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La felicidad clandestina de Lispector en su relación al tiempo – Por el grupo: “Los constructores del tiempo” (*)

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Como es habitual, son los escritores quienes realizan una puesta en palabras de la que podemos abrevar como una fuente infinita, nosotros, los psicoanalistas. Es en este sentido que pensar el cuento de Clarice Lispector intitulado “La felicidad clandestina”, nos plantea un interrogante a partir de su mismo título ¿por qué la felicidad es clandestina?

La felicidad del personaje del cuento es para la protagonista principal (relatado en primera persona), el llegar a poder obtener el libro “El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato”. Ella es una niña que pensaba que su compañera poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un papá dueño de una librería”. Sin embargo, si bien tenía ese padre, la niña era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio pelirrojo. Y en su resentimiento, encontró vengarse de la niña a quien veía bonita, y “su mayor crueldad” fue prometerle que al día siguiente se le iba a dar ese deseado libro. La niña iba todos los días esperanzada a buscar el libro y su compañera le decía que se lo prestó a otra niña y que vuelva al día siguiente. Así pasó el tiempo, y nuestra protagonista, anhelaba que le entregara ese libro, y su compañera la frustraba una y otra vez gozando de su venganza.

Hasta aquí ya tenemos un deseo inconsciente con el armado de una fantasía que impone un tiempo de dilación a esa realización del deseo. Podríamos pensar que la felicidad llega al realizar el deseo, sin embargo, el cuento nos muestra otra cosa, y si bien, para cada uno de nosotros la felicidad puede significar algo diferente, parece que siempre es clandestina, y de allí el título. Sigamos con los elementos que tenemos hasta aquí: el proveedor de este deseo, es un padre, y en este caso, el libro, representa algo que él posee, es un objeto donde se desplaza la figura del padre. Ya tenemos fabricada una escena edípica con dos personajes que parecen ser antagónicos y que podríamos interpretar como la misma niña desdoblada en dos aspectos que sostienen la constitución de un síntoma: un deseo y una defensa. El deseo es el deseo “devorador” (palabra usada en el cuento) hacia el padre (depositado en el libro) y la defensa sería la parte de esa niña que desea ser “afearse” para refrenar su deseo incestuoso y así censurar su amor hacia el padre.

Todo esto transcurre en un tiempo que se dilata porque “el plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico”; entonces, el libro no era jamás entregado a la niña hasta que entra en escena la madre de la niña y ahí se completa la situación triangular edípica.

“Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, esa mamá buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: “¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera quisiste leerlo!”.

Y lo peor para esa mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos observaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: “Vas a prestar ahora mismo ese libro”. Y a mí: “Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras”. ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubieran regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer”.

En esta escena la madre es quien habilita el deseo de desear aquello que es significado como re-presentación del padre. Y es por eso que la niña cuenta con asombro que apenas obtuvo el libro, no lo leyó devorándolo como ella lo suponía sino que se dio tiempo. Y así termina este bello cuento:

“Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada. A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante”

Lo que nos enseña el cuento es que la postergación del deseo inconsciente resulta cruel para el Ello, pero pese a “ello”, adviene el Yo. El deseo es siempre clandestino y su realización en ese sentido, siempre imposible, pero es esa imposibilidad que se hace posible que se geste el deseo que pugna por ser satisfecho -finalmente como en el cuento- en otro objeto. La autora inclusive deja abierta la posibilidad de que sea a través del libro como un objeto de amor (sublimación en el objeto de conocimiento) pero también con un amante que la ame como ella deseaba ser amada por su padre.

La otra cuestión que se pone en juego en este cuento es el tiempo. Un tiempo que se inventa a partir de un deseo fundante, un tiempo que parece ser circular porque lo reprimido retorna y va en busca de la satisfacción.

¿Qué tal si pensamos que el tiempo es lineal,  pero que esa línea que parece ir en una dirección, no es una línea recta sino curva? Como un espiral, un tirabuzón, si lo miráramos desde arriba veríamos un círculo donde se superponen sus puntos en el espacio, mostrándonos nuestra historia desde otra posición. Somos dueños de los momentos presentes, después nos contamos historias, y nos cuentan historias, así somos historizados, pero la vivencia es ahora. Ese pasado, se presentifica, y se re-significa en el presente.

Y el tiempo está ligado además a espacio y movimiento. ¿Podríamos hablar de tiempo y no de tiempos en plural  y/o de temporalidad/es? El tiempo, así, ¿existe sin que uno lo pueda pensar o construir? Como categoría intelectual, seguro que no. O sea que habría un nivel se abstracción que nos permite pensar la circularidad. El tiempo está ligado a la complejidad y al pensamiento complejo. Si hay trama no hay circularidad, hay tiempo marcado por las interrupciones y las secuencias.

