AL DIVAN/INICIO/PSICOLOGIA

AL DIVÁN NAHUEL MOSCA – Por Dra. Raquel Tesone / Rachel Revart

Cámara y fotografía: Marcel Dance

Nahuel González Mosca, forjó su carrera profesional desde sus jóvenes 16 años. Incursionando en la dirección, dramaturgia y producción de teatro, tv y radio.

Estudió teatro de niño con Esteban Mellino, y comedia musical en la compañía Teatro Musical de Juan Manuel Sodorini. Paralelamente comenzó sus estudios en producción de TV en Canal 7. Posteriormente ganó la beca para estudiar en la escuela de comedia musical de Julio Bocca/Ricky Pashkus, donde cursó dos años, para luego estudiar en UNA, gestión y producción teatral con la profesora Liliana Dozo, donde terminó de afianzar su tercera pasión en el teatro, el gestar ideas, proyectos y generarlos, también desde la producción. En 2014 y 2015 estudió escritura con Alberto Laiseca en el Centro Cultural Rojas. En el mismo año editó su primer libro de cuentos cortos y poesía contemporánea llamado «Sin Formas». Estudió como locutor integral de TV y RADIO en ETER e ISER.

En el ámbito del teatro, como producción ejecutiva trabajó en numerosos éxitos nacionales como «Panam y Circo», y de espectáculos internacionales como «Falete en Concierto», y «Sabina y Serrat, dos Pájaros Contraatacan». Como productor general fué co-creador de la productora DeMos! con más de 35 espectáculos estrenados en el circuito independiente y comercial que van desde el Gran Rex y Teatro Coliseo, el Paseo La Plaza y Teatro El Vitral hasta el ND TEATRO, entre otros de todo el país. En este momento lidera el naciente grupo de creadores Fly Creativos con trabajo en teatro, web, radio y formación artística.

Fue co-creador en sociedad de la emisora Radio NITRO y actualmente de Radio TU orientada al público americano.

En radio, trabajó como columnista, conductor y/o productor en Radio La ISLA FM 89.9 (Actual Radio Con Vos), Radio Bons FM 98.1, Radio Belgrano, Radio Synchro FM 96.1, Radio Latina AM1010 y las radios digitales AGRadio, Radio Zónica, Radio Nitro y Radio TU. Creador del programa «Solo Para Entendidos» y actualmente «Mundo Aparte».

En TV se desempeñó como productor del programa «Panam y Circo» en Canal 13 y actualmente en Netflix.

En materia de dramaturgia y/o dirección estrenó: «Había una vez en Barrio Norte», «¿Qué pretende usted de mí?», «Irremediablemente Carlos» y «Ellas en Mí» actualmente en cartel en el Teatro Regina.

En producción de eventos / artística se desarrolló en eventos privados para reconocidas bodegas como MOET & CHANDON, trabajó como productor artístico y general en eventos multitudinarios para diversas ONGs y empresas multinacionales, además de generar producciones para el Gobierno de la provincia de Buenos Aires, la Secretaría de Cultura y Turismo Nacional y el Gobierno de la provincia de Entre Ríos.

Como formador de productores, dió charlas sobre producción teatral en la Universidad de Palermo dentro del Congreso de Tendencias Escénicas 2015 y 2016. También dictó cursos en el espacio Centro Creativo ubicado en el Barrio de Congreso, y seminarios especiales de producción integral en la ETM (Escuela de Teatro Musical) de Tortuguitas, en la provincia de Buenos Aires. 

Contame por qué te mandaron Al diván en tu programa (risas).

No, igual es algo que me gusta mucho.

No. ¡Que manden, no! (risas) 

No, no. La primera vez que fui a terapia fui solo. Tenía 12 años y me escapé de lo de mis viejos y me fui a una salita. Yo estaba muy angustiado, y había una salita cerca de donde vivía. Una salita médica. Y pregunté por cuánto salía una consulta psicológica y no me acuerdo, en ese momento, ponele 200 pesos. Y de lo que me daban mis viejos para comprarme cosas en el cole, yo me guardaba esa plata e iba todos los miércoles a la salita. Pero no le dije nada a nadie. 

Era un psicólogo y no tengo tantos recuerdos de él puntualmente. Todo viene a colación de que, por alguna razón, cuando vivo como un cambio médico, no era cambio médico… un cambio educacional cuando era chico, pasábamos de tener una maestra a tener dos maestras. Pasar de la primaria, sexto grado más o menos, por eso 12 años. Y por alguna razón había algo de toda la escolaridad que me angustiaba mucho. Yo estaba muy angustiado.

¿Y tuviste la lucidez de ir a consultar solo a los 12?

Sí, pero primero fui a una psicopedagoga que estaba en el colegio. Y la psicopedagoga me dijo: «¿Por qué venís acá? Porque acá lo mandan de dirección y vienen los nenes que se portan mal». Y yo no, era re tranquilo. Cero. Y bueno, igual me escuchó, no sé qué dije, pero sí sé que, como producto de esto, citaron a mis papás y sí me acuerdo la situación de que los citaron y les dijeron que Nahuel tiene mucho mundo interior, tiene que hacer algo para que lo exteriorice.

Qué lindo lo que te dijo porque no te patologizó la angustia. Me parece interesante cuando los psicopedagogos no empiezan, si tenés problemas en la escuela… Y en general los mandan cuando hay un chico que se comporta mal, que no quiere decir eso, en el caso tuyo, ella rescató algo sin ponerte una etiqueta.

Sí. Independientemente de eso, como durante todo este proceso, yo estaba muy angustiado, lloraba mucho y tenía palpitaciones. Me acuerdo que me habían puesto un holter.

De ahí viene lo que dijiste antes. ¿Dijiste «cambio médico»? Fue un fallido.

Puede ser… El holter me lo pusieron para chequear a ver cómo estaba mi corazón, porque como yo tenía palpitaciones, o sea, estaba mal.

¿Primero había una preocupación médica?

Era la preocupación que tenían mis padres. El tema es ese: la preocupación de mis padres era una preocupación médica, no era una preocupación de salud mental. Jamás tuvieron en cuenta eso, pero no es que no se dieron cuenta, no era una alternativa. Al no ser una alternativa y el holter daba bien, y yo era muy consciente, independientemente que yo tenía 12 años, tampoco tenía seis, entonces entendía que medianamente lo que me pasaba, tenía que ver con algo más de “estoy angustiado, estoy llorando”: hay algo que me pasa. Y por eso me fui al psicólogo sin decirlo. Porque consideraba que ellos no iban a considerar como una alternativa lo que yo estaba proponiendo. Entonces, ¿para qué te iba a preguntar si yo ya sé qué quiero hacer? O sea, yo sé que quiero hacer eso.

Tenías muy claro lo que querías también. De alguna manera, la angustia fue una señal de que había algo que necesitabas poner en palabras. Qué interesante que a los 12 años hayas tomado esa decisión.

Viste que cuando uno toma determinadas decisiones tampoco se da cuenta de la trascendencia que pueden provocar, sino que es una cuestión de decir, bueno, yo creo que esto es obvio para mi razonamiento. Si no es médico, esto tiene que ver con otra cosa, si yo estoy llorando… aparte uno sabe lo que le pasa. Esto es como las decisiones que tomás, incluso hasta médicas, ya que estamos hablando de la medicina. Vos sabes cómo está tu cuerpo. Y vos lo vas sintiendo. Vos vivís todos los días con tu cuerpo, independientemente que un médico mañana te vea y te diga, mirá, yo acá lo que veo, entiendo lo que ves, pero también entiendo lo que me está sucediendo a mí con esto que vos estás viendo que yo no lo puedo ver. Y me parece que ahí tiene que haber una escucha, cuando hablamos siempre en uno de los programas donde laburo, hay una escucha paciente / profesional que tiene que ser activa para hacer un diagnóstico, ¿no?

