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AL DIVÁN ANTONIO LEIVA – Por Dra. Raquel Tesone

Antonio Leiva, actor nato y director de teatro, interpretó diferentes roles protagónicos en la obra de teatro de culto “La lección de Anatomía” de Carlos Mathus durante 36 años, con quien fue pareja de vida durante 48 años. Protagonista principal junto a Carlos Mathus de película documental “La lección de anatomía” bajo la dirección de dos eximios cineastas: Agustín Kazah y Pablo Arévalo. Antonio es en la actualidad el director de esta obra que reestrena esta el 28 de Julio de 2021 en el Teatro CPM. Y en el Teatro Empire se reestrena “El reñidero” de Sergio de Checco el sábado 26 de Junio de 2021 a las 20.30 h. A la salida de su estreno, me abraza y me dice: “ahora si, después de esta obra me vas a llevar Al diván”. Honrada de contar con la demanda de análisis de una de las más grandes figuras del mundo teatral, la respuesta a esa demanda está sostenida en la contraparte: el deseo del analista (y algo ya soñado), que garantiza que esta experiencia única sea un acceso a la exploración de lo Inconsciente. Lo recibo en mi consultorio con una gran alegría y siento esa reciprocidad desde que le abrí la puerta.

Bienvenido a mi nuevo consultorio Antonio y gracias por los bombones Ferrero Rocher, son mis preferidos.

Me alegro que te gusten. Vine encantado. Muy feliz.

Gracias por venir (se recuesta relajadamente) y ya te veo en el diván… Parece que estás afilado con años de análisis.

¡Sí, claro! Desde los años ’70, época muy heavy del teatro y de la psicología. Hice terapia con los mejores de aquella época, con Kerman de la Escuela de Análisis Transaccional. Nosotros fuimos invitados al Congreso Internacional de Medicina Psicosomática para presentar La Lección de Anatomía. Fue la primera función. De hecho, hasta pensábamos que iba a ser la única. Y dejamos al salón conmovido, fue increíble.

Sos el máximo exponente junto con Mathus de un movimiento muy activo de entrelazamiento entre el universo del teatro y el de la psicología, que se instaura en una época nefasta, de mucha represión.

Tuve la suerte de formar parte de ese movimiento, y de conocer a Marie Langer porque era amiga de Carlos.

Una verdadera precursora del psicoanálisis en Argentina, junto a Garma, Bleger, Pichón-Riviére, Ricardo Avenburg…

Carlos charlaba mucho de teatro con Marie, él hablaba desde el rol de director y yo charlaba con ella porque era actor.

Así que la influencia empezó desde muy joven.

Y ya a los 16 años, sin conocer a Carlos, vi la obra que estrené de Sergio de Cecco, “El reñidero”. Yo vivía en Las Heras y Bulnes y mi padre trabajaba en la Penitenciaría Nacional y él fue muy nutritivo con nosotros, a pesar que le llevaba a mi madre 41 años. Podríamos decir que yo no tenía un padre, era más un abuelo, y no tenía madre, sino que era como una hermana. Ella tenía 17 cuando se casó con él y mi padre tenía 58 años. Yo nací en la casa de mi abuelo en Tucumán. En la obra de teatro “El huérfano feliz” cuento mi historia, es la obra que no pudiste ver, pero te la mando para que sepas más de mí.

¿Vos la escribiste? Sos además dramaturgo.

No, no, por favor, creo más bien que soy un contador de historias. Dramaturgo son palabras mayores. Me considero actor, esa relación con la platea y con las escenas, eso es lo que más me importa y eso se expresa en las puestas que hago. En “El reñidero”, ahí está Antonio, obra que vi a mis 16 años en el Jardín Botánico, y que ahora tengo el placer de dirigir.

Desde muy chico, mi mamá nos llevaba todos los domingos a los conciertos que hacía el teatro Colón. Nos llevaba a mi hermana y a mí a la radio, a todos los eventos, a los ballets del lago de Palermo. Porque ella quedó viuda de mi padre a los 28 años. Mi madre creía en la naturaleza, nos llevaba al Rosedal y al Jardín Japonés, siempre íbamos a pasear. Soy muy parecido a mi madre y mi hermana, 4 años menor, tiene el carácter de mi padre. Mi madre era muy libre, dejó volar su niño porque algún tiempo estuvo con ese niño dentro al tener dos hijos jóvenes. 

