
Aclaración: mi nota contiene, como la película, escenas delirantes + conceptos serios + remates pelotudos. Es mejor leerla después de verla, porque así podrán volver a reírse de algunas de las escenas desopilantes que describo.
Horrible Bosses nos hace entrar al chiste y a su relación con el Inconsciente por la puerta de la carcajada, al tiempo que nos muestra algo bastante serio sobre el vínculo con el trabajo, la autoridad, el sometimiento del amo con el esclavo y su interdependencia.
Son tres tipos que quieren matar al jefe porque no pueden soportar ocupar el lugar de sujetos frente a una autoridad que los aplasta. Nick Hendricks (Jason Bateman) trabaja en una empresa financiera y lleva meses esperando un ascenso que su jefe, Dave Harken (Kevin Spacey), le hace creer que llegará… hasta que finalmente se lo niega. Dale Arbus (Charlie Day) trabaja como asistente de una dentista, la Dra. Julia Harris (Jennifer Aniston), que lo acosa sexualmente, mientras él está a punto de casarse. Y Kurt Buckman (Jason Sudeikis), que hasta entonces tenía un jefe amable, Jack Pellit (Donald Sutherland), se encuentra de golpe con su hijo Bobby Pellitt (Colin Farrell), un jefe incompetente, cocainómano y un verdadero impresentable.
Los tres llegan a un punto en común: no pueden renunciar, no pueden escapar y tampoco pueden soportar seguir ocupando ese lugar de subordinados. Entonces aparece la fantasía: ¿y si matamos al jefe?

Nick se presenta anunciando que los últimos seis meses tuvo sexo consigo mismo y medio limón en la heladera. Un tipo obsesionado con progresar, pero atrapado en una promesa que nunca se cumple. Dale tiene como carta de presentación que su gran deseo de niño era ser esposo: ni policía, ni bombero, esposo. Aunque, lamentablemente, nadie le pagaría un salario por serlo. Y Kurt es el que, en principio, parece estar mejor: le gusta su trabajo y quiere a su jefe, que desea dejarlo de sucesor. Hasta que el jefe muere y descubre que el hijo heredó no solamente la empresa, sino también el poder de hacerle la vida imposible.
Ahí la película arma algo muy interesante: tres formas distintas de quedar atrapados en el lugar del subordinado.
La película convierte relaciones laborales profundamente violentas en situaciones absurdas, y justamente porque nos reímos podemos ver mejor lo ridículo de ciertos mecanismos de poder.
Además, esto nos permite ampliar la nota: no solamente “qué malos son los jefes”, sino qué placer obtiene alguien de ocupar el lugar de amo y qué ocurre cuando el subordinado acepta ese lugar.
Es casi una caricatura de la relación amo/esclavo: no alcanza con que el otro haga el trabajo; el amo necesita que quede claro que él puede decidir si el otro trabaja o deja de trabajar, qué cargo puede obtener o, simplemente, dejar que el burro siga corriendo detrás de la zanahoria.

El jefe no se conforma con ordenar: invade, humilla y convierte al otro en objeto. Y la película lo exagera hasta el absurdo para que nos riamos. Pero esto trae como consecuencia una serie de venganzas desopilantes.
Y acá aparece algo que la película entiende muy bien: ellos no quieren solamente dejar de ser subordinados. Quieren que el amo sea humillado. No alcanza con liberarse del jefe: hay que verlo caer.
Hay cosas que uno no espera encontrar en una comedia sobre relaciones laborales. Por ejemplo, un cepillo de dientes donde claramente no debería estar. Como el gag escatológico que se repite en la 1 y en la 2 y que insiste deliberadamente con una fantasía de humillación del subordinado por parte del amo: ir a su casa y refregar el cepillo de dientes del jefe en el culo.
Acá el cuerpo aparece como territorio del poder.
Y el chiste funciona justamente porque lleva la relación laboral al cuerpo: el jefe que invade, humilla y somete termina convertido en objeto de la misma fantasía de degradación.
