
Corré a verla antes de leer mis spoilers: después, podemos profundizar en las decisiones de Lola y en lo que cada una pone en juego.
«Nunca dejaremos de buscar, pero al final de la búsqueda regresaremos al punto de partida y comprenderemos ese lugar por primera vez».
T. S. Eliot
«Antes del juego es después del juego».
S. Herberger
La película despliega una enorme cantidad de símbolos, referencias y detalles visuales. Recurre a la estética del cómic y a una música techno vertiginosa que imprime su ritmo a la narración. Hay otro dato que merece atención: Tom Tykwer no solamente dirige y escribe la película, sino que también compone su banda sonora junto con Johnny Klimek y Reinhold Heil. La música electrónica no funciona como un mero acompañamiento: forma parte de la arquitectura narrativa, imprime urgencia a las carreras y participa de la construcción de sus diferentes desenlaces. En Running One, además, Franka Potente participa con su voz.
En esta lectura me detendré en algunos de esos elementos, invitando también a mirar y escuchar con atención todo aquello que sucede más allá de la acción principal.
La película comienza con un reloj cuyas agujas giran dentro de una escultura con una boca que se abre. La cámara ingresa en ella y nos anticipa el efecto hipnótico que ejercerá sobre el espectador. Luego, sobre el fondo de una multitud de cuerpos que se entremezclan, se escucha un susurro: «Quisiera ser».
Se escucha una voz que formula una sucesión de preguntas sobre la existencia humana: «¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Cómo sabemos lo que creemos saber? ¿Por qué creemos en algo?». Las preguntas se encadenan, cada respuesta da lugar a otra pregunta, hasta que la voz se detiene en una posibilidad inquietante: ¿acaso no se trata siempre de la misma pregunta y de la misma respuesta?
«La pelota es redonda. El juego dura 90 minutos. Eso es un hecho. Todo lo demás es teoría. Y comenzamos».
La voz pertenece al guardia de seguridad del banco del padre de Lola, el Sr. Schuster, quien será un testigo privilegiado del recorrido de Lola. El guardia toma la pelota y la lanza al aire. Aparecen las letras del título y la pelota entra en la O de Lola. Ella corre. El reloj y la espiral completan esa primera secuencia.
El propio título parece formular un imperativo categórico: Corre, Lola, corre. Como si correr fuera una obligación de la época. Correr detrás del dinero, de la supervivencia, de las exigencias familiares, de los condicionamientos políticos, económicos, históricos y sociales. Correr para responder, para llegar, para no perder.
Pero ¿y si el verdadero mandato no fuera solamente correr, sino responder siempre de la misma manera?
Hay películas que cuentan una historia. Lola nos cuenta tres. La misma situación se desarrolla tres veces, con variaciones en las decisiones y sus consecuencias. El guion nos muestra cómo actúa el llamado “efecto mariposa”: una demora, un encuentro o un gesto aparentemente insignificante pueden conducir a destinos radicalmente diferentes.
Lola tiene veinte minutos para conseguir el dinero que su novio, Manni, perdió y evitar que lo maten. Corre desesperadamente, primero hacia su padre, un hombre que podría ayudarla económicamente, pero que no está dispuesto a hacerlo. Sin embargo, su urgencia no parece limitarse a salvar a su novio. En esa carrera también se juega algo de su propia liberación.
¿Qué otras posibilidades aparecen cuando podemos detenernos a interrogar aquello que nos empuja y no nos deja “ser”?
El padre que no responde y la ausencia de la mirada materna
La primera carrera comienza con el llamado telefónico de su novio, quien le cuenta que perdió 100.000 marcos después de que ella llegara tarde a buscarlo. La culpabiliza por lo ocurrido y le dice que tiene veinte minutos para entregarle esa suma al jefe de una banda criminal. De lo contrario, será un hombre muerto.
Lola baja corriendo las escaleras de su casa. Su madre está abajo, hablando por otro teléfono. Lo interesante no es solamente con quién habla —posiblemente con su amante, por lo que podemos deducir de una de sus frases: «¿Y qué? ¿Vos también estás casado?»—, sino, sobre todo, la ausencia de mirada hacia su hija. No registra que Lola está atravesando una situación límite y le grita: «¿Vas de compras? Necesito champú». Ni siquiera la ve salir desesperada por la puerta.