Esto que decís, los psicoanalistas lo tenemos muy claro: es el paciente el que sabe. Por eso hablamos de un lugar de supuesto saber: el que viene a la demanda cree que uno sabe, pero uno no sabe. Es el inconsciente el que sabe.

Pero las consultas médicas son más como máquinas de hacer chorizo, ta, ta, ta, ta. Y entonces no se toman ese tiempo… Mmm… se me vino algo a la cabeza. Y tiene que ver con esto, con saber. Tuve un accidente hace un par de años, en 2019. Y me quemé toda la espalda. Estaba en Paraná, Entre Ríos.

Y como era toda la espalda y la quemadura era de tercer grado, o sea, era el foco con mi piel, el tercer grado es antes de cuarto grado, que la quemadura llega a los órganos. O sea, había destruido los nervios de mi espalda. Entonces yo no sentía dolor.

Pero vi la llama, y toda una situación. Voy a este momento puntual de ese accidente. Llega un momento en el que, estando allá, yo decidí quedarme a laburar porque no quería volverme. Y la médica que me estaba atendiendo allá, que era de un hospital público que me habían recomendado, que era el mejor, trae a una cirujana. La cirujana vio el estado de mi herida en ese momento, que estábamos curando todos los días con Platsul. Y me dijo: «Esto tiene que ir a operación, tendremos que sacarte la piel de un lado, ponerte piel en el otro…», lo cual me da mucho miedo.

Primero porque como era toda mi espalda y era muy grande, el miedo de los médicos era que se puede infectar, y si se infecta semejante herida en todo tu cuerpo es muy riesgoso, sobre todo en un tercer grado. Pero, por otro lado, yo veía cómo todos los días en el espejo mi piel, de a poquito, iba creciendo. Entonces, eso que era una herida, todos los días había un cambio, ¿viste? Y empezaba con algo rosa, algo más blanquito y algo más color piel, y muy chiquitito. Y empezó a crecer todo alrededor.

Entonces, cuando la cirujana me dijo esto, no sé si por cagón o por también sentir que tenía claro qué tenía que hacer, le dije que no, que no me quería operar, que no necesitaba eso.

¿Te curaste? ¿O sabías que te ibas a curar? (asiente)

Pero que lo estaba haciendo y que lo veía y se lo discutí. Fue atrevido, pero se lo discutí. Le dije: «Mirá, doctora Martínez, entiendo lo que me está diciendo y la respeto, pero también entiéndame que yo me veo todos los días y que usted es la primera vez que me ve».

Ella no me había visto nunca el desarrollo de esa herida. Pero yo sí. Entonces yo sé cómo empezamos y cómo estamos ahora. Entonces yo entiendo que esto está mejorando.

Sí, vos sos un atrevido porque te atrevés a mirar tus heridas. Contame de esa herida, de cómo se cicatrizó y de cómo fue el accidente.

Uf, es que eso da para bastante más.

Te espero la próxima (risas). Tenemos tiempo, hablá tranquilo.

Vamos a tomar la pregunta, cómo miró esa herida y cómo la cicatrizó. Mirá, si lo tomamos desde lo más genérico que me viene a la cabeza con eso.

Y es que no hay manera de… Yo soy productor y tengo cabeza de productor primero, antes que cualquier otra profesión que tenga en mi vida. Miro las cosas como productor, digo, ah bueno, llego a este lugar, acá se puede hacer esto, acá podríamos hacer tal cosa.

Pienso de esa manera. Y lo primero que hacés cuando llegás a un lugar, porque alguien te propone algo, lo que sea, es un estado de situación, ¿no? Como decir, bueno, ¿qué tenemos?

Mirá, tenés que hacer algo en este lugar, es un consultorio, okey, hoy tenemos un entrepiso, tenemos una entrada, tiene este estilo, está decorado de esta manera, tenemos a Raquel, tenemos a nuestra compañera, ¿con qué contamos?

Y eso es una manera de ver desde dónde estamos parados para continuar. Entonces, creo que uno se tiene que parar en la herida para mirar cuál es el estado de situación, y en base a eso empezar a elaborar esa cascarita que uno va elaborando. Como el cuerpo cuando te lastimás y estás herido, el cuerpo sabiamente va generando una herida, va generando una cascarita sobre esa herida y la va recubriendo.

Pero también vale tu fallido, porque el cuerpo también generó una piel nueva y tal vez había que sacar afuera otra herida tuya que estaba dentro. ¿Qué te pasó hace dos años atrás, antes del accidente, o qué tiene que ver el fuego?

Yo siento que es un estado de situación bastante claro. Todo es gracias a terapia porque desde ese momento de los 12 años, he dejado de ir porque cuelgo y después vuelvo, pero siempre durante todos estos años hice terapia. Soy una persona que recomienda hacer terapia. Hice un espectáculo que se llamaba Ellas en mí, que lo estrené en el teatro Regina en 2019. Fue muy lindo. Y en el centro de la escena había un diván.

Y esa psicóloga era Pinky, fue la última obra donde trabajó Pinky. Ella ya estaba mal y yo quería laburar con ella, así que le pedí al productor que por favor la contactemos. Y la psicóloga era ella y jugábamos con los estilos de terapia, jugábamos con un montón de cosas que hacer.

¿La obra la escribiste vos? Como además de todo, sos dramaturgo…

La escribí yo. Ahora estoy escribiendo un espectáculo para el verano que habla sobre lo ambivalente que es todo. Bueno, mirá, justo tengo una gata que es negra y blanca (mientras acaricia a Mafalda que se ha posado en su falda) y habla, reflexiona un poco sobre eso. Es un espectáculo de humor, musical, más el estilo café concert. Un espacio que en los 70 se utilizó mucho en Argentina para decir lo que no se podía decir.

Y también me parece un gran espacio de reflexión para romper la cuarta pared y que los intérpretes puedan intercambiar, de alguna manera, visiones con el espectador. Y creo que todo está bastante entre negro o blanco. Esto es negro o esto es blanco. Y hay una visión de todo que es así. ¿Es bueno o es malo? Sí, pero también es bueno o es malo. No solo es mileísta y es kirchnerista, sino es bueno o es malo. Hasta incluso está muerto o está vivo.

Ayer estaba bosquejando algo y digo, a modo de humor, uno de los actores defiende esta postura de que todo es negro o blanco y le dice, bueno, uno no puede, por ejemplo, estar medio embarazada, está embarazada o no está embarazada. Y el otro dice que no, que existen los grises y las variantes de los grises.

Y como el espectáculo empieza a desarrollar un poquito eso, porque es algo que me vino a la cabeza hace un tiempito. También un poco me rompe las bolas de que todo se ha visto así, sin matices. Y todos tenemos matices, todos somos un poco buenos y un poco malos.

Todos hemos cometido mil errores, todos. O sea, ¿quién es perfecto? ¿Quién puede decir, no, yo soy inmaculado, nunca he cometido un error, nunca?

Es imposible. El hecho de existir, de vivir hace que todo el tiempo te ponga a prueba todo. Te pones a prueba en tu completitud para con la vinculación con el otro, para la vinculación con las circunstancias, con la guita, con el laburo, con los desafíos, con otras propuestas, con la sexualidad, con todo. Y en función de ese intercambio, no creo que todos seamos o negro o blanco. Sí, obviamente que…

Mirá, yo justo me vestí negro y blanco y vos también.

Y la gata Mafalda, negro y blanco. El espectáculo se llama así: Negro o blanco. Literalmente. Y lo estaba escribiendo ayer en la noche y me hace muy bien conectarme con eso y escribir y tratar de bosquejar.

Aparte sos muy poético en tu lenguaje.

