Fotografías artísticas: Gentileza Netflix / Alina Schwarcz
Moria construyó una figura femenina profundamente innovadora, vinculada con la libertad del cuerpo, la sexualidad, el deseo, la transgresión y nuevas formas de pensar la feminidad y la maternidad. También abrió espacios de visibilidad para identidades y expresiones que durante mucho tiempo permanecieron fuera de los lugares centrales de la cultura popular. Cada uno de los ocho capítulos lleva como título una de sus propias frases, y en ellas la serie encuentra un modo singular de mostrarnos a Moria. Y cada capítulo abre una puerta diferente a la construcción de Moria. Por eso elijo recorrerlos uno por uno, dedicándole a cada capítulo el tiempo que merece.

El capítulo empieza en la casa de Moria. Hay cuerpos tirados, gente que duerme. Todo parece perfectamente instalado en su territorio. Nada parece fuera de lugar porque el lugar es suyo.
Momentismo absoluto, de Fangoria, acompaña este comienzo. Y no parece una elección casual. La canción propone hacer del presente una forma de vida: “Aquí y ahora como norma universal”, dejar atrás el futuro, no hacer previsiones ni profecías, vivir minuto a minuto. El ayer puede atormentar y el mañana asustar, pero “Solo creo en el momento actual”.
Hay algo de Moria en esa posición. El presente no aparece solamente como un tiempo cronológico, sino como un modo de habitar la existencia. El futuro queda suspendido: “Lo que será, será”. El porvenir puede esperar. Moria parece liberada de esa espera, entregada al presente, a aquello que busca la satisfacción inmediata, sin someterse a lo que vendrá.
La canción habla de no planear, no predecir, improvisar. “Es tiempo de vivir.” Una suerte de impermanencia convertida en religión.
La casa parece responder a esa lógica. Hay alcohol, gente que circula. El caos no llega desde afuera: sucede adentro, bajo las coordenadas de Moria.
Hasta que, después de la fiesta, alguien empieza a recoger las botellas.
Y ahí, por un instante, el presente absoluto queda en silencio.
Sofía ya no está cerca y, sin embargo, su casa no parece convertirse en un “nido vacío”. De manera paradójica, ocurre casi lo contrario: el nido se llena de música, de cuerpos, de celebración.
Esas fiestas en su casa parecen permitirle algo más que estar acompañada: disfrutar de su soledad. Moria no necesita que la casa quede vacía para estar sola. Puede estar sola en medio de otros, hacer de su territorio un lugar de encuentro y, al mismo tiempo, conservar allí un espacio que le pertenece.
Hay una diferencia entre la soledad como pérdida y la soledad como posibilidad. Y en Moria parece aparecer esta segunda forma: estar sola sin quedar sola.
Y después aparece Sofía y aparece el trabajo. Ahí empieza a cambiar algo: cuando el territorio propio se encuentra con otro que no necesariamente acepta las reglas de quien lo habita.
Moria es quien arma un mundo propio y después descubre que los otros no necesariamente están obligados a vivir según sus reglas.

Primer día de trabajo. El tema del programa: si alguna vez vieron a sus padres haciendo el amor.
Moria se ríe y Sofía replica:
“A mis papás no, pero ese pendejo de Mar del Plata sí.”
Pero entre los chistes aparece algo que ya no tiene nada de gracioso. Moria sabe que Sofía tiene un problema. Para ella, tiene que pedir ayuda y resolverlo. Esa es su posición.
Después habla de Sofía:
“Tiene que estar contenta. Es un gran trabajo y muy buen dinero. Si no está contenta, es una pelotuda.”
Luego aparece en un lugar lleno de personas LGBT. Moria dice:
“Estoy feliz y orgullosa de ser madrina de este lugar lleno de putos.”
Y enseguida aparece algo que va más allá de la provocación:
“Yo sé lo que les hacen. Yo conozco la lucha. Por eso nunca digo marginalidad.”
Moria inventa entonces una palabra:
“Tenemos una sincro de espitirutalidad entre ustedes y yo para siempre. Por eso nunca digo marginalidad. Digo ‘margenialidad’.”
No se trata solamente de cambiar una palabra por otra. Al inventarla, Moria transforma el lugar desde el que nombra a quienes quedan fuera de la norma. El margen deja de ser solamente un lugar de exclusión y se convierte, en su lenguaje, en un lugar desde donde también se puede crear.
Después aparece otro juego con su propia imagen:
“Me impresiona mi fama.”
Y:
“Soy una mujer del espectáculo. Bueno, una hermafrodita del espectáculo.”
Y vuelve a jugar con esa identificación:
“Soy un puto. Un gran puto del espectáculo.”
La “margenialidad” es, entonces, algo más que una ocurrencia verbal. Moria inventa una coordenada propia para aquello que queda en el margen y, al hacerlo, convierte ese margen en un lugar posible para la creación.
Pero ese mundo que Moria arma y sostiene a su manera encuentra un límite cuando se trata de Sofía. Ya no alcanza con inventar las coordenadas. Hay otro que tiene su propio cuerpo, su propio tiempo y, sobre todo, sus propios límites.
Y ahí aparece el conflicto. No solamente por la adicción de Sofía, sino porque esa situación empieza a tocar otro territorio que para Moria parece ser innegociable: el trabajo.
Sofía no contesta el teléfono, y aparece una doble inquietud en Moria: por la adicción de su hija y por la ligazón laboral, ya que no puede llegar a tiempo al trabajo.
Moria explota y plantea que el trabajo no puede ser objeto de ese tipo de falta de respeto.
Aparece la escena en la que le marca el límite a Sofía al llegar tarde. Y decide no hacer el programa.
