
MEMORIES OF A MURDERER: Dennis Nilsen, la construcción de un relato y las zonas ciegas de una sociedad – (Netflix) – Por Dra. Raquel Tesone
Introducción: la voz del asesino y la construcción de un relato
El documental comienza con la voz grabada de Dennis Nilsen desde la prisión. Ese registro resulta inquietante porque su detención no parece representar una ruptura con su identidad, sino casi la culminación de algo que venía construyéndose desde antes.
Por la manera en que relata los hechos, da la impresión de que la posibilidad de ser descubierto siempre estuvo presente para él. Cuando finalmente ocurre, no aparece la sorpresa de quien ha sido inesperadamente desenmascarado, sino más bien la sensación de alguien que deja de esconderse y comienza a organizar el relato de sí mismo.
Parecería menos pendiente del castigo y más interesado en que su historia exista para otros. Nilsen está atento a cómo será representado en los diarios y en los medios de comunicación más importantes de Inglaterra. Hay momentos en los que se percibe cierto interés por la trascendencia de su nombre, por el hecho de que el mundo finalmente sepa quién es.
Esta necesidad de ser visto o reconocido no puede reducirse simplemente a la vanidad y nos abre a otra pregunta: ¿qué ocurre cuando un sujeto necesita de la mirada del otro para darle consistencia a una identidad que siente frágil o vacía?

Las cintas que deja no constituyen un acceso transparente a “la verdad” de Nilsen. Son, más bien, la verdad que él decide narrar. Nos interpela preguntarnos si está confesando o escribiendo un personaje. Una confesión busca asumir una verdad; una autobiografía también selecciona, ordena y construye un modo de aparecer ante los demás.
Es notable el tono de serenidad burocrática que atraviesa su discurso, sin grandes explosiones emocionales. Esa ausencia de dramatismo produce un efecto perturbador porque rompe con la expectativa de que un asesino deba sonar monstruoso. En cambio, su voz es la de alguien que describe hechos cotidianos, y eso obliga al espectador a enfrentarse a una forma de mal que no necesita exaltación para resultar aterradora.
Nilsen insiste en afirmar que “no es un monstruo”. Esa frase resulta significativa porque cuestiona una representación muy instalada: la idea de que quien comete actos atroces debería ser fácilmente identificable como alguien completamente ajeno a lo humano.
Sin embargo, uno de los aspectos más perturbadores de estos casos es justamente que quienes ejercen una violencia extrema pueden conservar rasgos de cotidianeidad y una apariencia socialmente integrada. Reconocer esa complejidad no implica negar la responsabilidad por sus actos, sino abandonar la ilusión tranquilizadora de que el mal siempre tiene un rostro evidente.
¿Cómo se construye un personaje?
Las grabaciones de Nilsen no solo narran una historia: también construyen una imagen de quien la cuenta. La pregunta deja de ser únicamente qué hizo para convertirse en otra: ¿qué versión de sí mismo intenta transmitir a quien lo escucha?
Asombra tanto el contenido de lo que dice como la manera en que lo dice. Resulta reveladora la discordancia entre el contenido y el afecto. El oyente espera que un relato terrible venga acompañado de angustia, culpa, horror o vergüenza. Cuando eso no ocurre, se produce un intenso efecto de extrañamiento. Esto remite al concepto freudiano de lo siniestro (Unheimlich): aquello que, siendo familiar, se vuelve profundamente inquietante.
Sin embargo, afecto y representación no siempre transitan juntos. Una persona puede relatar un acontecimiento devastador con una aparente calma. Esto puede responder a distintos mecanismos psíquicos, como el aislamiento del afecto, la disociación, la habituación u otras modalidades defensivas.
Por eso, el tono de una persona no permite, por sí solo, establecer conclusiones diagnósticas. La serenidad no implica ausencia de afecto; puede indicar que el vínculo entre la emoción y aquello que se relata se encuentra organizado de una manera particular.