Fui al primer jardín de infantes que se inauguró en Argentina. Teníamos una casa PH como la tuya, eran cuatro departamentos grandes y en la terraza hacíamos teatro, a eso de los 11, 12 años. Llevábamos cubrecamas, unas luces, todo lo que encontrábamos por ahí y mi madre nos dejaba libre para que juguemos. En ese momento, la radio Nacional era la única que ponía música que se parecía a un teatro, y esa música clásica o las óperas, las usábamos de fondo para hacer nuestro teatro. Invitamos a los chicos porque a las 19 horas teníamos baile, entonces les decíamos que los que venían a ver el teatro, iban al baile (risas).

Una fiesta teatral completa que tu madre incentivaba.

Y sí, nos divertíamos mucho con ella porque mi padre murió a mis 11 años. Tratábamos de usted a mi padre, y hasta que tuvimos 10 años en casa no comíamos en la misma mesa, había una división niños/adultos. No todo era color de rosa, pero nos llevábamos muy bien; éramos una familia clase media, pero vivíamos en un barrio de clase alta. Mi padre trabajaba en la contaduría de la Penitenciaría Nacional. No sé si es que era el lugar o yo estaba en el momento justo en que ocurrían ciertas cosas. ¿Sabes quién era el dentista de mi escuela primaria? No lo vas a creer, pero el dentista era Héctor Cámpora. Otra situación casual: cuando yo tenía 2 años, mi madre decide disfrazarme de vasco lechero para ir al corso y hasta está la foto, me hizo desfilar en una carroza porque era Carnaval. Tengo la foto y estoy posando y todo (risas). Encima de disfrazarme, averiguó todo lo que tenía que ver con ese evento. Me ponen en una carroza con una actriz italiana, Silvana Pampanini. Y ganamos el primer premio del concurso. ¿Y quién me lo entrega? Eva Perón. Así que estoy marcado por todos lados.

Tu madre te marcó como actor, pero, además, vos tenías una personalidad muy potente y mucho talento. Ya a los dos años actuabas, ganaste un premio y encima Eva Perón te lo entregó. Es una escena muy teatral.

Si, y me marcó totalmente. De premio me dieron una bicicleta rodado 26. Todavía está en la casa de un tío, también la foto de la entrega del premio arriba de la bici, subido al manubrio. Ahora, cuando vi la bicicleta, yo me fui enojado porque era muy grande para mí que tenía sólo 2 años. Salió publicado en el Diario Democracia con la foto y debo haber sido muy simpático yo chiquito en esa bici grande (risas). 

¡Y con cara de enojado!

(Risas) Imagínate la felicidad de mi madre peronista, encima estaban las dos contrapuntos en casa porque mi padre era antiperonista. Y mi madre era la muchacha peronista que se hizo cargo sola de sus hijos desde los 28 años, y en esa época, encima bancaba a Evita a muerte. Hay una historia de la relación de Eva y mi madre. Uno de nuestros vecinos era el chofer de Eva, Robito. Nada es casual en esta vida…. En el ’52 muere Eva y yo tenía 4 años, y mi mamá estaba embarazada, a punto de tener a mi hermana. Imaginate, Eva murió el 26 de julio y mi hermana nació el 20 de agosto. Entonces mi madre desesperada y a punto de parir quería ir al funeral, y mi padre le dijo: “usted no va a ninguna parte”, y ella le contestó ‘‘yo voy al funeral con mi hijo’’. Y tanto le lloró al Señor Robito que le dijo a mi papá que no se preocupe, “yo los llevo y los traigo, Leiva”. En esa época se trataban por el apellido y de usted. Y fuimos. Lo único que recuerdo era una luz que había, todo muy oscuro, y su piel blanca era todo como una fantasía. Alguien me toma, me levanta y me dice: “¿querés darle un besito?”, y se lo doy y cuando mi madre me ve, porque no había vidrio, llora y se desmaya.

