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AL DIVAN MOSQUITO SANCINETO Por Dra. Raquel Tesone

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Mosquito Sancineto comenzó la actuación desde niño. En 1979 realizó “El príncipe idiota” (Dostoievski) –ganadora del Premio Molière- dirigido por Inda Ledesma, recibió el Premio Konex 2001 por su trayectoria en el rubro unipersonal, además el Premio María Guerrero y el Florencio Sánchez. Fundó y dirigió la primera  Compañía de Teatro de Improvisación, participó en casi 100 obras, entre ellas, “Copi” en el Teatro Cervantes y “Discépolo” y “La farsa de los ausentes” en el Teatro San Martín con dirección de Pompeyo Audivert, e innumerables participaciones en cine y en televisión. Es docente desde 1990 dictando sus cursos de improvisación para formar actores y dictando cursos en las instituciones más reconocidas, como el Centro Cultural Rojas, el San Martín, Universidad Argentina de la empresa (UADE), Facultad de Filosofía y Letras, entre otras. Actualmente participa en la obra “Las destructoras, una historia de bailanta”, y todos los sábados presenta su show “Improvisación Mosquito” en el Teatro Porteño sumado a su programa radial semanal en www.radiotu.com.ar

¿Consultaste a un psicólogo antes?

Sí, estoy con una Licenciada haciendo psicoterapia hace 17 años, hay períodos que no voy, pero períodos de 3 meses, y me gusta ir. Es la primera que logró… o mejor dicho, con quien yo logré abrirme más y hablar, y es quien vivió conmigo la etapa de pérdida de toda mi familia. Eso fue muy fuerte, porque más allá que siempre fui muy independiente, tengo un lugar para lo familiar muy particular. No crecí, siempre fui ese hijo chico, de dos hermanos el menor, y fui muy familiero, eso que me independicé muy joven. Haber perdido a mi madre primero hace once años y tenía 76 años, era joven, mi papá era mayor. Mi padre falleció a los 91 hace 3 años, después de mi madre murió mi hermano y del mismo cáncer que mi mamá. Fue terrible. Mi vieja le agarró cáncer a los pulmones, y nunca fumó y mi hermano sí era gran fumador y le hizo una metástasis en la cabeza. Y a mi madre se lo detectaron y a los dos meses partió y mi hermano igual, eso tiene un por qué: mi hermano era hijo de mi mamá cuando era soltera y siempre tuvo un vínculo muy profundo y fuerte, y hasta ocasionaba celos en mí, yo lo aceptaba porque era así, no es que tenía privilegios, yo lo supe respetar. Mi papá lo adoptó a mi hermano, le dio el apellido y lo quiso como hijo, lo quiso un montón. Mi viejo fue muy importante para mí, fui descubriéndolo con la vida, todos los pasos que el dio. Venía de una familia muy conservadora, descendiente de italianos, muy cerrados ellos, pero él fue el primero que dio lugar a algo diferente y se casó con una mujer que ya tenía un hijo de Salta. El prejuicio de los Sancineto de lo que era más morocho, o quien era de la ciudad, después te aceptaban y estaba todo bien. Pero existía ese prejuicio inicial. Una prima me contó que mi papá la defendía a mi mamá ante esa familia que la rechazaba y cuando se iban a casar, mi abuelo no quería y cuenta la leyenda que mi papá golpeó un vidrio y dijo: “si no la aceptan, yo me voy también y no me ven más”. Y mi abuelo tenía la cosa de tener a todos nucleados y por eso lo terminó aceptando. Después nací yo y se ve que algo hay en la memoria, porque con ese abuelo no tuve una conexión de afecto fuerte, pero quizás yo sentía ese rechazo.

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Entonces, tu abuelo lo aceptó, pero había algo de marginal, lo cual te dio esa identidad de mantenerte en el margen en todo, tanto así como en el medio artístico. Te legitimaste en la improvisación como el gran Rey de la impro, y además, tu composición de los diferentes personajes que realizas es excelente. En “La farsa de los ausentes” para mi, tu actuación fue la mejor.

Muchas gracias, a mi me gustan hacer esos personajes, y me están ofreciendo trabajar en otras obras con diferentes directores y me halaga eso, pero trato de hacer lo que mi cuerpo y mi historia tiene que hacer.

¿Qué pasa con tu cuerpo y tu historia?

