LA INVITACIÓN – Dir. Olivia Wilde (Penélope Cruz, Norton, Rogen y Wilde) – Por Dra. Raquel Tesone / Rachel Revart

“Uno siempre debe estar enamorado…
Esa es la razón por la que uno nunca debe casarse”.
Así, con esta cita de Oscar Wilde, decide comenzar la película Olivia Wilde, la directora que eligió este apellido en homenaje al gran escritor irlandés y con este film se entiende aún más el motivo.
Además de dirigirla con maestría, Wilde se pone delante de cámara en esta comedia. Ya se había estrenado en la dirección con la genial La noche de las nerds, una comedia adolescente en la que ya se advertía su excelente manejo de la cámara.
La invitación es una invitación a reflexionar sobre el matrimonio y el desgaste de la convivencia, las relaciones de pareja y la sexualidad en toda su dimensión. Con un guion inteligente y profundo de Rashida Jones y Will McCormack, Olivia Wilde cuenta con cuatro actores y una sola locación para hacer maravillas.

Lo que podría haber sido el guion de una obra de teatro, no es teatro filmado, aunque tenga cuatro personajes, una única locación y una conversación central. Wilde explota al máximo los recursos cinematográficos: sus planos son exquisitos y, al desplazarse de uno a otro de los actores, consigue capturar expresiones minúsculas pero significativas, miradas que hablan. Exprime, además, la calidad de cuatro intérpretes que parecen divertirse tanto actuando como nosotros mirándolos y nos hacen estallar en carcajadas.
Y las risotadas no emergen solamente del guion. La cámara también participa de la revelación y, en ocasiones, parece anticipar aquello que está por venir.
En el teatro vemos la situación. En el cine, Wilde puede decidir qué tenemos que mirar en cada momento: puede aislar una mirada, demorarse en una incomodidad, mostrarnos la reacción de uno mientras otro habla, acercarnos a un gesto mínimo que contradice aquello que el personaje está diciendo.
Estas contradicciones tan humanas, de esas que un analista captura cuando escucha a su analizante, son aquí la masa madre de la creación de este film.
Porque los personajes dicen una cosa y sus cuerpos, el tono de voz, sus silencios y sus miradas dicen otra.
En La invitación, la cámara no se limita a registrar una conversación: se convierte en el lugar desde donde vemos aquello que los personajes todavía no pueden —o no quieren— decir.

Angela y Joe pueden hablar de su matrimonio, negar, ironizar, discutir, racionalizar… pero un primer plano puede mostrarnos una mirada que llega antes que la palabra. O después. O que directamente la contradice.
Y entonces la cámara hace algo que el dispositivo teatral, aun sentados en primera fila, no necesariamente puede hacer: seleccionar el detalle, construir intimidad, obligarnos a entrar en el rostro de alguien justo cuando algo se mueve subjetivamente.
Una cena que desacomoda
En esta cena todo sale diferente de lo esperable y surgen cuestiones vinculadas con el amor y el deseo, el trato con el otro, la seducción y la sexualidad. Pero Wilde consigue algo más difícil: hacernos pensar sobre todos estos temas mientras nos hace estallar de risa.
Hacer un film en una sola locación, lo que podría haber sido una limitación para una puesta cinematográfica más convencional, Wilde lo convierte en una virtud visual.
No es simplemente una cena en un departamento. Es casi una sesión de parejas. Y la llegada de Hawk y Piña —con una Penélope Cruz tan excéntrica como fascinante— marca ese giro.
Dos matrimonios. Cuatro cuerpos. Un espacio aparentemente cotidiano que, a medida que avanza la noche, empieza a quedar demasiado chico para todo lo que aparece: deseo, frustración, celos, fantasías, competencia, aburrimiento, seducción, curiosidad, temores…

