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Cómo sobrevivir a una violación Por Ariadna Borga

Cómo sobrevivir a una violación

Por Ariadna Borga

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Denunciar es una situación complicada y riesgosa, más aún cuando sos mujer y no sabés si realmente va a llegar a algún lado, o si en lugar de ser mirada como damnificada terminas siendo juzgada como victimario. En esas ocasiones, lo que sí es necesario e importante, es pedir ayuda. Hablar. Nunca quedarse callado. Los años pasaron y hoy estoy donde estoy, no porque el tiempo cure, porque esa cicatriz va a quedar toda la vida, sino porque pedí ayuda y hubo quienes pudieron escucharla y darla. Uno nunca sabe lo que puede pasar. No por eso hay que vivir con miedo, pero sí estar alerta y tener en quién confiar.

Por cuestiones legales, dado que el caso no expiró, no puedo poner los nombres reales de los acusados (pero si sus apodos con los que se hacían llamar).  Sin contar que no quiero vivir con el miedo de salir a la calle y que ellos puedan estar ahí, buscándome. No sé qué podrían hacerme, y ya hicieron demasiado.

3

Cuando tenía 16 años me violaron. No uno, sino dos hombres. Uno tenía en su momento 21 años y el otro 25. Yo era menor de edad. Ellos mayores de edad. Antes pensaba que cuando uno se hacía mayor de edad era más inteligente, o que significaba realmente ser adulto, pero ahí me di cuenta que no. Yo dije que no.

Todo pasó un cálido febrero de 2012 en Mina Clavero, Córdoba, Argentina. Para los que no lo conocen, es un hermoso lugar en Traslasierra donde el río entre todo ese verde realmente te da paz y es un hermoso lugar para vacacionar. Eso dijo mi papá cuando insistió en ir después de haber ido toda mi infancia a veranear a la costa. Empezamos a ir a Mina en febrero de 2006 y como nos gustó el lugar decidimos pasar ahí todas nuestras vacaciones siguientes. No tengo ni hermanos ni primos y mis padres se separaron cuando yo era muy chica, por lo que en vacaciones éramos solo mi papá y yo, y febrero en Mina Clavero.

Durante algunos años solo veíamos a la gente pasar por Los Elefantes, el balneario que nosotros frecuentábamos. Se llama así porque hay una olla profunda y varias piedras altas para tirarse al agua, pero unas muy características que tienen forma de elefantes. ¿Original, no? La mitad de la gente que iba era de la zona, la otra mitad, como nosotros, simples turistas. Nunca socializamos mucho que digamos, simplemente no se daba más que algún saludo o un “permiso” para poder ir a tirarse al río. Pero año tras año veíamos a los divertidos lugareños hacer saltos raros o riesgosos que nos llamaban la atención. Nosotros claramente no nos animábamos a hacerlos, pero era  entretenido mirar las hazañas de algún que otro loco. Había uno que siempre se tiraba de mortal para atrás desde arriba de los elefantes. Todos los años lo veíamos hacer lo mismo. Yo antes era muy chica como para animarme a hablar y mi papá muy grande como para meterse con los pendejos saltarines, so, hasta que yo tuve 14 años no me animé.

Ese febrero de 2010, con mis 14 años, vi un grupo de cordobeses hablando con un chico que hacía sus típicas mortales para atrás. La diferencia de edad ya no parecía tanta, así que me animé a hablar y por fin hice amigos en mis vacaciones. Milton, Rodri y el Negro eran los cordobeses simpáticos, de Córdoba capital. Todavía iban a la secundaria y se habían ido de vacaciones a Mina solo por un par de días. El loco de las mortales es Chewbacca. Ellos cuatro, mi papá y yo nos juntábamos todos los días en Los Elefantes y pasábamos todo el día tirándonos al río, nadando, charlando y pasándola bien. Intercambiamos números de celular y empezamos a charlar para vernos en el centro después de cenar todas las noches. Jugábamos al pool, paseábamos, etc. Obviamente, como todavía tenía 14 años, mi papá no me dejaba andar sola de noche con los chicos, pero sí durante el día porque por algún motivo los padres  piensan que “las cosas de adultos” sólo pasan durante la noche.

