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AL DIVÁN PAULA RANSENBERG – Por Dra. Raquel Tesone

Fotografía: Mauro Pretti

Paula Ransenberg , actriz, directora , autora y docente de teatro formada con  Alejandra Boero, Juan Carlos Gené, Verónica Oddo y en la Escuela Nacional de Arte dramático. 

Sus últimos  trabajos como actriz : Once Berlin Dir: Gabriela Izcovich . Teatro Nacional Cervantes  Sentada en una casa de vidrio Dir: Marcelo Nacci. Juicio  a una zorra Dir: Corina Fiorillo. Todas las rayuelas Dir: Andrés Bazalo.  Dinamo Dir: Claudio Tolcachir, Melisa Hermida y Lautaro Perotti. Nerium Park Corina Fiorillo. Para mí sos hermosa Dir: Marcelo Nacci y  Solo lo Frágil Dir: Luciana Dulitzky El viento en un violín Dir: Claudio Tolcachir. Un viaje de un largo día hacia la noche Dir: Villanueva Cosse. TMGSM. El Dibuk. Dir Jakobo Kaufmann. TMGSM. Marat-Sade.  Dir Villanueva Cosse. TMGSM. 

Fue galardonada como «Mejor actriz» y «Revelación femenina» 2014 en los premios «Trinidad Guevara» y «María Guerrero». 

Participó en las series televisivas Sandro de América (madre de Sandro) Dir: Adrián Caetano y Encerrados Cap Rutina. Dir :Benjamín Ávila. 

Participó en los largometrajes: «1985» Dir: Santiago Mitre. Jesús Lopez Dir: Maximiliano Schonfeld Infancia clandestina Dir: Benjamín Ávila Mentiras piadosas Dir: Diego Sabanes. Cabeza de palo. Dir: Ernesto Bacca; La hermana menor Dir: Roberto Scheuer, El último Elvis. Dir: Armando Bo.

Últimos trabajos como directora : Cabaret (asistencia artística) Dir :Alberto Negrín y Claudio Tolcachir (2019). La suerte de la fea. Timbre 4 y Teatro el Picadero  (2017-2019) Pantuflitas y Mustias Microteatro.  

Como Autora: Sentada en una casa de vidrio, Para mi sos hermosa, Solo lo frágil, Que parezca fiesta,  Jungla,  Feve y  Noche.

 Desde el año 2001 se desempeña como docente  en la escuela de actuación Teatro Timbre4 dirigida por Claudio Tolcachir, tanto en Argentina como en cursos internacionales de la escuela. 

En la actualidad, actúa en dos obras de teatro: El amo del mundo, protagonizada con Lautaro Delgado Tymruk  y gran elenco bajo la dirección de Franscisco Lumerman y Otoño e Invierno con la dirección de Daniel Veronese.

Bienvenida a la consulta.  Por la composición profunda de tus personajes, intuyo que te analizas o que ya te analizaste.

Voy cuando me detono, voy por un tiempo, puede ser durante un año, y cuando las aguas se calman, porque una con los años se va conociendo, entonces dejó de ir y después vuelvo, voy varios años, dejo y vuelvo. Ahora hace dos años que no voy, pero empecé hace unos diez años. Mi analista es alguien que ya me conoce mucho y eso está buenísimo. Voy y le tiro algo y ya sabe de dónde viene. Siempre me pasa que voy cuando me paso de rosca y me sobreesfuerzo. 

Un caso extremo en un momento que estaba trabajando mucho, ya había sido mamá hacía 3 años, mi hijo era chiquitito, ahora él tiene 7 años; y recuerdo que estaba haciendo una tira, trabajando en teatro, y tuve un brote corporal y de repente, me quedé dura. Estaban duras las articulaciones y fue bravísimo. Empecé a hacer estudios pensando que tenía artritis reumatoidea, en ese momento estaba interpretando a la mamá de Sandro que sufría de esa enfermedad.

¿Pensás que podrías hacer una identificación inconsciente con el síntoma de tu personaje?

Nunca lo creí así porque para mí el teatro es un juego, pero es raro que me haya pasado eso, porque además me hice estudios y físicamente no me aparecía nada. 

Ahí es donde no queda otra que ir al psicólogo.  