En las dos primeras carreras, Lola busca a su padre y le pide ayuda económica. En ambas, él se niega a dársela. En la tercera, cuando vuelve a buscarlo, ya se ha marchado: esta vez, la respuesta paterna ni siquiera llega a producirse. La actitud de la madre, en cambio, permanece inalterada en las tres consecuencias posibles: sigue ocupada en su conversación telefónica y ajena a la urgencia de su hija. Lo que cambia son las decisiones que toma Lola y las consecuencias que estas desencadenan.
En la primera carrera, lo que se juega es su propia vida. Lola muere.
En la segunda carrera, Lola vuelve a buscar a su padre y le roba el dinero. Su decisión la enfrenta con él en una batalla por obtener aquello que cree necesitar, pero el precio es llegar tarde a la cita con Manni. La urgencia persiste, pero ahora lo que se juega es la vida de su pareja.
En la tercera carrera, Lola ya no encuentra en el padre una salida. Toma una decisión que no lo involucra. Entra en un casino, apuesta y el azar, que hasta entonces parecía amenazar su vida, se convierte en su aliado. Gana una suma extraordinaria y sale con el dinero en sus propias manos.
Primera carrera: el padre y el lugar de hija
En los diálogos entre Lola y Manni aparece una pregunta que parece sencilla, pero no lo es: ¿cómo saber que el amor del otro es verdadero y que no podría dirigirse a alguien más? Esta pregunta también involucra la relación con su padre.
En la primera carrera llega a la oficina del padre y lo encuentra con su amante, quien minutos antes le había anunciado que estaba embarazada y lo apura para que decida si quiere tener ese hijo con ella. Él acepta. Cuando Lola entra y lo llama «papá», la amante se sorprende al conocer a su hija. Se presenta y se retira. Lola le pide ayuda, pero el padre no solo se niega a darle el dinero: la descalifica, la considera un desastre y reniega de reconocerla como hija. La humilla y la violenta al pedirle que sea ella quien le avise a su madre que va a abandonarlas por una mujer que, según él, al fin lo ama tal como es. Le dice que está harto de que su madre le reproche que dé prioridad a su trabajo y se pregunta qué importancia tendría eso. Dice que intentará ser feliz con ella, tener hijos y no volver a verlas nunca más.
Al final de la primera carrera, Lola muere huyendo de la policía porque Manni asaltó un supermercado para conseguir el dinero. La cámara la toma tirada en el piso: «No quiero irme». La frase queda abierta a una doble lectura: ¿no quiere morir o no quiere separarse de Manni? ¿Está eligiendo la vida o permanecer en esa relación? La película hace coincidir ambas posibilidades y deja abierta la ambivalencia.
Después aparece el recuerdo de un momento íntimo en la cama. Lola le pregunta a Manni por qué la ama. Él responde que porque ella es la mejor, pero cuando ella le pregunta cómo lo sabe, intenta explicarle que se trata de sus sentimientos, de algo que siente aunque no encuentre las palabras para expresarlo. Lola lo cuestiona y termina diciéndole que no la está tomando en serio. Después lleva la pregunta más lejos: si no la hubiera conocido, ¿le diría lo mismo a otra mujer? La inquietud apunta a encontrar en el amor la garantía de ser irreemplazable.
Cuando Manni le pregunta si quiere dejarlo, ella responde que no lo sabe, que tiene que tomar una decisión. La pregunta por la certeza de los sentimientos de Manni termina confrontándola con la incertidumbre sobre los propios.
Segunda carrera: el enfrentamiento y el miedo a la pérdida
En la segunda carrera, Lola vuelve a buscar a su padre y se encuentra con una situación muy diferente de la que aparecía en la primera. Su amante le anuncia que espera un hijo que no es biológicamente de él y le pregunta si, aun así, quiere tenerlo con ella. En medio de la discusión, le reprocha haber defraudado su confianza y pone en cuestión qué clase de amor puede haber entre ellos. El padre ya no parece tan decidido a abandonar a su esposa. Justifica que no puede dejar a una mujer enferma, pero su amante lo contradice: no es una enferma, le dice, sino una borracha. Todo esto sucede delante de Lola. Ella descubre estupefacta que su padre tiene otra mujer y que ambos proyectan formar una nueva familia. Lola intenta sobreponerse y pedirle ayuda a su padre, pero él le responde que no es asunto suyo y que tiene un problema propio. Intenta darle algo de dinero para que se vaya. La amante también la recibe como una intrusa y le pregunta qué quiere, como si su presencia interfiriera en la relación de ambos. Lola la enfrenta, el padre le da una bofetada. Lola le responde y arroja sus cuadros y adornos.