Me gusta. Y es una manera también de contar distinto. Admiro mucho a la gente que… Eso me gustó de Pinky en ese momento. Después, la Pinky que yo conocí no es la Pinky que yo escuchaba. Pero el primer recuerdo que tenía de ella es que, en esa misma época en la que yo estaba bastante deprimido, me gané entradas por un programa que tenía en mi laburo, que se llamaba La linterna, que ahora está haciendo streaming, pero en ese momento lo hacía en radio. Me gané entradas para ir a ver a Pinky. Yo en ese momento era menor de edad, pero me hacía el grande, y me fui a ver un espectáculo que tenía Pinky en el Maipo.

Entonces me tomé un bondi desde Liniers, donde vivía, y voy a verla. Era ella con un escritorio, un sillón y hablaba.

Pero la manera de hablar es algo que… Atrapaba. Te enamora.. 

Por la cadencia, la forma… Vos podés decir exactamente el mismo texto, pero un intérprete, un actor lo puede puede jugar en esos grises, en esos matices, de una manera tan maravillosa que hace que encante, ¿entendés eso? Y yo me quedé así (expresión de fascinado). Por eso después, cuando tenía esta producción de Regina y me llamaron para dirigir y para escribir, dije, okey, ahí lo voy a hacer.

Pero yo quiero trabajar con este, elegí con quiénes y en base a eso. Una fue Pinky, Karina Ka en ese espectáculo. Silvio Soldán, hicimos todo un multimedia con Silvio Soldán en la Botica del Ángel, Graciela Borges para todo el multimedia.

No vas con chiquitas. No es que “te hacés” el grande. Te gusta estar con los grandes.

Pero aprendés. No es por una cuestión de yoísmo. No tengo ni una foto con Graciela Borges. Nunca fui de ese estilo. Aprendo a hacerlo por las redes, porque hay que venderse, y vas a encontrar capaz más fotitos, pero aprender es así. No es la foto que saqué después, que sí, está bien y hay que venderlo. Pero yo aprendo de vos como todos aprendemos de todos.

Sí, me parece que desde chico había una necesidad de compartir ese mundo interno. Más que vender algo, tu necesidad es poder expresar algo que, si lo guardás, se pudre y te angustia. Me estás hablando de una herida, de si esa herida fue de la infancia también, de si esa herida del fuego tendrá que ver con tu fuego. No quiero tirar ni analizar o hacer interpretaciones, sino que vos vayas asociando con este material que traés, que es muy rico. Y esta decisión de un niño de 12 años: “Yo quiero trabajar mi angustia y voy a ir a un psicólogo. Y quiero sacar eso de mí”.

Sí, supongo que tuve una búsqueda de un espacio personal siempre desde bastante chico, lo cual hizo que en algunos momentos me distanciara de mis viejos, pero no por nada. Ellos fueron maravillosos siempre conmigo, hicieron todo excelente y todo lo que pudieran, dependiendo de las circunstancias, obviamente, en lo que estábamos atravesando. No soy padre, pero me imagino que uno hace lo mejor que puede, pero con mucho amor. Mi viejo me dio mucho amor, mi vieja también, mi hermano es una de las personas que más amo en el mundo. Mi hermano es mayor.

En función de poder tener en claro qué quería ser, necesitaba mi espacio para desarrollarlo porque hay algo de las vivencias, de las visiones del otro que te modifican. Muchas veces, vos querés cruzar la calle y te da miedo porque ves que pasa un camión, pasa otro auto, pasa una bici. Pero al lado, no solo está tu miedo, sino que está el miedo de mamá. Y mamá te dice: “Che, cuidado que vas a la calle, porque es muy peligroso porque pasan un montón de camiones”. Y tu mejor amigo, que te dice: “Ah, ¿y si cruzás la calle? Pero mirá, es riesgoso”. Capaz que viene el otro amigo que te dice lo mismo, pero esto no quiere decir que te estén boicoteando, quiere decir que te quieren cuidar. Pero dentro de esa protección, cada uno tiene su visión sobre la vida del otro. Y cuando vos sabés que querés cruzar, necesitás liberarte de todos esos pensamientos, porque ya tengo suficiente con mis miedos como para sumarle 154 miedos.

Vos decís que sos cagón, pero a la vez la demanda de venir acá, Al diván, la planteaste como un salto al vacío de un acróbata sin red. Tan cagón no debés ser… O tal vez es una defensa, quizás frente al miedo, ¡pum!, me tiró más.

Mirá, a mí me gusta mucho Roberto Gómez Bolaños como creador. Y Roberto tiene el Chapulín Colorado y hay una entrevista muy interesante. Guinzburg le pregunta por qué creó un superhéroe que no es un superhéroe. No es un superhéroe grandilocuente, ni que se vuelve grande, se vuelve chiquitito, tomó la pastilla de chiquitolina. Y la reflexión que él tiene es que lo interesante del Chapulín Colorado es que es su superhéroe que tiene miedo y que lo afronta.

Sí, yo claro que tengo miedo, todos tenemos miedo a hacer un montón de cosas, pero lo afronto de la manera que pueda.

¿Corriste algún riesgo para llegar a ese accidente?

No. Tengo bastante en claro que tiene que ver más con un mecanismo que lo voy laburando y lo laburo, que tiene que ver más con un auto boicoteo… Mirá, mi pensamiento justo antes de… Para contextualizarlo, hacía mucho frío, me habían alquilado una casa en Paraná. Yo era gestor cultural para la provincia de Entre Ríos, hacíamos algunas cosas que las gestábamos acá y las llevábamos a Entre Ríos, y otras con hacedores de teatro o de la cultura de Entre Ríos.

Hermosa provincia.

Hermosa provincia, hermosa gente y una hermosa gestión que estaba haciendo en ese momento con la secretaría de Cultura Carolina Galiar, que también luego fue diputada de la Nación.

Y Carolina, en ese momento, había creado todo esto. A mí me convoca una amiga que también trabajaba con esto. Empecé a trabajar con un espectáculo, terminé trabajando siete años haciendo movidas culturales muy interesantes. Fue un tránsito hermoso. Pero dentro de todo eso hermoso, también pasó esto, que también fue hermoso. Hacía mucho frío y me habían alquilado una casa que era muy grande, un PH, y me acerqué al fuego por ese frío. Tenía puesto un buzo que, paralelamente, el buzo decía “Cultura encendida”.

Qué metáfora.

Así se llamaba el programa que estaba haciendo yo: Cultura encendida. Y con ese buzo me acerqué a la llama para calentarme, el famoso calentar el culo, que te acercás a la llama por el frío que hace, y en dos segundos me miré y tenía una llama de fuego muy grande. Y no sé cómo, Raquel, gracias a lo que sea, entré en un estado zen completo en el cual tomé muy buenas decisiones.

Claro, porque ahí rápidamente accionaste. 

Lo primero que pensé es: si esto sigue subiendo, prendo fuego el pelo y muero. Entonces era agarrar el fuego porque el buzo ya era fuego. Entonces me iba a quemar las manos, pero era sacármelo de encima. Me saqué el buzo y lo tiré al suelo. El buzo hizo puf y desapareció.

Te salvaste la vida.

Y después, por alguna razón, me vino el pensamiento de que había visto en una película una vez que una protagonista le decía a otra: “Si te quemas, nunca te metas en agua fría, porque el agua fría quema más”. Tampoco, por obviedad, tampoco el agua caliente, entonces prendí el agua tibia y me metí el agua tibia. Yo no podía verme porque no tenía ningún espejo que pasaba atrás.

Y ya el buzo, que era lo único que tenía puesto, ya estaba afuera. Entonces me metí solo completamente. No conocía nada de Paraná, a diferencia de Colón, de otros lugares que conocía como refe, de Paraná nada.