Todo lo que habrás resignificado después con esta escena…

Era toda una puesta en escena lo que me estaban ofreciendo, y son situaciones que me marcaron mucho y que no son casuales… Siempre está en mí esa dicotomía entre el peronismo, si bien soy popular y mi teatro en sí es popular, pero también tengo ese aspecto paterno que es fuerte.  

La argentinidad al palo.

(Risas) Alguien más argentino que yo no vas a encontrar, y con la grieta incluida y todo (risas) porque vivo con esas contradicciones y tengo esos matices. Me despierto y si tengo que hacer una cosa que no es lo mío, lo hago, porque heredé de mi madre el querer ayudar a otros y estrechar lazos. Todo lo que sea para el bien de la gente. Esa admiración a Evita ya habla de toda su personalidad, era una mujer fuerte, sagitariana, y mi padre ariano, y yo y mi hermana de Leo. Era un fuego. El final de mi madre fue con demencia senil a los 78 años. Negamos eso…  El duelo de mi madre y el de Carlos son dos duelos distintos, pero siempre está presente mi madre y Carlos también, que estuvo 48 años de mi vida.

Y hubo una muy buena elaboración de ese duelo a través de la película documental de La lección de anatomía dirigida con maestría por Agustín Kazah y Pablo Arévalo y, además, en poder sostener la obra de teatro hasta el comienzo del confinamiento por  pandemia.

Y eso hace que no sienta el peso de la muerte, sólo el peso de la ausencia, pero no de la muerte. Primero porque se murió en mis brazos (se quiebra en llanto). Fue muy bueno y al mismo tiempo… terrible. Lo dejé partir y le dije: “anda, estás sufriendo, podes irte”. Le di el permiso.

Lo ayudaste a partir.

Sí, lo tenía en mis brazos sufriendo… Algo que querés que no pase nunca… (Silencio).

Antonio, tuviste una gran generosidad en soltarlo para que no siga sufriendo.

Y fue eso que a mí me dejó tranquilo, claro, ese acto me dio una paz inmensa. Otra casualidad: Carlos muere a la misma edad que mi madre y mi padre, a los 78. Se dice que las parejas que son muy unidas, a veces coinciden en la fecha de la muerte. Mi madre se casó con mi padre, y tuvo un duelo de 4 años. Después se volvió a casar con el último amor, pero en el medio tuvo muchos novios. Ella salía siempre. Decía: “ahora vengo, voy a buscar algo en el chino” y reaparecía a la noche, se iba a bailar tango, era muy simpática (risas). Iba a las peñas, conoció a un cantante rosarino, Héctor Navarro que era muy conocido en esta época de Rosario y se iba de gira con él (risas).  Decía: “ahí les dejo todo preparado” y se iba. No quería que la llamáramos “mamá” ni “mami” ni nada. ¡Ella era Sarita para todo el mundo! 

(Risas). Y por eso la sentías como una hermana más que como una madre.

Si, y hasta era yo quien le preguntaba a Sarita: “¿dónde estuviste?”. Y ella te contestaba cualquier cosa y mi hermana me decía: “no estuvo ahí, es una mentirosa” (risas). Era muy graciosa y le gustaba mucho ir a las peñas, el folklore, el tango y era buena para el trago (risas). Pensa todos los años que estuvo tan jovencita agarrada de mi padre. La relación con el último era de amor, era plomero, él tenía una traqueotomía y ella decía que lo amaba, lo cuidó hasta que se murió. Y tenía una curiosa relación con la muerte. Es una locura toda la escena del entierro, ella fue con su perra al cementerio, y volvimos todos y yo pensaba con que va a salir Sarita ahora. Y le dijo al marido de mi hermana: “Víctor, hace una salida y anda a comprar un poco de asado, vamos a hacer una ensalada, tráeme el tocadiscos y ya está, vamos a celebrar, que ya partió”.

Creo que ese aspecto de tu madre, te habilita a que, frente a todo tu dolor y conmoción por la muerte de Carlos, tengas presente que lo disfrutaste 48 años y que el mejor homenaje que le haces a Mathus es seguir disfrutando del teatro, de la vida, de estrenar obras y que todo lo que han aprendido juntos, se siga expresando en el arte. Que repongas en la cartelera porteña La lección de anatomía ya es mantenerlo vivo en el imaginario cultural de todos, y además, la película documental es un registro que hace que su obra no quede en lo efímero sino que se inmortalice.  ¿Cómo se conocieron?