Los tres protagonistas quieren recuperar algo de lo que sienten que perdieron: el derecho a decidir sobre su propia vida. Pero la película es bastante más perversa que una simple fantasía de liberación. Porque cuando imaginan matar al jefe, aparece también el placer de invertir la relación de poder.
No solamente quieren que el amo desaparezca.
Quieren verlo abajo.
Y ahí aparece una de las claves cómicas de la película. La justicia laboral, en esta película, viene con una cuota bastante importante de goce sádico.

Los tres están hartos de obedecer, pero cuando fantasean con dejar de obedecer no imaginan simplemente una vida tranquila. Imaginan venganza.
Y eso es mucho más interesante.
Porque la fantasía de “matar al jefe” parece, en principio, una fantasía de libertad. Pero también puede leerse como una fantasía de ocupar el lugar del amo. Si el problema es que otro tiene el poder, la solución imaginaria no siempre es abolir el poder: a veces es cambiar de lugar.
Y ahí la película, sin ponerse solemne ni por un segundo, nos deja una pregunta bastante seria:
¿Queremos dejar de ser esclavos o queremos convertirnos en amos?
Porque no es exactamente lo mismo.
Y justamente ahí Horrible Bosses encuentra su veta psicoanalítica más divertida: los tres quieren matar al jefe para dejar de padecerlo, pero en esa fantasía de muerte aparece también el goce de verlo finalmente sometido.
La película no necesita explicarlo. Lo pone en escena y nos hace reír.
Y nosotros, mientras tanto, podemos hacer como que estamos analizando.
Y acá es donde la segunda película vuelve sobre esa misma fantasía, pero de una manera todavía más escatológica. Si la 2 repite una escena de la 1 —el cepillo de dientes refregado—, podemos preguntarnos por qué necesita repetir el chiste. ¿Es solamente un recurso cómico? ¿O la película está insistiendo, sin saberlo demasiado, con la misma estructura de poder?
Lo que se repite en la 2 es que los tres están escondidos en el baño, mirando la escena desde afuera. Vemos a los tres protagonistas contemplarla con una satisfacción casi infantil, como si finalmente hubieran encontrado la fantasía de revancha perfecta.
Y ahí aparece un mecanismo cómico muy bueno: el que fue humillado disfruta imaginariamente de invertir la relación de poder.
Ellos miran, se limpian los dientes y prácticamente dicen: “¡Qué satisfacción!” Es decir, gozan viendo al amo convertido en objeto de la misma violencia que él ejercía sobre otro jugando con escenas de humillación, obediencia y poder sobre el cuerpo.
Y esta escena aparece luego de otra capa que la película introduce en clave de comedia: el amo que necesita fabricar miedo para confirmar que es amo.
Primero amenaza a su empleada doméstica por dejar agua en la pileta de la cocina: “Si se cae el agua, te echo”. La empleada queda aterrorizada y perpleja unos segundos y luego, su “patrón” le dice que era un chiste. Y cuando ya consiguió establecer la relación de poder, el gran ejercicio de autoridad consiste en… mandarla a secar el agua.
“El jefe no quiere solamente que seques el fregadero. Quiere que sepas que podría echarte por no secarlo.”

“Finalmente, la gran demostración de poder consistió en… pasar el trapo.”
Y los protagonistas no quieren solamente que el jefe pierda. Quieren verlo caer.
El chiste funciona además por la inversión lógica. En otra escena, ellos serían los supuestos captores del hijo del jefe, pero lo cómico es que el hijo del jefe se autosecuestra y los “obliga” a pedir dinero a su padre a cambio de su vida.
Ellos van a pedirle consejos a un tal Mother Fucker Jones, y el tipo les recomienda que no dejen de ser criminales, sino que dejen de hacerse los buenos y actúen como lo que son: criminales.
Eso hace que la escena sea tan absurda: les está dando coaching profesional para delinquir.