La escucha clínica: cuando la forma de decir también revela
Después de tantos años de práctica clínica, una de las enseñanzas más valiosas que esa experiencia me ha dejado es que, en determinado momento, quien escucha deja de quedar atrapado únicamente por el contenido del relato y comienza a prestar atención a cómo ese relato está organizado.
No se trata de restarle importancia a lo que se escucha, sino de abrir otra dimensión: la manera en que una persona construye su discurso, los silencios, las repeticiones, las contradicciones y los lugares donde algo parece no poder ser dicho.
Bion planteaba que el analista debe intentar escuchar «sin memoria y sin deseo», no porque deba dejar de pensar o sentir, sino para no quedar capturado por el impacto inicial del material. Esa posición permite ir más allá del contenido manifiesto y escuchar cómo se organiza la experiencia subjetiva.
Las cintas de Nilsen muestran a alguien que puede poner palabras a hechos impensables desde un registro cotidiano. Tiene palabras de sobra para construir su historia, pero esa abundancia narrativa abre una pregunta: ¿qué lugar ocupa el otro en ese relato?
Porque narrar no es solamente recordar. También es dirigirse a alguien. Toda palabra supone un interlocutor, alguien que escuche y confirme, de algún modo, la existencia de quien habla.
En el caso de Nilsen aparece con fuerza una necesidad de ser escuchado. No necesariamente de ser comprendido o perdonado, sino de tener un destinatario para su relato. Las cintas parecen cumplir esa función: crear un espacio donde finalmente alguien recibe su versión de los hechos sin interrumpirlo.
Pero esa necesidad de ser escuchado convive con otra dimensión: el control sobre la propia historia. Contar también puede ser una forma de organizar el modo en que los demás mirarán aquello que ocurrió.
Ser visto por el otro: narcisismo, identidad y reconocimiento
El deseo de Nilsen de trascender aparece desde el comienzo del documental, incluso cuando habla de la posibilidad de que su historia se convierta en una película. No parece alguien que busque desaparecer en el anonimato; por el contrario, parece necesitar que su nombre permanezca.
La pregunta, entonces, es: ¿qué significa ese deseo de ser conocido?
Podríamos pensarlo desde una dimensión narcisista, entendiendo el narcisismo como la necesidad de sostener una imagen de sí mismo frente a la mirada del otro.
Ser visto, ser reconocido, ocupar un lugar en la memoria colectiva: todo ello puede funcionar como un intento de dar consistencia a una identidad. En alguien como Nilsen, la pregunta podría formularse así: cuando busca la mirada del otro, ¿qué espera encontrar allí? ¿Admiración? ¿Temor? ¿La confirmación de que existe?
Las grabaciones, los diarios y la posibilidad de una película funcionan como una prolongación de esa búsqueda de reconocimiento. Pero también pueden pensarse como un intento de fijar una versión de sí mismo antes de que otros escriban su historia.
Por otra parte, ese relato también parece cumplir una función de historización: ordenar retrospectivamente una vida que aparece fragmentada y construir una continuidad allí donde quizá predominó una falta de integración.
Esto no significa aceptar su versión ni otorgarle un lugar de víctima. Significa preguntarse por la función que cumple ese relato para quien lo produce.

Del asesino a las víctimas: cuando una sociedad deja de mirar
Uno de los mayores aciertos del documental es que, progresivamente, desplaza el foco desde Dennis Nilsen hacia las personas que fueron sus víctimas y hacia la sociedad que las rodeaba, sin advertir ni denunciar la desaparición de dieciséis personas asesinadas por él.
Al comienzo, la narración está dominada por la voz del asesino. Escuchamos su versión, su modo de organizar los hechos y su necesidad de construir un relato sobre sí mismo. Pero el documental no queda atrapado en esa perspectiva. Poco a poco introduce otra pregunta fundamental: ¿qué ocurrió con quienes desaparecieron? ¿Por qué algunas ausencias pudieron prolongarse durante tanto tiempo sin generar una reacción suficiente?
El caso deja entonces de ser solamente la historia de un asesino serial para convertirse también en la historia de una serie de fallas sociales e institucionales que permitieron que actuara durante años.