Es que es toda una historia muy profunda. Yo lo conocí cuando tenía 20 años, y como te conté, a esa altura ya iba al teatro, al ballet. Amaba todo eso, y aún no sabía si entrar en el Conservatorio. Era fan de los cantantes de Ópera, tenía sus fotos y los seguía. Y en el Di Tella estaban dando la obra de teatro “El soldado de Stravinsky” que dirigía Carlos, y fui a verla. Cuando la vi me quedé helado. Actuaba Marcos Mundstock, entre otros, dirigida por la orquesta del maestro Armando Krieger. Me había anotado en el Conservatorio, pero yo pensé “yo quiero hacer este tipo de teatro”, esa música de Stravinsky, Marcos que hacía el diablo, me impresionó mucho, había dos enanos con un cortejo que golpeaban rítmicamente y, además, cómo estaba narrado. Me encantó por supuesto todo y aún no había estudiado con ningún otro.

¿Lograste que sea tu primer profesor?

Si. Lo esperé a la salida. Pregunté a alguien del público cómo es, porque yo no lo conocía, y me contestó: “te vas a dar cuenta porque es un hombre muy alto, barbudo y tiene una cara de enojado…” (Risas). Lo cuenta Ana María Rozzi en los libros, ella escribió: “Desnudos, amados y censurados”, un libro bellísimo. Entonces cuando lo vi, me acerqué y le dije que me encantó la puesta de su obra, que me gustó mucho, estaba medio tímido, y le pregunté si daba clases. Y me respondió que en febrero comenzaban las clases de teatro en el Estudio de Ana Itelman, que ella daba clases de danza y él de Teatro.  Me anoto y voy. Empiezo las clases y notaba que no me quería mucho. Me decía que yo era soberbio, un día me dijo que era “medio altanerito”.

¿Y qué esperabas? (Risas) Si te mandaste con todo y muy seguro de vos en la puerta del teatro…, claro que después de darle un beso a Evita… te podés sentir seguro de lo que sea, hasta de haberlo esperado a la salida y encararlo. 

(Risas) Encima en el curso, si no entendía algo, iba y se lo preguntaba (risas). Y mis compañeros de teatro eran Sara Vinocur, hoy presidenta de la Feria de Mataderos, Carlos Vinocur, que era psicoanalista… 

A fin de año, Juan Silver, uno de los directores de Canal 7, le dieron a Ana y a Carlos dos programas del teatro universal para que ellos realizaran la parte del teatro nuevo. Carlos escribió un guión: Todos ganan. Un día me llama y me dice si yo podía ayudarlo. Yo había estudiado en la Academia Pitman, estudié dactilografía y escribía 150 palabras por minuto. Me preguntó si sabía escribir a máquina, y le dije: “por supuesto, soy dactilógrafo” y me trajo la Olivetti y me dijo: “a ver” y ahí empezamos una amistad, ya charlabamos y tomábamos algo, había una cierta complicidad.

¿Y así empezaron a enamorarse?

Primero, pienso que él se enamoró más de mí que yo de él.  Charlamos, un día lo invité a casa a comer, yo sentía una atracción. Yo había estado una vez con un muchacho, pero no tenía experiencia. En ese momento, tenía novia. Yo me casé (risas) y después hicimos un pacto porque él era más posesivo conmigo. Él no tenía problemas si yo estaba con una mujer, ahí tenía toda la libertad, pero no quería que esté con un hombre.  “Con una mujer, todo lo que vos quieras, pero no quiero competencia varonil”. Yo me casé estando con él, y a ella le dije: ‘‘si querés que estemos juntos ya que nos llevamos bien y todo, tenes que bancarte que yo voy a seguir estando con Carlos’’. Ella era una actriz de la Compañía de la que yo estaba enamorado. No le fui infiel con un hombre (silencio). Aunque ahora te confieso que le fui infiel con uno, pero fue después que él me fue infiel, entonces, dije “se la voy a a mandar a guardar” y fue una venganza (risas). Fue una venganza deliciosa, me divertí un montón y la pasé divino. Era hijo de un croata, tenía unos ojos celestes…

Te comiste un Ferrero Rocher. Una gran tentación.

