
“El grupo es una máquina de pensar y soñar.” — René Kaës
“Soy donde no pienso.” — Jacques Lacan
Luego de ver tres obras de Los Pipis (El mecanismo de Alaska, Pasión y Cae una Catedral), algo ya estaba decidido antes de ser formulado. Quería entrenar con ellos.
Hay una cualidad en su escena que no se deja explicar del todo desde la dirección. No se entiende, se contagia.
En marzo empecé el taller Ring Raje, sabiendo que desembocaba en QUILOMBO. Pensé que sería una muestra.
No lo fue.
Fue otra cosa: una obra colectiva atravesada por escenas de su dramaturgia, sí, pero sobre todo por una dirección que no organiza únicamente material, sino que produce estado.
Y hay un punto clave, nada menor. El estado no empezó en escena.
Empezó antes. Mucho antes.
Durante los tres días previos, el chat del grupo ya era una escena en sí misma.
Explotado. Vivo. Acelerado.
Memes, ansiedad, risas, dudas, excitación, desorganización organizada.
Una manija compartida difícil de traducir, pero muy fácil de sentir.
Difícil de decir. Imposible de no contagiar.
Y no éramos solo los alumnos.
Los profesores también estaban ahí, dentro del mismo clima.
“No veo la hora que llegue el sábado.”
Emojis. Ansiedad. Deseo circulando. Deseo en loop.
No había afuera.
Había campo.
Wilfred Bion lo hubiera nombrado sin dudar, una mente en estado de reverie, esa capacidad de alojar lo no pensado del otro sin expulsarlo enseguida.
El grupo soñando antes de encontrarse. Soñándose.
Y eso se vuelve central. Lo que ocurre en este tipo de entrenamiento no es solo técnico.
No es “actuar mejor”.
Es entrar en un estado. Y sostenerlo.
Fede Lehmann y Mati Milanese —Los Pipis— trabajan sobre algo más que la escena. Trabajan sobre una disposición del cuerpo que empuja hacia otro registro.
Un entrenamiento físico intenso que lleva al límite cuerpo y texto… y es ahí, justo ahí, donde algo se abre.
O mejor, donde algo cede.
No en contra de otras formaciones —que también habitan mi recorrido—, sino en una articulación singular donde vínculo, cuerpo y palabra quedan tomados al mismo tiempo. Sin jerarquías claras.
Donald Winnicott habría sonreído frente a ese espacio transicional, ese entre donde la ficción y la realidad no se oponen, sino que se co-construyen. Se contaminan.
René Kaës —con quien trabajé durante mi tesis en Lyon— habría afinado la escucha en la resonancia fantasmática. No se trata de “mi” escena, sino de cómo cada uno queda tomado por lo que circula entre los otros.
El inconsciente, acá, no es individual.
Vibra en red. Y a veces arrasa.
Didier Anzieu hablaría de una piel grupal, una envoltura que sostiene sin cerrar, que contiene sin aplastar.
Una piel que también se tensa. Y se expone.
En escena, esto se ve desde el inicio.
Las elevaciones —cuerpos sostenidos por otros— ya dicen todo. No hay individuo aislado.
Hay un cuerpo grupal. Cuerpo disponible.
Y lo más interesante, lo más intenso no siempre ocurre en el centro.
Pasa en los bordes. Casi siempre en los bordes.
En ese coro que no abandona la escena del otro.
Que acompaña, amplifica, traduce en movimiento lo que está ocurriendo.
Que no comenta, se implica.
Se mira, sí.
Pero no desde afuera.
Se participa.
Ahí aparece algo muy preciso. Una unificación que no borra diferencias.
Cada uno sostiene su singularidad, pero dentro de una vibración común.
Una vibración que empuja.
Y entonces, sin buscarlo, llega la emoción.
Las lágrimas no como objetivo, sino como efecto. Como resto.
Eso es conexión.
Y quizás ahí radique la potencia del trabajo de Los Pipis. No imponer sentido, sino generar las condiciones para que el deseo circule, se contagie y encuentre cuerpo.
Y cuando encuentra cuerpo, ya no vuelve igual.
Después vino el estreno.
Sala llena. Cuerpos felices. Ese borde raro donde el teatro deja de ser solo representación para volverse experiencia compartida. Experiencia que excede.
Y tal vez sea eso, o lo único importante, entrar juntos en un sueño… y no apurarse en despertarlo. Ni explicarlo demasiado.
Lo que queda no es una obra cerrada.
Es un estado.
El de haber participado de algo vivo, donde la teatralidad no se separa de lo humano, sino que lo intensifica. Lo empuja un poco más allá.
Al final, después de los aplausos apretados, hicimos lo que hacemos en los entrenamientos. Cantar y bailar.
Esta vez, con el público.
Y ahí sí explotó el verdadero quilombo en la Sala Dumont 4040.
Quilombo en el mejor sentido.
Y algo más apareció ahí, en la devolución.
“Me dieron ganas de meterme en Ring Raje.”
“Quiero volver a cantar.”
“Voy a retomar guitarra.”
Contagio. Eso.
Cuando el teatro deja de ser algo para mirar…
y se vuelve una forma de estar juntos.
Sin cierre prolijo.
Como todo lo que vale la pena.
El resto, como siempre, es eso que sigue bailando… incluso cuando ya nadie está mirando del todo.PD Dejamos el video completo de la obra. Sabemos que el teatro no se deja filmar —hay algo del orden del convivio, de lo irrepetible—, pero igual lo compartimos como un intento, fallido y hermoso, de abrir un poco ese acontecimiento.
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Dramaturgia y dirección de Los Pipis: Fede Lehman y Mati Milanese
NOTA DE PASIÓN
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