Esto no significa trasladar la responsabilidad del crimen a la sociedad. La responsabilidad por los actos corresponde a quien los comete. Pero analizar un fenómeno de esta complejidad exige mirar también el contexto en el que determinados sujetos encuentran zonas de vulnerabilidad que facilitaron la acción del agresor.
El documental muestra que muchas de las víctimas pertenecían a sectores que ya ocupaban un lugar marginal: jóvenes con vínculos familiares frágiles, personas con dificultades económicas, hombres homosexuales en una época marcada por la estigmatización y personas que atravesaban situaciones de consumo problemático o exclusión social.
La pregunta que surge es profundamente alarmante: ¿qué vidas son buscadas con la misma intensidad cuando desaparecen? ¿Qué ausencias activan rápidamente una respuesta social y cuáles tardan más tiempo en ser reconocidas?
No se trata de afirmar que esas personas no fueran queridas. La cuestión es más compleja: determinadas condiciones sociales pueden hacer que una desaparición parezca más «explicable», más esperable o menos urgente para quienes deberían intervenir.
Ahí aparece una de las dimensiones más dolorosas del documental: no solo hubo un hombre que asesinó, sino también una trama social en la que algunas personas quedaron más expuestas porque sus vidas ya se encontraban en una situación de menor protección.
Las víctimas invisibilizadas: el peso de la mirada social
La historia de Stephen Sinclair resulta especialmente conmovedora porque introduce una dimensión diferente a la de Nilsen. Mientras el asesino habla de sí mismo y construye su relato, la madre de Stephen habla desde la pérdida, la culpa y la imposibilidad de comprender qué ocurrió.
Cuando una madre dice, en esencia, «si hubiera estado conmigo me habría dado cuenta», aparece algo profundamente humano: después de una tragedia, muchas personas reconstruyen el pasado buscando señales que, en ese momento, no podían ser interpretadas.
No necesariamente porque hayan fallado o no hayan amado, sino porque nadie posee, antes de que ocurra un acontecimiento, la información que permite leerlo como después lo hacemos.
La escena de la madre cumple una función ética fundamental dentro del documental. Después de haber escuchado durante tanto tiempo la voz de Nilsen, esa presencia devuelve el centro a quienes quedaron del otro lado del crimen.
Es como si el documental respondiera a la necesidad de ser escuchado que tenía Nilsen con otra afirmación: también existen otras voces que necesitan ser escuchadas.
Y quizá las más importantes sean las de quienes perdieron a alguien, quienes durante años no supieron qué había sucedido o quienes pertenecían a grupos cuya palabra tenía menos posibilidades de ser tomada en serio.
En ese sentido, el documental no sólo pregunta cómo se construye un asesino. También pregunta qué ocurre con una sociedad cuando ciertas vidas quedan fuera del campo de la mirada.
Vergüenza, ocultamiento y estigmatización social
Una frase de Nilsen resulta especialmente significativa cuando recuerda que, en su infancia, “tenía que ocultar mi alegría y mi deseo”. Más allá de la responsabilidad absoluta por los crímenes que cometió, esa afirmación permite escuchar una experiencia subjetiva: la vivencia de que aquello que despertaba su deseo debía permanecer escondido.
Esa experiencia no puede separarse del contexto histórico en el que transcurrió su vida. Durante gran parte del siglo XX, la sociedad británica estuvo profundamente atravesada por una fuerte condena moral hacia la homosexualidad. Aunque en Inglaterra y Gales las relaciones homosexuales entre adultos fueron parcialmente despenalizadas en 1967, el cambio legal no implicó una aceptación social inmediata. Durante las décadas de 1960 y 1970, muchos hombres continuaron viviendo su orientación sexual bajo el peso de la vergüenza, el secreto y el temor al rechazo.
El caso de Oscar Wilde, condenado en 1895 por “indecencia grave”, constituye uno de los ejemplos más conocidos de esa tradición de persecución. Más allá de la distancia histórica, su figura continúa representando el modo en que una sociedad puede convertir una dimensión íntima del deseo en motivo de castigo público y exclusión.