Y es una ciudad más grande que Colón. Y me metí ahí abajo del agua tibia, me puse una camisa, justo había agendado un remis, lo pedí, y fui hasta el hospital. Iba a mandar un WhatsApp y le dije no, no mandé ningún WhatsApp porque eran como las 12 y media de la noche y tengo el grave problema, que un poco lo fui solucionando, que nunca quiero pedir ayuda porque sentía que era una molestia.

¿Con tus padres también te pasaba eso?

Completamente. Ya no quiero molestar a mis viejos. No quiero molestar a nadie. Yo me gestiono solo. No, no los quiero.

Sos tu propio productor… hasta en los incendios.

Sí, soy mi productor… Y bueno, y ahí en el hospital llegué, le dije: “Mirá, me pasó esto”, y me dijeron: “Bueno, tenés que esperar”, y siete personas adelante tuyo.

Y no sentías dolor. 


Nada, pero me acerqué y le dije, discúlpame. No es por una cuestión de que quiero que me atiendas antes prioritariamente. Te juro que yo estaba en un estado tan zen, tan tranquilo. 
Pero me parece, tengo entendido que cuando vos tenés una quemadura, hay algo de qué hacer. Y la mina me dijo pasa, y paso. Y la mina hizo (cara de asombro), me acuerdo la cara, pará, pará. Y se fue a buscar a un doctor. Me pusieron la crema, vendas, al otro día un montón de cosas. Finalmente, al otro día no quería dormir solo ahí en ese departamento, así que me fui a donde estaba mi amiga Marcia Amoroso, que es una amorosa. Es una divina, gran gestora cultural y gran persona que me ha ayudado mucho y que quiero mucho. Y estaba en su habitación, me miró en el espejo del hotel donde ella estaba parada, y el espejo era completo. Entonces me miré. Automáticamente se me bajó la presión.
Fredy Kruger, literalmente. Y claro, como yo no sentía nada, y tampoco dejé que Marcia ni nadie me viera. Y no sentía porque los nervios se habían quemado y con el riesgo de que el cuarto nivel de quemadura llegue a los órganos. 
O sea, había… Un riesgo total. Lo analítico de todo esto, además de que aprendí un montonazo de cosas y fue muy positivo para mi vida, finalmente, es que justo antes de prenderme fuego, yo pensé: estoy laburando en algo que me encanta y que me hace muy feliz.

Estaba prendido fuego. 
En el buen sentido. 

Sí, pero hay un pensamiento negativo. Estoy laburando en algo muy lindo, me encanta lo que estoy haciendo. Es fantástico todo esto, me está pagando muy bien por estar acá, estaba cobrando bien. 
Mirá la casa que me dieron, todo me parecía maravilloso, una libertad creativa por hacer esto, esto, esto, y lo otro. Y el pensamiento era: yo no sé si lo merezco. 
Como que esto es demasiado. 

Esta es la vocecita del inconsciente que la tenías que escuchar. 


Esto es demasiado para mi, como que yo no merezco todo esto, viste como esto es el impostor, me están dando de más. Y te lo juro, por mi vieja,  ese es el último pensamiento que tuve antes de prenderme fuego. O sea, yo pensé eso a la una de la mañana, acá estaba tomando fernet, había dejado de trabajar durante todo el día, me gusta mucho el fernet. Yo estaba bien, todo estaba bien, y me lo están regalando. 

¿De chico también sentías eso? Porque esto viene de algún sentimiento de sentirte muy chiquitito para algo tan grande. Hablabas del chiquitito (Chapulín Colorado).

Mirá, tengo acá tatuado a la estrella de David. Y es como una especie de mandala. Y a mí hay algo de la estrella de David, independientemente del judaísmo, soy judío, independientemente de eso, me gusta la historia de David y Goliat. David se interpreta chiquitito frente a un gran problema y aún así David encuentra la manera de solucionar ese problema que era Goliat, porque es un cuento como gran parte de la Biblia, son cuentos y le gana a Goliat esa batalla. Goliat era su problema. A pesar de que David se veía muy chiquitito.

¿Y quién es tu Goliat?

La profesión que elegí. Completamente. Es una profesión muy compleja. 


Te sentís muy responsable: tengo que estar en este lugar, tengo que producir, auto producirte, auto gestionar todo.

Sí, pero no sé si no sé si por la responsabilidad, sino porque es un ámbito muy competitivo, es un ámbito muy heavy, el mundo del espectáculo. A mí siempre me vinculé con gente más grande. Un amigo mío se llamaba Guillermo Gil, y es una persona que tiene más de 60. Mosquito Sancinneto, que tiene más de 60, y es mi amigo y he producido sus espectáculos un montón de veces con él. Admiro mucho a la gente que está hace mucho tiempo en el mundo del espectáculo porque es un medio muy heavy. Y yo lo conocí solito porque mis viejos, mi mamá es maestra jardinera y mi papá programador, analista programador de computadoras, nada que ver. Y mi hermano trabaja ahora como CM, Community Manager y demás, pero no tiene nada que ver con que era más chico que yo. Cuando yo estoy empezando, mi hermano era un niño.

¿Y cómo se te ocurrió entrar en este universo que era tan Goliat para vos?

El ejercicio de extrovertirme, de encontrar cómo hacerlo. Cuando mi vieja me dice, bueno, Naui me dice Naui, es la única persona que me dice Naui, Naui, tenés que elegir una actividad. Podés hacer básquet, taekwondo o teatro. Teatro. Completamente, teatro.

Yo quiero ir a teatro. Abanico de opciones, es esto, esto, esto o esto. ¿Qué te gusta? Eran varias. Mis viejos siempre fueron muy libres, nunca me prohibieron nada.

Lo que pasa es que yo sí sentí la necesidad de alejarme de eso para poder decidir. No puedo tomar decisiones sobre lo que no conozco. ¿Vos podés saber, esta persona o esta persona? ¿Y qué sé yo si no conozco a ninguna de las dos? Entonces, si no conozco, no puedo tomar una decisión.

Pero decidiste conocerte a vos.

Me pareció que teatro era.

Y además me gustaba mucho escribir. Eso siempre me gustaba desde muy chico. Siempre me gustó escribir, siempre escribí. Era una manera de trascender, de sacar afuera, pero también de jugar a ser otras personas. El otro día lo hablaba con mi pareja, porque en la intimidad, yo juego mucho, soy muy lúdico, todo el tiempo boludeo. Digo, o sea, genero personajes, pelotudeo y la gente que ha salido conmigo, que han sido mis parejas, lo saben.

Nadie más lo sabe, porque es algo interno. Si vos sos mi pareja, te digo, mirá, Raquel nos está mirando la flor, nos está mirando, y vos entrás ya en el juego, porque ya sabés cómo es Nahuel. Entonces hay un código, porque yo he visto, lo hago todo el tiempo. Vivo así y la intimidad con el otro es así.

Qué divertido, qué creatividad.

Siempre estoy jodiendo con esto, a mí me causa gracia a veces las cosas que digo. No sé, si hablo desde el abanico (señala el abanico que está en el consultorio), digo: “El abanico te está diciendo que no sé, el abanico te está bardeando por esto”. Y me causan gracia las cosas que dice el abanico. Soy un pelotudo (risas). Y me tenté con algo que había dicho, que dijo el abanico, supuestamente, y le digo: “¿Sabés qué es lo más peligroso?”. Le digo lo tremendo de todo esto. Mi pensamiento es que yo le doy al abanico la posibilidad de que se exprese y tenga su propio pensamiento, y que tal vez no es el mío. Pero eso también es lo divertido. Cuando vos escribís, cuando vos jugás, vos escribís una obra de teatro, por ejemplo, cuando vos dirigís una obra de teatro, cuando vos generás…

Sí. Podés inventar un personaje asesino y vos nunca vas a matar a alguien.