Pocos días antes de que Milton, Rodri y el Negro volvieran para Córdoba Capital, ellos y Chewbacca dijeron que yo era muy linda, etc., y dijeron que todos querían estar conmigo pero que yo tenía que elegir uno de ellos para andar de noviecita esos días. “Amor adolescente de verano”, blah, blah. Aunque yo nunca creí ser realmente fea, era la típica nena a la que le hacían bullying en la primaria, por lo que nunca tuve mucha confianza en mí misma. Tener de la nada a CUATRO chicos diciéndome que tenía que elegir a uno, era todo un privilegio para mí. A decir verdad, todos en su momento me parecían lindos. El más lindo era Milton, pero yo nunca me había animado a dar una respuesta y Rodri fue el único que me encaró para darme un beso. Así que fui la noviecita de verano de Rodri por unos días, por así decirlo (nunca me pidió que sea la novia o algo así, solo andábamos).

Llegó el momento en el que ellos se tenían que ir. Fuimos a pasear los seis al centro como de costumbre. Nos despedimos en la misma esquina de siempre y al día siguiente no estaban. Pero Chewbacca sí. Él era de ahí, así que iba a seguir estando todo el verano, o por lo menos íbamos a estar juntos hasta que me tuviera que volver a Buenos Aires. Como dije, todos me parecían lindos. Los otros tres se fueron, Chewbacca quedó. Matemática pura. Yo tenía 14, él 19. La edad no me parecía mucha diferencia en realidad. Sobre todo porque yo era bastante más alta que él y más madura. Sí, aún con 14 años. Besos a escondidas, “amor de verano”, blah, blah. Volví a Capital Federal. Él me dio su mail, así que nos pasábamos todo el año hablando hasta que se hiciera verano de nuevo. Él tenía muchos problemas de autoestima. Me dijo muchas veces que quería suicidarse y yo siempre le insistí en que no había problemas tan grandes en la vida que valieran la pena quitársela. O por lo menos eso pensaba hasta el momento. Me contó innumerables veces que se la pasaba drogándose para escapar de la realidad. Decía que no encontraba motivos para vivir y que solo esperaba que fuera verano para volver a verme porque sentía cosas por mí y que yo fuera realmente importante para él. Ya había cumplido mis 15 años pero no era tan tonta como para querer una relación a distancia con un pibe de 20. Sobre todo porque él era el trágico enamorado y no yo. Para mí era un amigo, casi como un hermano de tanto que hablábamos. Todos los 9 de Julio hacía un video llamado para saludarlo por su cumpleaños. Él insistía en que estaba enamorado de mí pero yo nunca le creí realmente. Además, era la forma más sutil de decirle que yo no sentía lo mismo. Seguía insistiendo en que no tenía sentido vivir sin mí y que hasta buscaba pelearse en la calle constantemente como excusa para sentir algo en su vida que valiera la pena, o que lo hiciera sentir vivo.

Febrero de 2011. Yo ya tenía 15. Como de costumbre, febrero significaba Mina Clavero, y ahí estaba Chewbacca. Había estado todos los días desde que empezó febrero en Los Elefantes esperando que yo apareciera. Cuando llegué me dio un peluche y una carta de amor. Eso fue realmente tierno, yo era pendeja, todo lo que dije de mi inseguridad, etc. A los besos con Chewbacca de nuevo, todo el verano. Él decía que quería ahorrar plata para poder ir a vivir a Buenos Aires y así poder estar cerca de mí. Decía que si pasaba más tiempo con él, algún día iba a sentir lo mismo que él sentía por mí. Como nos veíamos todos los días y salíamos todas las noches mi papá ya le tomó confianza. Además, Chewbacca me cuidaba en la calle y en el río. De las demás personas o de simplemente agarrarme de la mano para que no me caiga. Cosa que a mi papá, dejó un poco más tranquilo.  Pero seguía sin poder salir sola a la noche con Chewbacca. Durante el día mi papá siempre estaba, así que no hicimos nada de eso.

Otra vez, volví a Capital. Otra vez, pasamos todo el año hablando. Otra vez sus declaraciones de amor, sus intentos de suicidio, su depresión, sus drogas, su insistencia por venir a Capital para vivir conmigo y que yo lo acepte de una vez como mi novio. Otra vez, febrero. Otra vez, Mina. Otra vez, Chewbacca.