Es casi: “Muchachos, el problema no es que quieran matar a otro jefe. El problema es que siguen comportándose como si fueran buenas personas.”
Una genialidad de comedia.
Al decir de Freud, si dejáramos de empeñarnos en ser buenos, quizá seríamos mejores. Pero estos muchachos… ¡si dejan de querer parecer buenos, se convierten en criminales de primera!
Porque el chiste de la película es que la impostura de “somos buenos tipos” es casi más ridícula que el crimen que están planeando. El consejero les viene a decir: acepten lo que son, muchachos. Y Freud, desde algún lugar, probablemente estaría diciendo: “Bueno… tampoco exageremos”.
Salen del bar empoderados y ellos mismos se creen protagonistas de una película de mafiosos. Caminan en cámara lenta con una solemnidad ridícula, como si fueran Los Soprano… cuando en realidad son tres tipos bastante patéticos intentando asesinar a un jefe.
Y ahí la película hace algo muy inteligente: parodia el lenguaje cinematográfico del crimen. La cámara lenta, la actitud, la música, la pose de “somos peligrosísimos”… todo dice mafiosos profesionales, mientras la situación real dice “¿qué carajo están haciendo estos tres?”.
Es justamente ese contraste lo que la hace tan buena. No solo se ríe de los personajes: se ríe de la fantasía cinematográfica de convertirse en criminales.
Y el chiste consiste en que ya no están intentando matar a un jefe, sino al padre del chico secuestrado, que los tiene bastante —digamos— agarrados de las bolas.
Y ahí la película se vuelve todavía más delirante: tres pelotudos que se creen mafiosos de película, haciendo cámara lenta, tratando de adoptar la actitud de criminales profesionales… cuando en realidad están metidos en un quilombo que los supera completamente.
Y sí: se ríe de todo. De las películas de mafiosos, de los códigos criminales, de la masculinidad, de la fantasía de ser tipos duros, de la corrección moral… y fundamentalmente de ellos mismos.
Lo de la cámara lenta es casi la traducción visual de la frase:
“Dejemos de hacernos los buenos y seamos criminales.”
—Tres segundos después: caminan en cámara lenta porque ahora son mafiosos.
Son tres pelotudos. Pero tres pelotudos con una imaginación cinematográfica descomunal.
Y ahí la película directamente entra en metacomedia del delito.
El pibe se autosecuestra, los convence/aprieta para que lo secuestren “de verdad”, ellos hacen todo el operativo pensando que el padre millonario va a pagar… y el padre hace lo más sensato de toda la película: llama a la policía.
Y eso es lo que la vuelve tan graciosa: no son malos profesionales. Son malos hasta para ser malos.
Y lo que agrega otra arista de gag psicológico es que el autosecuestrado arma todo esperando que su papito millonario demuestre cuánto lo quiere pagando el rescate. Y el padre hace lo contrario: no pone un peso, no entra en el juego y llama a la policía. Para el hijo eso debe ser una humillación monumental.
Entonces queda herido —física y narcisísticamente— y piensa, básicamente: “Ah, ¿no te importo? Bueno, ahora vas a ver.”
Y ahí aparece la venganza: utiliza a estos tres pobres tipos para llevar adelante un plan todavía más disparatado.
Lo maravilloso es que el motor del crimen termina siendo un conflicto familiar y narcisista: el hijo no soporta descubrir que para su padre ni siquiera vale el precio de un rescate. Y los tres pelotudos quedan atrapados en esa guerra como sicarios improvisados.
¡La película es un disparate total!
El padre sí aparece con el bolso lleno de plata, o sea, por un segundo parece que el hijo consiguió exactamente lo que quería.
Pero cuando le dice al policía algo como “tienen que vigilar de cerca el portafolio, es mi prioridad número uno”, el policía le devuelve la realidad de un cachetazo:
—No. Su hijo es la prioridad número uno.
Y ahí está el chiste brutal: el padre está más preocupado por su plata que por su hijo, justo delante de la policía. ¡El autosecuestrado consigue la confirmación de su peor fantasía!
