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Son las cosas de la vida, son las cosas del querer: ¿enamoramiento, pasión, obsesión, amor…? Por Dra. Raquel Tesone

Ante las numerosas consultas sobre el tema del amor en pareja, haciendo una ligera lectura, podríamos concluir que pareciera que el planeta esta hambriento de personas que desean amar y ser amadas: buscan amor, sufren por amor o padecen la falta de amor. Sin embargo, en una lectura más profunda, notamos que, en la mayoría de los casos, se consulta a la espera de conseguir una receta mágica que dista mucho de una verdadera toma de consciencia que sitúe al  amor como una experiencia de implicación emocional reciproca. Debido a que los sentimientos son singulares en cada relación y a que cada experiencia amorosa es única, irrepetible y por lo tanto, intransferible, sería entonces imposible que exista una fórmula que cuadre para todos los vínculos. Por esto, lejos de responder a esta demanda de algunos de los consultantes y a la ilusoria pretensión de brindarles un manual de instrucciones del que carezco, los invito a reflexionar y tratar de despejar las grandes confusiones que se  reflejan en su demanda. ¿En qué radica esta enorme confusión?

En principio, como ya he señalado, nos suelen contar situaciones particulares y pedir “consejos” con la convicción que alguien tiene la posta en esta materia. En ocasiones, nos consultan por la persona a la que dicen amar, remarcando que no les gusta ni su comportamiento y en algunos casos, ni siquiera su forma de ser: era ideal y sufrió un cambio negativo, o bien, todo debería cambiar para que la relación perdure. Luego de escuchar, el sentido común me lleva a preguntarme: ¿a quién aman entonces? ¿No debería haber cambiado en nada, y sostener una relación estática (como si esto fuera posible), o en casi todo tendría que haber cambiado? ¿De qué se trata? Hablamos de amor o bien, ¿es una enferma obsesión?

Intentaré ir clarificando las diferencias entre estos sentimientos que son diferentes aunque parecería que comparten algunos lugares comunes. El estado de enamoramiento se desencadena al conocer a alguien que despierta una intensa atracción. Esto provoca cambios químicos a nivel fisiológico que se acompañan de cambios psicológicos. Es la sensación de estar “en las nubes o tocar el cielo con las maños!” Según Freud, el enamoramiento es un estado de idealización, donde se proyecta el propio ideal en la otra persona, y por esto, en los comienzos de una relación, el otro parece “perfecto”. El sufrimiento surge cuando el otro muestra sus “imperfecciones o fallas”, y no responde a esta fantasía que se deposita en él. Es allí cuando se puede dar la ruptura de la relación, ya que una vez que cae el ideal, el enamoramiento se esfuma, o bien, puede ocurrir en el mejor de los casos, que se consolide el amor por el otro en el reconocimiento de sus características singulares. Otra posible vicisitud, es que se mantenga la relación a la espera que el otro se “transforme” en el objeto de esa fantasía, y se ajuste a lo esperado.

La pasión es una emoción ligada al deseo sexual que engendra un alto grado de placer, pero que en ocasiones, en su punto culminante, se puede convertir en obsesión  engendrando un enorme sufrimiento.  Son las relaciones, donde el otro pasa a ser un objeto de necesidad y no solamente de deseo. La pasión puede alienar al punto de querer dar la vida por el otro. Ese “querer” es egoísta, ya que cuando lo que se quiere no se comparte, el “ser querido” pasa a ser un objeto de posesión. El otro es vivido como una droga de la que se depende absolutamente, fuente de placer y al mismo tiempo, de sufrimiento. El que está obsesionado, espera que el otro lo colme en todo, es quien “debe hacerlo feliz”, y existe una creencia absoluta que el otro tiene esta posibilidad. Como el estado de felicidad no depende del otro en toda su dimensión, sino de uno mismo, la frustración siempre es intensa y proporcional al grado de dependencia hacia la otra persona. Es por esto que la psicoanalista Piera Aulagnier, analiza este tipo de pasión como un estado de alienación donde se está como “fuera de si”, y la vida misma queda a merced del otro.

Por esto, para llegar a amar, es necesario aprender a amarse a uno mismo y a aceptarse incondicionalmente. Si la autoestima es baja, se está expuesto a que el amor se sostenga sólo en la necesidad de ser amado para poder lograr amarse a través del otro. Aquí el otro es utilizado como un suministro del amor a uno mismo.