Y si (risas).  Por un lado, estaba feliz porque no tenía nada y por otro lado me dije: estoy re loca (risas). Hice muchas cosas con el cuerpo, danza desde chica. Por eso pensé que había algo que mi cuerpo estaba gritando para ser comprendido.

Cada vez que te vi actuar, noté que pones muy en juego tu cuerpo en tus interpretaciones. 

Si. Y no paro. En una parte de las funciones de “Dínamo” estaba relacionado con este tema. Me dolía, aunque no se notara. Cuando volví a hacer terapia, se me fue todo. 

¿De qué dolor habla tu cuerpo?

Mi cuerpo habla cuando mi emocionalidad está agotada de cargar. Por eso voy y vuelvo. Cargo con el “deber ser”. La familia de mi padre eran judíos alemanes perseguidos y mis abuelos paternos escaparon de los nazis en la Segunda Guerra. Hay mucha disciplina. Mi madre fue una niña superdotada, dio libre el último año del secundario con 15 años, era una química muy estudiosa y también viene de ahí la exigencia. 

El mandato de superarte a vos misma es tan fuerte que tenés que llegar a detonar para darte un permiso. El cuerpo habla de un trauma que no se había terminado de elaborar, por eso habló para que lo escucharas.  

Creo que con los años uno aprende a vivir con eso. Me tira por ahí… Entonces, con ayuda de mi pareja, empecé a decir: pará. Cuando me quedé dura, me dije que no iba a hacer nada que no quiera hacer. Porque antes era hacer todo. Quería hacer todo porque debía hacer todo. Al ser madre, empecé a relativizar y me di cuenta que quería otras cosas. Cambian las prioridades. Ahora quiero estar con mis amigos, disfrutar de estar con mi familia y con mi hijo.

Tu hijo te pone límites.

Sí, pero es un límite hermoso, es el límite del amor. Ahora mi día libre es el lunes, entonces le dije, faltás a la escuela y salimos a pasear y es dar espacio al placer.

El placer se te nota al actuar y actualmente con dos obras grosas como lo es El amo del mundo y Otoño Invierno,  y esa cuota de placer no sólo queda arriba del escenario sino que se está haciendo extensiva cada vez más a tu vida privada.

El placer lo sentí desde los 4 años cuando empecé a bailar, me gustó mucho el movimiento, hacia expresión corporal. Y a los 12 años di el examen para entrar en la escuela del teatro Colón en danza clásica. Tenía y tengo un sobrehueso en la rodilla y por eso no entré.

¡Ahí el cuerpo te salvó! Sin sobrehueso habrías tenido que responder a la exigencia de la danza clásica y nos hubiéramos perdido una actriz de primera. 

(Risas) Si, yo estaba podrida de la danza clásica, me aburría, porque deja poco espacio para  la creatividad, y mi mamá me dijo de probar con teatro. Y en mi primera clase de teatro, wowww, se descorrió un universo que no conocía: juego y creatividad. ¡Fue precioso! A partir de este descubrimiento a los 12 años que empecé, no paré. 

Mi primera obra era Heredarás el viento, fue cuando era chica, tenía 13 años y fue una obra que dirigió Alejandro Samec qué es el hijo de Alejandra, El teatro ya no está más,  era el Galpón del Sur, en Humberto Primo y Entre Ríos. Ahí necesitaban chicos para hacer de pueblo, había un pueblo de mucha gente, imaginate, teatro independiente 40  eran los años 88, 89… Estaba chocha, feliz. 

¿Qué te quedó de esa niña? 

Pasé por una etapa más introvertida a partir de los 15. En los 13 aún era una nena juguetona. Y sigo siendo medio salvaje. Me gusta mucho la naturaleza. Me crié con un hermano varón, me gusta ir de camping, estar al aire libre. Mi hermano es 8 años mayor, me rajaban pero a mí me gustaba jugar, trepar los árboles, la naturaleza y me siguen gustando los juegos no femeninos en el sentido de los modelos, nunca me gustó jugar a las muñecas, esos juegos no me gustaban.

La parte femenina te dejaba menos libre. Tu cuerpo en movimiento no cargaba ese deber ser, ahí tu cuerpo podía jugar.