Mi cuerpo fue muy resistido desde chico. Tuve problemas de salud fuertes desde muy pequeño, eso hizo que cambiara mi metabolismo, yo recuerdo a los 4 años que iban a que me dieran una inyección, no sé bien el motivo pero no comía, comía muy poco, casi nada, adelgazaba. Mi mamá sufría mucho porque verdura no te comía, comía poco y me levantaba de la mesa, eso hizo que no desarrollara bien mi cuerpo. Entonces, siempre noté que mi cuerpo era extraño, muy delgado, poco masculino. De chico tenía una voz finita, no me gustaba, me resultaba extraña, no era afeminada, pero rara. Y a los veinte y algo que fui a hacerme un análisis de HIV, tenía ganas de saber sobre eso, y a la vez, tenía mucho miedo y empecé a sufrir ataques de pánico antes de hacerme ese análisis. Y me hicieron en dos meses análisis de sangre y un médico me recomendó ir a un psicólogo, me dijo: “vos no tenés nada, tu cabeza es el problema”. Por un lado, había encontrado un lugar para encontrarme físicamente y sin temor: el teatro. A mí me rescató mucho, muchísimo, eso me hacía sentir bárbaro. Pero cuando apareció lo femenino en mi identidad sexual y asumí lo femenino de mi cuerpo, eso fue en la adolescencia, iba por la calle y la gente pensaba que era una nena, me pasa ahora también, tenía el pelo largo, era muy flaquito. Después en la adolescencia desarrollé una voz muy gruesa y yo la remarcaba, y me divertía mucho cuando respondía a la gente (risas), ahí se daban cuenta que no era lo que pensaban y me pedían disculpas. Les decía que no se hagan problema, porque entendía lo que le pasaba al otro.

Claro que los entendías, si era lo que te pasaba a vos también.

¡Claro! Y el teatro me rescató porque desarrollaba mis roles femeninos porque si lo hacía en la vida real iba a ser muy difícil (silencio). No quería hacer sufrir a mis padres, había un buen vínculo con mi familia y no lo iban a entender. Tampoco quería vivenciarlo porque sabía que iba a sufrir yo también, no quería ser travesti para que me fuera mal en mi carrera artística, te hablo de los ´80. Luego entendí que tenía que luchar por esa identidad propia.

Lo interesante en vos es justamente es que esa identidad propia por la que luchaste, no admite etiquetas.

(Risas) No…, la estoy buscando aún (risas). Es raro, porque no es que quiera ser mujer. La otra vez se lo dije a mi terapeuta, yo no es que quiera ser mujer, estoy bien así con mi cuerpo, a veces no quisiera tener el pene, pero así con este físico, sin ponerme tetas, sólo estar liso de abajo. No me respondió nada, pero respeto que eso de que cada uno sea muy particular en su esencia, en sus deseos y en sus identidades.

Quizás no querías ese aspecto femenino porque pensabas que no te iban a querer… Me parece que vos no querías ser otro, querías ser vos.

Exacto. Soy otro cuando me subo a un escenario. La mujer de “La farsa de los ausentes” me encantaba interpretarla porque era la antítesis de lo que soy yo en la vida. Una mina mala, ambiciosa, manipuladora, tremenda, bonita y muy creída de sí misma. Una parte la asumo de ese personaje, su seguridad, la seducción que ella tiene, esa provocación, pero sin la maldad. Por eso me lo dio a ese personaje y por eso se atrevió, porque Pompeyo en otras obras, no trabaja con personajes femeninos cubiertos por actores, creo que soy uno de sus primeros actores que empezó a hacerlo. En “Muñecas” ya lo había hecho con el personaje de Perla que era la antítesis femenina de su protagonista, una mujer de la década del ´20, amiga de sus amigos con los cuales se acostaba y a todos les sacaba plata. A veces me digo que si fuese Perla en la vida real, me iría muy bien (risas). Y como te contaba, mi primera consulta fue con esa psicóloga, siempre fui a mujeres, porque una vez fui a un hombre y en la segunda consulta se quedó dormido, y me ofendí. Veo que se le cerraron los ojos y me dije que hago, y cuando se despertó, no le dije nada, le dije gracias pero no fui más.

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¿Le pagaste encima?

No (risas). Era para la revista “Nexo” y yo quería hablar del tema de la diversidad con alguien que entendiera. Pero nada es casual, creo que no tenía que estar ahí o no tenía que contarle a él mis cosas.

¿La transferencia con un hombre no es tan fácil que con las mujeres?

Quizás me hubiera enamorado de ese tipo y no hubiera sido bueno tampoco.