La invitación es entonces mucho más que invitar a cenar a los vecinos.
Es invitar al otro a entrar en aquello que la pareja había conseguido mantener clausurado.
El otro no viene solamente a cenar. Viene a desacomodar un equilibrio. Y quien expresa ese desequilibrio de la manera más desopilante es Joe.
Hawk y Piña funcionan como una especie de espejo deformante —o provocador— de Angela y Joe. No porque una pareja sea “mejor” que la otra, sino porque encarnan algo que Angela y Joe parecen haber perdido, olvidado o directamente dejado de permitirse mirar.
Entonces, quizás, la pregunta no sea simplemente:
¿Cómo recuperar la sexualidad?
Sino algo bastante más interesante:
¿Qué ocurre cuando una pareja deja de mirar al otro como alguien que todavía puede sorprenderla?
Porque el problema de la rutina no sería solamente hacer siempre lo mismo. Puede ser también creer que ya sabemos quién es el otro.
Y la llegada de estos vecinos rompe justamente esa seguridad. Angela y Joe comienzan a sorprenderse, a redescubrir algo que permanecía oculto incluso para ellos mismos.

Hay parejas que llevan años juntas y siguen deseándose. Y hay parejas que se apagan mucho antes.
Quizás no sea el tiempo en sí mismo el enemigo, como tantas veces se dice al hablar del desgaste después de años de convivencia, sino la naturalización del vínculo: ese momento en que el otro deja de ser un enigma, una alteridad, alguien capaz de sorprendernos.
Porque el deseo necesita, en cierta medida, cierta distancia. No necesariamente distancia física, sino la posibilidad de no creer que poseemos completamente al otro.
Y esa cena vuelve a introducir algo de extrañeza.
Los vecinos son extraños. Pero también, de algún modo, hacen que Angela y Joe vuelvan a mirarse como extraños.
Reírnos de aquello que también nos toca
Otra de las grandes virtudes de la película es que nos reímos a pesar de que habla de cuestiones que pueden trastocarnos.
O, quizás, nos reímos precisamente porque las toca desde un lugar en el que podemos reconocerlas sin tener que salir corriendo.
La risa permite soportar algo: reconocer el fracaso sexual, la distancia, las pequeñas humillaciones de la convivencia, las fantasías que no se dicen… Pero, antes de que todo se vuelva solemne, la película nos hace reír.
Wilde utiliza la comedia no para quitarle gravedad a lo que está en juego, sino para volverlo soportable. La risa abre una puerta por la que pueden entrar preguntas que, formuladas seriamente, quizás nos resultarían mucho más difíciles de tolerar.
La película no habla solamente de una pareja que perdió el erotismo. Habla de lo que ocurre cuando creemos conocer demasiado bien al otro y dejamos de preguntarnos quién es, qué desea y qué podría asombrarnos todavía.
La sexualidad no se reduce a “tener o no tener sexo” ni a fórmulas simplistas. La película la aborda con profundidad como la capacidad de jugar, fantasear, arriesgarse, seducir y dejar que algo inesperado entre en el vínculo.
Y creo que por eso también es tan cinematográfica. La directora necesita de la cámara para mostrar esas pequeñas grietas.
La conversación es el argumento visible. Pero los encuadres, los primeros planos y las reacciones construyen otra conversación, una que sucede por debajo de las palabras.
Compartir en el cine las carcajadas del público ante cada uno de los gags es también una experiencia que confirma que esta película, de una manera u otra, nos toca.

Una misma escena puede hacer reír a alguien porque reconoce su propia rutina; a otro, porque se identifica con una fantasía; a otro, porque recuerda una discusión absurda con su pareja…
La risa colectiva confirma, de alguna manera, que algo circula.
Y que una película consiga hacernos reír a carcajadas mientras nos invita a mirar de otro modo nuestras relaciones de pareja y nuestra sexualidad, es un verdadero placer para el Inconsciente.
Y quizás por eso su final tampoco sea un “final feliz” de esos que resuelven mágicamente el deseo de a dos. Deja, más bien, una posibilidad abierta: que cuando cada uno vuelve a encontrarse con algo de su propio deseo, pueda también aparecer la posibilidad de escuchar algo nuevo en el otro.
Chapeau a todos sus realizadores.