Fotografías artísticas: Gentileza Netflix / Alina Schwarcz
Moria construyó una figura femenina profundamente innovadora, vinculada con la libertad del cuerpo, la sexualidad, el deseo, la transgresión y nuevas formas de pensar la feminidad y la maternidad. También abrió espacios de visibilidad para identidades y expresiones que durante mucho tiempo permanecieron fuera de los lugares centrales de la cultura popular.
Cada uno de los ocho capítulos lleva como título una de sus propias frases, y en ellas la serie encuentra un modo singular de mostrarnos a Moria. Y cada capítulo abre una puerta diferente a la construcción de Moria. Por eso elijo recorrerlos uno por uno, dedicándole a cada capítulo el tiempo que merece.

«No hablen de mí»
Imposible.
Cómo no hablar de un monumento tan argentino como el Obelisco, aunque con tetas. Y no es un monumento estático. Moria se inventa, se observa, se corrige y se vuelve a inventar.
«Todos los que hablan de mí, mentirosos, hipócritas, no se los voy a permitir. Se terminó. Da vergüenza verlos.»
«¿Cómo me va a dejar de lado el ambiente? ¿Qué ambiente? Si no existe. Son todos decadentes. Ambiente con olor escatológico. ¿Qué figuras hay?»
«Hay poca gente que es divina, que no se mete, que está en otra cosa. No siento que nadie me deje de lado, cada vez estoy más alta. Qué me importa el ambiente a mí. El público no me deja de lado. Me idolatra tipo la Difunta Correa.»
Aunque el camino mediático no sea sencillo, Moria sabe diferenciar a quienes hablan de ella de quienes la siguen. Por un lado, están los medios, que pueden utilizarla y criticarla. Por otro, está su público, esos “devotos” a los que ella compara con quienes llevan ofrendas a la Difunta Correa: “la santa de las tetas”.
Lo que está en juego no es solamente permanecer, sino seguir compartiendo con quienes la admiran aquello que la constituye.
«Yo no vivo del ambiente, vivo del público.»
Retomando el episodio anterior, el «no hablen de mí» tiene una doble lectura. Todos quieren hablar de Moria, y Moria lo disfruta.
«Te colgás de mis tetas, te colgás de mi nariz, yo me cuelgo de tus sábanas y te saco toda la mierda afuera. No me jodan. Soy buena gente, no soy mentirosa, entonces, no voy a soportar que me vengan a dar consejos a mí. ¿Quiénes son?»
Directamente, pone en cuestión a cualquiera que se entrometa en su vida. ¡Son cualquiera!
De ahí surge la pregunta que la hace icónica: ¿Quiénes son?
Ellos no son nadie para hablar de ella, pero ella sí. Y por eso acepta la propuesta de la editorial para contar ella su historia.
Pero para llegar a contar su historia tiene que atravesar un camino.
«Acá estoy, provocando al pasado, sacudiéndolo con mucho filo, una uña filosa se vuelve un portal, un viaje en el tiempo, archivo vivo que se revisa, se corrige y se supera.»
«¿Alguna vez escribiste sobre vos?»
Porque es un viaje.
Y lejos de sentirse amenazada frente al desafío, Moria responde:
«El viaje siempre es conmigo misma.»
Escribe MeMORIA. El nombre la signa.
La memoria aparece así ya inscripta en su nombre, pero también como un giro sobre sí misma.
«Tengo urgencia de orgasmo que me hagan llorar… recreo emociones, las tengo guardadas encapsuladas, igual que mis tetas. Qué rara mezcla de plástico y verdad… siempre me sentí especial, tuve el don de observarme desde afuera y proyectar una gran luz sobre mí…»
Aparece una niña, dándose un beso al espejo. Empieza a bailar y, al hacerlo, también decide cómo aparecer y arma una versión de sí misma. Puede pensarse la relación entre esa mirada y la Moria del futuro: actriz, personaje, cuerpo, espectáculo, autora de su propia imagen.
Moria se muestra vulnerable, pero no desaparece Moria. Incluso logra ser mucho más encantadora porque le pone humor a sus cuestiones más agudas y es capaz de reírse de su propio dolor. No queda capturada en él.
Pero no se trata de negar el sufrimiento. Puede hablar de cosas terribles sin quedar fijada al lugar de víctima y transformarlas en relato, humor, espectáculo, pensamiento.