¿Y alguna vez te enamoraste?

No muchas veces pero me enamoré y me suelo enamorar de hombres. Me he enamorado y he cogido con muchos hombres que se permitieron coger conmigo. Después, el mambo de ellos, es de ellos, tipo “no, yo soy hetero, no, con hombres nunca…” y bla, bla, bla, es su rollo, no el mío. O te dicen “yo no quiero ser tu pareja”, y para mi está todo bien, “no te pregunté eso”. Y vínculos con gente gays tengo muy poco, mis amigos más íntimos no son gays, son heteros muy amplios. Nunca me llevé bien con el ghetto gay, tampoco me llevé mal.

Ghetto. Vos no encajas en ningún ghetto y eso es lo que hace que tu personalidad y tu trabajo sea tan rico. No dejas que te encasillen. Allí donde te van a buscar no te van a encontrar.

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No, no dejo que me encasillen, es un juego, un juego de espejos, de máscaras… Me ha pasado de ir a boliches gays en la adolescencia, pero siempre planteaba por qué no nos abrimos, por qué no aceptamos que vengan otros, me aburría mucho. Veía a los tipos más grandes que morían dentro de ese ghetto y me parecía patético. Entonces, me dije que tengo que luchar por otra cosa en lo personal y a nivel social. Y lo logré. Hago una fiestas Mayas, con una convocatoria a todas las tribus. Es un buen experimento y ahora en pocos días hago otra, ahí se juntan todos, gays, travestis, y nadie se llevaba mal.

Interesante romper con los ghettos y pensar la sexualidad desde la diversidad de cada ser humano. Y en ese sentido, me pregunto que representará el pene para vos que es lo que no te conforma de tu cuerpo.

Represión, mandatos, patriarcado, algo abusivo. Yo fui abusado de adolescente, en realidad fui violado por dos adultos. Para mí el amor era encontrarme con un ser humano que me abrazara, me protegiera, buscaba eso. Y me encontré con un tipo que parecía bonito y me llevó a su departamento y había otro tipo, y entre los dos me violaron. Ahí aprendí a tener una sangre fría más desarrollada.

Ahí el pene fue usado como un arma.

Si, exacto.

¿Podríamos pensar que el deseo de no tener pene, puede ser un deseo inconsciente vuelto contra tu propia persona? El deseo de cortárselo a quienes te violaron…

Si… gracias por esto que me decís, me hace muy bien escucharlo… Por eso a los violadores yo los detesto y me pasó otra vez con otro tipo que sacó un arma y me doblegó a hacer cosas y me amenazó que me iba a matar era un tipo grande.

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Estás identificando a tu pene con un arma y con quien te hizo daño con su pene, porque el pene te remite a este trauma.

Claro, por eso me cuesta los vínculos afectivos de pareja.

Puede ser un efecto post-traumático. Un trauma tiene dos tiempos: el acontecimiento, es decir el momento de la situación traumática, y el segundo momento es la resignificación, donde se puede ir elaborando.

Claro, ahora también estoy entendiendo por qué me dolió tanto la pérdida de mi familia, porque para mí ellos eran el refugio de todo lo malo que me podía afectar en el afuera. Para mí la familia era la protección, la luz, la comida caliente… Y mirá de lo que me hiciste acordar, de algo muy fuerte: Norman Briski cuando yo fui su alumno, una vez me dijo que yo le tenía que agradecer al teatro por la suerte de ser actor porque sino yo podría llegar a ser un asesino y estaría preso ahora y en cambio sos un gran actor, eso me dijo.

Una persona ante una situación traumática de esa naturaleza podría convertirse en un asesino porque el deseo de matar a quien te hace mal es una reacción de defensa. Y esa agresión guardada, ese deseo asesino, lo pusiste en tus roles teatrales pero también está desplazado en tu cuerpo, en tu pene.

Paso tanto tiempo, pero noto que todavía está activo esto. Lo doloroso es que no lo pude hablar con mi familia, ni lo pude hablar con mi hermano, ellos no pudieron darse cuenta de mi sufrimiento, tuve que fingir, callarme, no decirlo y seguir adelante. No quería que sufrieran, mi mamá iba a sufrir mucho y ya había sufrido en su vida. No sé quien fue el padre de mi hermano, nunca lo contó, nació en Salta, quedó huérfana de su madre a los trece años, a su padre no lo conoció, la adoptó su otra madre, la mejor amiga de su mamá y murió al poco tiempo. Después vino a Buenos Aires y luchó mucho con ese hijo, fue peluquera, la pasó mal, no tenía rencor, pero si mucho sufrimiento.