Primero en el teatro y después en la danza encontré siempre libertad y en el teatro la libertad de jugar… Sí, pero claro, es un espacio autorizado, un lugar donde soy libre pero sin romper con nada porque siempre fui una buena chica estudiosa, era oveja blanca. Esto tiene relación con la obra que vas a ver el sábado: Otoño e Invierno de Daniel Veronese. Nunca fui una oveja negra, y en la obra a mí me toca ser la oveja blanca, estoy en contrapunto con una hermana que es la oveja negra. Mi personaje está detonada por dentro. 

Te habrá movilizado mucho hacer ese papel. Y con Daniel, ¿ya trabajaste o te conocías antes?

Es la primera vez que trabajo con Daniel. Ensayamos mucho de manera virtual, por zoom, era el único escape que teníamos a la pandemia,  ese espacio creativo, y nos encontramos ahí y era como vivir una ficción… Es una ficción terrible, pero siempre que uno vive una ficción, es un hecho maravilloso. Y es tan profunda la obra en cuanto a los vínculos porque son cuatro personajes, mamá, papá y las dos hijas y todo el tiempo estaban saliendo aspectos propios o familiares de cada uno. Decíamos esto es tal y tal cosas mía, o tal y tal cosa de mi familia, la obra estaba haciendo eco y rebota en cada uno de nosotros, es una obra con personajes que están llenos de contradicciones como en la vida, muy bien escrita en términos de cómo encara la humanidad, contradictoriamente. No hay víctimas y victimarios porque todos son víctimas y victimarios, los cuatro, son terribles y al mismo tiempo, uno los compadece, tal como pasa en la vida. Eso fue mucho laburo de búsqueda en uno y de dirección donde te preguntas qué hace que el personaje se comporte así. Te lleva a decirte: pero yo no haría esto,  bueno, pero lo haces, acá la maltratas y al identificarse con el personaje, uno lo entiende y se ve la debilidad.

¿Y te hubiera gustado hacer el papel de oveja negra?

Cuando me convocó Daniel para actuar en la obra de él, ya eso es un regalo de la vida. Y conociendo esos personajes, me encantan, y me hubiera gustado también hacer el otro papel; pero tengo más aspectos de mi vida que me hacen eco con Eva, que es mi personaje. Pero si me hubiera tocado Ana, también hubiera encontrado algún eco. En El amo del mundo que hago el rol de Mara, la actriz es diva, y yo no soy diva en mi vida, sin embargo, hay muchas cosas de ella que igual me hacen eco, tal vez no eso pero sí otros aspectos. El personaje empieza a tirar flechas que pegan en una. 

Es que tu narcisismo no está puesto en ser diva porque la exigencia fuerte es superarte a vos misma, no ser mejor que otros. Ese cuerpo que se expresa con libertad, se queda duro como una señal de alarma para hacerse escuchar y que le quites esa carga que lleva la oveja blanca. 

 (Largo silencio)

Si, totalmente. Con los años aprendí a darme permisos.

Y darte permiso de hacer lo que amas y el apuntalamiento de tus padres para realizar ese deseo, te llevó a ser una gran actriz. ¿Hubo alguna obra que te movilizó más que otras?

Yo creo que todas pegan de alguna manera, me gusta meterme de lleno en lo que hago y por eso elijo cosas que me gusten. No sé si las elijo o dejo que lleguen, y estoy muy atenta. Y volviendo a esta pregunta que habías hecho sobre lo que más me movilizó, fue una obra que yo escribí, es un unipersonal: Para mí sos hermosa. La hice en el 2013 durante muchos años, actuaba yo, es como una hija mía, es el producto de muchas cosas. Antes escribí otra obra que también actuaba yo y quise mucho, pero Para mí sos hermosa, es la obra más grande, habla mucho de mí, la hice muchos años, gané premios, tuvo mucho recorrido y la sigo haciendo de vez en cuando en funciones esporádicas.

¿Cómo fue el proceso de escritura? 

El tema que elegí era la ilusión. Eso empezó a disparar ideas y abrir puertas: la parte mala de la ilusión, la parte buena de la ilusión, la magia como una ilusión, y ahí se empezó a configurar este mundo de magia y de magos. Empecé a leer mucho. Estaba en una gira en España así que tenía tiempo para escribir y poder estar sola. Leí mucho sobre magia, sobre magos, sobre magas. Y cuando ya tenía todas las situaciones aisladas, todas las pequeñas escenas, fui a ver a un amigo mío, Marcelo Nachi que además de dirigir y actuar, escribe; y le dije que quería darle una estructura a eso. Ahí descubrimos que era lo que subyacía. Cuando escribo, no tengo idea de lo que estoy escribiendo. A diferencia de otros que escriben una historia, a mi me vienen los personajes, como energías, y tengo que descubrir por qué carajo yo quería hablar de eso. ¿Por qué?