Este año, ya 2012, yo tenía 16, ya salía de joda sola a la noche desde antes de irme de vacaciones. Ya tomaba alcohol como la gente de mi edad, ya fumaba. Había pasado unos meses terribles después de haber estado de novia con un pibe que me golpeaba, me denigraba y hasta amenazó con matarme varias veces, pero como su padre era policía me dijo que si se enteraba que yo hacía una denuncia en su contra, lo engañaba o lo dejaba, él literalmente me iba a buscar, torturar y matar. Por lo que febrero, lejos, para mí era un alivio. Ese chico me dejó porque era “muy pendeja y no llegaba a su target”, así que la soltería en Mina era un paraíso.

Chewbacca me esperaba como de costumbre, pero ahora con unos amigos más grandes que él, que se había hecho durante el verano. No eran de allá, pero uno tenía casa ahí, por lo que se la pasaban de joda. Mi papá lo reconoció a Chewbacca y lo saludó con cariño y le confió a mi persona para que me cuidara durante el verano y sobre todo por las noches, porque ya tenía edad para salir. No me acuerdo cuántos eran, pero estaba “el Jefe”, que era el dueño  de la casa, “Kurt”, por su supuesto parecido a Kurt Cobain, “Coto”, que era muy cejón, barbudo y mandado, y algunos más que no recuerdo ni tenían tanta relevancia. Chewbacca no tenía celular, así que siempre me mandaba mensajes desde el de Kurt para encontrarnos a la noche en el centro después de cenar. Salíamos por el centro a tomar algo o nos juntábamos en la casa del Jefe a jugar poker y tomar todavía más. Yo tenía una sola regla: llegar a las 8 a.m. al hotel. Una noche, bastante alcohol de por medio, Chewbacca y yo finalmente lo hicimos en el galpón de la casa del Jefe. Nos encontraron, se cagaron de risa y la joda quedó pero nadie podía molestar mucho porque “era la chica de Chewbacca” y él se enojaba. Yo hacía tae kwon do, y como Chewbacca decía tanto que se la pasaba peleando en las calles, jugábamos a pelear en la orilla del río. Sabía la fuerza que tenía, pero no me daba miedo, al contrario, yo finalmente me sentía protegida. Un par de veces después de joder con los chicos durante la noche, fuimos a la casa de Chewbacca, “lo hacíamos” y dormitaba un rato hasta que mi alarma de las 7 a.m. sonaba y él me acompañaba caminando hasta el hotel.

21 de febrero de 2012, técnicamente porque ya habían pasado las 12 de la noche. Era mi último día en Mina así que fuimos todos al centro a tomar como de costumbre. Lo raro fue que esa noche sólo había tomado un vaso de cerveza. Uno. Necesito mucho más que eso para ponerme en pedo. Pero eso fue todo lo que tomé esa noche y no me lo serví yo. No sé quién lo sirvió. Chewbacca como de costumbre decía que me amaba y yo hacía unos días había decidido creerle. Le había dicho que mientras estuviera en Mina, “aceptaba ser su novia”, pero que todo volvía a ser lo de siempre en cuanto volviera a Capital. Él insistía en que iba a agarrar sus ahorros y mudarse a Capital para que podamos estar juntos. Decía que quería casarse conmigo, vivir conmigo. Y Coto había hecho una ceremonia falsa de casamiento veraniego. Todos se fueron a la casa del Jefe, menos Chewbacca y Coto. No tengo recuerdos desde que tomé ese único vaso de cerveza hasta que de repente estaba en la calle con ellos dos cargándome para ir a la casa del Jefe porque yo casi no podía caminar. En algún momento llegamos. Me dejaron sentada en la entrada de la casa. La puerta estaba cerrada. Después de un rato, alguien abrió y ellos me llevaron escaleras arriba, donde estaban las habitaciones. En la que estaba al final del pasillo estaban todos durmiendo y todas las camas ocupadas, así que entraron a la que estaba justo antes, a la derecha, que por algún motivo no tenía puerta, sino solo el marco de la abertura. Había una cama de una plaza, con un colchón finito y sin sábanas. Me acostaron y ellos se pusieron uno de cada lado mío. Chewbacca me besó, eso no me sorprendió. Lo que me sorprendió fue que Coto me empezara a acariciar. Me sentí incómoda y con las pocas fuerzas que tenía dije que no. Las caricias de ambos empezaron a ser manoseo. Dije no. Me empezaban a besar tanto como ellos quisieran y donde quisieran. Yo dije que no. Me siguieron tocando. Dije que no. Me empezaron a apoyar. Dije no. Me empezaron a sacar la ropa. Si bien estaba consciente, no podía mover mi cuerpo en absoluto porque no me respondía ni tenía fuerza alguna pero seguí diciendo que no. La cama los incomodó, así que uno me alzó y el otro bajó el colchón al piso. Me acostaron boca arriba. Les dije basta. Se sacaron la ropa. Dije no. Me desnudaron completamente. Dije no. Me tocaron, me penetraron, me manosearon, me la metieron por la fuerza a la boca aunque me diera arcadas. Y yo dije una y mil veces no. El Jefe apareció en la puerta o lo que pretendía ser una puerta. Lo vio todo. Pero no hizo nada y se fue. Yo seguía tirada ahí mientras ellos iban y venían por mi cuerpo, haciendo lo que les diera la gana, y yo, aún con un pito en la boca decía que no. Lloraba. No podía moverme, no solo por el shock, sino porque algo me había dormido todo el cuerpo, pero era completamente consciente de todo lo que estaba pasando. Y solo tomé un vaso de cerveza que no sé quién me sirvió, por lo cual estoy segura (aunque las mujeres que me tomaron declaración decían que no tenía pruebas) de me habían puesto alguna droga que me dejó en ese estado de inmovilización. Tal vez ahí debería haber dicho no. ¿Pero cómo iba a saber? Era una noche más de vacaciones, rodeada de amigos y un chico que decía amarme. Chewbacca dijo que había dejado la merca por mí. Pero ahí estaba yo, en un colchón, inmóvil, con dos hombres, si merecieran ser llamados así, abusándome, violandomé.  Yo dije no. Chewbacca tenía 21 años, Coto 25, y yo, solo 16. Yo les dije que no.