Este tema me moviliza ya no por lo acontecido, sino por lo que no pude contar, ese estado de mudez… Ahora estoy pensando que es como una marca que me quedó. Compartía mis conquistas escénicas y mis avances, pero el resto lo postergaba. Me quedó el sabor amargo de por qué postergué tanto tiempo y ahora no lo voy a poder hacer nunca más, no podré contarlo.

Postergaste lo que considerabas que no los iba a hacer felices, querías solo compartir tu felicidad. Estas situaciones traumáticas suelen acallarse.

Es verdad… Los extraño muchísimo, extraño que no vengan a mis estrenos. No era de tocar el timbre, vivíamos muy cerca, pero yo era muy independiente y no verlos más en una butaca observándome… Esa tristeza me ancla, me lleva a un lugar que no me gusta, porque me lleva a llorar y no me gusta. Se multiplica en mí las veces que vi llorar y lamentar las muertes de sus propios padres, y yo no sabía cómo contenerlos. Mamá lloraba y decía: “qué lástima que no pude estudiar”. Ella tuvo dos madres, la que le dio vida y luego su madrina, y las dos murieron muy rápido ambas. Como te conté, mamá a los 13 años se quedó huérfana, después fue criada en una casa de familia rica de Salta, después 30 años me enteré que tenía un hermano, mis viejos fueron a Salta porque quiso volver a atar cabos porque vino en la adolescencia a Buenos Aires. Nunca supimos con mi hermano quien fue nuestro padre, y nunca lo habló, porque pienso que no fue un hecho bueno de cómo quedó embarazada.

¿Qué fantasía tenés?

Que fue violada, dañada por un tipo o por uno de los hijos de Martiarena. La gente rica de Salta tenía lo que se llama “chinitas” a los hijos de crianza que servían para la casa.

Entonces, era muy complicado para vos contar a tu madre algo que vos fantaseabas que era lo que dio origen al embarazo de tu hermano. Tu madre no tuvo papá, no supo quien era, y tampoco sabés quien fue el padre de tu hermano. ¿Estará la fantasía que tu abuela pudo haber sido violada?

¡Qué marca, qué increíble! Es loco que lo haya también vivido… Yo le decía que busque a su padre, le decía “buscalo que quizás tu papá es rico”, para mí era un acto de justicia encontrarlo y que la compensé por lo que sufrió.

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Hay cabos sueltos en tu historia familiar y vos trataste de ligar. Algo aquí no fue elaborado ni por tu madre ni por tu abuela. En un juego de espejos, dejabas que observen a ese otro que estaba en el escenario pero ese no eras vos. ¿Querrías reparar con tu arte ese dolor guardado? ¿Será que arrastraste el conflicto generacional de la no aceptación?

De chico sufría mucho por pensar que no me aceptaran los demás, y si hilamos más fino, en la familia de mi padre había un rechazo porque para ellos yo era “morochito”, sentía que mi abuelo no me daba tanto cariño como a los otros primos. Me ponía muy contento jugar con mi abuelo, yo lo quería, recuerdo que él me hacía con los dedos jugar a la cucaracha,
“ahí viene la cucaracha” y pum la aplastaba, y la sacaba. Me divertía mucho pero era eso nada más, no recuerdo que me abrazara, y era lo que más quería, era el único abuelo que conocí.

¡Ligaste el rechazo que sentía tu abuelo por tu madre!

Sí, pero no sabía nada de ese rechazo y yo quería tener relación con la familia. Tenía una muy buena relación con la tía Dora, una tía abuela, un personaje muy excéntrico que apareció en mi vida a los 7 u 8 años. Era la última de los once hermanos que la dejaban como era tradicional en las familias italianas, para cuidar a sus padres cuando llegaran a viejos. Y quedó solterona, pero se rebeló, hizo su vida cuando se murieron los padres, tenía una foto de amazona montando a caballo, y era peronista cuando todos eran radicales y era de Boca cuando todos eran de River, y era muy coqueta, muy maquillada. Y se quedaba unos días en casa, fue un modelo de rebeldía e independencia, yo deseaba que no se haya muerto virgen. Murió en casa en mis brazos el 24 de junio de 1980, fue la muerte de Gardel, me dio mucha felicidad, íbamos a comer, al cine, me conectaba con mi familia, traía su pan de leche, era entre dulce y encantador. Mis primos se burlaban de ella, le decían batidora porque hablaba mucho, y a mí me molestaba esa burla. Ella tenía una manera particular de hablar. Era como una diva de las películas de antes.

