CUENTO

“MADRE” por MAXIMILIANO CIRUZZI

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Madre

Por Maximiliano Ciruzzi

Comprender que solo fue un segundo y que te perdí. No lo sé. Estuve triste estos meses, no se como pasó. Cómo dejé que mis temores y mis enojos salieran a flote sin importar más nada. Que haya sido todo una fuerte tempestad. Que todo el dolor y sufrimiento se esfume de algún modo. Que tortura vivir lo que viviste al lado mío, mamá. Te entiendo, no sé cómo consolarte. Dejo esta nota en el auto.

Miércoles 16:45 pm

El silencio invade la sala. Ella está con una mirada perdida mirando por la ventana. Se encuentra sentada en su silla de ruedas con un vestido blanco un poco desteñido por los años. Una leve brisa recorre la habitación. El olor a alcohol de enfermería se entremezcla con los aromas de los rosales del jardín del sanatorio. El sanatorio se llama “La vida misma”. ¡Ese nombre daba en la tecla!  Este lugar para adultos mayores albergaba a mi madre desde que sufrió un accidente cerebrovascular.

Entro despacio para no distraerla, me pongo a su lado y contemplo unos segundos en un intento de ver lo que supongo que ella está mirando. Me reincorporo de ese trance y mientras me fijo donde poner las flores que le traje, puedo apreciar el florero que está sobre la mesa junto a la ventana; las coloco ahí y vuelvo mi mirada hacia a ella que, ni enterada de mi regalo, sigue en su mundo. ¿En qué estará pensando ahora? – me pregunto al tiempo que me doy cuenta que es en vano pensar ya que ella no va a volver. El silencio se adueña de ese instante, mi mente no puede encontrar respuestas. La vida pega fuerte, pienso como una forma de darme una respuesta.

Tomo aire después de mi trance mental y decido llevarla a dar un paseo.

– ¡Vamos!- le digo, poniéndole energía y buscando animarle el día -Te voy a llevar  a la colina donde está el lago. Es un tiempito caminando, pero lo vas a disfrutar, ya vas a ver…

Entono una canción para acompañar la travesía, empujo de su silla de ruedas y salimos a la aventura. En la puerta de la habitación me topo con una enfermera, mientras trataba de sacar la silla de ruedas. Le hago un gesto de que puedo solo.

– ¿Todo bien? – me pregunta la enfermera. En su traje puedo ver su nombre colgado de una chapita y le respondo:

–Si, todo bien, Verónica.

– Voy a llevarla al lago, un lindo paseo no le hará daño ¿Verdad? – le pregunto inocentemente.

– No señor, es un lindo paseo. Cualquier cosa me avisa. ¡Qué se diviertan! –  me dice con un tono maternal.

Rumbo al lago le cuento cómo van las cosas. No sé si haré bien, pero a veces es mejor tomar el riesgo.

– No sé en qué planeta estarás madre.  Tu enfermedad es muy traicionera- termino de decir esto y hago una pausa para ver si responde, pero no percibo que ella siquiera lo intente.

-Te puedo contar las cosas que están pasando… Mejor no, te vas a amargar y para amarguras creo que no estás- le digo mientras pienso: “¡qué enfermedad de mierda! Te va desintegrando todo el cerebro hasta que ya no podes hacer nada por tu cuenta. Derrame tras derrame hicieron de tus neuronas una sopa de mierda”.

-Acá llegamos, Madre. Mirá lo que es esta vista. ¡Es lindísima! – Respiro hondo para descansar.

El silencio nos envolvió y nos quedamos unos minutos mirando el agua. Estamos sobre el muelle de madera, el cual estaba bastante desmejorado, las maderas no se veían muy seguras, observamos mecer unos botes amarrados.

-Viste vieja, la vida es una caja de sorpresas, seguramente no podrás entender como terminaste así. En una silla de ruedas con la mirada perdida y babeando de costado como un bebé recién nacido.

-¡Qué bárbaro!- me lamento entre angustiado y sorprendido. Déjame secarte un poco. Tomo un pañuelo descartable del bolsillo y se lo paso por los labios. También saco un lápiz labial color rojo, el que más le gusta a ella. Le trato de pintar de la mejor manera, cuidando que no quede como el Guasón.