Ellos terminaron de satisfacerse con mi cuerpo. Acabaron todo encima de mí. Se quedaron sentados en el borde de la cama que no tenía colchón, mirándome. Pasó un tiempo hasta que pude empezar a moverme. Seguía llorando. Me limpié con algo de tela que encontré por ahí en el cuarto. Como pude me vestí. Sonó mi alarma de las 7 a.m. y como pude, me levanté y me fui. Llorando, deshecha, sucia, infeliz, sola. Me prendí un pucho y empecé a caminar lo más rápido que podía con mi cuerpo que apenas empezaba a coordinar. En el camino vi un policía pero me sentía sucia y por algún motivo me daba miedo hablar. Ya me habían amenazado de muerte antes en mi vida, no sabía lo que podían llegar a hacerme si denunciaba algo. Sentía muchísima vergüenza, y la impotencia de toda la situación sólo me daba ganas de arrancarme la piel y sacarme todo lo que me había pasado. Llegué al hotel a las 8 a.m., como de costumbre. Mi papá dormía, yo me metí a la cama con ropa y todo porque no quería volver a desnudarme nunca más. Armamos los bolsos y nos bañamos, donde por suerte mi papá jamás se dio cuenta de que estaba llorando porque la tele estaba prendida y la ducha hacía suficiente ruido. Hicimos tiempo hasta la hora de partida y cuando llegamos a la terminal, ahí estaba él: Chewbacca. Después de todo lo que había pasado, fue a despedirse.

Mi papá, que claramente no sabía nada de lo que había pasado, lo saludó y me dijo que iba a dejar los bolsos y darnos tiempo de despedirnos. Me dijo que me amaba. Yo estaba dura, sólo se me salían las lágrimas. Él dijo que, tal como prometió, en unos meses me iba a ir a buscar a Capital. Otra vez le dije que no. Le respondí que alguien que ama no hace cosas así y él solo dijo “perdón” pero no parecía saber de qué le estaba hablando. Mi papá me dijo que ya era hora de irnos desde lo lejos, y cuando volteé me vio con las lágrimas en la cara. Por una milésima de segundo vi que se dio cuenta que algo pasaba, pero yo sólo quería irme de ahí lo más rápido posible para nunca volver, así que para evitar más problemas lo abracé a Chewbacca haciendo que me despedía. Sí, lo abracé. Debería haberle pegado, pero lo abracé. Tenía miedo de que algo peor pasara y solo quería huir. Mi papá pensó que nos despedimos y entró al micro. Yo instantáneamente solté a Chewbacca. Él me dio una carta y me dijo que la leyera en el viaje. Y me fui.