Obviamente. Pero transitar la cabeza de esa persona y cómo pensará, cómo razonará una persona que toma esa decisión, una persona que decide terminar su vida. ¿Cómo razona esa persona? ¿Qué le pasa por la cabeza, qué circunstancias lo llevaron a hacer eso? Entonces, te permite vivir la vida…

Sos muy filosófico. Es la pregunta de la filosofía o, como decía Albert Camus, es la única pregunta que debe hacerse la filosofía. ¿Qué puede llevar a una persona a querer quitarse la vida? ¿Por qué alguien no quisiera vivir?

En base a esto, yo encuentro en esas experiencias que hablábamos antes, del cara a cara del aprendizaje. No me saqué ni una foto con Borges, pero encuentro como la razón por la cual sí querer vivir. Esas cosas son las que me hacen decir: si esto me divierte. Esto me gusta. Y eso es lo que me gusta también del mundo del espectáculo. Eso es lo que me atrae.

No la foto. No la imagen, sino lo que hay adentro tuyo y lo que hay adentro del otro.

Fijate que nosotros nos conocimos por la Casa del Teatro.

Sí, me tomaste el mejor casting que tuve en mi vida. Buenísima tu dirección. Me divertí, y me dije, no me importa si me sale o no me sale porque la pasé bárbaro.

Me alegro, me alegro un montón.

Y en esa experiencia, cuando me llamaron, yo estaba haciendo un curso en APTRA de producción de contenidos audiovisuales y demás. Y me llaman para hacer ese mismo curso en la Casa del Teatro. Y me dije, vamos a hacer otra cosa. Yo laburé ahí en ese teatro, no vamos a hacer algo periodístico, vamos a hacer algo que tenga que ver con el teatro.

Y me dice, pero no es muy diferente que lo vendas así, por ejemplo, en tu Instagram. No sé, a mí me parece que mi profesiones son bastante parecidas. El director, de alguna manera, tiene que leer ese texto o crearlo cuando sos dramaturgo, tiene que leer ese texto y entender por qué esta persona tomaría la decisión de quitarse la vida. Por qué esta persona tomaría la decisión de hacer tal cosa.

¿Por qué esta persona está hablando de esta manera? ¿Por qué está violenta? ¿Por qué le sucede esto? ¿Por qué estás diciendo esto? ¿Qué le pasa en la interacción entre este personaje y este personaje? ¿Y cómo lo descubrí? Transitando, leyendo lo que te da, pero también trabajando con el actor, porque el actor también te va a proponer algo, que es su visión sobre esta misma situación que vos estás leyendo, y entonces ahí se va a generar una sinergia muy interesante, que es lo que hace que el teatro sea tan bello.

El periodismo me parece bastante similar en ese paralelismo, porque yo te escucho. ¿Cómo lo tomás vos? ¿Cómo lo tomo yo?

Sos un periodista muy particular, con reflexiones e interrogantes muy agudos.

Sí, cómo lo tomo yo. Entonces, yo escucho al otro y ¿y por qué? Y me cuenta que lo que sea o que en algún momento tomó la decisión de quitarse la vida, por lo que estábamos hablando. Bueno, ¿qué te llevó a eso? Y a mí también me interesa, entonces me provoca el mismo interés que te llevó a hacer eso. Y vamos para atrás, vamos a ver a ver qué te sucedió.

Había un programa que me gustaba mucho cuando era chico que se llamaba La decisión del último día de tu vida, una cosa así, era apocalíptico. ¿Cuáles fueron todas las decisiones que tomaste ese último día de tu vida que hicieron que vos justo estés en un lugar puntual y que justo pasó un colectivo…?

¿Y cuál fue esa decisión que te trajo a este diván? O a los otros divanes. Parece algo de la angustia de la que habla Kierkegaard, de ser quien uno es y hacerse cargo. Es una angustia muy fuerte porque no es que algo te angustie, sino que hay algo adentro. Pensaba si será de tu fuego, será de lo encendido que estás con todo lo que contás…

Y es que dentro de todos esos mundos… Mi socio, con quien creamos el canal de stream y demás, una persona con la que creamos un montón de cosas, dice: “Nahuel, esto es una selva, y hay que luchar”. Y la vida es un poquito una selva donde hay que luchar.

Entonces, hacerse cargo de ese fuego es lo que nos hace brillar, pero también para hacerse cargo de ese fuego, para brillar, dentro de esa selva hay que quitar muchas malezas que tienen que ver con las circunstancias, que tienen que ver con los intereses contrapuestos de otras personas, que tienen que ver con todo lo que te va atravesando. Tenés que hacerte fuerte, no te queda otra. Ese chico que hace un par de años tuvo ese accidente, no es el mismo que soy yo.

¿Qué te hizo cambiar ese accidente? O sea, ¿qué otra herida curaste?

Y fui curando muchas. Aprender que me estaba boicoteando. Aprender que me tenía que hacer cargo, digamos, de la situación, de qué hacía yo. Estoy aprendiendo todavía a hacerme cargo de quién soy y qué he hecho. Un montón de veces hablo con personas y voy contando, no, porque en tal experiencia o no sé, voy a tal teatro y me saludan a un montón de gente. Y voy con un cámara, y me dice, pero ¿por qué te conocen? Bueno, porque yo en algún momento hice tal cosa, hice esto.

Y hasta hace muy poco, era muy difícil juntar todas esas versiones. Todos tenemos muchas versiones, ¿no? Pero juntar todas esas versiones laborales, te hablo. Soy el mismo que me interesa el judaísmo y trato de hacer cosas que tienen que ver con eso. También soy el mismo que soy periodista, también soy el mismo que soy dramaturgo y también soy director y también soy productor y también soy locutor porque estudié. Todo esto lo estudié. Claro.

Hay que hacer hablar tu abanico.

Y lo voy haciendo, claro, y lo voy haciendo, lo voy haciendo de a poco. Pero también entendiendo que es un solo abanico y ese único abanico tiene todas estas variantes, tiene todos estos colores.

Y también a lo Locomía, si es un abanico, lo tenés que mostrar y estás orgulloso de todos los colores que tiene ese abanico (risas). Siempre hablábamos de todo eso con Claudio María Domínguez, comunicador y demás, también es una persona que elegir para laburar y produje en teatro, me dije, esta persona me va a gustar.

¿Te gustan los temas psicológicos y filosóficos?

Sí, me encanta. Y aparte elijo con quién elegí laburar, con Dolina, con este tipo voy a laburar, y laburé con Dolina. Elijo qué personas quiero laburar y laburo.

Gracias por elegirme, me siento halagada y muy honrada.

Por favor, gracias por la confianza también.

En esa elección de las personas también hay intereses, hay un abanico tan colorido que te singulariza en tu accionar… Tal vez no te sentís tan merecedor porque es muy grande tu abanico, abarca muchos colores, muchos matices. Quizás cuando a uno le gustan tantas cosas es complicado. Soy psicoanalista y me gusta el tango, pero no sé si soy una gran bailarina de tango, me gusta bailar. Tampoco sé si soy una gran psicoanalista, porque el psicoanalista siempre está en el mundo de las incertidumbres, de con qué se va a venir el paciente y qué voy a sacar de mi boca con todo ese bagaje que tengo.

Entonces, en ese movimiento uno nunca se siente tan Goliat.

Completamente. A los 20 años tuve una crisis como identitaria y me pregunté qué voy a hacer dentro del teatro. Estudié dos años en el estudio de Julio Boca, quedé becado ahí, estudié y después lo dejé porque no me gusta bailar. Pero a mí lo que me interesa es como todo el tránsito del intérprete, siempre quise dirigir. Entonces, en teatro lo que me gusta es producir y dirigir, más que ser actor.

Pero me gusta transitar lo que hace el actor porque de esa manera aprende también a dirigir. No podés ser productor si no sos primer asistente de producción. Un buen productor sabe cómo conducir y el conductor sabe cómo es el buen productor.

