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MEDIO HOMBRE (HALF MAN de Richard Gadd): la subjetividad detrás de las etiquetas – Por Dra. Raquel Tesone / Rachel Revart

No deseo contar la historia de Half Man. Tampoco resumir sus giros argumentales. Sería injusto con una obra construida precisamente para que el espectador atraviese una experiencia de descubrimiento progresivo. Richard Gadd vuelve a demostrar, como ya lo había hecho en Baby Reindeer, que ciertos relatos no se comprenden únicamente por lo que cuentan sino por lo que hacen sentir.

Por eso esta no será una reseña centrada en los acontecimientos de la trama ni en los secretos familiares que la serie despliega. Me interesa detenerme en otra dimensión, mucho menos visible pero mucho más profunda: la forma en que Gadd construye subjetividades atravesadas por el trauma, el reconocimiento, el deseo y la repetición.

Podría contar la historia. Pero sería como explicar un sueño relatando solamente sus imágenes. Algo esencial quedaría afuera.

No contar el argumento responde también a una posición ética frente a una obra que encuentra su verdadera fuerza en aquello que el espectador descubre por sí mismo. En Half Man, el sentido de muchas escenas sólo termina de revelarse al final. Spoilear sería reducirla a una simple secuencia de acontecimientos.

Richard Gadd construye una experiencia que necesita ser atravesada. Por eso prefiero no detenerme en los giros argumentales ni en los secretos que la serie va revelando. Lo verdaderamente valioso de Half Man no está en saber qué ocurrió, sino en los interrogantes que abre, en la interpelación a los lazos familiares y sociales, y en aquello que deja flotando mucho después del último capítulo.

El autor no permite reducir nunca a sus personajes a una identidad, un diagnóstico ni una causalidad lineal. Lo traumático aparece sin psicopatologizar, sin convertirse en consigna de autoayuda ni en explicación sociológica. En sus obras, las configuraciones familiares, la sexualidad y los vínculos están siempre entramados por un tejido mucho más singular.

Half Man evita por igual la condena moral y la absolución total. No presenta sujetos completamente culpables ni completamente determinados por su historia. Lo que aparece es algo psíquicamente más verdadero: cómo alguien puede estar profundamente marcado por el trauma y, al mismo tiempo, quedar implicado en sus elecciones, en sus repeticiones y en su dificultad para salir de ciertos circuitos destructivos.

Gadd no se limita a mostrar el daño recibido. También se interesa por aquello que el sujeto hace con ese daño y por la manera en que éste continúa viviendo en su interior. La serie parece preguntarse cómo ciertas voces de rechazo o desprecio terminan incorporándose hasta convertirse en parte de la propia mirada sobre uno mismo. Allí aparece una diferencia fundamental: no es lo mismo haber sido marcado por una historia que quedar reducido para siempre a ella. El trauma no desaparece, pero tampoco agota la subjetividad de quien lo padece. 

Es una posición difícil de sostener en una época que suele oscilar entre la culpabilización absoluta y la desresponsabilización completa. Gadd logra permanecer en ese lugar intermedio, más humano y más trágico, donde la responsabilidad subjetiva existe sin negar el peso devastador de las experiencias traumáticas.

Las formas vinculares que organizan la búsqueda de amor y reconocimiento aparecen desplegadas a través de diálogos, silencios, gestos y actuaciones extraordinarias. La serie muestra cómo ciertas experiencias tempranas empujan inconscientemente a repetir escenas que dañan. No porque alguien quiera sufrir, sino porque aquello traumático muchas veces queda fijado como uno de los modos posibles de amar, desear o sentirse reconocido.

La profundidad de Half Man aparece precisamente allí. Gadd evita encerrar a sus personajes en una categoría identitaria. 

La pregunta ya no es qué son, sino cómo llegaron a ser quienes son; o, mejor aún: cómo llegaron a creer quiénes son. Cómo se fueron constituyendo sus modos de amar, de desear, de buscar reconocimiento y de habitar el propio cuerpo.

La serie muestra también cómo ciertas marcas traumáticas atraviesan generaciones y se transmiten muchas veces sin palabras. No se trata de responsabilizar a las madres (que tienen una gran relevancia tanto como los padres que no ejercieron la función paterna), ni de buscar una causa única para explicar el sufrimiento de los personajes. Lo más interesante es observar cómo las historias familiares, los silencios, las ausencias y las formas fallidas de reconocimiento participan en la construcción de una subjetividad.

La ausencia de figuras capaces de reconocer al sujeto en su singularidad deja a los personajes buscando validación en vínculos que muchas veces reproducen dependencia, sometimiento y sufrimiento. La confusión entre amor y sometimiento, junto con la dificultad para construir una masculinidad que no sea defensiva ni degradada, constituye uno de los núcleos más percutantes de la serie.

Por eso una lectura centrada únicamente en las identidades sexuales deja fuera buena parte de la complejidad que la serie construye. Lo que encontramos es una trama donde conviven trauma, identificación, vergüenza, erotización del sometimiento, necesidad de reconocimiento y estrategias defensivas de masculinidad. Una complejidad subjetiva que ninguna etiqueta alcanza a explicar.

Sigmund Freud se habría sentido particularmente interpelado por esta obra. La sexualidad aparece aquí no como un dato fijo o una esencia, sino como una construcción atravesada por identificaciones, fantasías, vínculos tempranos, traumas y experiencias singulares. El deseo siempre desborda cualquier clasificación rígida. 

Half Man dialoga especialmente con las ideas desarrolladas por Freud en Sobre una degradación general de la vida erótica, donde muestra cómo amor y deseo pueden quedar escindidos, cómo la ternura puede separarse del erotismo y cómo la vergüenza o la degradación pueden infiltrarse en la vida amorosa. 

Lo que nos recuerda que entre el sujeto y la imagen que tiene de sí mismo existe siempre una distancia.

Precisamente en esa distancia parece situarse Half Man. Quizás sea allí donde el título comienza a decir algo más de lo que nombra.

Al terminar la serie queda una pregunta suspendida:

¿Qué hace un sujeto con las marcas que recibió y cómo intenta construir algo propio con ellas?

Hay preguntas que no se responden. Se trabajan.

Algo de ese trabajo puede verse en Half Man.

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