¿Ella te estimuló con tu arte?

Si, aunque venía de antes, con mi prima para Navidad y Año Nuevo, hacíamos representaciones y además usábamos títeres. Y sí, a ella le gustaba mucho, hacía participar a los perros… La primera muerte fue la de mi abuelo, pero a mí me sacaron del velatorio, en cambio, mi tía murió en casa en mis brazos y por suerte estuve, yo le dije que se quede unos días. Y yo me acerqué al oído y le apreté la mano y le dije “no tengas miedo, quedate tranquila, yo estoy acá” y ella me apretó la mano y se fue. No me puse a llorar, corrí y fui a buscar un cura. Mi primo que era médico le dijo a mi familia: “¿por qué no se ocuparon más de ella?” Recuerdo esa escena como un acto de justicia. Para mí no supieron reaccionar por cobardes, mi mamá y yo fuimos valientes y nos quedamos, pero mi papá se asustó. La extraño muchísimo a pesar que pasaron tantos años, yo tenía 17 cuando ella murió (las lágrimas brotan por sus mejillas)

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Está presente y viva en vos.

Si, y aún tengo una bolsa que fuimos a buscar donde ella guardaba todo lo que yo hacía, con todos los recortes donde yo salía en los diarios, una revista vocacional que hacíamos en Lavarden. Tengo la foto de ella en casa. Esa fue mi primera pérdida familiar. Escuché a sus hermanas llorar a los gritos, eran unos lamentos desgarradores, me afectó tanto que me puse a llorar ahí mucho y me dio un cachetazo fuerte.

Por eso te cuesta llorar, se viene el cachetazo, y no fuiste contenido en el momento que necesitabas llorar.

¡No puedo llorar frente a nadie!

Me siento privilegiada que lo puedas hacer conmigo.

Gracias. Pocos días después tuve un sueño donde me levantaba de la cama y veía toda mi casa y la veía a ella y la abrazaba y me sentaba en su falda: “Dora sos vos”, “Si soy yo, víne a saludarte a vos y me voy”, y le pregunté: “¿te voy a volver a ver?, y me respondió: “no, donde yo estoy, está todo bien y no hay mas nada”, me dio un beso y me sentí con una paz.

Te pudiste despedir de otra manera.

Y el fenómeno extraño es que mi mamá me dijo que le pareció verla esa noche en la cocina.

Hay mucha conexión con tu mamá y con tu tía, dos mujeres muy importantes.

Si, y cuando tengo que tomar decisiones, hablo con mi mamá y le pregunto qué hago, y ella me orienta, obviamente que soy yo mismo.

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Estas preguntas que hablan de la elaboración de un duelo y de tu identificación con tu madre, “sos vos mismo”. Quedan preguntas sobre la vida de tu madre, si fue o no violada, si Dora amó o no, todo eso que no se habló y arma tu identidad.

Te voy a contar algo al respecto. Mi abuela tuvo otro hombre y un hijo, cuando muere mi mamá, fue a parar a lo del padrastro sería con la nueva pareja que no la quería a mi mamá y esa madrastra la echó. Ahí tenía 7 años mi mamá, y ella quiso huir con su hermano porque esa madrastra era muy malvada;  y no pudo, huyó sola. Tengo una foto de mi abuela con mi mamá chiquita, fue importante tener ese registro, y fue muy impactante porque mi abuela era igual a mí, muy parecida, los pómulos, muy flaquita, un rostro de sufrida, de la década del 30, era maestra. La tengo en un marco. Fue muy importante mi mamá y heredé de ella la fuerza y la valentía. Y extraño mucho a mi hermano, se fue ella y al tiempo se fue él.

Solo quería llevarle buenas noticias, siempre cosas buenas le llevaba, me gustaba que se tiña el pelo, salir al cine juntos… Con los años se puso dura conmigo, quería saber si era homosexual y mi hermano le decía que me deje tranquilo y me deje hacer mi vida. Un enigma que no lo digería.

¿Solo la podías querer a ella?