Todo ayuda a la generación de un buen profesional.

Ya con tu pareja sos un actor y hacés hablar a todos los personajes.

Sí, jodo todo el tiempo. Y aparte creo todo un mundo. El programa de streaming que hago se llama Mundo Aparte. Es una manera también de salvaguardar ese mundo.

Vos creaste tu mundo aparte.

Y estoy muy orgulloso.

Quizás, en lugar de estar luchando con el Goliat, se trata de lidiar con ese fuego interno y mantener la llama encendida: cultura encendida todo el tiempo. Eso que viene de afuera es de afuera: yo tengo mi mundo aparte. Me parece que ahí estás rescatando algo que te puede salvar de la pregunta “¿me merezco, no me merezco, soy tan grande, soy tan chico?”. Que te la chupen, como diría Maradona también. Tenemos acá gente como Moria, que es multifacética como vos, muchos artistas que, al tener justamente todo ese abanico, quizás también tienen una cuestión de identidad, como si uno se tuviera que clasificar en algo. Por eso te puse el ejemplo: bailo tango, actúo, me gusta, lo hago bien. La verdad que no me lo pregunto. Me gusta, lo amo, me lleva, no puedo dejar de hacerlo.

En algún momento sí, me interesaba eso, después ya dejó de preocuparme la definición. Soy yo. Y soy así, y soy con todas estas variantes. No quiero ser el mejor. Quiero ser genuino.

Eso es lo que a vos te singulariza: que puedas armar tu mundo aparte.

Yo creo que a mí me interesa ir a fondo con las historias cuando dirijo, ir a fondo con las historias cuando estoy produciendo, ir a fondo con las historias cuando estoy preguntando. Me interesa generar un buen producto y entonces hay cuestiones en común y hay valores en común que todas mis profesiones tienen y el punto es que a mí me interesa transitarlas.

Hay una frase que me dijo en el estudio Boca, Ricky Pashkus, y en ese momento estaba con este conflicto. Fui y Ricky estaba en la oficina de dirección y me dijo: “Mirá, Nahuel, vos tenés que ser soldadito de todas las batallas que te interese batallar y en las que te sientas ganador serán las batallas que batalles el resto de tu vida”. Y a partir de ahí empecé a batallar las batallas que quiero batallar, en las que me siento que tengo algo para contar. No sé si ganador, no tiene que ver con ganar o perder, con blanco o negro, sino con acá tengo algo para contar. Esto enciende mi fuego. Ellas en mí, el espectáculo que te mencionaba, terminaba con una canción que decía: Light My Fire.

Sí, me parece que por esta vía podés salir del autoboicot. Creo que también tiene que ver con que a los 12 años tomaste semejante decisión y reservaste ese “hago mi mundo aparte”, pero con un analista que te ayudara. Ahí supiste pedir ayuda. Tal vez te cuesta pedirla a tus viejos o a otras personas, pero decidiste buscar a alguien que te ayudara a tomar tus propias decisiones. Creo que eso te singularizó porque empezaste a autodirigir tu vida. Buscar a un psicólogo no es buscar a alguien que te diga qué hacer, sino a alguien que te ayude a decidir por vos mismo.

A los 12 me pasó eso, pero a los 16 me fui a vivir solo. 
Y de ahí no quise pedir nada a mis viejos y ellos se enojaron, obvio. Trabajaba en McDonald’s era el único laburo en blanco que podía tener con una obra social y dando clases de inglés, eso que me habían dado mis viejos toda mi vida. Fui a una escuela bilingüe desde el jardín, entonces había hecho el First, y con ese examen, yo tenía conocimiento suficiente como para poder dar clases a personas iniciales en inglés. Siempre supo usar muy bien la compu por mi viejo, entonces hice una especie de esos volantitos que a la vez tienen volantes para tirar, salí con cinta scotch, empecé a pegar los volantes de clases de inglés. Y tenía un montón de alumnos. Eso y McDonald’s era lo que me permitieron mantenerse solo. Y estuve sin hablar con mi vieja, con mi hermano siempre hablé. 

Tu vieja se tomó esa separación como un parto prematuro.

Que se le vaya un nene de 16 años, no sabes lo que le puede pasar… y yo la entiendo. Hay una canción de Cerati que dice: mamá sabe bien, perdí una batalla. ¿Sabes la que me hubiera gustado volver y decir, mamá, perdí la batalla? Y no había nadie en casa, porque yo había decidido que no haya nadie en casa. Claro, entonces, vos tómate esta decisión, báncatetela. No, porque mi vieja no me hubiera recibido el toque de vuelta, de hecho.

Puede haber un sentimiento de culpa guardado, como si al hacerte cargo de que vos decidiste hacer tu mundo aparte apareciera también cierta culpa con esos padres. Pensaba en que sos judío, porque la tradición judía también marca mandatos que hay que seguir. ¿Qué implica no seguir determinados mandatos de los padres? Hacer ese mundo aparte dentro de una comunidad. Sí, lo tenés tatuado acá, pero no sos el típico. Son preguntas…

Dentro de ese mundo aparte, fui, voy, es un tránsito de toda la vida, lo voy moldeando mucho y el judaísmo es una decisión. Es mi decisión de que así sea, el tipo de judaísmo humanista que a mí me interesa, que a mí me gusta, que tiene que ver con mi pensamiento.

¿Es el mismo que el de tus viejos?

No, no tiene que ver nada con lo que ellos. Pero en un montón de cosas no tiene nada que ver. Tampoco con mi pensamiento político. Tampoco es parecido al pensamiento político de mis viejos. No por hacerme el rebelde.

¿Los dos son judíos?

No. Ni mi vieja, ni mi viejo.

Ah, vos decidiste. ¡Guau!

Los que me hablaban de judaísmo en mi familia son mis abuelos, de la parte materna, pero yo fui durante mi infancia a un colegio católico. Y en ese colegio católico aprendí sobre Jesús, aprendí sobre la religión y aprendí sobre Dios.

Pero a la vez también me llevó a pensar en que no me gustaba la Iglesia Católica. Entonces, después, ya tipo 16 años, empecé a decir: ahora yo sentía que dentro de todo lo que había, porque yo me encargué de investigar todos los credos, como alguien puede investigar a los 16 años, y después me encargué de reafirmar lo que estaba haciendo, dije: bueno, tengo el judaísmo cerca y tengo el catolicismo cerca.

Y con la cruz colgada.

Acá con la estrella de David con la cruz adentro. Me la compré en Jerusalem. Claro, se ve del otro lado la estrella de David, porque hay que pulirla.

Rectifico mi hipótesis: vos te desarraigaste de la educación católica y elegiste tu propia religión. 

Pensaba que si tus viejos eran judíos, tal vez te transmitieron la culpa judía. Ahora, lo que me estás aportando es hasta más fuerte: porque rompiste con todo.

Con todo. Papá quería que fuera policía.

Me lo dijo, pero no como una imposición. O sea, mis viejos siempre fueron divinos, nunca me impusieron: “Vos tenés que ser…”.

Estamos hablando de las figuras parentales, de algo que vos construiste en tu imaginario.

Claro, no tiene que ver.

Tu madre protectora, con un hijo que a los 12 va al psicólogo y a los 16 se pega el palo y se va a vivir solo… tampoco nada que ver. Entonces, lo que yo digo no es que tus viejos no estén orgullosos de vos —esos son los padres reales—, sino que dentro tuyo te pudiste haber armado algo que te generó culpa con ellos, sin que tus viejos te lo inculcaran. Como si sintieras que no cumpliste con ser lo que ellos quisieron.

Debería investigar más sobre eso. Hay una parte de Ellas en mí donde el protagonista se sentaba, Guillermo, él le decía a Pinky: “Dígame, ¿usted es freudiana o lacaniana?”. Y Pinky le decía: “Hábleme de sus padres”. “Freudiana”, le decía él. Se me vino a la cabeza por todo esto que estamos hablando de la familia, de la mamá y del papá.