No le dije nada a nadie por un mes. En ese período, dejé de salir, porque le tenía miedo a los hombres. Me dio una gastritis que me dejó en el hospital. Lo que me terminó provocando una leve úlcera en el estómago. Le conté a mi profesor de filosofía de la secundaria, Eduardo Galiano, que sabía que era una persona confidencial y que me iba a apoyar y ayudar, tal como lo había hecho muchas otras veces. E hizo algo que odié pero le agradezco mucho porque lo tomó como lo que era, un delito del que no sería cómplice. Me dijo que tenía una semana para contarles a mis padres o si no él mismo lo iba a hacer. Poco después tomé valor para contárselo a mi mejor amiga de toda la vida. Nos conocemos desde los 6 años y todavía no había podido decírselo. Me sentía realmente avergonzada. Ella me abrazó, lloró conmigo y cuando nos repusimos fuimos a mi casa a contarle a mi papá. Él estaba atónito. Me abrazó, pero no lloró y me dijo algo que me dejó helada: “lamentablemente, no hay nada que se pueda hacer. Podría ir hasta Córdoba a cagarlos a palos pero nada más. Olvidate de hacer una denuncia porque la justicia argentina es una mierda y no vas a llegar a nada.” Esa fue la respuesta de mi propio padre. En ese momento me di cuenta que estaba más sola de lo que pensaba. Que un padre te diga que la única respuesta a la violencia es más violencia porque la justicia no sirve, fue algo que realmente me marcó.

A la mañana siguiente, mi papá llamó a mi mamá por teléfono y le contó todo. Cuando me pasó con ella yo le dije que quería hacer la denuncia igual, así que una hora después estábamos en el juzgado de violencia que está en la calle Uruguay. Después de declarar en un dos por dos de computadoras una al lado de la otra, lleno de gente, donde todos escuchaban todo, me dicen que ahí mi denuncia no es válida porque todo esto pasó en Córdoba. Sí, recién cuando terminé de declarar. Nos dijeron que vayamos a otra dirección donde, sólo un adulto podía declarar porque yo seguía teniendo 16. Mi papá declaró. Tiempo después buscamos una abogada para que siguiera el caso. Entre medio, Chewbacca tuvo la caradurez de hablarme por Facebook. No sé cómo, le respondí. “¿Entendiste que me entregaste al pajero de tu ‘amigo’ y los dos en pedo y drogados me terminaron violando?”, le dije. “Sí”, respondió, como si nada.

2

El caso avanzó un poco, pero tenía que ir a declarar al juzgado de Mina Clavero. Para esto ya era Agosto del 2012. Yo estaba en mi último año de secundaria. Ya había cumplido 17 en abril, pero seguía siendo menor. Dijeron que como tal, tenía derecho a una cámara Gesell para poder declarar con seguridad y contención. Pero cuando llegué a Mina, pensando que nunca más iba a tener que volver, me encontré con un ambiente medianamente largo, separado por una barra, con tres computadoras, de las cuales dos no servían y me hicieron pasar a declarar ahí, donde mis padres escuchaban absolutamente todo. Una mujer tomó la declaración y me hacía preguntas tales como: “¿y en qué posición te penetraron?”, “¿qué forma tenían los penes de los hombres?”, “¿estás segura de que en algún momento te negaste?”, “¿qué ropa tenías puesta cuando esto pasó?”, “¿ya habías accedido a tener relaciones con alguno de ellos en algún otro momento anterior?”. Pregunto yo: ¿algo de todo eso es realmente importante? Yo les había dicho que no. Punto. “¿y tenés alguna muestra de semen guardada?”. Era agosto, pasó en febrero. ¿En serio? Terminé de declarar y vino otra mujer más a que repitiera toda la declaración y a hacer más preguntas extrañas. Conté todo, otra vez. Apareció una tercera mujer y me pidió que volviera a declarar. “¿Y si todo esto pasó como es que no estás llorando como la chica que declaró antes que vos?”, me dijo. Tal vez porque la indignación de tener que revivir una y otra vez toda esa experiencia de mierda con tres mujeres que con morbo y crueldad me preguntan si no estoy haciendo una declaración falsa por venganza, me sacó lo último que me quedaba en el fondo del corazón y quedé completamente vacía. De los nervios me rascaba toda la piel, sobre todo porque desde que volví de Mina Clavero ese febrero, las ganas de arrancarme la piel eran tantas que había empezado a cortarme. Los cortes picaban con el abrigo, y nadie sabía que yo había empezado a lastimarme sola.