Después de salir de la oficina, Lola vuelve a encontrarse con el guardia de seguridad. Él la mira y le dice: «Qué día tenés. Bueno, uno no puede tenerlo todo». Lola detiene su marcha al escucharlo, se da vuelta, se dirige hacia el guardia, le arrebata el arma y entra nuevamente en la oficina del padre, que queda petrificado al ver que su hija no solo le apunta, sino que además dispara dos veces para demostrar que sabe usarla. Le exige 100.000 marcos. El guardia intenta persuadirla: «No vas a querer lastimar a nadie». Lola responde: «No lo sé». El guardia queda azorado. Lola tampoco sabe hasta dónde sería capaz de llegar.
Cuando Manni llega, se queda mirando a Lola. En ese momento, el camión que no frenó cuando Lola le pidió que la llevara, lo atropella y lo mata.
Aquí aparece otro recuerdo: es Manni quien le pregunta si lo ama y qué haría si él muriera. Lola responde que no permitiría que eso sucediera. Manni insiste: «¿Y si sucediera?». Lola le dice que su pregunta es estúpida y que no lo sabe. Manni afirma que sí lo sabe: «Me olvidarás». Imagina entonces que ella lloraría su muerte, que todos le tendrían lástima y que él podría demostrarles lo fuerte que es. Pero, con el tiempo, aparecería un hombre simpático que la escucharía, podría enamorarla y todo terminaría siendo un bla, bla, bla. Lola le contesta: «Manni, pero no estás muerto».
Lola corre para salvar a Manni. Pero la película nos invita a pensar ese deseo de salvación también como una manera de defenderse de la propia angustia. En la relación amorosa, elegir a alguien implica aceptar que no podemos disponer del otro, que podemos perderlo y que no tenemos garantías sobre lo que sucedería si ya no estuviéramos. Como sugiere el guardia, aceptar que no podemos tenerlo todo es también reconocer qué podemos tener.
Tercera carrera: una salida posible
En la tercera carrera sucede algo distinto. Los dos encuentran una salida: Lola consigue el dinero, pero Manni recupera, por sus propios medios, el que había perdido. Él logra cumplir con su obligación y ambos sobreviven. Ninguno necesita resolver por completo el problema del otro para salir de la situación que los amenaza.
¿No se abre allí una posibilidad nueva para la pareja? ¿No pueden, a partir de ese momento, elegir estar juntos sin que toda su existencia quede sometida a la necesidad de salvarse mutuamente?
El azar introduce una inquietante paradoja. Mientras Lola encuentra una salida que ya no depende de su padre, él ve desmoronarse el futuro que imaginaba asegurado, lejos de Lola y de aquello que desvaloriza de su vida anterior. Su amante le anuncia que está embarazada de otro hombre: el golpe de gracia para sus certezas y sus proyectos.
En el juego de la vida, quien parecía tener el futuro planificado pierde todo, mientras Lola, que no cuenta con ninguna garantía, se arriesga a apostar por su deseo. El padre apuesta a una vida que cree asegurada; Lola, a una vida que todavía no sabe cuál será.
La película nos invita así a desconfiar de la idea de que existe un único destino escrito de antemano. Sin embargo, tampoco propone que podamos disponer soberanamente de nuestras vidas. En ocasiones no sabemos por qué actuamos como actuamos. Muchas veces creemos elegir mientras repetimos, sin advertirlo, una respuesta que viene de más lejos.
Lola cambia su recorrido; Manni decide perseguir al hombre que lleva su dinero. Ninguno controla el conjunto de los acontecimientos, pero ambos logran intervenir en ellos.
No podemos dominar el azar, como tampoco somos dueños de nuestro inconsciente. Pero, en la medida en que podamos conocer algo de sus determinaciones, podemos modificar nuestra posición y hacer que aquello que llamamos destino deje de repetirse como una fatalidad y abra otras posibilidades para la pulsión de vida.
El dinero y la economía libidinal
El dinero ocupa el centro visible de la trama. Manni lo necesita para resolver una situación límite y Lola sale a buscarlo. Pero el dinero también pone en juego algo más que una suma: la dependencia, la urgencia, la posibilidad de actuar y la relación con quienes pueden darlo o negarlo.