¿Y por qué querías hablar de eso? 

La historia que subyacía a esa ilusión era la historia del escape de mis abuelos de Alemania. La historia de este mago, mi abuelo no era mago, era carnicero, y había una historia de un escape, simbolizado en el escape del mago del truco de escapismo. Cuando descubrimos ese hilo y vimos el personaje de la abogada que dejaba la abogacía y empezaba dedicarse a la magia, descubrimos que podía contar una historia propia. Es muy lindo el poder hacer de la propia historia un objeto artístico o como quieras llamarlo. Es muy hermoso, es muy transformador. 

En esa obra  transformaste esa situación traumática del escape en algo productivo y mágico para tu vida, y además, en un disfrute para vos y para tu público. 

Soy más consciente de que este momento lo tengo que disfrutar. Cuando se es más joven, una es más impune con la vida y pensás que todo es eterno. Y cuándo empezás a tener conciencia de la finitud y de la gente querida, me digo: esto es para disfrutar. 

¿Y para disfrutar más aún habrá que quitarle al cuerpo la culpa de estar en libertad y de estar viva? El escape de Alemania fue algo mágico ya que posibilitó que vos existieras en este mundo para transmutar el horror en arte. Cerramos acá. 

DEL OTRO LADO DEL DIVÁN

Paula sigue siendo una niña que juega y por eso mismo, la sesión se tornó en un espacio lúdico donde se jugó con su verdad. 

Carga con una historia de abuelos inmigrantes y que además, emigraron escapando de los nazis, esto deja huellas traumáticas muy profundas.  

Freud en su teoría del trauma habla de dos tiempos: el primero es el hecho traumático en sí, y el segundo tiempo, la resignificación del trauma (lo que se denomina estrés post traumáticop).  El escape del Holocausto es un trauma que lleva generaciones para su elaboración. El arte en Paula es el espacio de fuga de ese dolor y es también la metamorfosis necesaria para no cargar con el trauma de sus antecesores de ser sobrevivientes e inmigrantes, no por elección, sino con el fin de salvarse de terminar siendo asesinados. 

El “deber ser” es como una especie de deuda simbólica con quienes no sobrevivieron a ese genocidio. Su cuerpo que cada tanto “detona” como una bomba, pareciera re-presentar las esquirlas del trauma, los mandatos in-corporados de deber seguir esforzándose para sobrevivir, cuando ya no es necesario. 

Ocupar el rol de la oveja blanca en su familia está al servicio de cumplir con el deseo de reparar esa historia traumática de persecución, dolor y desgarro. 

Me pregunto mientras la escucho, si quizás Paula retiene dentro de sí a la oveja negra donde el “deber ser” no tiene lugar. Otra hipótesis que me formulo es si su cuerpo al quedarse duro, encarna algo del orden de lo traumático del Holocausto, cuerpos (rígidos) pero que están desaparecidos y por lo tanto, no se pueden duelar con un ritual. Pese a este síntoma de su cuerpo y que logró superar al retomar su análisis, es en la actuación y en la “re-escritura” de esta historia que la antecede donde radica su poder de resiliencia y  la posibilidad de crear, como en el disfrute a partir de la relación con su hijo, familia, amigos y su vínculo profundo con su universo artístico.

La vida y obra de esta gran actriz me remite a este pensamiento de Michel Foucault cuando escribió:  “lo que me sorprende es que en nuestra sociedad el arte se ha convertido en algo relacionado con los objetos y no con los individuos ni la vida… (…) ¿La vida de alguien no puede ser una obra de arte?” En esta idea se asienta mi deseo de analista al realizar la experiencia «Al diván». Su historia de vida y su devenir artista, atestigua que Paula Ransenberg es en sí misma una obra de arte que subvierte lo inefable de la realidad en ficción. Y tal como como ella lo expresa «siempre que uno vive una ficción, es un hecho maravilloso».  

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