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Nota Editorial 8 M: ¿Qué es ser mujer hoy?   Por Dra. Raquel Tesone

Fotografías de algunas de las mujeres que en la actualidad están haciendo historia,  y existen, por suerte, muchísimas más.  Collage fotográfico de Ana Bogado28833209_10212839694732667_1258628250_n

El lugar social de la mujer viene atravesando grandes transformaciones en nuestra cultura occidental, especialmente desde la época victoriana en la cual Freud inventó el psicoanálisis para tratar la histeria y los efectos de la represión sexual, y pese a ello, no llegó a responderse qué quiere una mujer luego de años de investigación. Estos cambios que en la actualidad se vienen produciendo promueven nuevas preguntas acerca del género femenino.

¿Qué es ser mujer?, se preguntan frecuentemente en mis consultas las mujeres que no padecen necesariamente de histeria ni sufren de represión sexual pero que sienten escindidas, o en algunos casos, mutiladas en su identidad femenina.

Es complicado hoy definir a la mujer en función de la diferencia con los hombres, ya que no es sólo una cuestión anatómica la que está en juego lo que la define, sino que se juega lo que la atraviesa: el orden cultural, social, económico y político. Es evidente que cada vez son más las mujeres que acceden a espacios que antes eran reservados con exclusividad a los hombres. Entonces, definirnos por la diferencia, implica poner en cuestionamiento todo aquello que circula en el imaginario cultural y que calificaría a la mujer por descarte, en tanto es quien debiera estar excluida de lo que concierne solo al varón.

Por otra parte, podríamos categorizar a la mujer por lo que la identifica con otras mujeres. ¿Qué es lo que nos caracterizaría como tal? Podríamos decir que nuestro cuerpo nos identifica, sin embargo, también el cuerpo femenino se encuentra atravesado por el imaginario colectivo. Por ejemplo, cuando el cuerpo de la anoréxica habla del sufrimiento que la aqueja al someterse a un modelo, y cuando el parámetro de belleza actual en el que deberíamos reflejarnos, parece estar esculpido por las manos de un cirujano, moldeando curvas  perfectas y estirando la piel con la promesa de una eterna juventud.

¿Cuál es entonces la esencia de ser mujer? Estas cuestiones me recuerdan a uno de mis mejores profesores de filosofía de la época en que estudiaba psicología en la universidad, el profesor Bergman, cuyo método socrático nos convocaba a pensar evitando cualquier tipo de slogan que obture el trabajo de pensamiento y lo cierne en categorías encorsetantes. En un examen le pregunta a un alumno: “¿Cuál es la esencia de la paloma?”, y el alumno contesta: “que vuela”. El profesor toma la libreta de notas del alumno,  la arroja por el aire, mostrando cómo su libreta volaba y sin embargo, no era una paloma. Obviamente, los exámenes con él eran un verdadero ejercicio de aprendizaje interactivo, donde preguntas de tal nivel de complejidad, tenían que ser tratadas desde diferentes aristas y problematizando los planteos. Esta anécdota grafica la zona de ambigüedad en que se encuentra la subjetividad de la mujer hoy en este proceso de transformación histórica, donde por momentos parece perderse la esencia de lo femenino, aunque valga la metáfora, a las mujeres se nos tilda de “estar siempre volando” y quizá mi asociación libre, tenga algo que ver con nuestra esencia…

Tal parece que en la actualidad, lo femenino tampoco podría asociarse necesariamente a la maternidad, ya que las estadísticas hablan de un aumento en los últimos años del número de mujeres que son “solteras por elección”, es decir, eligen vivir solas,  del retraso cada vez más significativo de la edad de la mujer para acceder a la maternidad, de la posibilidad de adopción siendo madres solteras, o bien del congelamiento de óvulos para sentirse en la libertad de elegir a un hombre como pareja sin “utilizarlo” de toro reproductor.

Estos acontecimientos son efecto de otras de las preguntas que resuenan a menudo en las paredes del consultorio cuando tratamos a las mujeres: “¿Porque “debería”  tener deseos de tener hijos? ¿No sería mejor para un hijo que lo deseara y no que advenga a la maternidad en función de un mandato social? ¿Debo ser madre para demostrar que soy  mujer? ¿Qué desean de mí? Y yo, ¿qué deseo como mujer? ¿Cómo compatibilizar los diferentes roles que jugamos cotidianamente? Si renuncio a dedicar tiempo a mi familia para invertir mi tiempo en mi profesión, me tildan de tomar un rol masculino. ¿Por qué? ¿Qué valor tiene ser madre si cuando digo que tengo un hijo, se reducen mis posibilidades de conseguir trabajo? ¿Porqué mi pareja me dice que él me “mantiene” con su trabajo y que deje de estudiar y trabajar para consagrarme a atenderlo a él y a mis hijos? ¿Y mis deseos de crecimiento? En la empresa donde trabajo ascendí cuando dije que nunca pensaba tener hijos, dejé de actuar como una mujer y empecé a imitar a los hombres, ahí me empezaron a respetar. ¿Es que tenemos que elegir entre casarnos, tener hijos o entrar en el mundo del trabajo?” Una suerte de multifuncionalidad que llevamos casi naturalmente para ejercer diversos roles, el profesional o empresarial, el de ser novia, amante, o bien, esposa, ama de casa y madre a la vez, trae aparejado una serie de dificultades en la armonización de todas las áreas que abarcamos.

