CUENTO

“EL FIN DE UN AMOR” por MAXI CIRUZZI

Por Maxi Ciruzzi

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Hola amiga te escribo esta carta porque no puedo más, no puedo más con el amor, si, el amor. Vengo años padeciéndolo y de alguna manera tengo que sacarme todo esto que tengo dentro. Lo mejor que se me ocurrió es contártelo por acá:

¿Alguna vez sentiste tanto amor que parecía que se te explotaba el pecho? Es una de las cosas más lindas del mundo sentir eso por alguien. Por supuesto que no me refiero al amor hacia un hijo, no amiga, no es ese tipo de amor. Este amor del que te escribo, se trata de otra cosa. Es el amor por una persona que no conoces de antemano hasta que se cruza por tu vida, ya sea por un instante o por una eternidad…

¿Será una rara enfermedad que tendremos los mortales? Amiga, lo que quiero decirte es que parece que te inyectases miles de millones de Oxitocinas (las hormonas del amor, zonza) que ingresan por tus venas estimulando cada parte de tu cuerpo. ¡¿Vos podes creer que haya hormonas del amor?! Me pasa todo el tiempo, de algún lado tiene que venir, de algún lugar de nuestro Inconsciente; y  eso hace que digas cualquier cosa o hagas toda clase de locuras con tal que esa persona esté a tu lado. Es muy loco amiga. ¿Te pasó?

Una de ellas era perfecta, hermosa, pelo negro,  labios carnosos, de esos que intimidan, que te hacen volar la imaginación y sentirte estimulado.

Yo no quería saber nada con el amor. Ese maldito amor que te hace temblar navegando a la deriva. No sé navegar, y lo más cerca de la navegación que estuve alguna vez, fue al subirme a una lancha colectivo en El Tigre. Pero el amor te pone así, como si fuera el capitán de un barco en alta mar atravesando una gran tormenta y de un día para el otro.

Ella era una mujer tranquila, divertida, valiente, interesante, intensa. Me tocó el corazón, me envolvió. No pude decirle que no y eso que yo no quería enamorarme, pero fue inútil. Tenía un cuerpo fantástico, curvas por todos lados. Firme como una estatua de Michelangelo, aunque suave y delicada como el algodón peruano. El aroma de su piel invadía mis sentidos. Me convulsionaba el cerebro de endorfinas placenteras, ese aroma que te lleva a cerrar los ojos para sentirlo dentro de ti. Esos detalles nos estimulaban para hacer el amor intensamente. Muy intensamente.

Hablábamos durante el día y nos contábamos sobre las imágenes sexuales compulsivas que se nos venían a la cabeza y sobre qué habíamos experimentado. Lo más gracioso era que esas imágenes, se aparecían en cualquier lado y en cualquier momento. Ella me contaba que a veces le sucedía haciendo una presentación en su trabajo, yo, riéndome, le retrucaba que a mí, me surgían una tras otra mientras estaba caminando por la calle, así, de la nada.

Fue un tsunami de amor, en pocos días arrasó con todo, nuestros besos lo confirmarían, eran eternos. Nos amábamos. Eso era amor, o no sé que era, pero era todo en su máxima expresión. Las caricias eran sublimes y devastaban cualquier mal día que quisiera apoderarse de nosotros.

Hasta que un día afloraron los miedos, sobre todo el miedo a que todo sea solamente nada más que sexo y que alguno no quisiera nunca más ver al otro… Y todo empezó a deteriorarse, el intenso y apasionante amor comenzó a flaquear por todos lados. Mi corazón no entendía que ella podía ser solamente una relación pasajera, una relación tóxica que se había colado en mi vida. Mi mente había comenzado una guerra para poder resguardarme de un dolor terrible que se iba avecinando. Era muy triste esa situación porque la amaba y la amaba profundamente.

Siempre la recordaré como algo muy extraño en mi vida. Una marca en mi corazón y una enseñanza para mi alma. Era perfecta para mí. Tenía todo lo que necesitaba, pero había un detalle que fue transcendental: mi Inconsciente no la quería. No soportaba algunas cuestiones de su personalidad y todo se había convertido en una terrible conspiración de sentimientos que se trasladaba a nuestras vidas hasta llegar a maltratarnos. Si, amiga, la amaba con locura, pero nos odiábamos, nos odiábamos de la misma manera que nos amábamos.

El amor es cuestionable, difícil, trae consecuencias, muta, se avalancha sobre nosotros sin preguntarnos que queremos o que deseamos, te invade, y no se puede frenar. Es incontrolable, te agarra en cualquier estado. El amor te abraza y es un manto invisible que te serena y a su vez, te ilusiona. Es terrible… pero, ¡qué bien se siente en ese estado, amiga!

Ella era mi calma, la necesitaba. Deseaba zambullirme en sus brazos para anestesiar los dolores de mi vida cotidiana. Ella no era perfecta, pero para mí, en ese momento, sí lo fue. Aunque luego, fue doloroso e inoportuno, claro, como cuando la conocí…

Igualmente amiga rescato algo de todo esto: los dos dejamos todo, no nos quedamos con nada, hicimos todo para amarnos y que tratar que funcione. Por eso a veces la sigo pensando, no te voy a mentir, amiga. Ella también seguramente lo estará padeciendo, supongo. Espero que pueda encontrar un amor que la haga feliz y que haya aprendido la lección de la vida o del amor, porque yo sí aprendí y experimente algo importante.

En fin amiga, te dejo un poema que salió de algún lado de mi corazón.

Te quiero, nos vemos pronto.

Allá va mi dolor a la deriva

Siento y muero sin dejarme alternativas

Comprendo mis angustias y mis pensamientos

Sin planear a veces mi vida corre lejos.

Sin importar el rumbo siempre te deseo

Con este poema te dejo libre y vuelo

Dejo de verte en mi, cierro una etapa, y anhelo.

Comprendo que te amé con excesos

No me arrepiento de eso, solamente espero

que cuando me recuerdes no te olvides de mis besos

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