Cuando Nilsen habla de sentirse avergonzado, inferior, desplazado o ajeno, sus palabras remiten a alguien que ha vivido durante años bajo una mirada condenatoria. Esa mirada no solo sanciona una conducta: puede dejar marcas profundas en la forma en que una persona construye la imagen de sí misma, vive su deseo y establece sus vínculos.
Sin embargo, el documental evita caer en una explicación simplista. La represión de la homosexualidad no produce asesinos seriales. Millones de personas atravesaron contextos de discriminación semejantes y construyeron vidas afectivas, creativas y solidarias.
La pregunta no es si la estigmatización explica a Nilsen. No lo explica. La pregunta es cómo cada sujeto tramita la vergüenza, el deseo, la soledad y las marcas que deja la mirada social. Dos personas pueden atravesar experiencias históricas similares y construir destinos completamente diferentes.
La historia de Nilsen muestra una existencia marcada por el ocultamiento: deseos silenciados, aspectos de sí mismo mantenidos en secreto y una vida profundamente escindida. La pregunta no es qué causa un crimen, sino qué función cumplía esa escisión y cómo se articuló con el resto de su historia.
En ese sentido, el documental resulta valioso porque no propone una causa única. Presenta una constelación de factores: la historia familiar, los vínculos, la personalidad, la época, las fantasías, las oportunidades, las decisiones y, finalmente, la responsabilidad por los propios actos. Esa complejidad impide reducir la violencia a una explicación lineal y permite pensar la singularidad de cada recorrido subjetivo.
El cuerpo sabe antes que la palabra: el sobreviviente que escapó
Hay una escena del documental especialmente impactante: la de un sobreviviente que, al encontrarse en la casa de Nilsen, terminó arrojándose por una ventana y logró salvar su vida.
Lo más conmovedor de esa escena es que, cuando intenta explicar por qué tomó esa decisión, no encuentra una respuesta racional. No puede construir un relato claro sobre qué percibió, qué lo llevó a actuar de esa manera. Simplemente dice, en esencia: “no sé por qué lo hice”.
Pero ese “no saber” no implica ausencia de conocimiento. Existen experiencias de peligro extremo en las que la percepción de amenaza no llega primero a la conciencia como una idea organizada. A veces el cuerpo registra algo antes de que la mente pueda transformarlo en pensamiento.
El sujeto puede captar un tono de voz, una expresión, una atmósfera, un detalle mínimo o una combinación de elementos que no logra identificar conscientemente, pero que desencadena una respuesta de protección.
No se trata de una intuición mágica ni de algo inexplicable. Se trata de una forma de conocimiento corporal: algo fue percibido, aunque todavía no pudiera ser representado psíquicamente.
El sobreviviente pudo sobrevivir porque supo sin saber que sabía.
Esta escena introduce un contraste profundamente significativo con Nilsen. Mientras el asesino necesita construir un relato elaborado sobre sí mismo, ordenar su historia y darle una coherencia narrativa que le permita sostener una determinada imagen de sí, el sobreviviente queda casi sin palabras frente a aquello que vivió.
Uno tiene un exceso de relato; el otro tiene una experiencia que todavía no puede ser completamente simbolizada.
Y, paradójicamente, esa imposibilidad de explicar fue quizás lo que permitió la reacción más eficaz: actuar.
También resulta significativo que quien recibe su relato sea un ex policía que espera una explicación lógica, una secuencia de hechos que pueda organizarse racionalmente. Sin embargo, que el sobreviviente no pueda explicarlo no significa que no haya existido una percepción real del peligro.
En muchas experiencias traumáticas, algo ocurre antes de poder ser pensado. La vivencia se inscribe primero en el cuerpo y recién después, si es posible, busca una forma narrativa.
Esta escena aporta una dimensión fundamental al documental: frente a la necesidad de Nilsen de controlar el relato sobre sí mismo, aparece alguien cuya reacción más profunda no pasó por las palabras, sino por una respuesta corporal inmediata frente a una amenaza que todavía no podía nombrar.
A veces la vida se sostiene en aquello que todavía no pudo convertirse en palabra.