tipo de cliché.

Igualmente vos te las arreglas siempre para no entrar en el estereotipo y darle profundidad, en algunas ocasiones, desde la mirada, o en un gesto, un silencio bien ubicado… Esa diferencia que señalas respecto a los personajes del cine y el teatro, pienso que hace que existan personajes eternos y universales más en teatro que en cine, como Hamlet, Segismundo, Edipo… Debe haber sido muy divertido hacer este papel y una gran experiencia en este período pandémico. Con todo lo que me contaste, ya tengo ganas de ver “Chau Buenos Aires”. Y ya que estamos hablando de hombre argentino, y que se viene el 8M, ¿pensás que los movimientos feministas que están promoviendo tantos cambios sociales en el mundo entero, están movilizando los cimientos machistas de los hombres argentinos? Es una pregunta que conlleva mucha complejidad… lo sé… sí que eso lo dejo en tus manos.

Espero que así sea. Los movimientos feministas (hacés bien en señalar con el plural que no se trata de uno solo y mucho menos unificado) son una respuesta natural a siglos y siglos de inequidad disfrazados de todo tipo de argucias (políticas, lingüísticas, sociológicas, psicológicas). Es increíble pensar que una diferencia de género (algo biológico) haya generado tantas maneras de encubrir algunas verdades sencillas: que el patriarcado pretende hacer pasar sus privilegios como lo biológicamente natural. No sé si la agrupación de las mujeres en torno a sus reclamos puede llevar a un futuro realmente más justo (otros grupos intentaron cambiar el mundo en torno a otro tipo de agrupaciones –de clase, raciales, de credo- y no nos ha ido del todo bien) pero sí sé que si esta movilización y esta revelación no ocurren el futuro no es verdaderamente posible. Tampoco sé si los hombres argentinos son especialmente machistas o si son más machistas que otros hombres del globo; creo que todas las sociedades lo son en mayor o menor escala porque así conviene al sistema religioso y social que coció el caldo de este capitalismo salvaje en que vivimos. Pero algunas sociedades son quizás más ágiles a la hora de adaptarse a estas nuevas viejas realidades reveladas. Las revelaciones llegarán tarde o temprano; no puede no suceder. Es posible que haya una generación ya totalmente perdida, un machismo que se hace cada vez más anacrónico y vergonzoso, pero lo importante es garantizar que las generaciones que vengan sean más justas y más inteligentes. Ahora el tema parece en el candelero porque se discute mucho y en muchos frentes, pero veo que en los niños y los jóvenes un montón de prejuicios y preconceptos ya no operan con el mismo automatismo con el que operaron en nosotros. Hay mucha angustia en los varones (esto se ve solos o en grupos) porque no saben (o no quieren saber) cómo comportarse y entonces viven en el ensayo y error. No saben si deben regalar flores o no el día de la mujer, pero eso es lo de menos: todos saben que golpear y matar mujeres es un crimen y sin embargo allí siguen creciendo los femicidios. No se trata tanto de la conciencia de uno o de cien mil criminales, sino de la firmeza con la que los estados y las instituciones reaccionen a esta forma delictiva de repartir justicia.

En todo de acuerdo con lo que estás planteando. Otro tema que me interesa tratar con vos que lees muchos filósofos que opinan de las consecuencias psíquicas de la pandemia en la humanidad, ¿cuál es tu reflexión a este respecto? 

No es que yo lea tantos filósofos; más bien siento que las decisiones -incluso las más simples- que nos ha tocado tomar en estos días tan aciagos tienen un fondo filosófico que se ha puesto en primerísimo primer plano sin que podamos evitarlo. ¿Mandar a los niños a la escuela o no? ¿Recluirnos hasta que se invente una vacuna o salir a asumir los riesgos? ¿Devenir hombres y mujeres virtuales o no renunciar a la presencia?

Me surgen dos preguntas, una filosófica (aunque digas que no lees tantos, sabes mucho de filosofía) y otra ligada a la política. En tanto estas decisiones no dependen de las elecciones individuales sino de los gobiernos de cada país, la primera cuestión que me surge es: ¿qué efectos a futuro podría provocar, a tu criterio, esta restricción de la libertad y si creés que habrá una manera de prevenir que la virtualidad de los vínculos se instale y nos cosifique? La segunda, ¿Qué pensas del tratamiento político que está teniendo la pandemia en nuestro país? (por momentos, es enloquecedor los dobles mensajes, y las idas y vueltas en las decisiones políticas). 