Después explica:
“Que se banque la vergüenza. No se jode con el trabajo”.
“Pendeja del orto”.
Después, la vemos inhalando cocaína frente al espejo. La imagen introduce una ironía difícil de esquivar: Moria cuestiona el consumo de Sofía y, al mismo tiempo, se mira a sí misma mientras consume, como si en su caso supiera exactamente dónde está el límite.
Ella misma lo formula:
“Yo sé tomarme una raya más, una raya menos”.
Hay algo casi desafiante en esa mirada al espejo: yo sé lo que hago, yo sé hasta dónde puedo llegar. Como si la diferencia estuviera en quién tiene el control. En Sofía, la droga aparece como aquello que ya no puede manejar; en Moria, como algo que ella cree poder administrar.
La escena no necesita decidir por ella si tiene razón. El espejo funciona, más bien, como una reafirmación de esa certeza: Moria sabe lo que hace y sabe, según su propia medida, cuándo «no pasarse de la raya»,
Durante un intercambio con una amiga que la increpa, Moria le dice:
“Le puse un límite. Ella me sacó de mi eje. Y con eso no puedo”.
“Tiene una edad, un marido, una hija. ¿Cuánto tiempo le voy a dar la teta?”
“No soporto que nadie, inclusive mi hija, le falte el respeto al trabajo.”
La amiga la mira asombrada, pero Moria no cede y redobla la apuesta con su amiga:
“¿Qué pensás, tomarme un examen, mi amor? Por favor, a esta altura, ¿creés que soy una pelotuda?”
La amiga no se la deja pasar:
“A vos te cuesta ponerte en el lugar del otro. Todo lo ves desde vos”.
Moria retruca:
“No tengo culpa, mi amor. Y si esto implica no ver más a mi hija ni a Helenita, tendrá que ser así”.
Y entonces aparece una pregunta de su amiga que va directo ir al núcleo de su problemática:
“¿Qué es lo que te enoja tanto?”
Moria responde:
“Que no pueda”.
Ahí aparece algo que hasta ese momento parecía quedar fuera de su mundo: hay algo que Moria no puede hacer por Sofía. Y tampoco puede hacer que Sofía pueda. Esa es quizás una de las experiencias más difíciles de tolerar cuando se trata de alguien que amamos y vemos en riesgo. Podemos estar presentes, acompañar, intentar sostener, y al mismo tiempo aceptar que no podemos salvar al otro.
La impotencia obliga a una posición paradójica: estar activamente presentes, sabiendo que eso no significa no hacer nada. A veces, lo mejor que podemos hacer por el otro es acompañarlo hasta que pueda darse cuenta de que solo el otro quien puede salvarse a sí mismo, y nadie más puede hacerlo en su lugar.
En otra escena, Sofía cuenta que entró en recuperación y que no va a volver al programa.
Y le dice:
“Me hiciste mierda, me expusiste delante de todos los programas de TV. No puedo creer que podés hablar tan mal de alguien que querés. Me parece inmoral. Yo también soy mamá y eso no se le hace a un hijo. Me pusiste un límite, pero fue demasiado. Ahora estoy en medio de un proceso y eso implica tenerte lejos a vos también.”
Hasta acá, Moria había sido quien ponía los límites. Ahora es Sofía quien le devuelve uno. Y no rechaza simplemente el límite: señala que fue demasiado. También introduce algo que Moria parecía no poder hacer entrar en su propia lógica: para que Sofía pueda atravesar su proceso, necesita tenerla lejos.
La escena tiene además algo particular. Moria acepta quedar expuesta al juicio de su hija y, al mismo tiempo, al de quienes están mirando la biografía de su serie. La mujer que tantas veces construye su propia medida queda esta vez frente a una mirada que no controla y, en lugar de ofrecerle al espectador un lugar desde donde juzgarla, lo invita a reflexionar y a ponerse en su lugar.
Y entonces aparece una frase que parece condensar el momento:
“Nos estamos haciendo daño.”
Algo del vínculo se volvió dañino para las dos y necesita otra distancia. Poder admitirlo ya es un paso a poder repararla.
Sofía también le devuelve un consejo a su madre y le recomienda que logre limpiarse de la gente “chota” que la rodea.
El límite, entonces, empieza a cambiar de lugar. Ya no es solamente Moria quien lo marca. Ahora el límite también la alcanza a ella.
En Paraguay, le ofrecen una joya para lucir en un evento.
“Para una reina como vos”
La policía busca a Moria por el episodio de las joyas.
Aparece el documento que había firmado respecto de la joya y su responsabilidad. La abogada le explica que es habitual que la responsabilicen para cobrar un seguro.
Después surge la acusación por la tenencia de cocaína y la posibilidad de una pena importante. Le habla de por lo menos 5 años.
Y le responde:
“¿Sabés que yo estudié abogacía? Yo siempre lo digo. Pasé de las escalinatas de la Facultad de Derecho al Teatro El Nacional en un día. He vivido muchas vidas.”
Y ahí aparece también esa picardía tan argentina de Moria: hecha la ley, hecha la trampa. Como si incluso frente a la ley pudiera encontrar una vuelta propia. Ahí aparece algo mucho más rico para dejar pensando: cómo se puede correr el borde de la relación entre regla, límite y ley.
“Deciles que estoy en consumo. Deciles eso”
Y para terminar, la imagen desafiante de Moria dirigida a los espectadores de la serie:
“Yo, la peor de todas las mujeres. Júzguenme. Atrévanse.”
Yo no puedo ni quiero, porque nunca se me da por juzgar. Por eso te leo, Moria.
Elijo pensarte para que tus reflexiones nos sigan nutriendo.
Continuará…