Sí, en algún momento lo he pensado, esto de que rompí con un montón de esos patrones, pero no siento que haya sido… Capaz que sí, en primera instancia fue de rebelde, pero después me encargué de moldearlos en función de decir: bueno, che, estoy seguro de esto. Dentro del judaísmo, por ejemplo, yo conduzco el año nuevo judío, soy una persona completamente activa, soy una persona que milita en contra de todo lo que tiene que ver con una guerra, que propugna un judaísmo humanitario. Dentro de la comunidad trato todo el tiempo de generar una coexistencia y estoy muy convencido de ello.

Como estoy muy convencido de mis profesiones, como estoy muy convencido de gran parte de lo que hago hoy. Hace un par de años todavía estaba en proceso de revisión de un montón de cosas.

Mis abuelos paternos me hablaban de judaísmo, y además porque lo que pasa es que no entendía muy bien cuando sos chico, estamos en la escuela primaria y no entendés muy bien cuál es la diferencia entre un judío y un católico y qué hay de distinto. Y después, para el año 2000, yo era chico y se venía el fin del mundo, supuestamente porque venía un virus que iba a agarrar a las computadoras, todo iba a dejar de funcionar y no sé qué. Y yo era muy pendejito y tenía mucho miedo de eso. Iba a una escuela religiosa, que no era judía, era católica. Y bastante el mismo grado de culpa también.

Porque Jesús murió en la cruz por nosotros. Entonces, los judíos tienen una religión culposa, pero los católicos también. Y lo digo con conocimiento de todas las cadenas.

Está el chiste de la madre que te dice: “No hagas esto, que te mato, que te amaso”, la madre italiana. La madre judía: “No hagas esto, que me muero”. Esa sería la diferencia, pero la culpa es igual y la culpa la tenés que seguir trabajando.

Y la culpa seguramente la tengo que seguir trabajando en un montón de cosas, pero también la trascendí un montón. Aprendí a no pedir permiso. Lo aprendí de muy pendejo porque no me quedaba otra. Entonces, esto es mi vida.

Me refiero justamente a eso: la culpa por no pedir permiso. Eso es lo que pienso que hay que trabajar. Cada vez que vos no pedís permiso y algo te sale maravillosamente bien, estás encendido, te quemas.

Claro. No puedo estar tan encendido.

Me quemo.

Como viene por la espalda, aparte, el chispazo ese. Ataca como una traición a tu propia persona.

¿Te puedo dar otro ejemplo de lo que me dijiste?

Sí, por favor, asociá lo que aparezca. 

Cuando estaba escribiendo Ellas en mí, hay un momento en el que el protagonista fue muy allegado a Fernando Peña. Entonces, Fernando estaba en el espectáculo. Era lo que ahora se llamaría una especie de biopic teatral, en el 2019 no existía ese género todavía. Entonces, a manera como tenía mucho multimedia, medio youtubera y demás, exploraba como una carrera artística de una persona que decía hasta cuándo uno tiene que seguir luchándola dentro del mundo de la actuación. Cosa que me dijo el actor, que era el protagonista de la obra, y a mí me destruyó. ¿Hasta cuándo voy a seguir luchando con esta profesión?

Y dentro de todo este armado, él contaba qué parte de su carrera tuvo mucho que ver con Fernando, que le abrió la cabeza. A la vez, él fue representante de Fernando, fue apoderado de Fernando y muy amigo. Para grabar todo esto, yo tenía un amigo con el que había trabajado un espectáculo de Panamá hace un montón, que se llama Pato Venegas, gran y talentoso imitador, que laburó mucho en tele, en radio y demás, y hace los personajes de Peña impecables. Peña también algo que tiene mucho que ver con mi infancia: a mi padre y a mi madre les gustaba mucho Peña y lo escuchaban en la radio. Así que dije, esto tiene que estar en el espectáculo. Había una parte en donde este actor hablaba con los personajes de Peña en off.

Fuimos a grabarlo, había pedido al productor que este Pato… Coordinaron y vamos a grabar a un estudio las voces. Cuando estaba yendo, yo estaba muy tranquilo. En ese momento usaba mucho poncho, lentes negros, estaba en el subte, así viajando de un lugar al otro, pensando en qué cosas tenía que decir el parlamento de Fernando Peña. Porque además había que pensarlo como Fernando, sino como la Mega, como Palito, como todos los personajes que tenía Fernando. Entonces, ¿cómo pensaría la Mega y qué le respondería a lo que el protagonista le dice, tal cosa, y entonces Palito, y otro personaje le podría decir… Yo estaba con eso.

Parado en el fuelle, en el medio de los dos vagones. En un momento siento una trompada acá de atrás y me caigo porque yo estaba parado como medio, viste, como haciendo el cuatro con las piernas. Estaba tirado así.

Y me caigo al piso y digo, ¿qué te pasa, boludo?, porque aparte veía que no me estaba robando nada. Me pegó una trompada en la cabeza y me tiró al piso, porque claro, yo estaba mal apoyado.

Entonces le digo, ¿qué carajo te pasa, boludo?, me contesta: “Vos le tocaste el culo a mi mujer”.

Fue maravilloso. Y le digo… ¿Qué?

“¿Vos le tocaste el culo a mi mujer?”. No tenía idea de quién era él ni su mujer, no había pasado por ningún lado. Le digo, ¿de qué estás hablando? Viene la mina y dice: “Ay, no, mi amor, no era él”.

Y le dijo: “Pero vos sos pelotudo, flaco. Encima sos cagón, porque ni siquiera lo hiciste de frente”. Claro, lo hizo de atrás, me pegó una trompada de atrás.

Entonces eso hizo que me caiga porque no es que me enfrente y me dice: “Che, boludo, vos le tocaste el culo a mi mujer, ¿qué tocás?”, acaba defendiendo a su novia, lo que sea. No, no, y la mina vio que el tipo se separó de ella y no le digo, ese no es… Y yo me recalenté y terminé golpeado. ¿A qué voy con esto? Momento que también estaba muy tranquilo.

¿Cómo terminé? Con sangre por la trompada que me había pegado. Y se hizo todo un quilombo en el subte y llegué a la grabación, ensangrentado, hecho mierda, una historia rarísima. Todo en medio de un contexto en el cual socialmente estamos hablando de 2019, al igual que ahora tiene el mismo peso, pero en ese momento estaba en vigencia toda la cuestión de que estaba muy fuerte el Ni Una Menos. Y eso estaba naciendo en 2018 a 2019. Entonces era como tremenda la acusación. Pero lo bueno es que a los dos minutos, la piba le dice: ay, no, no era él quien me pegó. 

Pero yo voy a terminar tirado en el piso, ¿a qué voy con esto? Mi pensamiento previo a esta trompada fue lo mismo porque yo estaba muy tranquilo, muy pleno, y pensando…

Esa es tu asociación. Que si estás tranquilo, algo te viene por la espalda.

Tengo miedo a no saber cómo manejarlo. Sin embargo, después las diferentes vivencias de mi vida, valga la redundancia, me dieron a entender de que sí puedo manejar esas cosas y que las puedo manejar con calma, con cautela y las puedo solucionar. Y entonces David frente a Goliat, David es potente frente a Goliat y puede, a pesar de que venga un Goliat inesperado.

Quizá en vez de estar tan atento a ese Goliat inesperado, poder empezar a sentir que ya David es Goliat. Ya no sos tan chiquito y Goliat es una parte tuya también que tenés que aceptar. Que el blanco y negro, al final, se integre en vos. Sin culpas. Te pueden tocar el culo en este ambiente, sí, y vengo escribiendo sobre Moria cuando pone la condición a Porcel: a mí no me tocan el culo y lo pone como condición. Poné tus condiciones.

