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Baco Polaco – De Mauricio Kartún – Por Manuel Larrabure

Salgo de mi casa apurado porque la obra no es en el San Martín, como había creído en un principio al ver el cartel en la calle Corrientes. Es en un teatro de Mataderos, en el Cine Teatro “El plata”, del cual desconozco todo, salvo, que es en Mataderos. Barrio de mi abuela, del cual conozco poco más que el nombre. Miro el mapa, y por suerte, se puede ir por autopista. Vivo en el otro extremo de la ciudad. Calculo mal el tiempo de viaje. Estoy llegando cinco minutos tarde porque me quedé viendo la final de la Champions League. Ningún horario me beneficia. La obra es a las cinco de la tarde. Días atrás, me acerqué al teatro San Martín a ver la función, sin éxito. En mi mente, una obra de Kartún producida por el gobierno de la ciudad, en el marco del Complejo teatral Cultural San Martín solamente puede estar en la sede central, no puede haber algo más importante. Pero no es así, al menos no para los programadores. Quien te dice, que esto es una manera de democratizar la cultura y yo no lo estoy viendo. La realidad es que, más allá de los debates teóricos, Mataderos es el lugar y tendré que viajar lejos del centro porteño.

Pongo buena onda, manejo escuchando música y pronto estoy en el teatro-cine. En pleno centro del barrio, un centro comercial típico, cercano a la general Paz que entrecruza pueblo del interior con capital federal. Es levemente extraño. Se siente que la gente ya es un poco distinta, hay algo de pueblo en el ambiente ¿o yo soy el extranjero? Sueno como un nacido en el centro porteño, pero no, yo soy un provinciano. Entonces, ¿quès toda esta queja de señor del Centro? 

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Por suerte o por consideración de mis provincianos anfitriones, quienes se encargan de la recepción han contemplado las demoras y decidieron no comenzar la función a las 17:00 en punto, como suele hacerse en otros teatros, que tienen una puntualidad estricta, entre sagrada y obsesiva. Lo toman con tranquilidad, si bien llegué unos minutos tarde, me permiten el tiempo para comprar una botellita de agua en el kiosco de al lado. Su expresión es relajada. Noto que tanto en el Alvear, como en El Plata, el complejo San Martín no ofrece su propio kioskito. No es problema, salgo, al lado una joven matadorina me vende la botellita de agua y me ofrece unos alfajores de maicena. Los vende sueltos. Parecen hechos por alguna señora jubilada del barrio. Imagino eso y los compro. Entro a la sala. Es un viejo cine. Un cine-teatro. Nunca había estado en uno. Está bien cuidado. Posiblemente, en la época del auge del cine, antes de las plataformas digitales, haya sido uno de sus epicentros culturales. Hoy, devenido en parte del complejo estatal de la ciudad para evitar su deterioro. 

La obra comienza y salen a escena tres actores. Es la troupe de artistas, que viaja por la pampa húmeda en la década del 30. Dioniso, Dios del vino, de la música, de la metamorfosis, de la bacanal, en fin, de la pérdida de sí mismo, aparece representado casi como un linyera, como un “opa” que ha sido adoptado por la troupe de estilo cabaretero, y han salido de gira por el interior, con su maquinola de discos de pasta, a llevar la música de jazz y fox-trot, la fiesta nocturna, a las cristianas y feudales pampas argentinas de los años 30. Por el otro lado, Penteo, jóven patrón que aún no asimila la muerte del padre, es su antagonista y representa la ley patriarcal. En la antigua tragedia de Eurípides, Penteo es quien prohíbe a Dioniso hacer el rito memorial de su madre. Como Palas Atenea en la Orestíada, Penteo está en el límite, en el traspaso de la sociedad arcaica y matriarcal hacia el patriarcado griego. Es una figura del Estado, que en nombre de las nuevas costumbres racionales, intentará destruir el mito y sus rituales orgiásticos, para dejarlos del lado de la barbarie. Pero pronto, la curiosidad de Penteo le hará ver que la barbarie no está fuera de la ciudad, tampoco está fuera de él mismo, y en su mirada voyeurista asistirá al rito en el que caerá preso de su propia hybris de su desmesura: el héroe trágico que se auto-condena inconscientemente y es ahì donde reside lo especial de la tragedia. El héroe es su propio verdugo. Y cuanto más alto trepa, el culo màs se le vè.

Kartún conserva esta estructura dramática, o trágica, adaptada a la Pampa. Si Nietzsche consideraba que la oposición entre lo apolíneo y lo dionisíaco había estructurado el devenir humano hacia una cultura cada vez más racional, en una progresiva negación del cuerpo hacia su disciplinamiento racional, a su vez veía en estos orígenes un “eterno retorno” hacia la contradicciòn entre ambos. Esa misma estructura, incluso con una lectura Freudiana, es la que sienta las bases de la arquitectura narrativa en esta obra de Kartún. Penteo, en su apoteosis prohibitiva, en nombre de su Santo Padre se opondrá a la Fiesta a la cual asiste su madre. Pero al mismo tiempo, esta censura, este intento de control, volverá sobre sí mismo. Al no poder permitir al Dios su expresión e intentar imponer su arbitrio por la fuerza de su envestidura política, el deseo corporal (como en el cuento de la criada) se corromperá hacia la perversiòn.

En la versión actual, Penteo no prohíbe el rito, sino que intenta hacer un atentado. Luego, al ser descubierto por su madre, se avergüenza y toma otra estrategia. Es la del secuestro. Penteo secuestra a Dioniso, y pide como intercambio el cuerpo de la mujer de la troupe. Si bien, en la antigua tragedia la transgresión de Penteo era menor, ya que no era un criminal sino un voyeurista que caía encantado por Dioniso y luego devorado por su madre. Kartún modifica esto para actualizar el conflicto, y hablar del problema social de la violencia de género. Lo que muestra es cómo, cuando la represión bloquea el deseo, la violencia sexual emerge en su lugar. En Penteo vemos esa transformación: de prohibidor a criminal. ¿Es así como funciona en nuestra sociedad? ¿O hemos pasado de la prohibición hacia el desenfreno? No tengo las respuestas pero entiendo que estos son los interrogantes que abre la obra. 

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