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EL SILENCIO DEL CAZADOR de Martín Desalvo – Por Dra. Raquel Tesone

El estreno de esta película de Martín Desalvo, El silencio del cazador fue muy esperado por EL INCONSCIENTE, debido a que se tuvo que suspender hace un año a causa de la cuarentena. Esta película es la anteúltima, y ya está terminada su última película El ciego (por el momento se llama así). Su ópera prima fue Las mantenidas sin sueños, y le siguieron otros éxitos: El Día Trajo La OscuridadEl Padre de mis hijos y Unidad XV. Este anhelado acontecimiento del avant premiére fue coronado por la reapertura del Cine Gaumont, y pese a la pandemia, y las restricciones del protocolo requeridas, el clima del estreno tanto para la prensa como para el público, fue sumamente conmovedor. Todos los asistentes fuimos envueltos en la alegría del director Martín Desalvo y de los actores presentes: Mora Recalde y Pablo Echarri. Ellos dedicaron su tiempo antes de ver la película y a la salida de la sala con muchísima calidez y felices de poder estrenar por fin, ésta película que les llevó un enorme trabajo a todo nivel. 

Para abordar El silencio del cazador se me hace imprescindible señalar que la impronta de este talentoso director de cine Martín Desalvo es atreverse a abordar la complejidad humana desde una historia aparentemente simple. Y desde ese punto de partida, consigue dar luz al costado oscuro de la Argentina que no deseamos ver pero que lamentablemente existe. Las derivas psicológicas que atraviesan sus personajes dejan entrever ese otro lado, no sólo de lo humano sino también, de nuestra argentinidad. 

Sus protagonistas están arrasados por intensas emociones que los llevan a tomar decisiones insospechadas provocando en los espectadores una petrificación en nuestras butacas que, ante las impactantes escenas donde el suspenso genera una tensión violenta, logra hacernos saltar de nuestros asientos. Las secuencias de violencia y de sexo son de un realismo impresionante, nada está velado, todo parece estar sucediendo con la naturalidad tanto de una pelea sucia donde los cuerpos se enredan, se embarran y se tensan, y los cuerpos sexuados se mueven con sensualidad descarnada entre gemidos de placer.  Cuerpos que aparecen en la cámara de Desalvo como si fueran espiados por un ojo ajeno a sus protagonistas (de perfil, de espaldas, nuca, una mirada, un gesto, planos más difusos de fondo), su inquietante cámara apunta -sin delatar su técnica absolutamente precisa- a mostrar lo que más puede despertar la curiosidad del espectador y aquello que imprime un cariz significante en cada uno de los planos elegidos.

El triángulo amoroso que forma Pablo Echarri, Mora Recalde y Alberto Ammann conforma el trampolín que sostiene la estructura de un texto desarrollado en una escenografía raramente abordada en cine: la selva misionera. El texto es utilizado para hablar de un con-texto (o el contexto se hace texto) donde la Argentina es violada en cada uno de sus intersticios por la corrupción política. Explorar el universo de la selva en Misiones es una gran apuesta de esta película. La belleza de la selva misionera en contraste con la precariedad de sus viviendas y de la penosa indigencia, nos sumerge en un imaginario socio-cultural muy diferente al citadino. La pobreza no es la del asfalto ni la de una villa sino la de quienes viven en el barro, sin hospitales ni escuelas cercanas, y esa miseria en medio de la riqueza y el lujo en el que viven los terratenientes, ya denota que las diferencias de clases son en extremo marcadas. Otra arista por donde este elemento se filtra en la película es a través de la modalidad de apropiación y abuso de los cuerpos de mujeres y niños cosificados por los que detentan el poder con total impunidad.  Muestra a aquellos que se sienten dueños de la tierra, con la consecuente deforestación y nula protección de nuestra flora y fauna, en connivencia con el poder político y el poder judicial, como en la Provincia de Córdoba y en el Sur de nuestro país donde se aprovechan los incendios (o los generan) para que los terrenos de nuestro país sean comprados a precios irrisorios. 