(Risas) Si, la verdad que sí, él trabajaba de DJ en un boliche en Mar del Plata y estábamos haciendo temporada de dos funciones por día con “La lección de anatomía”. A mí me gustaba un grupo alemán, Kraftwerk, y él me ponía esa música. Cada vez que entraba me ponía Trans Europe Express. Entonces le dije al mozo: “mandale un trago a Pato”.  

Después de la función nos íbamos con todo el elenco. Lo normal era comer todos juntos, y a él lo habían invitado. Caminamos un poco por la rambla, yo vivía en un hotel, y ya sentía el cansancio de las funciones. Y cuando le dije que era tarde, me dijo: “¿Querés que te acompañe? Y yo me dije: “¿Qué hago?” (Risas) Pero yo se lo conté a Carlos. Pero yo me había enterado de una que se había mandado antes, con un actor inglés.

Fue una vendetta.

(Risas) Resulta que una vez, había venido un amigo de él, un actor inglés que estaba muy bueno, y yo hubiera hecho lo mismo (risas). Yo me di cuenta, él no me lo contó.  El actor lo llamaba a Carlos y le decía que se sentía muy solo en Buenos Aires, y un día le dije: “éste se siente muy solo, pero te llama todos los días para verte”, y me contesta: “y si pobrecito, está solo” (risas).

Y así y todo sostuvieron un vínculo de amor durante 48 años, ¿cuál es el “secreto”?

Es que tuvimos la gran ventaja de estar de acuerdo en no convivir, sólo convivimos en Brasil. Y se dieron ocasiones de ser infiel, pero aquella fue la primera vez y la única. Y como vos decís, con un Ferrero Rocher es difícil decir no (risas). ¡Noooo, no podes decir que no! Pero eso no hacía nada a la relación que teníamos. 

Hace poco encontré una foto con este actor, abrazados, y ay… la foto la hizo un amigo fotógrafo del teatro Colón. Le dije a Arnaldo: “vos tomaste esta foto y no me dijiste nada”. Me contestó que estaba jodiendo. Es que teníamos una relación de una libertad total y había mucho amor y por eso, se mantuvo la sexualidad porque había fidelidad. Hoy en los últimos tiempos siento que no tengo carisma, aunque no te parezca, no puedo tener nada con nadie. Intento, pero no puedo.

¿Este podría ser tu motivo de consulta?

Este podría ser un motivo: la soledad. Pero no estoy mal así tampoco. Tuve un approche con un hombre español que conocí en la casa de una amiga y que había venido a trabajar y lo agarró la pandemia. Charlábamos mucho, y vino un día a casa para ver el documental de La lección de anatomía por el Canal Encuentro. La vio y se fue. Y otra vez, ya se me lanzó y se puso muy posesivo, pero mal, y me mordió y lo tiré contra la pared y le digo, ‘‘perdóname, no, no, esto no es así, conmigo no’’. Se disculpó y me explicó que venía de una separación, con 3 hijos, que él tenía 63 años, hijos grandes, y le dije que yo le entendía todo, pero a mí no me trataba así (risas). Es complicado, pero yo creo que lo único que me preocupa es el miedo a la incertidumbre por esta pandemia. Tenemos que estrenar La lección… y no podemos, la hemos pospuesto y por esa postergación tengo que pagar una multa.

No estás tan solo, estás con alguien que se hace respetar que sos vos y con tu teatro que ya reabrirás. Respecto a la incertidumbre frente al futuro, tampoco estás solo, es motivo de todas las consultas hoy. 

Sí, es muy fuerte, pero por suerte estamos con mucho éxito con la obra de teatro “El reñidero” que damos en el Empire. Y a mí lo que me enorgullece es tener prestigio por el trabajo que uno hace, que te respeten tus colegas, que los actores que estuvieron trabajando en “La lección…”, después de esa experiencia pueden hacer cualquier cosa. Que a cada actor que estuvo en La lección de anatomía, le sea un trampolín al éxito. A mí me interesa ese prestigio, no tanto la popularidad.