Es un miedo bastante recurrente, pero general,  esto de que está todo bien, algo malo me va a pasar. En mucha gente he escuchado este pensamiento.

Sino no laburamos nosotros. (Risas)

Claro, como está todo bien. Entonces, algo malo me tiene que pasar porque todo no puede estar tan bien.

Te recomiendo el artículo de Freud: Los que fracasan al triunfar.

Lo voy a buscar.

Así no sentís más que podrías fracasar cuando triunfas. Yo creo que va a haber un antes y un después de haber elaborado tantas cuestiones. Te agradezco la confianza. Y cierro porque ya es la hora.

DEL OTRO LADO DEL DIVÁN

Querido Mosca:

¿Por qué algunos pacientes enferman cuando se cumple un sueño hondamente arraigado?, se pregunta Freud en Los que fracasan al triunfar.

Me quedé pensando en vos a partir de esa pregunta.

Porque durante nuestro encuentro aparecieron, una y otra vez, algunas frases que parecían conversar entre ellas:

“Estoy muy tranquilo.”
“Estoy muy pleno.”
“Estoy laburando en algo que me encanta.”
“Me está pagando muy bien.”
“Todo estaba bien.”
“Me lo están regalando.”
“Yo no sé si lo merezco.”

Y después, el fuego.

Pero hay algo que había empezado antes del fuego.

En el video que enviaste para pedir la consulta decías que te mandaban Al diván desde tus programas con la Dra. Raquel Tesone y que decidiste hacer este primer Al diván en vivo como quien hace un salto al vacío, como un acróbata sin red.

Y viniste.

En ese salto ya había algo que después pudimos escuchar en tus asociaciones: la posibilidad de permitirte estar presente, entrar en un lugar que no sabías adónde te iba a llevar y comprobar que no necesariamente algo malo tenía que pasar.

Dejamos que el fuego iluminara tus palabras y tus enriquecedoras asociaciones. A diferencia de una consulta psicológica, donde puedo dejar reposar mis intervenciones para retomarlas en el après-coup, acá fui tirando de un hilo, jugando con algunas hipótesis, para ver qué aparecía. Y vos tuviste la generosidad de dejarte llevar por ese hilo y llevarlo hacia lugares que no estaban previstos.

Eso se agradece.

Apareció ese sentimiento de anticipación: cuando todo está bien, algo malo puede pasar. Cuando estoy tranquilo, algo puede venir por la espalda. Cuando algo me gusta demasiado, quizás sea demasiado para mí. Ligaste el accidente en el que se te quemó el cuerpo y el fuego te alcanzó la espalda, y el incidente en el que recibiste un golpe por la espalda. En ambos casos, cuando estabas plácido, con esa misma sensación de plenitud de estar vivo haciendo lo que te enciende, apareció el mismo pensamiento: “Esto es demasiado para mí”.

Freud no habla simplemente de quienes fracasan. Se pregunta por aquello que puede suceder cuando el deseo finalmente encuentra su realización. Señala, con sorpresa, que hay sujetos que enferman cuando se les cumple un deseo largamente perseguido, como si no pudieran soportar su dicha.

Y entonces vuelvo a tu pregunta: “¿Qué puede pasar cuando está todo bien?”.

Me parece que surgió otra posibilidad: soportar tu propia felicidad sin quedar a la espera de que algo venga a interrumpirla. Poder disfrutar de lo que conquistaste sin que la amenaza de perderlo se adelante al disfrute.

Apareció el Goliat inesperado que puede venir por la espalda, como si cuando estás tranquilo hubiera que esperar el golpe.

Y me pregunto si entonces ya no se trate solamente de que David se enfrente a Goliat.
Quizás David también pueda reconocerse en Goliat.

No para convertirse en alguien que ya no tiene miedo, sino para poder aceptar que también tiene esa potencia. Que el blanco y el negro pueden formar parte del mismo abanico. Que no hace falta elegir entre ser grande o ser chico, entre producir, dirigir, escribir, actuar, preguntar, pensar, jugar. Que podés ser todo eso y ser cada día más vos mismo.

Y quizás haya algo más en esa imagen de David y Goliat. Los dos forman parte de una misma historia. Como esa estrella de David que llevabas y en cuyo centro aparecía una cruz. Me dijiste que había que pulirla. Pensé que quizás también podía ser la imagen de una elección profundamente propia, incluyendo todo lo que antes te formó. Si bien desde tu familia recibiste transmisión religiosa, la interrogaste, buscaste, estudiaste, conociste otras creencias y finalmente elegiste aquella en la que encontraste tu lugar. Poder respetar tus deseos y tus creencias a ultranza hace que puedas alojar tu historia sin binarismos. Hay matices, hay colores, hay distintas formas de leer, sin confundirse ni borrar las diferencias, sino para poder hacer con ellas algo propio.

Y ahí vuelve a lo que hiciste decantar:

“No quiero ser el mejor. Quiero ser genuino”.

Quizás allí haya una respuesta posible para aquella otra frase:

“Yo no sé si lo merezco”.

Porque no se trata de merecerlo. Se trata de poder habitarlo.

A los doce años escuchaste que tenías “mucho mundo interior” y necesitabas encontrar cómo exteriorizarlo. No te quedaste solamente con lo que otro había dicho de vos: fuiste a buscar, elegiste, probaste, construiste.

Incluso cuando escuchás un saber que viene de otro, lo interrogás y lo hacés pasar por tu propia experiencia para encontrar tu posición.

Quizás por eso aquel “cambio médico”, cuando querías decir “cambio educacional”, me quedó resonando. La cirujana puede recomendarte algo según su diagnóstico y vos la escuchaste, pero pudiste pensar y tomar tu propia decisión en consonancia con lo que te “decía” tu cuerpo.

Ahí la autorización cambia de lugar. Se trata de poder habilitarte vos mismo: escuchar qué te enciende cuando algo te gusta demasiado y cuando nadie te está diciendo hasta dónde podés llegar.

Y es aquí donde aparece la pregunta por el costo de esa autorización. ¿Qué pasa cuando nadie te prohíbe nada y tampoco se trata de una actitud de rebeldía?

Cuando solo se trata de respetar tus propios deseos.

¿Cuándo sos vos quien tiene que autorizarse para que algo bueno pueda ocurrirte, sin tener que pagar por haberlo elegido? Ahora puede tratarse de disfrutar sin deberle nada a nadie.

Hay otra frase tuya que me quedó dando vueltas: ya no sos el mismo que hace dos años.

Y ahí me aparece una imagen: la piel. Esa capacidad del cuerpo de desprenderse de una superficie para volver a formar otra, sin dejar por eso de ser el mismo cuerpo. Y vos confiaste en tu Yo-piel.

El cuerpo apareció muchas veces en nuestra conversación: el cuerpo que se incendia, el cuerpo que recibe un golpe inesperado, el cuerpo que sabe, el cuerpo que cambia, pero también el cuerpo que habla.

Por eso te recomendé a Freud para que sigas asociando y relanzando tu propia escucha.

Fuiste el primero en abrir el fuego de Al diván en vivo. En ese salto al vacío, como en el amor, fuiste hacia un hallazgo sin pensarlo, y el acróbata sin red se encontró consigo mismo.

Deseo terminar, a lo Artaud, retomando al poeta que hay en vos, que arde en preguntas: ¿qué pasa si cada vez más se enciende tu fuego interior y podés sostener el goce de aquello que lo hace arder sin deberle nada a nadie?

¿Y si la llama que te enciende te pertenece?

Raquel

PRIMER AL DIVÁN EN VIVO EN NUESTRO CANAL YOUTUBE:


https://www.youtube.com/watch?v=1D4WzqjOSsE&t=2352s

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