A diferencia de cualquier forma de saber – cualquier saber es tendencioso- el tiempo efectivamente está ligado a la complejidad y al pensamiento complejo. ¡¿Qué es la complejidad sino la forma en la que se van presentando estas (nuestras) opiniones y nuestras lecturas sobre este cuento?! Arte, filosofía, metafísica, física…  en fin; el psicoanálisis. Quizás la complejidad y la circularidad no se superpongan después de todo, y mucho menos se restan. Pensar un tiempo lineal, no en sentido recto sino como una curva, y la mínima curva es algo que debería en algún punto encontrarse. Al menos la matemática lo plantea así. Matemáticamente es esto lo que lo diferencia de la paralela. La teoría fractal de la naturaleza,  hace referencia a eso mismo, curvas que se encuentran pero al encontrarse generan algo nuevo que siempre es lo mismo. Así lo plantea el “genio” matemático de apellido Malndelbrot en su libro. En este sentido la circularidad de Borges en su cuento “Ruinas circulares”, no es una línea recta propiamente dicha sino una curva que indefectiblemente se relaciona con la noción y moción (compleja) de espacio. ¿La noción de espacio y tiempo, entonces, son circulares? Si intentamos dejar a un lado la pulsión e ir a la realidad concreta, si así no lo fuera, no existiría el GPS, ya que el satélite se distanciaría de nosotros 10 km por segundo y en menos de 10 min estaríamos perdidos.

Ahora bien, si somos dueños de nuestro presente, somos dueños de nuestro deseo, ¿lo somos? De ser así, y siguiendo al querido Calderón en “La vida es sueño”, ¿somos dueños de nuestros sueños? Claro que lo somos porque eso somos: sueños, y siguiendo la línea clásicamente recta éstos son nuestros, pero no hay que ser un experto para saber que no podemos, por ser dueños, del deseo de un sueño aunque este sea nuestro. Y pensar la complejidad que implica el psicoanálisis, es más científico que aquello inalcanzable que creemos realidad, ya que (para quien conoce las leyes de lo inconsciente) la asociación libre  jamás es al azar y, justamente, se relaciona con la temporalidad.

El tiempo es algo que transcurre a pesar nuestro, en una línea de pasado, presente y futuro, conducida por el hilo del deseo. ¿Pero cuáles son los límites del tiempo del deseo? 
Podríamos decir que el limite estaría dado en cada persona, a partir de su nacimiento, su permanencia y su muerte? Ese sería su propio tiempo, distinto y exclusivo para cada individuo.

Por lo tanto, el tiempo no es algo externo sino que está Incorporado a cada conciencia y al espacio físico que la contiene.  Y como nosotros somos espacio y nos movemos dentro del espacio a través de nuestro cuerpo, esto hace que nos convirtamos en el tiempo propiamente dicho. Cada uno de nosotros es un tiempo que se entrelaza con el tiempo de otros. Cada persona tiene su tiempo, tiene su inicio y su fin, por lo tanto hay tantos tiempos como individuos y como materia. La Tierra tiene su tiempo, la luna tiene su tiempo. Cada uno de nosotros se entrecruza con otro y esa complejidad es la que nos deja la huella. Como una araña que teje su tela. Podríamos decir que comprendemos nuestro pasado a través de nuestros actos que dejan huella en la materia, modificando el medio ambiente a través de nuestras obras, con las construcciones que nacen del ejercicio de nuestros deseos. Por lo tanto, las huellas mnémicas en la conciencia también se encuentran materializadas en nuestras construcciones espaciales,  que nos sirven de referencia cada día al despertar de nuestro sueño.

Piaget hablaba de categorías intelectuales que se construyen solidariamente, o sea, en interdependencia y en movimiento transformador.

Hay tiempos subjetivos y tiempos externos al sujeto, aunque éste lo resifnifique y ordene. Están los tiempos sociales.  ¿Cómo  pensar desde la temporalidad la gestación de una revolución? ¿Por qué cuando votamos hacemos una lectura diabólica que se une con la sincronía? Entonces somos espacio y movimiento, ¿por allí circula el deseo? Y esto es lo que se arma como complejidad.  ¿Un devenir? ¿Un ir siendo?

(*) Maestro del Curso “La construcción del Tiempo”: Dr. Ezequiel Achilli. Discípulos: Ceps,  Martino / Etkin, Susana / Kor, Betty / Cabrera, Nene / Guerrero, Ximena / Lanzarotti, Jorge / López Cristina / Tesone, Raquel / Villamizar, Javier / Wassner, Mariana

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