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EL REÑIDERO – Dirección: Antonio Leiva – Por Dra. Raquel Tesone

Fotos: Anggie Zamora

Ingresar al mítico teatro Empire ya es todo un evento y más aún, en medio de una pandemia que asola al mundo; y si además, compartimos una sala que destila la algarabía de 130 personas -límite permitido por el protocolo-, nuestros sentidos se agudizan en todo su espectro al volver a vibrar el convivio inherente al acontecimiento teatral. 

Voy a puntualizar dos valores agregados de esta obra. El primero es Antonio Leiva, un pope del teatro que instauró junto al creador Carlos Mathus una modalidad de teatro impensada en los años de plena dictadura con la obra La lección de anatomía. Obra que después de Tío Vania, fue la que más permanencia tuvo en cartelera en el mundo (casi 40 años) y ya les adelanto que tendremos el reestreno el sábado 10 de abril. El otro plus es que El Reñidero fue escrita en 1962 por Sergio De Cecco (dramaturgo, periodista, actor y libretista argentino) y es una pieza teatral  “ciento por ciento argentina”, tal como la definió el mismo Leiva. Recibió el Premio Municipal de obras inéditas. Estrenada en 1964 en el teatro al aire libre del Jardín Botánico y en el mismo año en la Sala Casacuberta del Teatro General San Martín de Buenos Aires. Recibió el 3er. premio del Instituto de Cinematografía, fue seleccionada en el Festival Internacional de Cine de CannesFrancia. En 1975, se presentó en Inglaterra y en versión libre también se estreno El reñidero en el teatro Colón una versión libre de esta obra. Betty Gambartes escribió la ópera tanguera Orestes estrenada  en Europa y fue un gran suceso. Antonio Leiva a la salida me cuenta que a sus 16 años cuando aún no era actor, soñaba con hacer esta obra, y agregó: “sé que después de esta obra que aborda todas las tragedias griegas y shakespereanas, tengo que ir Al diván”. ¡Sueño cumplido por partida doble! Una obra que él soñó y que lo lleva a una demanda de análisis y una respuesta a mi deseo como analista de explorar el Inconsciente de un actor y director que es icono de nuestra cultura argentina.  

El abordaje teatral nos remite a un género muy argentino: el sainete, asentado en la porteñidad al palo donde el grotesco, la parodia, la tragedia y los dramas familiares y sociales se imbrican de manera peculiar. Y tal como el melodrama gauchesco está representado de forma emblemática en la figura de Juan Moreira, el aspecto malevo de los guapos de 1900 está encarnado en el personaje de Pancho Morales, y es el actor Omar Ponti (que actúa en todas las temporadas de La lección de anatomía), quien le da vida poniendo cuerpo, alma y el arrabal ya que no sólo es actor sino también un gran bailarín de tango, y eso se deja entrever en la composición del personaje. Este melodrama criollo está plagado de escenas trágicas. El eje está puesto en éste patriarca y su poder en el entorno familiar y político, quien se desenvuelve manejando con la misma impunidad y violencia en todos los terrenos, imponiendo su autoritarismo en la relación con su esposa, su hija y su hijo. En algunas escenas, el viso incestuoso no está ni siquiera velado, tampoco entre los hermanos, entre la madre y el hijo, y hasta el padre y la hija por momentos, parecían una pareja. Pareciera que los lugares podía intercambiarse y que las fantasías del Complejo de Edipo y de Electra, se desarrollan impactando de manera descarnada. 

Es en la primera escena que se visualiza un duelo a cuchillo donde se da muerte a Pancho Morales, una imagen muy bien elaborada desde el punto de vista de la escenografía y la iluminación, y el malevaje encerrado en los cuerpos de los actores. Leiva arma una coreografía donde los cuerpos se mueven en el espacio escénico de forma coral durante toda la obra con un texto que está cargado (en ocasiones excesivamente) de tragedias griegas que, argentinizadas, hacen a la composición de este sainete criollo. En el duelo, el componente fálico puesto en el medirse a cuchillo de “macho a macho a ver quién la tiene más grande”, se desata la agresividad y la violencia como símbolo de la masculinidad. La muerte por penetración de un cuerpo utilizando un cuchillo, hace metáfora de la violación y es un emblema flagrante de la cadena significante que se entreteje en toda la trama de ésta obra. 

Hay una recuperación del costumbrismo de la época en el barrio de Palermo donde aún en el 1900 no estaba constituido el barrio en tanto ciudad y donde los límites de la dimensión ética de estos  personajes son casi nulos. Estos protagonistas en su estereotipo, nos remite a los resabios de esa porteñidad corrupta en las marcas de un presente que está vehiculizado en el sostenimiento del patriarcado, en ocasiones solapado, y en otras explicito como en el aumento de femicidios. Me pregunto, dónde nos encontramos hoy a estos guapos como Pancho Morales: en las familias con violencia de género, en aquellos que asesinan a punta de cuchillo (y de forma más atroces aún) a sus compañeras y madres de sus hijos, quienes violan mujeres, en los proxenetas que las prostituyen y en un poder político y judicial en connivencia con “los Morales” que de moral, no les queda nada. Pura moralina porteña. 

Desde ésta perspectiva, El reñidero contiene una vuelta de tuerca que le puede otorgar contemporaneidad a la obra tanto como los aspectos universales de la tragedia que explora desde los cimientos que hace a nuestra identidad y a la construcción  de nuestra subjetividad.

Para quienes aman el género del sainete criollo, cita imperdible. 

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