Y de “La lección…”, una obra muy transgresora y revolucionaria, estás eligiendo una obra de teatro como “El reñidero” de un género únicamente argentino: el sainete criollo.

Lo primero que pensé es que hubiera dicho Carlos de la obra. Le hubiera gustado sin duda. La puesta en escena del duelo, por ejemplo.  Hay mucho allí de lo que hacíamos en conjunto, aunque sea algo más clásico en lo teatral, está plasmado. Carlos quería romper con todo, es cierto que era un transgresor. ¡Ah, qué interesante esta charla! Vos al final no hiciste a tiempo para ver ‘‘El huérfano feliz’’. Es muy autobiográfica.

¿Y por qué el título ‘‘El huérfano feliz’’?

Es que cuando la escribí era huérfano de madre y padre. Fue un tributo. Todas las historias de los huérfanos son tristes. Era mi manera de expresar que me quedé sin madre y sin padre, pero soy feliz.

Entonces, ¿hay orfandad? Parece que tus padres están más vivos que nunca en tus obras. 

Es cierto, en todas mis obras. Te voy a mandar la tragedia lírica “La voz humana” de Francis Poulenc y Jean Cocteau, que yo dirigí, y ahí me vas a conocer más. En esa experiencia hay mucho de mi infancia. Recuerdo que mi mamá me llevaba con mi hermana a ver Carmen y después le decía a mi padre cualquier cosa (risas). Le mentía para salirse con la suya. Un día mi padre sube a la terraza, y estaban colgadas las mallas de baile para que mi padre no las viera abajo. Estábamos jugando y cuando él apareció, madre mía. Cuando mi padre ve las mallas negras, le pregunta a mi madre de quienes eran esas mallas, y mi madre le dice que era una de ella, otra de mi hermana, y la otra… es del gordo, le dice que eran de folclore, y nada que ver. Ahí mi padre sentenció: “se perdió esa cosecha” (risas). Y todos nos cagamos de risa. Creo que en ese momento no entendía el mensaje de mi papá.

¿Y qué sentiste cuando lo entendiste?

Cuando lo entendí lo puse en la obra de teatro, y entonces, ¡que se joda! Yo exorcice el mensaje de mi padre y lo mismo que con el de mi madre. Los sábados íbamos a comer con mi hermana y la llevábamos a Prosciutto, ella estaba en el geriátrico, a mi hermana le costó un año de análisis aceptar esto… Estábamos en la negación de todo ese estado de mamá, y Sarita empezaba: “quiero comer, quiero comer, tengo hambre”, y golpeaba la mesa. Y un día me fastidié y le grité: “basta mamá”, y toda la gente del restaurant me miró en silencio como si fuera un desgraciado. Y mi mamá me gritó: “¡Putooooo!”, y mi hermana salió disparada para el baño (risas). Y yo le contesté: “¡Tarde piaste!” cagado de risa. Yo me divertía horrores. Ella se sentía impotente por no poder hacer nada y frente a su enojo, pensó como joderme.

¡Justo a vos que no ibas a entrar en ese juego!

(Risas) ¡Justo a mí! Cuántas cosas uno sigue reviviendo de su pasado. ¡Hay un libro de María Elena Walsh sobre su infancia que se llama “Fantasmas en el parque’’! Ella vivía allí a la vuelta del Parque Las Heras, y en un capítulo nombra a las hermanas Leiva, que era mi madre y su hermana, que no se apellidaban Leiva, pero así las conocían por mi padre, y ella narra cómo eran, y eran tal cual. Aunque mi tía era mucho más responsable. 

Y todo esto tiene que ver con quién sos vos y tus obras.

Si, a mí ahora lo que me preocupa es seguir realizando, estoy pensando que voy a hacer en el futuro. Y quiero hacer el último monólogo que escribió Carlos que se llama Perro en la arena. Está inspirado en un cuadro de Goya, en el que hay un perro que se está hundiendo en la arena, con una mirada intensa. A él le llamó mucho la atención cuando lo vio en el Museo del Prado y pensó en un actor que está terminando su carrera. Iba a poner un despertador con el tiempo que iba a demorar la obra, e iba a contar porque estaba ahí. Mientras va narrando pedacitos de las obras que hizo. 