Escuchando el programa de Daniel Martínez, “Buenas Compañías”, (Radio Del Plata, AM 1030), Daniel contaba cuántos llamados recibía con la pregunta: “¿es que él/ella va a cambiar?” Ofuscado frente a esta cuestión, Daniel manifestaba que se trataba de una pregunta para la que él no tiene respuesta, ya que no es adivino para saber si una persona va a cambiar o no. Lo interpelaba el porqué las personas esperan que el otro cambie cuando es más sencillo decirle: “esto no me gusta, así que cuando cambies, hablamos”. Daniel relató a manera de ejemplo, una historia personal: él se había prendado con una bella mujer, y cuando le dijo que él estaba de novio, ella le contestó: “cuando dejes a tu novia, podes llamarme”. Y así lo hizo. A los dos meses terminó con su novia y llamó a esta hermosa mujer que aparte de su belleza, contaba con mucho ingenio emocional.  Claro que esto no es tan simple de llevar a la práctica, requiere saber renunciar a la realización inmediata de nuestros deseos. Esta renuncia significa una verdadera elección; si elijo, algo gano y algo pierdo, y los seres humanos creen que pueden ganar todo sin perder nada, por eso no saben elegir y sostienen el auto-engaño. Se quedan a la espera que el otro cambie y creen amar a la persona que desvalorizan y a la que “quieren”…. ¡cambiar en todo! Por supuesto que siempre es más fácil pedirle al otro que cambie en lugar de intentar cambiar uno mismo o bien, hacer otro tipo de elección, lo cual sería también hacer un  cambio. Una gran mayoría quiere cambiar pero sin sufrir, por eso prefieren esperar que el otro deje a su novio/novia, que el/la casado/a se separe, que el/la alcohólico/a deje de tomar, que el/la drogadicto/a se rehabilite, que el/la golpeador/a no sea más violento/a, y así podría continuar con una larga lista de falsas expectativas… Esta obsesión por cambiar al otro, cuando sólo es el otro quién puede cambiar, (si quiere y tiene ganas, y NO a pedido de uno), puede llegar a límites insospechados. En la pasión que deviene obsesión, se puede arriesgar la propia existencia y la del otro, como en el caso de los famosos crímenes pasionales. Cuando el dilema es “o yo o el otro”, y en nombre del amor, se hacen sacrificios que traspasan la barrera del YO, estamos frente a un indicador de relación patológica, y  estamos muy lejos de lo que implicaría un vinculo amoroso. ¿Por qué utilizo la palabra “vínculo”? Porque es una palabra que connota unión. La unión es una forma de sujeción, estar sujeto a, ser sujeto de deseo y no objeto de, estar unido por el deseo, y no por la imposición.

La sensación milagrosa de placer en el amor, se debe a esta com-unión, que anula el sentimiento de estar desvalido que nos reenvía a la primera angustia de separación que aparece en el ser humano en el momento del nacimiento, fuente de  angustia existencial.

El amor es una suerte de intento de restablecer ese estado de unión primario con nuestro primer objeto de amor, la madre o sustituto. Por esto es tan complejo y conflictivo aceptar al otro separado y diferente de uno mismo.  

Al vínculo amoroso lo precede el enamoramiento, y en muchas ocasiones, también la pasión. En la medida que se  puedan ir admitiendo las diferencias entre los dos partenaires, y se pueda reconocer estas diferencias como enriquecimiento de la relación, el vínculo amoroso comienza a instalarse. El pasaje del enamoramiento al amor, implica atravesar el primer estadio de idealización para avanzar hacia el verdadero  descubrimiento del otro. En tanto se vaya gestando un profundo conocimiento, se puede llegar a la aceptación del otro tal cual es, y no tal cual uno lo desearía. Si en este estadio, en lugar de una gran desilusión, hay un sentimiento de grandiosidad por el sólo hecho del momento compartido con el ser amado, podemos afirmar que se esta dando el Amor con mayúsculas: el otro enriquece, suma, y nunca resta.  