¡Si, era como un ataque de celos, era terrible! Tenía miedo que maltrate a algún chico con quien yo salía porque se ponía bravísima, quería influenciar en nuestras vidas. Ni mi hermano ni yo lo permitíamos, era muy acaparadora. Mi papá no le pudo poner límites, un día le dije a mi papá: “revelate, no puede ser que te maltrate tanto, decile lo que pensas”. Y cuando tuve muchas peleas con ella, decidí irme de casa, ya es hora de irme, y me fui a los 18 años. Cuando le detectaron cáncer, lo negué, no quería ser consciente, era tarde. El día que murió fue fatal, fue lo más cercano a sentir una suerte de locura, era una desesperación y no sabía qué hacer.  Pedí a mis amigos que se queden conmigo.

Parece que habría que cerrar estos este duelos para que tu identidad devenga sin culpa.

Con papá y con mi hermano estoy en paz, es verdad que con mamá hay algo, como que ella no me deja ser, como si está ahí reprimiendo, para que me permita relacionarme de otra manera con mis afectos. Dejar de tener algo oculto, sigo siendo chiquito, tengo que terminar de llorarla.

Para que entre otro afecto hay que dejar un lugar, dejarla partir y no sentirte hoy invadido por mamá.

No me imaginaba que iba a pasar todo esto. ¡Gracias!

Yo tampoco imagine que iba a pasar esto. En mi trabajo también hay mucha improvisación y creatividad, por eso amo mi trabajo.

Gracias.

A vos por abrirte tanto a esta experiencia.

DEL OTRO LADO DEL DIVAN

Cuando termino una sesión, suelo sentir que ese otro que viene a mi consulta me hace atravesar por una experiencia humana y artística, lo cual me reenvía a la pregunta que se hizo Foucault: “¿Por qué un hombre cualquiera no puede hacer de su vida una obra de arte? ¿Por qué una determinada lámpara o una casa pueden ser obras de arte y no puede serlo mi vida?”

Eso es lo que hizo Fabio Mosquito Sancineto de su vida: una obra de arte, teatralizada con escenas muy fuertes, con una puesta en escena que contienen una fuerza de figurabilidad. Lo que lo hace un gran artista y el Rey de la improvisación, que es en lo que más se distingue, se puede respirar en este encuentro. Improvisó y se dejó sorprender, no imaginando siquiera que íbamos a “pasar por esto”. Así fluyó y me autorizó a que realice un análisis de su vida y de su historia, donde su cuerpo se puso muy en juego, tanto a nivel emocional como en las situaciones traumáticas que pudo contar. Un cuerpo que sufrió desde pequeño por no ser “como pensaban que era”.

Al final de la entrevista le ofrecí dejar bajo secreto profesional lo que quisiera, y me dijo: “confío en vos y podes poner lo que quieras”, le respondí que respetaba absolutamente si no quería contar el trauma vivido y me dijo que ya no tenía que proteger más a su familia. Decidí entonces publicarlo, en principio por él, ya que ésta es su oportunidad de permitirse decirle al mundo algo que lo marcó en su vida. Y en segundo término, porque en este acto de generosidad de autorizarme hacer público un hecho íntimo de su vida, les está dando lugar a que aquellas personas que han sido damnificadas por violación,  no acallen lo que debe ser denunciado. Si bien, gracias a su ataque de pánico y al miedo a la muerte, pudo consultar a un psicólogo, existen muchísimas personas que no lo pueden hacer como efecto del trauma vivido, sienten miedo, vergüenza, se sienten culpables, no quieren hacer sufrir a la familia…

El aspecto transgresor que rompe los prejuicios viene de la parte paterna, y hay un rescate de esa parte paterna en su arte en una mixtura con la extravagancia de la tía Dora, sin embargo, la potencia del  trauma que se replica de manera fractal generacionalmente en su historia, habla de una identificación que está en curso de resignificarse. Hay un duelo que tiene que terminar de cerrarse: una parte de esa madre que hay que duelar, con la cual hay que des-identificarse, para poder devenir quien se es y  poder ligarse a otros afectos. Para eso, hay que duelar su deseo de ser él la madre de su madre para protegerla de los sufrimientos de la vida.

Esa identidad no será algo “etiquetable”: ni el “morocho”, ni el “gay”, ni el “travesti”, hay identidades y deseos que se combinan sin dejarse encerrar en una categoría, y por eso, tiene el arte de improvisar y poder ponerse en la piel de diferentes personajes con sus matices y sin estereotipos que lo encasillen. Su vida como obra de arte da cuenta de cómo se gesta un gran artista que tuvo que saber improvisar para atar los “cabos sueltos” de una novela familiar que lo precede.

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