¿La quisieras actuar? ¿Te sentís mejor en el lugar del actor o del director?

No quisiera actuar, no sé por qué…. Yo me siento un actor nato.

Porque en el documental se nota lo buen actor que sos en actuar de Antonio Leiva siendo Antonio Leiva. Todo un personaje vos y la pareja que hacen ambos.

Yo no tenía filtro con él, y viste que él, por cómo me contestaba, también era terrible (risas).  Carlos tenía una ascendencia iraní, le gustaba la comida árabe. Su tatarabuelo había nacido en Baghdad. Su padre tenía un secadero de frutas en San Juan, y su madre era cantante de ópera en el coro de Rosario. Se separaron cuando tenía 5 o 6 años. Carlos era fantástico y te mataba de risa.

Me hubiera encantado llevarlo Al diván a Carlos, y tenerte a vos es como tener la  parte más importante de la historia de él. Contame cuál fue tu primer motivo de consulta.

Quería saber si yo estaba muy equivocado con mis gustos sexuales. No tenía claro, era muy problemática mi sexualidad, si tengo ganas de estar con una mujer, yo le llamo recaídas (estallamos en carcajadas).  

Me preguntó si justamente lo que querés mostrar en tu obra El reñidero, es que el Edipo es doble. Y por algo tu demanda de análisis después de este estreno, donde me dijiste que después de esta obra, necesitabas ir al diván de vuelta.

 Sí, es porque es Elena con su padre y Orestes con su madre. Y después de esta obra, me puedo replantear lo que quiero hacer… Ahora me puedo enamorar de un hombre o de una mujer.

A Carlos le podía seducir tu sexualidad porque lo interesante es que rompiste con los estereotipos, la no convivencia, el hecho de decirle que podías desear estar con una mujer y casarte con una mujer que te acepte como sos. Desde el psicoanálisis, cada sexualidad es singular y es una construcción que tiene relación con la historia de cada persona. Besar a Eva en aquel entonces, una actriz que era considerada por su belleza un símbolo sexual, aunque estuviera muerta, despertó un deseo.

Era Eva. Y muy bella, muy blanca… Y, además, la incertidumbre de la pandemia, porque a Carlos lo tengo siempre, hasta le preguntó si le gusta o no una escena, pero estoy al límite económico para sostener el teatro. Ya va más de un año de pandemia. No sabemos si la semana próxima seguimos o se va a cerrar a la noche, y cómo hace mi empleado si no se puede circular a la noche. El teatro es una forma de terapia, me encanta estar en mi casa, frente al teatro, cruzó y estoy, por eso me cuido mucho. Más los psicoterapeutas que ya tuve.  Más que nada es la incertidumbre frente al futuro.

Eso es un signo de vida y de querer seguir produciendo. Y quizás, después de esta sesión surja el deseo de actuar vos el monólogo de Carlos.

Y me encantaría que me dirija Eva. Eva Halac.

Otra Eva.

(Risas) En el Huérfano feliz cuento todo y lo actúo con mucha emoción. Las primeras funciones terminaba destruido, yo no podía manejarlo… En ese momento recién estaba en duelo por mi madre.

¿Estás quizás encarnando a tu madre en algún punto? En su deseo de vivir, en su amor al teatro… En Carlos había algo de eso de tu madre.

Es probable que la esté encarnando. Una cosa increíble, ella era amiga de la gente del teatro, ella invitaba al elenco en su casa de Bulnes, yo no estaba ahí, les decía: “chicos, vengan hago un postre”. Pero a mí nunca me demostró nada de eso, demoró dos años en venir a verme porque no me quería ver desnudo.

El Edipo es doble, de los hijos con sus padres, y a la vez, de los padres hacia sus hijos.  Además, tu mamá no estaba investida como madre sino como un par lo que exacerbó tu erotismo hacia las mujeres.

Claro, como una hermana… ¿Damos por finalizada la sesión con esto? ¡Lo único que me falta es decir que me quiero coger a mi mamá! (risas).