El  amor desde este punto de vista, es el producto de la construcción de un vínculo que se funda en la aceptación mutua. ¿Por qué hablamos de construcción, aceptación y mutualidad? Porque es una fabricación de a dos en el caso de la pareja, es esta unión que  lleva a la reciprocidad en el dar y recibir, aceptando que el otro no siempre puede dar lo que se espera, y que si bien aporta felicidad, nunca podrá colmar todas nuestras faltas, ya que esto va a cargo de cada uno, y no de la pareja.

La psicóloga chilena Pilar Sordó señala algo muy interesante cuando afirma que “el amor no es un sentimiento, es una decisión que se toma todos los días y por la cual hay que trabajar juntos”. Coincido con ella que esta decisión hace a un comportamiento que a mi gusto, esta basado en el sentimiento de amor, siendo fundamental el amor a uno mismo. Si nuestra relación con uno mismo es conflictiva, se trasladaran los mismos conflictos internos en la relación de pareja. Por ejemplo, si una persona es muy crítica o agresiva consigo misma, estará muy predispuesta a que la pareja la critique o permitirá que la agreda. Si no alimentamos este entendimiento consigo mismo, será mucho más difícil aún tomar la decisión de nutrir cotidianamente el amor hacia el otro, y la sensación de frustración irá in crescendo.

Cuando la expectativa es que el otro nos complete en todo lo que nos falta, el vinculo de amor se torna frustrante y o bien se puede perder, o pervertir. En el vínculo amoroso, el otro no es un objeto de nuestra fantasía, como en el caso del enamoramiento, o un objeto de nuestra necesidad, como en los estados pasionales,  o en la obsesión, porque el otro tiene entidad propia y aquello que une a esos dos seres es simplemente la aceptación mutua. Suele ocurrir que muchas parejas confunden esta cuestión de la aceptación, con el “aguante”. Cuando se llega a “la/lo estoy aguantando!”, más que amor, nos encontramos frente a un forzamiento en la relación de tolerar lo intolerable.

Para Erich Fromm el amor es un arte y se aprende como todo arte, por lo que la magia de los primeros tiempos continua  retroalimentándose en el conocimiento reciproco. Por esto Fromm habla de una capacidad de amar y de aprender a amar como se aprende el “arte de vivir” u otro tipo de arte (música, pintura…), requiere práctica y esfuerzo. Los elementos básicos son según Fromm cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.

En este sentido, el vínculo terapéutico, también es un vínculo de amor y si bien, no nos provee de un manual de procedimientos para amar, nos brinda la posibilidad de  crear y construir una nueva modalidad de relación psicólogo/a y paciente. En tanto, se puedan ir transitando y resolviendo los conflictos que se reeditan en la relación terapéutica, el paciente aprende en vivo y en directo, a vincularse con el otro y a distinguir los diferentes modelos de amor por los que fue marcado en su infancia. Recordar para no repetir inconscientemente ese “patrón” en sus relaciones de pareja. Estos modelos son diversos y si bien son únicos para cada sujeto, podemos nombrar entre algunos que podemos identificar en muchas parejas: sometido/sometedor, víctima/victimario, abandonado/abandónico…

Trabajar sobre estos modelos que nos formaron o nos “de-formaron”, nos posibilitará des-aprender lo aprendido, al decir de Pichon Rivière, para poder desplegar la capacidad de amar en la “creación conjunta” del vínculo amoroso.

El amor es una invención que se gesta en la unión de dos individuos (indivisos) que unidos, logran resguardar su identidad, su individualidad y su libertad.  

Quién esté realmente dispuesto a iniciar este aprendizaje para llegar a lograr construir un vínculo amoroso, a no esperar más un manual de instrucciones, ni fórmulas mágicas de las que nadie dispone realmente. A ponerse a trabajar, a través de una psicoterapia (que no significa que uno esté loco, ni es una mala palabra), para poder, abrirse al conocimiento de uno mismo, lograr conocer y que dejarse conocer, saber diferenciar que tipo de vínculo se suceden y se siguen repitiendo a lo largo de su historia y para crear algo nuevo.

“Ama y haz lo que quieras” dijo San Agustín, relacionando amor con libertad. Si quieres ser libre, ama, pero como para todo, hay que trabajar.

Nada viene sin esfuerzo, y el esfuerzo siempre recompensa.

 

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