Esta época es sufrida pero también muy interesante. Parece habernos sometido a una forma de libertad extraña y anómala: “Prefiero no creer”. Prefiero no creer en esto y sí en aquello, creo en la vacuna rusa pero no en la china, me parece que nos quieren envenenar pero reclamo cuando se vacunan antes en la fila. Estamos asistiendo a relatos muy sesgados de una experiencia humana planetaria altamente compleja. Esa restricción de la libertad de la que estamos hablando, ¿no existía ya de antes? ¿Éramos libres cuando supuestamente podíamos viajar por aquí y por allá, o lo éramos sólo si el sistema nos había habilitado el dinero y el estatus para hacerlo? No hay pregunta sencilla acerca de la libertad. ¿Somos libres de elegir no morir? ¿Qué defendemos en realidad cuando gritamos que defendemos nuestra libertad? ¿No es cierto que no son muy libres los chinos pero a su vez –quizás por eso- fueron los primeros en ponerse a resguardo de la peste? ¿Son mucho más libres los norteamericanos pero a la vez lideran las tasas de muerte más altas del planeta? En fin, ¿de qué libertad estaremos hablando? No es que el concepto no exista, pero su definición es útil a diferentes planes que el lenguaje ha sembrado para nosotros. Evidentemente lo mismo sucede  con  otros conceptos, otras ideas, que contienen en su propia definición su dinamita autodestructiva. Martín Kohan escribía el otro día en Perfil cosas muy interesantes sobre el tema de la igualdad, puesto en la picota luego del escándalo de los vacunados con privilegios en el Ministerio de Ginés. El caso sirvió para denunciar el privilegio de una clase (la política) pero poco se dijo respecto de las vacunas entregadas a las obras sociales privadas por Larreta en la Ciudad, que serán para el privilegio de quienes estén dentro de ese círculo de confort. No somos todos iguales, no lo éramos ya de antes y este sistema se encargará de que siga habiendo algunos más iguales que otros. 

Vos hablás de “dobles mensajes” en el clima político; habría que rastrearlos (como hace Zizek) un poco más atrás, en las propias palabras, en el misterio de la ideología. El problema de la ideología es un tema que, como bien sabés, me apasiona, y al cual una vez rendimos explícito homenaje en la obra “Todo”.

Y pienso que en “Bizarra” también, lo abordas de otra manera. Me dejas pensando en muchas cuestiones Rafael. La libertad es un concepto que efectivamente hay que problematizar porque las restricciones (aunque sean otras) existen y las sostiene la ideología de la desigualdad. Esto de no creer…, es otra arista muy importante, Piera Aulagnier una psicoanalista francesa plantea que para que no se desate una potencialidad psicótica, tenemos que partir de un principio de certeza. Esto es una entrevista desde mi punto de vista y desde el tuyo también, después discutiremos qué tipo de entrevista. Pero acordamos que lo es, sino, nos volveríamos todos más locos. O para poner otro ejemplo, lo que tengo en mi mano es un anillo para mí y para vos. Este principio es básico para no enloquecer. Ahora bien, ella dice que un exceso de certeza, nos deja alienados al discurso del otro y provoca alienación social. Quizás en el no creer, creemos que rescatamos un cachito de libertad a esa “opinión formada” que parece que se nos impone… 

No lo sé. Parece difícil imaginar nuestra vida cotidiana a partir de la organización de todo aquello en lo que “no creo”. Sería más natural hacerla en base a lo que sí. Pero viste que no siempre se traza una historia a partir de la vida cotidiana; casi siempre se evalúan los grandes procesos macrohistóricos, y de la vida cotidiana –la que nos toca vivir- no se ocupa nadie. Como si su organización caótica fuera la única posible y ésta fuera a su vez impredecible.

Supongo que esta filmación en medio de la pandemia, tantas opiniones al respecto y los protocolos, requirió además un esfuerzo de adaptación enorme.

¡Es que el hombre se adapta a todo! Las crónicas de cualquier guerra son muy elocuentes en ese sentido. Filmar (al igual que ensayar una obra de teatro) es una actividad artística y humana que nos devuelve al vértigo del contacto, ése que estábamos extrañando como locos. Así que el plus de esta película será una carga emocional inmensa, que no sólo tiene que ver con su historia, sino con este asunto de volver a reunirse con personas. Los protocolos de seguridad son delirantes. Los hisopados, la sanitización de la utilería, la distancia, los turnos para entrar al set, el cambio de escenas de interiores a exteriores, las parejas de tango que participaron bailando y que debían ser parejas también fuera del set para garantizar la burbuja de ese abrazo milonguero: fue un milagro poder filmar y al mismo tiempo la distorsión entre la normalidad y la nueva normalidad presentó una brecha muy difícil de saltar sin darse cuenta de la fragilidad de nuestra existencia. Pero todos estamos en la misma; esto no es exclusivo de los artistas de cine.