¡Y lo formulaste en tiempo presente! (Risas) Para el Inconsciente el deseo es indestructible, y ese deseo, motoriza todas tus obras y tus vínculos. 

DEL OTRO LADO DEL DIVÁN

Antonio despierta un gran afecto y muchísima ternura en mí. Todo fluye con mucha naturalidad y se entregó a la sesión con suma generosidad. Él es como su madre, un niño, o mejor dicho, el niño que logró realizar todos los sueños del niño interior de su madre. Un ser muy sensible que sigue jugando en la terraza de su casa que, hace años es el Teatro Empire. Al tener esa capacidad de  jugar, se la juega con todo lo que tiene. Cada una de las escenas que fue contando en la sesión, al narrarlas, uno puede visualizarlas. Son imágenes muy intensas con diálogos cargados de una alta dosis de su sentido del humor y con una teatralidad que lo caracteriza. La escena de Eva entregándole el premio, el beso a Eva en su ataúd, él con dos años arriba de una bicicleta grande con cara de enojado y saliendo esa foto en el diario… Todas y cada uno de estos acontecimientos y la escena de cómo fue al encuentro de Carlos, sellaron lo que hoy llegó a ser: un icono del universo teatral en la cultura argentina.

Hay muchísimo amor en él para dar y es ese amor que lo ayuda a elaborar sus duelos y seguir convirtiendo su tristeza y su incertidumbre en una gran jugada por el arte. Ese niño que en algún sentido se sintió amado pero huérfano de madre y padre (en cuanto a lo que involucra la función materna y paterna), es un huérfano feliz. Antonio no se quedó duelando lo que no tuvo, pudo armar otra familia que le dio apuntalamiento, con sus psicólogos y con los lazos que lo unen al mundo del teatro. En ese aspecto, no sólo es un emblema de la argentinidad por su dicotomía peronismo/antiperonismo, sino también por haber sido partícipe activo de un momento histórico donde el teatro y el psicoanálisis penetraron llegando al pináculo en Argentina. Y es feliz porque encarnó lo mejor de su madre, se nutrió de lo que su padre podía darle y “exorcizó” de ambos lo que no le iba a servir para ser quien es. Y encontró en Carlos una pareja que aceptaba su capacidad de amar tanto a un hombre como a una mujer, y Carlos fue el elegido como el hombre de su vida. Eligió un hombre con quien pudo producir y crecer en su arte.

Es la viva representación del entrecruzamiento del teatro y del psicoanálisis: es el actual director de “La lección de anatomía” (segunda obra de mayor tiempo de permanencia en cartel en el mundo: 36 años) y de “El reñidero” sainete típicamente criollo. Y esto en un país donde las propuestas teatrales y el psicoanálisis, tienen un auge importante y cuentan con la mayor proporción de todo el mundo. 

Antonio sostiene una familia y esa es su inquietud actual: seguir sosteniéndola. No una familia convencional, sino la que él deseaba tener: la teatral. Y al mismo tiempo, logra con esto llegar a ser el deseo de su madre, ese es su costado transgresor (la madre se va con él al teatro y deja al padre). La madre es su objeto de identificación y a la vez es su objeto de deseo. Y él es un gran seductor. 

En su obra “Un huérfano feliz” dice: “es necesario matar a la madre cuando se es joven” y se trata de una muerte simbólica. En otra escena muy emotiva dice: “el día está terminando y yo no puedo decir cuánto tiempo hace que estoy velando a mi madre”.  Aquí habla del tiempo psíquico del duelo de la muerte de su madre, pero también de aquello que nunca tuvo de su madre ya que era Sarita y no quien lo podía maternizar al ser haberlo parido con 17 años. Esa es su orfandad radical, la de ser niño pero no “hijo” en el sentido pleno del término, encontró su resolución en su relación con Carlos quien en alguna medida no solo lo eligió, sino que lo “adoptó” y lo aceptó tal como él es en todos los sentidos. Y desde esa aceptación, Antonio logra hacer de su vida un juego, donde juega con otros, cuenta sus historias y sigue siendo aquel niño que te invita a su gran fiesta.

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