Pero acá aparece también algo más. La niña que se observa enfrenta sus emociones. Los celos que despierta la pareja de sus padres la desbordan corporalmente. Pulso acelerado, fragilidad, furia. Hay algo de lo erótico en el baile, pero también una necesidad de calmarse y descargar aquello que no puede tramitar de otro modo.
«Bailar, elevarme, ver todo desde arriba, bailar me calmaba. Los putos celos me volvían muy frágil. Tenía seis años, los escuché coger. Me estaban haciendo sufrir y no los quería perdonar. Furia. Me hamaqué toda la noche para calmarme. Para dominar mi mente. Los celos se fueron para siempre, así nace mi célebre autoestima…»
El baile aparece como una forma de elevarse, separarse de la escena y dominar aquello que sucede adentro. El relato que Moria hace de su propia infancia reafirma el valor de sí misma al aceptar emociones que consigue integrar.
Y también su herencia: su nieta recién nacida.
«Se perpetúa el linaje, somos como una Mamushka. Una Momushka sería»
La piedra cae en el jardín como una irrupción. Algo viene de afuera y cae sobre su territorio. La empleada la llama piedra; Moria la reconoce como obra de arte y finalmente la transforma en otra cosa:
«Esto es un milagro que trajo Elenita que nos vino a sanar.»
Ahí la piedra puede empezar a funcionar como una imagen del pasado que Moria se dispone a atravesar: algo disruptivo que tiene un peso y una historia, pero cuyo sentido todavía puede transformarse en su relato y convertirse en algo que viene a sanar.
Lo hace contando su historia. Desde su tierna infancia…
«¿Hay más?», pregunta la editora.
Moria responde:
«¿Contar más para vender más? No tengo traumas, metabolizo yo, transito y elevo todo a la máxima potencia.»
Y sí, había más, y aparecen las huellas traumáticas de sus recuerdos. Un ritual en el que su cuerpo infantil quedaba ofrecido como ofrenda.
«Con mamá teníamos un ritual sagrado…»
La escena adquiere otra dimensión cuando, después de untarla con barro y acariciarle el torso, la madre le dice a Moria: «acostate, despacito, suavecito». Y agrega: «ahora no hables». «Yo ya vengo».
La indicación del silencio queda resonando frente a la Moria adulta que habla, cuenta y escribe. Aquello que entonces debía permanecer fuera de la palabra encuentra, muchos años después, un lugar en su relato, incluso en lo que escribe sobre su abuelo.
«… quietud para que la armadura de barro no se quiebre. Niña hornero. Mi casa soy yo.»
Moria arma así su propio nido… La voz adulta de Moria en off es estremecedora.
«Mi abuelo abusaba de mí. Era una rutina muda, sucia pero erotizante».
Aparece el abuelo como una sombra y luego se presentifica acariciando la mano y el brazo de la niña.
El cuerpo que aparecía en los episodios anteriores como construcción, ofrenda y manifiesto reaparece en este ritual, ahora ligado al cuerpo infantil. ¿Qué otra dimensión adquiere entonces la idea de ofrenda? ¿Qué nos hace pensar la serie cuando pone en escena ese cuerpo dentro de un ritual familiar?
¿Qué lugar ocupa la madre en esa escena? Sus palabras sobre el ritual abren una pregunta sobre aquello que puede quedar naturalizado dentro de una configuración familiar. ¿Qué formas de saber y de no saber pueden coexistir allí?
En psicoanálisis, cada caso exige ser pensado en su singularidad. Si bien cada situación debe ser escuchada en sus propios términos, la serie nos interpela sobre una cuestión fuerte en los abusos intrafamiliares: ¿qué lugar ocupa quien está fuera de la escena pero no la impide?
Y desde ahí, las palabras de Moria sobre el placer nos llevan a otra cuestión que requiere extrema delicadeza.
«Lo vivía con una mezcla de asco y placer. Secreto». La cámara va de la niña frente al espejo, haciendo resonar la palabra «secreto», a la imagen de la Moria adulta envuelta en lágrimas, llorando frente a la piedra.
¿Qué hacemos con «placer y asco», «erotizante», «secreto» cuando aparecen en el relato de una experiencia de abuso?