Lo que describís es muy fuerte. La realidad pandémica que estamos viviendo no es la misma para un actor que para un médico o un oficinista. Si bien nos afecta a todos, nos toca de distinta manera. Me imagino por lo que contás que a los actores debe provocarles mucha nostalgia rodar una película pre-pandemia. Entrar al mundo ficcional donde no está la preocupación por la integridad física y psicológica para luego, salir del set y enfrentar una realidad que nos trastorna. 

Puede ser. Pero filmar (como actuar o escribir o tocar música en una banda) provee una cuota saludable de evasión, de escape, de una situación angustiosa que uno no ha elegido. El arte como refugio no es una entelequia, es real.

Desde este punto de vista, aún bajo estas condiciones, es un privilegio para vos y para los que nos refugiamos en el arte que nos proveen los artistas.  ¿Considerás que aprovechando la pandemia se podría establecer a nivel global una nueva manera de relacionarnos “virtualmente” que podría perpetuarse post-pandemia? Por ejemplo, tus cursos virtuales tienen un costado interesante porque facilitan el acceso al aprendizaje a personas de distintos puntos geográficos. 

No es inteligente predecir nada serio en base a los pocos datos que tenemos acerca de la virtualidad y la forma en que las personas la van a dejar entrar de verdad en sus vidas. ¿Cambió el teléfono la forma en la que las personas se relacionan? Qué sé yo. El peso de la angustia es tal que no hemos hecho más que listar los aspectos “positivos” descubiertos al fragor del encierro. Lo de las clases, por ejemplo, fue un refugio para mí, y para muchos escritores que se dieron cita en ese espacio. Quisimos tanto que funcionara, que funcionó. Le encontramos la vuelta a una disciplina y a un ejercicio. Pero es evidente que para otras cosas es imposible. El teatro no presencial no aguanta ningún tipo de análisis, es otra cosa. Nos revolcamos también un poco en ese barro porque era lo que había, pero seguimos extrañando su regreso. La gran pregunta es cómo volverá. ¿La gente seguirá saliendo de su casa a ver qué encuentra en la cartelera, o se habrá acostumbrado a reservar su cita –su obra- por los mecanismos del turno y de la planificación del ocio? ¿Esperará obras que lo reafirmen en lo que está pasando o preferirá que abramos cielo a otras cosas? Son muchas incógnitas.

Muchas… Se nota que sos hijo de psicóloga en dos aspectos. En ese “qué sé yo”, ese posicionamiento ético del los analistas y el poder formularse preguntas allí donde no hay respuestas aún, lo haces extensivo en tu deriva de pensamiento y en todos tus cuestionamientos. Y el otro punto, es en el estatuto que le adjudicás a tu deseo. Es verdad que cuando uno desea mucho que algo funcione, funciona. El teatro es otra cosa, ciertamente no es sin el convivio y uno quiere que siga funcionando como tal.  Última pregunta: ¿Qué otros proyectos estás gestando? 

Sigo dando clases de dramaturgia, algo que había postergado estos años por otros motivos laborales y que en el formato virtual encontró una metodología milagrosamente funcional. También en breve asistiremos a algunos estrenos que venían postergándose y que me generan una enorme curiosidad: las películas “La estrella roja” (de Gabriel Lichtmann), “Cadáver exquisito” (de Lucía Vassallo), “Weekend” (de Agustín Rolandelli), “9” (de la dupla uruguaya Nicolás Branca y Martín Barrenechea), además de la serie “Victoria” (de Leo Damario), filmada durante la pandemia y sin contacto entre los actores. La pieza virtual que hice para FILBA (“Pongamos por caso”, una performance con traductores) sigue gratis en el sitio de FILBA. Y lo más vital: el reestreno presencial de “Pundonor”, de Andrea Garrote en el teatro Hasta Trilce, una obra que adoro. El resto del futuro es muy incierto. Terminaremos de filmar “Trenque Lauquen”, la ardua película de El Pampero dirigida por Laura Citarella, un trabajo formidable que ya lleva cuatro años de rodaje. Y hay un par de ofertas de filmación en Uruguay. En cuanto al teatro, todo está en suspenso. Yo realmente no creo que este año la actividad se normalice en el sector independiente. Mientras tanto Ignacio Varchausky me presta su contrabajo para que pueda seguir estudiando… Lo mío es reinventarme cada vez que pueda.

Afortunadamente para todos logras reinventarte. Pundonor ya la vi tres veces, y me alegra mucho que sea presencial. Espero ver pronto las películas donde vos actúas, y que sigas produciendo muchas más. Ojalá te vea en las tablas en breve. Gracias por esta charla que nos permite pensar juntos en esta etapa que nos toca vivir, hace bien a nuestros lectores contar con librepensadores como vos, Rafael.  

Gracias a vos por llevarme de visita a mi Inconsciente. Es balbuceante, pero es lo que hay.

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