TEATRO

“LOS CORDEROS” DE DANIEL VERONESE

Por Raquel Tesone

Fotos: G. Gorrini/M.Cáceres

Esta obra de teatro es una obra imprescindible y fundamental en nuestra actualidad ya que brinda visibilidad a los efectos de la fragmentación del lazo social en una sociedad donde la ley ha sido puesta en jaque y permanece desdibujada. No se trata solo de la conflictiva de una familia disfuncional,  sino que es a través de ese microcosmos que Veronese nos habla de uno de los efectos más flagrantes de la ausencia de ley: la violencia en sus diferentes niveles de expresión abarcando desde el maltrato psicológico hasta la perversión.

La obra comienza con la llegada de un amigo de la pareja, Tono y Berta, quién hace su aparición después de veinte años de ausencia de manera extraña, atado y encapuchado. Este amigo que, en principio no se comprende porqué está allí, será tratado por la pareja y por la hija adolescente, como un mueble o un adorno más de esa precaria casa en la que habitan los tres. El amigo es símbolo de una ausencia que marcó a esta familia en su falta de límites. Parecen ignorarlo porque nunca estuvo presente, es más bien, un fantasma. Lo mismo que una valija hecha para nunca ser usada pero que está allí como para figurar el circuito de abandonos cristalizados y de amenazas de separación que no terminan de concretarse y que se renuevan en un círculo vicioso a repetición.  Uno puede respirar el encierro de esa familia que parece usar puertas que no ofrecen ninguna salida en un intento fallido de escapar de la reclusión mental en la que están inmersos.

Consultando con la Dra. Mariana Puche, abogada especialista en Violencia, Abuso y Maltrato infantil de GCBA, nos comenta que “la obra nos muestra una familia disfuncional donde se naturaliza, invisibiliza y se niega tanto el maltrato como el abuso sexual infantil. No hay victimas ni victimarios, es la pareja victimal entre los adultos, y aquí la joven adolescente es la única víctima real que creció en la certeza de que su “padre” posee todo derecho sobre la misma, considerándola, desde muy pequeña, como un objeto de su pertenencia”. La interpretación de Luis Ziembroski es destacable, ya que el abuso se refleja a través de las miradas, los manoseos furtivos y del manejo de un discurso que exhibe y enfatiza su lugar de poder. A su vez, allí donde parece someterse y perder poder, expresa una de las estrategias para luego poder retomarlo. “No somos animales”, dice ocultando su costado bestial y mostrándose como un cordero. “El cuerpo hace lo que quiere pero el corazón pide pista”, ésta frase condensa el mecanismo de disociación entre cuerpo y mente, y es el argumento usado como justificación para dar rienda libre al cuerpo (en el abuso y en los abandonos) sin que la mente tenga aparente intervención. En este sentido, en el libro de Veronese, cada una de las palabras apuntan con absoluto acierto a desplegar las diversas aristas de un discurso ambiguo que sostiene la modalidad psicológica de cada uno de los personajes.

Respecto al rol de la madre, pareciera estar en una inconsciente complicidad, no sabiendo cómo proteger a su hija por falta de recursos psíquicos y también de recursos económicos para la subsistencia de ambas. La Dra. Puche nos señala que se trata de “una madre negadora pero a la vez colaboradora de la situación abusiva por la que atraviesa la hija. Esto nos indica que no hay límites en la sexualidad”. Esto se refleja además en su relación con el vecino, interpretado por Diego Velazquez, quién se insinúa tanto con ella como con la hija de manera indistinta. “Es que ésta madre sabe que esa conducta es inmoral, y siempre envía a la hija al cuarto, como única medida de protección que aplica” – agrega la Dra. Puche.  María Oneto encarna de manera impecable a esa madre y a una mujer que se siente un cordero frente a su pareja, pero que a la vez, es parte activa en la escalada de violencia. Esta violencia que se vehiculiza en lo discursivo, desde los “diálogos” o mejor dicho, monólogos encimados y ensordecedores hasta en los silencios tensos que trabajan a los personajes por dentro. Oneto da muestras de una sensibilidad fina hasta en los mínimos detalles de su actuación, y es admirable la dimensión que ha podido otorgar a la complejidad en la composición de un personaje que desencadena múltiples y encontradas emociones en los espectadores.

Por último, la Dra. Puche recomienda esta obra ya que  “debiera servir como capacitación a los integrantes del Poder Judicial, para conocer la modalidad de funcionamiento de este tipo de violencia invisible y naturalizada, en un contexto determinado, dentro de cuatro paredes”.
“Los corderos”, además de ser un lujo en cuanto a la dirección de actores, es una pieza teatral que aborda en profundidad la temática de la violencia familiar y social sin juzgar ni digitar, y nos permite a los espectadores movilizarnos para reflexionar y  dejar de naturalizar nuestras pequeñas o grandes violencias cotidianas.  Veronese logra, sin perder en ningún momento los toques de humor que caracterizan sus obras, una toma de consciencia que impacte sin violencia y que se acompañe del placer de disfrutar de grandes artistas en el escenario.

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