-¡Listo! Estás hermosa- La contemplo unos segundos. Me inclino sobre sus rodillas y la miro fijo. En sus ojos se ve como una especie de baba blanca cerca de sus pupilas. Me da la impresión de que ya no está más ahí, pareciera que no está viva. Su pelo con un color amarillo y los músculos de la cara no parecen estar sostenidos por nada. Mi querida madre esta demacrada. Es una película de terror verla ahora – reflexiono en medio de ese silencio.

Me levanto dándole la espalda al lago, miro por la colina a ver si hay alguien, pero estamos solos. Tan solos, que dentro de mí, un terrible miedo invade mis sentidos.

Me voy detrás de ella, contemplo el horizonte y los recuerdos se agolpan en mi mente.

Poniéndole una mano en su hombro, le comparto mis recuerdos.

-Recuerdo un día que me levantabas en tus brazos dentro de la piscina y me hacías volar como un barrilete hasta caer de bomba y zambullirme en el agua. Me acuerdo cuando comíamos helado y te contaba cuán fuerte saltaba esos muros que dividían la arena de la playa. También cuando te contaba que me gustaba una chica y que no sabía como decírselo, y vos me decías que todas las chicas querrían estar conmigo, que les hable sin miedo. Me protegías, si, me protegías de las malas noticias. No pudimos ser felices por mucho tiempo, no fuiste una mamá normal – Bajo la mirada al tiempo que voy sintiendo que estos recuerdos me destruyen.

Miro hacia un lado, aprieto los dientes para no quebrarme. Ella no necesita esto, pienso. Cierro fuerte los ojos para tratar de escapar de mis reminiscencias. Solo necesitaba una distracción. Me reincorporo tratando de evitar que se de cuenta que iba cayendo una lágrima  sobre mi mejilla.

-¡Acá estamos vieja! – cambio abruptamente de tono para alivianar el ambiente que se había creado – Acá estamos peleándola. ¡¿Cómo carajo salimos de ésta?! – Le pregunto sabiendo que no existe una respuesta. Me sonrío, no hay salida, nada iba a mejorar su situación, era una muerta viva. Un zombie.

El lago sigue ahí, vivo por donde se lo mire. Ella en la tierra, sin vida. Pienso y me sigo torturando. Mis manos tiemblan como una hoja, el atardecer se consume lentamente y el frío se hace sentir. Ella no lo siente, claro.

Vuelvo violentamente sobre ella y la miro fijo, le tomo las manos y se las aprieto muy fuerte. Siento sus manos frías como si fueran las de una muñeca de trapo.

-¡Ves!- Le grito eufóricamente – Todo vuelve en la vida. Tan llena de odio y tan bruta que fuiste. Me golpeaste, me humillaste, me arrancaste el amor que tiene un hijo hacia su madre. Me arrebataste la inocencia.  Solamente te faltó violarme. ¿Qué hiciste, mami? ¿Por qué lo hiciste?

No puedo contener mi llanto. Me quedó un instante descargando mi angustia. Apoyo mi frente en sus manos. Subo la cabeza, limpio mi cara con el pañuelo que tenía en la mano. Lo doblo y lo guardo. Me la quedo mirando. El silencio invade ese momento de la misma manera que lo hizo durante toda una vida. La abrazo y siento una paz en mi herida. Me acomodo la camisa, me reincorporo, la brisa fría recorre nuestros cuerpos con mayor intensidad que antes del abrazo. Respiro hondo y por primera vez, me siento liberado. Ella sigue mirando el lago con la cabeza recostada sobre su hombro. Voy detrás de la silla de ruedas y pienso en volver a la habitación.  Es tarde.

Antes de partir, le paso mi brazo por su rostro y presiono con delicadeza sus labios sobre mi antebrazo.

-Volá mamá, ya no vas a sufrir más en este mundo – le susurro al oído. Se resiste. Mueve un poco los pies en su último acto reflejo antes de dejar de respirar.

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