Hay otros interrogantes respecto al quiebre de la institución matrimonial y la relación monogámica – tratada en general como si fuera una obligación que se podría imponer y cumplir por solo firmar una libreta, y no como una posible elección que responda al deseo de la pareja – y por otro lado, nuevas formas de vincularse que conlleva otros efectos psíquicos. La poligamia o  relaciones “open mind” o el “pluriamor” fundamentada en la idea de “no más mentiras”, está promoviendo una serie de post-verdades que al decir de Nietzsche, podemos pensar que la verdad es la mentira más eficiente. La falta de límites que implica la inclusión de otros en la pareja y la falta de consideración del otro como alteridad, no anula el sentimiento de celos. Las parejas swingers suelen tener una “infidelidad controlada” y en la creencia de evitar los celos, se imparten nuevas “reglas”  (ejemplo: que no haya encuentro a solas, cosa que no siempre se cumple al igual que la monogamia). Estos nuevos modelos de vincularse pueden estar al servicio de transformar al otro en objeto de consumo, lo que justamente corresponde con la  política neoliberal que aliena mercantilizando las relaciones. Allí es donde el deseo retorna a la jaula tendida por las redes del poder que disfrazada de una búsqueda de libertad – porque el poder no reprime sino que naturaliza – por el contrario, diluye y en algunos casos destruye los deseos que singularizan los fundamentos de la elección de cada vínculo. Al decir de Foucault, esto que podría ser ruptura con la norma, termina siendo una contraresistencia al poder que retroalimenta al poder. Pero esto da para otro escrito…

Parece que el desafío actual para algunas mujeres es sostenerse en los diversos roles al costo de un alto nivel de exigencia y finalmente de frustración; o bien, renunciar al rol tradicional de la mujer para reposicionarse en otros lugares sociales considerados “masculinos”, al costo de dejar de “sentirse mujer”. Ejemplos: “ahora que salgo vestida con ropa más femenina, algunos hombres me han dicho en lugar de piropos, que si salgo así a la calle es que estoy buscando que me violen” , “no salgo sola porque los hombres me dicen que si estoy sola es que estoy de levante”, “pago la entrada para ir a bailar y si no me sacan me tengo que quedar sentada toda la noche, porque si yo invito a un hombre a bailar, no sienten que yo también puedo elegir como ellos con quien bailar, sino que se ofenden o me dicen si estoy provocando”.

Algunas otras mujeres pensamos que estos desafíos de nuestra época nos problematizan por un lado, y nos hacen crecer por otro. Muchas de nosotras creemos que se pueden combinar roles y sentir que es posible el rescate de lo femenino en cada uno de nuestros espacios sociales, no a partir de un “a priori” ni de preceptos asignados, sino desde el deseo de atribuirnos un posicionamiento femenino que dignifique nuestro ser mujer.

El hombre a su vez, no deja de sufrir el peso de un imaginario cultural al que tiene que responder con grandes exigencias para mostrar que es hombre y además, padece el impacto de estos cambios en la mujer, y a partir de allí, se generan muchos de los desencuentros entre el hombre y la mujer. La pregunta que los hombres a su vez se hacen en la consulta es: “¿Donde me ubico con esta mujer? ¿Para qué me quiere si cumple todos los roles? ¿En qué la podría satisfacer?” (como si esa fuera su función) “¿Por qué no me involucro menos y busco una mujer que no me plantee tantos cuestionamientos, o salgo con varias a la vez y listo? Aquí ya entramos en la conflictiva que se desencadena en los hombres a partir de la revolución femenina, pero esto también daría para otro artículo.

Volviendo a la pregunta que aqueja a las mujeres sobre su identidad, habría que tomar en cuenta todos estos elementos culturales y sociales que en otra época, imponían la represión de la sexualidad y hoy, impone otro tipo de reivindicaciones y prototipos femeninos, bajo otra de las mentadas creencias: la liberación sexual, que más que liberación es una difusión de los límites de la privacidad sexual y finalmente, del verdadero deseo de entregarse a un hombre por su propio deseo y no para “demostrar” a nadie un falso liberalismo que esconde un vacío existencial, tanto en mujeres como en hombres (incluyo en este vacío, la soledad de los vínculos virtuales, donde el otro ni existe más que en el celular o en la computadora).

Sabemos que la sexualidad en el ser humano pasa por diferentes factores que la atraviesan y que la liberación en la mujer no solo pasa por una sexualidad plena, sino que esta es producto de la puesta en cuestionamiento de su lugar frente al hombre, a la sociedad y a la cultura a la que pertenece, y fundamentalmente, del lugar que quiere ocupar frente a sí misma. ¿Es que actuamos con la libertad de jugar con todo el abanico de posibilidades que despliega nuestro propio deseo?

Ser mujer en nuestra sociedad, implica reformularnos nuestra identidad social, los modelos y los mandatos que históricamente cercenan lo femenino, para poder crear nuevos paradigmas que sostengan nuestra identidad, no en un estereotipo femenino, sino basado en el respeto y en la valorización de la feminidad.

La exploración de la feminidad conlleva el descubrimiento de nuestra subjetividad, para lo cual cada mujer tendrá  que luchar para re-inventarse y ubicarse en otro lugar del que es impuesto culturalmente, encontrando su posicionamiento femenino y sus peculiares respuestas a los interrogantes que se  presentan cotidianamente.

Habrá que cuestionar los discursos y las prácticas sociales donde se nos digita el “deber ser” y descubrir lo que es “ser mujer” resignificando ese ser en nuestro interior. Esta apropiación singular la buscamos en distintos espacios, ya sea en diversos grupos y hasta en una charla con amigas, o bien, en un psicoanálisis, y ésta es la gran ventaja que nos brinda esta época que nos toca vivir, aquello que a mi gusto contribuye a conseguir una auténtica libertad del ser y una verdadera evolución femenina.

Hoy podemos inventar a la mujer que deseamos ser, usemos esta libertad para lograrlo.

 

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