El cuerpo puede responder con placer a una estimulación sin que eso implique deseo, elección, consentimiento ni aceptación de lo que está ocurriendo. El placer corporal no convierte el abuso en algo deseado.
Y justamente ahí puede abrirse una diferencia fundamental entre el cuerpo que siente y el sujeto que consiente.
En una niña, además, la responsabilidad es enteramente del adulto: el placer corporal nunca convierte el abuso en consentimiento ni lo vuelve menos abusivo.
¿Cómo diferenciar cuerpo, deseo y consentimiento, si el cuerpo y la voluntad no son una misma cosa?
Y el secreto: ¿qué queda allí encapsulado? ¿Qué no puede ser dicho y puede volver muchos años después bajo distintas formas?
La serie nos lleva así a preguntarnos por el cuerpo como lugar donde pueden cruzarse aquello que se padece, aquello que se siente, aquello que se desea y aquello que los otros hacen con él.
¿Qué hace una persona con una experiencia que el cuerpo recuerda de una manera que puede resultar insoportable o incomprensible para quien la vivió?
Moria reconoce los acontecimientos de su pasado y, al mismo tiempo, sostiene un lugar que no organiza su identidad alrededor del sufrimiento, sino que transforma la marca del dolor de su cuerpo en la marca registrada de su propia singularidad.
La editora le señala a Moria que su perspectiva va a chocar al lector.
«¿Al lector o a vos?»
«Yo lo viví así y lo superé.»
«No hice terapia, pero lo atravesé y lo digo sin ánimos de romantizar nada.»
La imagen de la niña hornero que fabrica su propio nido es, para la editora, potente e inspiradora. Pero quiere que Moria condene con más fuerza a su abuelo:
«Fue un hijo de puta.»
Moria le pregunta:
«¿Vos no me creés que dejé de sufrir, verdad?»
La editora le dice que no puede empatizar con ella y que al público también le va a costar. Moria entonces cuestiona el lugar desde el que está siendo leída:
«No sé por qué aceptaste ese trabajo si no me creés nada de lo que digo y estás todo el día con el dedito acusador.»
Más adelante lo formula todavía con mayor claridad:
«No quiero ser ejemplo de nada y esto no es un libro de autoayuda.»
Y agrega:
«Nunca hice nada para agradar ni para ser aceptada.»
Moria no parece querer que otro le diga cómo debe contar lo que vivió. Tampoco acepta que su relato tenga que acomodarse a la posición desde la que otro espera escucharla. Sin borrar la experiencia, la interviene.
Moria dice que no hizo terapia, pero ahora escribe y cuenta su historia. La escritura y la serie pueden funcionar como un diván: un espacio donde vuelve sobre lo vivido, lo pone en palabras y lo interroga desde el presente.
A los catorce años aparece la menstruación. La voz de Moria en off explota de sensualidad:
«Funcionó como una alarma sexual. Algo les pasaba a los tipos conmigo, lo sentía. Empecé a provocar. Los lindos, feos, altos, bajos, me daba igual. Todos me deseaban. Me gustaba gustar»
«Mis padres no sabían qué hacer, querían calmar mi cabeza. Hormonazo.»
El cuerpo vuelve a aparecer como algo que despierta con una intensidad difícil de contener. Ya no se trata solamente de aquello que le ocurrió de niña, sino de qué sucede cuando ese cuerpo crece, desea, provoca y empieza a ocupar un lugar propio frente a los otros. ¿Qué hacer con una sexualidad que irrumpe con semejante fuerza? ¿Cómo responder cuando esa sexualidad que los adultos responsables no han podido controlar se convierte en un ejercicio de disciplinamiento del cuerpo de la adolescente?
Y entonces, frente a aquello que se les volvía ingobernable, toman una medida patologizadora: recurren al electroshock.
La cámara pasa de la adolescente, mientras recibe el electroshock, al rostro de Sofía Castiglione interpretando a su madre: aterrada, desencajada, como si también ella quedara atrapada en la escena. Mientras tanto, continúa la voz en off de Moria:
«Creyeron que había funcionado. Pero no, yo quería gozar.»
La sexualidad reaparece con intensidad, provocación y deseo. Pero también como una forma de sentirse viva, poderosa y capaz de producir efectos en los otros.
Y apareció Rubén.
«Dos conejos calientes todo el día, un loop imparable, tóxico.»
