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DTF St. Louis – Serie HBO – Por Dra. Raquel Tesone / Rachel Revart

Advertencia: Hay spoilers para su análisis (excepto el final, esa cereza que corona una trama cargada de ingredientes psicológicos).

Esta serie, escrita y dirigida por Steve Conrad, y actuada de manera magnífica por Linda Cardellini, David Harbour y Jason Bateman, trabaja sobre el triángulo edípico y, sobre todo, sobre la fantasmática de la escena primaria.

Desde el ménage à trois entre los personajes —que alternan entre posiciones activas y voyeuristas— hasta el dispositivo de los detectives, la estructura triangular se despliega como forma del deseo.

A esto se suma otro triángulo: el de una mujer, el hijo de otro matrimonio y quien intenta ocupar una función paterna. En todos los casos, emerge una soledad profunda, un vacío que no necesariamente se colma, incluso cuando hay encuentro.

Y como en todo buen triángulo… aparece un tercero.
Pero esta vez no es una persona: es la app DTF St Louis que se introduce en el vínculo de amistad entre estos dos hombres —allí donde circulan sus respectivos y algo marchitos matrimonios— y comienza a operar como mediadora. No tanto revelando el deseo… sino empujándolo hacia un lugar que ninguno de los dos parecía haber previsto.
A partir de ahí, ya no se trata solo de lo que buscan, sino de lo que se pone en juego sin que lo sepan.

Y acá es donde conviene afinar la lectura.

Porque la serie no funciona como una crítica lineal a las apps.

Hoy sabemos que muchas personas construyen vínculos genuinos, encuentros significativos e incluso relaciones duraderas a través de ellas. No se trata de negar esa dimensión.

Pero DTF St. Louis elige mostrar otro costado: qué ocurre cuando el deseo queda capturado en una lógica de visibilidad constante.

En la app no hay solo pornificación. Hay búsqueda de contacto, de compañía, de reconocimiento.

Lo sexual funciona como puerta. Pero no siempre alcanza como destino.

Como planteaba Sigmund Freud, la sexualidad es siempre una vía: un rodeo simbólico para algo más profundo. En la serie, ese “algo” aparece como una demanda de ser visto, de existir para otro.

La exposición digital amplifica esta lógica. No se trata solo de la mirada de los detectives que reconstruyen el envenenamiento, sino de una red donde cada interacción —cada swipe, cada mensaje— inscribe al sujeto en un circuito de visibilidad permanente.

Las apps no sólo canalizan el deseo. También lo modelan.

A diferencia del panóptico clásico que describe Michel Foucault, aquí no hay un ojo central. Hay multiplicidad de miradas.

El sujeto no solo es visto, se ofrece a ser visto. Y en ese gesto, algo se desorganiza.

Si el deseo —como enseñó Jacques Lacan— se estructura en relación al Otro, las apps multiplican ese Otro en una serie infinita de micro-otros que aceptan, rechazan o silencian.

No es un simple medio.

Es un operador activo.

La serie capta con precisión ese punto porque no elimina el encuentro… pero lo vuelve incierto.

Cada interacción se fragmenta. El lazo se vuelve inestable.

Y aparece una angustia que no es casual, sino estructural.

El personaje de Bateman entra progresivamente en el registro de la confesión, mientras otro triángulo —el de la mujer, el hijo y la función paterna fallida— introduce una tensión edípica sin resolución.

La ausencia del padre, nunca explicitada del todo, deja un vacío simbólico que resuena en todos los vínculos.

Como en The Wire, la serie opera en múltiples capas. No se trata solo del enigma policial, sino de las estructuras que lo sostienen.

El suspenso se desplaza: importa menos el “quién” que el “por qué se desea”.

Ahí el triángulo deja de ser recurso narrativo para volverse  escena fantasmática.

Y el espectador no queda afuera.  Mira… y goza de mirar.

Desde otra perspectiva, aparece la tensión entre el yo y un superyó que exige ser deseable, visible, elegible.

En términos de Gilles Deleuze, la mediación digital hace que el deseo se despliegue de forma rizomática, múltiple. Pero esa apertura puede dificultar la construcción de un lazo consistente o incluso, imposibilitar el lazo. 

Promete conexión… pero muchas veces devuelve dispersión.

Y sin embargo… la serie no cierra en una condena.

Deja una grieta.

Cuando dos cuerpos se encuentran sin mediación, algo irrumpe: los sentidos se encienden —la piel, la voz, el ritmo—. Un resto que no puede reducirse a imagen ni a perfil.

Ahí la pulsión insiste.

DTF St. Louis no es solo una serie sobre infidelidad o crimen.

Es una serie sobre el vacío.

Sobre lo que empuja a buscar en el otro algo que nunca termina de colmarse.

Y Conrad no lo resuelve.

Lo vuelve visible.

Quizás por eso atrapa tanto. Porque mientras creemos seguir un enigma, en realidad somos conducidos a otro lugar, en una posición de tercero incluido.

A ese punto donde el deseo deja de ser narrativo…

y se vuelve propio.

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