En la tercera carrera, Lola entra en un casino y apuesta. El casino no es solamente el lugar donde consigue dinero. Es el escenario donde se juega ella misma. La apuesta económica funciona como metáfora de una apuesta subjetiva: arriesgarse a poner algo propio en juego. No sabe si va a ganar, pero se arriesga. Allí donde deja de esperar que otro le proporcione una salida y se implica en su propio deseo, algo nuevo sucede.
El dinero que obtiene ya no es solamente aquello que necesita para salvar a Manni. Es algo que ha conseguido por sí misma, mediante una decisión propia, aunque el resultado haya dependido del azar. No lo recibió de su padre ni depende de que ningún hombre se lo entregue.
La independencia no consiste en no necesitar nunca a nadie. Consiste, quizás, en no quedar obligada a depender de alguien para poder elegir.
En una sociedad capitalista, donde el dinero condiciona el acceso a la vivienda, la alimentación y las posibilidades concretas de vivir, la independencia económica puede ser una condición material para dejar de someterse a un vínculo del que ya no se desea formar parte.
Los psicoanalistas tenemos, además, la responsabilidad de trabajar estos condicionamientos para que la supervivencia de quienes nos consultan no quede supeditada a la voluntad de otro. Esto no significa desconocer la importancia de recibir ayuda familiar, cada vez más necesaria entre los argentinos frente a la situación económica actual. Recibir apoyo solidario en una situación de crisis no es lo mismo que quedar a merced de los deseos de quien ayuda y tener que renunciar a la propia autonomía para conservarlo.
En la segunda carrera, la relación de Lola con su padre muestra el reverso de esa dependencia: primero le pide dinero y después se lo roba, convencida de que aquello que él tiene también le pertenece. El robo expresa su rabia y su rebelión frente a la autoridad paterna, como advierte el guardia, pero no la libera del sometimiento. Sigue dependiendo de aquello que el padre posee y queda atrapada en una relación en la que los límites entre lo propio y lo ajeno se confunden. Algo de esa dificultad para distinguir qué pertenece a cada uno puede reaparecer en los vínculos amorosos, especialmente cuando se trata de separar lo que se construyó en común.
Cuando el temor a perder el sustento se mezcla con el miedo a perder el amor y a no poder vivir sin esa persona, resulta difícil distinguir cuánto hay de deseo en la permanencia y cuánto de necesidad.
En la tercera carrera, el giro es radical. Ambos encuentran una salida que ya no depende de que uno salve al otro. La conquista de Lola es, entonces, algo más que económica: modifica su posición subjetiva.
No sabemos si compartirá el dinero que lleva en su bolsito. Lo importante es que ahora puede decidir qué hacer con él: compartirlo, conservarlo o darle otro destino.
La independencia económica no garantiza la autonomía psíquica ni elimina la necesidad del otro, pero puede modificar las condiciones en las que se establece un vínculo. Porque no es lo mismo quedarse con alguien porque se lo ama que hacerlo porque no se puede vivir sin lo que esa persona proporciona. Hay formas de goce que pueden confundirse con el amor y que se sostienen en la posesión, la dependencia o la exigencia de que el otro responda al ideal de nuestras fantasías. Amar supone aceptar que el otro no es aquello que imaginamos que debería ser y que aquello que se da en el amor no es lo que se tiene, sino algo que no se posee: algo del orden de lo inmaterial, que no puede comprarse, exigirse ni retenerse.
Lo que no se escucha también puede cambiar un destino
Hay otra pregunta que atraviesa la relación de Lola con su padre: ¿qué siente ella por ese hombre que ocupa el lugar de padre?
En la tercera carrera, el padre parte feliz por la noticia que acaba de recibir: su amante está embarazada. No sabe que el hijo que espera no es biológicamente suyo. La amante intenta retenerlo: «Tengo algo más para decirte». Él responde: «Para después». No sabe que está postergando una conversación que podría cambiar el curso de los acontecimientos.
Cuando Lola vuelve a buscar a su padre, lo ve subir al auto del señor Meyer, que en las otras secuencias tiene un accidente al cruzarse con ella. «¡Papá, papá!», grita Lola mientras el auto se aleja. El guardia de seguridad sale y le dice: «Por fin llegaste». La frase tiene algo de ironía y de constatación. También puede leerse como un guiño a Lola: por fin llegó a advertir que la respuesta que espera de su padre no va a llegar.