El silencio del cazador habla de una marginalidad no asistida más que por seres humanos que intentan poner de sí lo mejor, como Sara, la médica rural encarnada con precisión en sus ínfimos detalles gestuales por la excelsa actriz Mora Recalde. Esta mujer que se encuentra entre dos fuegos: su marido, Ismael Gúzman, el guardaparque de la selva misionera, interpretado por Pablo Echarri y Alberto Ammann como “El Polaco”, el que hereda las tierras de su padre y pretende además, adueñarse de los pobladores. Pablo Echarri realiza una composición psicológica muy lograda. Sus intenciones son nobles, hay hasta un dejo de inocencia al principio que se va deformando poco a poco en la gran tensión de sus silencios que expresan lo no-dicho. Es un personaje denso con emociones contenidas y soterradas que él mismo padece y descubre en la medida que se desarrolla la historia, y aunque es el rol más difícil, Echarri lo lleva magistralmente. Ismael parece estar al acecho como el yaguareté que está suelto y es una amenaza para la población, y si bien quiere protegerlo de la crueldad de los cazadores, lo hace bestialmente intentando cazar al cazador furtivo. “El Polaco” es quien busca obtener la piel del yaguareté y la de Sara, compitiendo con Ismael por el amor de esta mujer, quien fuera su novia en su juventud. Alberto Ammann tiene una actuación avasalladora en sus gestos de odio y rivalidad, en su deseo de ser amado más allá de su riqueza, en la forma naturalizada de maltrato cosificante y abusivo hacia su empleada doméstica, y en la violencia desatada con la impunidad que sabe, le da su lugar de poder. Este actor inmenso logra imponerse en la pantalla con una potencia escénica atrapante transitando todos los matices emocionales. César Bordón y Mercedes Burgos se destacan en sus personajes con un sello muy peculiar en sus roles.

Un profundo thriller psicológico con un componente social profundo y con un trabajo actoral descomunal. El director explotó a fondo lo más destacado de la teatralidad de cada uno de los actores tomando planos secuencias para las persecuciones. Su cámara en movimiento con exteriores de la selva son magníficos, captura la atención y genera climas de suspenso muy potentes. Además, Desalvo contrató a un coach para que los actores adaptaran los acentos y les hizo hacer una inmersión lingüística con los pobladores de la región. Actuar con los cuerpos soportando el calor y la humedad, y en medio de la selva, fue otro acierto, para conseguir que sus cuerpos “hablen” hasta por los poros de sus pieles sudorosas. 

Partiendo de la historia de un triángulo amoroso se recuestiona en la imagen de sus protagonistas, la representación de aquellos que desean hacer cumplir las reglas, quienes las transgrede, y quienes buscan resolver este conflicto y mostrar que por donde está la grieta, parafraseando a Brecht, puede entrar la luz.  Sin embargo, Desalvo tiene la habilidad en todas sus películas de romper el estereotipo del héroe y el villano, y hacer que los personajes se desnuden en su intensa humanidad. Maneja los matices y propone un punto de identificación como un dardo lanzado al espectador del que no podemos huir. 

El cuestionamiento al machismo está representado a la mujer que le muestra a su marido y al Polaco por donde se les escapa los hilos de la costura, ya que finalmente ambos fueron cocinados en la misma salsa: la heteronorma patriarcal. Mora Recalde en el rol de Sara, representa a la mujer que intenta por todos los medios, frenar la violencia entre éstos dos hombres, sabe que esta historia de enfrentamientos no soluciona el problema de fondo, pero se siente acorralada. Ella intenta hacer ruptura con las posiciones extremistas de cada uno porque desde la mirada femenina, esos opuestos en ideología política y en materia ecológica, en un punto se tocan: el machismo y la violencia los impregna (a cada cual de manera diferente, pero impera en su estructura psíquica). Sara busca una línea de fuga, intuye el peligro. Ella simboliza la lucha de la mujer por encontrar otro lugar posible para ella como médica y mujer, al no naturalizar la utilización del cuerpo de la mujer a disposición del deseo del hombre y en querer poner fin a la puja machista. Pero estos hombres se disputan por Sara como si ella no tuviera el derecho de elegir por sí misma y como si fuera tierra a conquistar. Y Mora Recalde hace que Sara transmita cómo está problematizando estos tópicos a través de sus silencios, y es por eso que llega a alcanzar su zenit actoral con una interpretación sutil que pone énfasis en las miradas y en las sonrisas seductoras y esquivas. Tal como en una sesión de análisis, en esta película, cada personaje se expresa más en el silencio que habla mucho más que aquello que se dice. De allí lo congruente del título.

Una película que nos hace pensar que esa dimensión siniestra de la Argentina aún existe, sin juzgamientos moralizantes, sino con la convicción de hacernos comprender que está en nuestras manos luchar por transformarla, sin necesidad de recurrir a la violencia. Una Argentina donde las mujeres, el cuidado de la tierra, los animales, la flora y el equilibrio ecológico tengan el lugar que se merecen para hacer evolucionar la humanidad. 

Con un final impactante e inesperado de contenido simbólico altamente significativo y que captura en una sola imagen, todo. 

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