Eso explica todavía mejor por qué después queda herido y quiere vengarse. No es solamente que el rescate salió mal: descubre que su padre literalmente valora más el dinero que a él.
Y los tres pobres infelices quedan en el medio de un drama edípico multimillonario convertido en película de mafiosos de cuarta.
Y el remate de esta escena es inolvidable: el plan arruinado por la jefa acosadora.
El operativo para cobrar el rescate está a punto de concretarse: el padre aparece con el bolso lleno de dinero y la policía está preparada. Pero la jefa acosadora vuelve a aparecer y, por su obsesión sexual con coleccionar “vergas”, obliga a Dale a una situación que termina desbaratando todo el plan. Mientras ellos están atrapados en ese absurdo, el padre está esperando con la plata. El humor está en el contraste entre la supuesta operación criminal y la cadena de situaciones sexuales ridículas que la hace fracasar.
Es otro ejemplo de cómo la película destruye cualquier fantasía de eficacia criminal: estos tres quieren jugar a mafiosos, pero siempre hay algo completamente absurdo que les arruina el plan.
La película no basa su humor solamente en situaciones absurdas o imposibles. Muchas veces introduce algo perfectamente cotidiano y verosímil dentro de una situación extraordinaria —una persecución policial, un crimen, un secuestro— y los personajes lo toman con absoluta naturalidad. Por ejemplo, en plena persecución alguien tiene ganas de mear y pregunta si puede bajarse. Podría pasar perfectamente; lo cómico es el choque entre la gravedad cinematográfica de la situación y la banalidad de la necesidad humana. La película no subraya el chiste: los personajes siguen actuando como si todo fuera perfectamente razonable. Y justamente ahí aparece el humor.
La película 1 abre una puerta que después la 2 no explota suficientemente.
El planteo de “ahora somos nuestros propios jefes” podría haber sido muchísimo más rico. Porque la primera película se sostenía en una fantasía muy clara: el jefe es el otro que tiene el poder y ellos quieren liberarse de él. En la segunda, intentan convertirse en empresarios y, por lo tanto, uno esperaba una sátira feroz del mundo más contemporánea:
¿Qué pasa cuando finalmente desaparece el jefe y uno tiene que convertirse en su propio jefe?
Y ahí podrían haber jugado con algo muy actual: la supuesta libertad empresarial, el emprendedor que trabaja 24 horas, la autoexplotación, la precariedad disfrazada de autonomía, la obsesión con el éxito, el narcisismo empresarial, las startups, la necesidad de venderse a uno mismo… el jefe ya no está afuera: está adentro de uno. Porque además hay una paradoja psicoanalítica en el deseo de matar al jefe para liberarse de la autoridad, pero cuando intentan ocupar el lugar del jefe descubren que el poder tampoco les pertenece del todo. Y finalmente terminan siendo empleados de su propia empresa.
La película elige otra cosa —más gags, más situaciones absurdas, más criminalidad— y funciona porque es muy graciosa.
Pero esperamos que venga Quiero Matar a mi jefe 3 y se abra la pregunta:
¿Y qué pasa cuando trabajás por tu cuenta y descubrís que el jefe sos vos?
Y ahí aparece la fantasía infantil de “si desaparece el jefe, se acaba el problema”; el trabajador que delega toda la responsabilidad en el otro; el independiente que descubre que se convirtió en su propio explotador; y esa maravilla de que ahora podés decir: “Mi jefa es insoportable” y tener que admitir: “Sí, pero soy yo.”
Y podemos meter a Bateson, medio limón incluido, para hacer una especie de teoría de la comunicación aplicada al capitalismo freelance, en la que el problema no es solamente quién manda. El problema es cuando el sistema logra que el que manda y el que obedece habiten el mismo cuerpo.
Eso ya es bastante más serio… y lo digo con conocimiento de causa, porque en mi caso, además, la jefa no me paga vacaciones.