Esta vez Lola ya no puede alcanzarlo. Poco después, el padre muere en un accidente con el mismo auto que, en las otras carreras, había intervenido en el choque que modificaba el recorrido de Lola.
Si el padre se hubiera detenido a escuchar a su amante, quizás esos minutos de demora habrían cambiado su destino. No podemos saberlo. La película deja abierta esa posibilidad y nos enfrenta, una vez más, con el peso de lo que no sucede, de las palabras que se postergan y de los encuentros que no llegan a producirse.
En esta carrera, mientras tanto, Lola sigue corriendo. En un momento, desesperada, pregunta: «¿Qué más me queda?». Sigue avanzando y un camión casi la atropella. El chofer le grita: «¿Querés morirte?». La pregunta resuena de un modo particular después de haberla visto morir en la primera carrera.
Lola se queda pensando y descubre, detrás del camión, la entrada del casino. Algo se detiene por un instante: en medio de una carrera que parecía no ofrecerle otra salida, aparece una posibilidad inesperada.
Lola sube a una ambulancia donde un hombre está siendo reanimado. Se acerca, le toma la mano y dice: «Lo acompañaré». El enfermero la mira con asombro y, al comprobar que el hombre sobrevive, le dice: «Qué bien». No sabemos cuánto pudo haber contribuido esa mano a su recuperación, pero la escena introduce algo distinto: Lola, que acaba de estar al borde de la muerte, ya no corre para impedir que alguien muera. Se detiene junto a alguien que está muriendo y que finalmente sobrevive.
La ambulancia la había llevado hasta allí en medio de su carrera, pero ahora Lola decide quedarse. Por un instante, la urgencia deja de gobernar sus movimientos. También hay algo de la muerte en vivir obedeciendo una exigencia que nos empuja a actuar sin detenernos a pensar qué nos sucede.
¿Puede Lola empezar a escuchar al otro y a sí misma cuando deja de estar enteramente capturada por la urgencia de salvarlo?
¿Podemos sustraernos a la inmediatez que propone el mundo contemporáneo y asumir la responsabilidad de preservar ese intervalo de tiempo necesario para detenernos y escucharnos?
¿Qué llevamos en nuestro bolsito?
Al final, Manni le pregunta a Lola qué lleva en el bolso. Lola sonríe.
La película parece hacer resonar en esa sonrisa una pregunta: ¿qué lleva Lola consigo? ¿Dinero o una posibilidad de algo que todavía no conocemos?
Y nosotros, ¿qué nos llevamos de esta película? ¿Seguiremos recorriendo los mismos caminos, repitiendo respuestas que no alcanzamos a reconocer, o podremos interrogarnos acerca de aquello que nos lleva a repetirlas?
Estamos atravesados por el inconsciente, por deseos que no siempre reconocemos y por modos de relación que pueden llevarnos a repetir aquello mismo de lo que intentamos escapar. No podemos elegir desde afuera de nuestra historia, pero sí podemos trabajar para advertir algo de aquello que nos determina y ampliar nuestras posibilidades de elección.
Lola corre para salvar a Manni, pero también dentro de una trama en la que se juegan la necesidad, el amor, el reconocimiento y la posibilidad de encontrar una salida propia. No deja de estar condicionada por su historia, como todo ser humano, pero tampoco queda condenada a un único desenlace.
En el encuentro final con Manni, Lola no corre a abrazarlo. Está quieta. Después de tantas carreras, esa quietud adquiere una fuerza particular.
Retomando los epígrafes, esa jugada se produce cuando se puede regresar al punto de partida para comprenderlo por primera vez. Y para hacerlo, hay que encontrar el tiempo para preguntarnos qué queremos ser. Aquel susurro inicial, «Quisiera ser», vuelve en la espiral como una pregunta que se dirige al hueso del deseo. En esa detención, la apuesta por la vida comienza a tomar otra forma: Lola puede escuchar su propia voz y encontrar una elección que le permite no repetir.
Es allí donde Lola —y también nosotros, los psicoanalistas— podemos encontrar a Eros: en la posibilidad de reescribir esa historia y hacer de la apuesta por la vida una respuesta frente a la repetición mortífera.