«Pensaba que el amor tenía que doler, pero el dolor no vino solamente de las piñas. Aborté dos veces en un año. Sola.»
En esta etapa, ese cuerpo que había encontrado en la sexualidad una forma de potencia y libertad vuelve a encontrarse con la violencia, con otra modalidad de violencia ejercida por un hombre. ¿Hay algo de esta experiencia que le permita dejar de ocupar el lugar de aquella niña que no podía oponerse a ciertas formas de violencia ejercidas por quienes debían ocupar roles protectores? ¿Hay algo de ese movimiento que pueda transformar aquella posición en otra, desde la que ahora puede defenderse y construir su propia protección?
La memoria aparece entonces como otra forma en que ese cuerpo vuelve sobre lo vivido.
Y llega la presentación del libro con la hija. Allí, Sofía cuenta que se enteró de cosas que Moria nunca le había contado, entre ellas, el electroshock.

«La memoria es una huella donde a veces se encuentran respuestas impensadas. Cada obstáculo fue una lección disfrazada de desafío y la resiliencia fue la armadura que reconstruí para dar todas las batallas.»
La memoria no aparece como un archivo intacto donde algo permanece esperando ser recuperado. Es una huella que vuelve, se transforma y encuentra nuevas asociaciones. Recordar no es simplemente recuperar algo que estaba guardado: también implica una retranscripción de aquello que se recuerda.
Metabolizar no necesariamente significa olvidar. Tampoco necesariamente elaborar en un sentido clásico. Puede significar transformar la experiencia en otra cosa: relato, humor, cuerpo, espectáculo, pensamiento, escritura. El acto de escribir aparece así como una nueva forma de hacer con lo vivido.
«Te amo y te felicito», le dice Sofía.
La hija la reconoce como alguien que guarda una fórmula para “sobrepasar las adversidades”, que es inspiradora y que la hace única.
«Por más que me caiga una cloaca me levanto y huelo a rosas.»
La editora toma la palabra, admitiendo que para trabajar este material tuvo que enfrentarse a sus prejuicios y que le costaba comprender que la forma que tiene Moria de enfrentar sus obstáculos fuera genuina. Después del intercambio con Moria, lo formula así:
«Moria habla de desdramatizar como si fuera una corriente política filosófica. Es el poder de Moria Casán».
Moria retranscribe lo vivido.
Y es la propia Moria quien, con su gran interrogante, pone en acto una de las conceptualizaciones fundantes del psicoanálisis:
«¿Quién dijo que el pasado ya está escrito? Siempre intuí que podía cuestionarlo, intervenirlo, multiplicarlo.»
Esta reflexión funciona como uno de los centros del capítulo. El pasado no cambia como acontecimiento, pero puede cambiar la posición desde la cual se lo recuerda, se lo cuenta y se lo significa.
Moria no borra el pasado: lo vuelve a narrar. Y al narrarlo, introduce nuevas relaciones entre aquello que ocurrió, aquello que recuerda y aquello que hace con ese recuerdo en el presente.
«Pero cómo se sacude lo que ya pasó: hay una sola forma, con vértigo y mucho filo.»
La imagen del filo vuelve. Antes era una uña filosa, capaz de abrir un portal al futuro. Ahora es aquello que permite sacudir lo que ya pasó.
Moria no puede emocionarse sin un toque de humor, mira al público y dice:
«Mis amigas mariquitas lloran.»
«La fuerza está en reconocerse, en ver de frente ese pasado, a veces en forma de recuerdo, otras, como una herida abierta.»
«El pasado se puede sentir como una brillante uña filosa y amenazante.»
El pasado puede doler, amenazar, volver como herida. Pero también puede adquirir otra forma.
Y ahí aparece algo que el episodio entero viene preparando.
«Soy el modelo del futuro.»
Después de todo este recorrido, esta afirmación cobra otro valor. Ya no se trata de ser modelo para otros. Es “su” modelo, para su propio porvenir.
El cuerpo que al comienzo aparecía como monumento, ofrenda y manifiesto vuelve ahora como construcción de futuro.
Y quizá ahí pueda encontrarse la relación más profunda entre el cuerpo que modifica, el pasado que interroga, el recuerdo que reescribe, el deseo que vuelve y la mujer que se proyecta hacia el futuro.
Entre una cosa y la otra aparece su operación fundamental: transformar.
Continuará…