Volvimos a Capital. Cruzar la calle fantaseando que me pisara un auto y terminara con mis problemas, era cosa cotidiana. Mirar el filo de los cuchillos con anhelo, ya era costumbre. Mirar hacia abajo en los balcones con cariño, pensando si realmente me animaría a tirarme. ¿Qué podría hacerme sufrir más que lo que ya había pasado? Lo único que me detenía era saber que estaba embarazada. No de ellos, por suerte. Estaba embarazada de un novio que tuve y que en ese momento me pudo apoyar sabiendo todo por lo que había pasado. Y la idea de tener una hija a la que yo iba a poder cuidar y darle una vida feliz y segura, sin que pase por nada de lo que yo pasé, era mi esperanza para seguir.

El tiempo pasó. Por temas monetarios, no se le pagó más a la abogada y el caso quedó en la nada. Nunca supe si a ellos les había llegado la denuncia. Chewbacca y “Coto”, siguen haciendo su vida y nunca se enteraron de que yo los denuncié. Chewbacca me escribió diciendo que había venido a Buenos Aires a buscarme, como había prometido. Por enésima vez, dije que no.

4

Le pedí por favor que no me buscara y que se alejara de mí. Por suerte jamás lo vi. Mi único alivio era saber que tenía mala memoria, así que la información que le había dado de dónde vivía y de a qué colegio iba, se le había olvidado. Nunca pudo encontrarme, hasta donde yo sé. El tiempo siguió pasando. Ya había nacido mi hermosa hija, mi razón de seguir adelante. Pero por las noches me seguía atormentando revivir todo lo que me había pasado ese 21 de febrero. Chewbacca siguió hablándome. Pero nunca más le respondí. Cada vez que me hablaba, mis ganas de morir resurgían. Cada febrero mis ganas de vivir se iban. Cada agosto lloraba pensando que de verdad todo quedó en la nada y la justicia no hizo uso de sí.

Poco a poco el tiempo pasó. Había dejado de ir a terapia porque las terapeutas que había tenido no me daban la contención que necesitaba. Ni siquiera me había animado a decirles jamás que sufría ataques de pánico, que me cortaba y de mis ganas de morirme. Ni mis padres sabían de todo eso. Sólo esperaba a estar sola en mi habitación o en la ducha para poder llorar desconsoladamente sin que nadie se diera cuenta, porque hasta sentía vergüenza de lo débil que era. Pero un día, ya 2015, mi mamá me encontró en el baño con un ataque de pánico. Estaba hecha una bola en el piso, llorando a los gritos, literalmente arrancándome la piel con las uñas. Volví a terapia con alguien que realmente pudo y supo cómo tratarme. También empecé a ir al psiquiatra. Me medicaron.

A fines de 2013 me puse de novia con un viejo amigo que realmente me ayudó y me apoyó con todo. Le conté todo. Me ayudó a dejar de cortarme. Era el único capaz de calmarme cuando tenía ataques de pánico. Y me demostró que podía volver a confiar en alguien. Me ayudó con la crianza de mi hija. Cuando me tuve que ir de la casa de mi mamá con mi nena chica y no tenía donde ir, él me llevó a vivir con su familia y todos juntos me ayudaron. El tiempo por fin pasó. Tengo una familia. Tengo mi casa propia. Tengo amigos con los que salgo y puedo tomar, sabiendo que nada de eso va a volver a pasar. Pude volver a confiar, a querer a los demás sin miedo a que me hagan algo, a querer vivir.

El caso quedó en la nada, y ahora, siendo mayor de edad no pienso seguirlo. Porque no quiero volver a revivirlo, por más que ahora pueda hablar de esto sin siquiera llorar. Y porque nada me va a devolver lo que perdí esa noche. Al fin y al cabo, mi papá tenía razón. No hay nada que se pueda hacer. Que ellos vayan a la cárcel, que sufran o que se mueran incluso, no me va a devolver lo que perdí. ¿Que paguen una millonada de plata? Mi integridad no tiene un precio. No hay nada que puedan darme que me haga estar mejor, nada lo puede equiparar. Solo hay que seguir. Porque eso forma parte de la la persona que soy hoy y ahí me di cuenta de que solo yo puedo hacer algo para estar bien, como lo que estoy haciendo. Ponerle palabras a esto y sacarlo de mí. No hay justificación para lo que me hicieron. Está completamente mal. Pero ya no hay nada más que hacer, solo vivir. En serio, vivir.

Uno tenía 21, el otro 25. Yo tenía 16. Pero yo dije que no.

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