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EL VESTIDOR – Dirección: Corina Fiorillo Por Maximiliano Curcio

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“LA MÁSCARA COMO REFUGIO”

Por Maximiliano Curcio

★★★★

La obra “El Vestidor”, de Ronald Harwood, se exhibe desde Mayo en el Paseo La Plaza, con adaptación de Fernando Masllorens y Federico González del Pino y bajo la dirección de Corina Fiorillo. Con protagónicos de Jorge Marrale y Arturo Puig -quienes venían de compartir escenario en la genial  “Nuestras Mujeres”- coinciden en la galardonada pieza teatral, la cual no es una novedad para la cartelera porteña: en Buenos Aires hubo un antecedente en 1997 -también presentada en el Complejo La Plaza- con las recordadas actuaciones de Federico Luppi y Julio Chávez, y la dirección de Miguel Cavia.

La magistral obra original, autoría del escritor sudafricano Ronald Harwood (ganador de Oscar al Mejor Guión Adaptado por su trabajo en “El Pianista”, de Roman Polanski), y tiene mucho de autobiográfica, en lo referente al personaje que interpreta en la presente adaptación Arturo Puig. Escrita en 1980, inicialmente llegó a la pantalla grande tres años después, dirigida por Peter Yates, y  protagonizada por Albert Finney y Tom Courtenay. Sin embargo, su historia no termina allí; luego de numerosas representaciones teatrales, el cine conocería una versión posterior -en 2015- estelarizada por Anthony Hopkins e Ian McKellen con dirección de Richard Eyre.

La obra en cuestión relata las peripecias que atraviesa una compañía teatral ambulante, en la época de la Segunda Guerra Mundial, luego de que los nazis invadieran y bombardearan Inglaterra. Bajo ese contexto, el relato se centra en las desavenencias de un veterano actor shakespeariano, egocéntrico y narcisista hasta límites insospechados (no obstante, un disfraz para sus propias inseguridades), cualidades que lo hacen volverse meramente insoportable. Pero, eso no es todo: la estrella atraviesa un profundo periodo de crisis personal y artística. Allí aparece la figura de su fiel vestidor -amigo y leal servidor- que, no solo cumple sus caprichos, sino que también le da entereza y confianza, cuando los fantasmas y delirios acosan al afamado intérprete.

A lo largo de la obra, ambos establecerán una compleja relación que no hará más que desnudar intimidades y realidades que atraviesan a toda relación humana sin distinción: los misterios del amor que confunden admiración, miedos, necesidades y vanidades. Allí, en medio de esas tensiones propias del profundo lazo que los une, la relación se teñirá de una dependencia casi simbiótica.

El tema de los vínculos es universal, y aquí “El Vestidor” propone una interesante mirada acerca de la imperfecta naturaleza de la condición humana. Una sabia y reflexiva indagación que tiene como ámbito ese microcosmos que representa el teatro, con su magia y encanto atemporal, en donde se dejarán al descubierto los valores que ponen en juegos las relaciones afectivas y laborales de cinco personajes que comparten los preparativos de un clásico de Shakespeare.

La puesta en escena muestra el camarín de un actor, compuesto por un sillón grande, una mesa que simula un tocador sobre el que hay maquillajes, espejo, fotos, papeles y una peluca-, una tabla de planchar, un perchero y varios elementos más. Allí se desarrollará la historia, con incontables guiños al mundo actoral (el olvido de una letra, el coqueteo con una joven actriz, los caóticos ensayos, menciones a los siempre impiadosos críticos) a lo largo de dos horas absolutamente disfrutables. El oficio de dos actores de raza sobre el escenario, entregándose por entero a dos papeles sumamente exigentes, contribuye a la identificación que el público establece con ellos, mediante una profunda compenetración con la historia y sus acontecimientos. Acompañados en escenas por las actrices Gaby Ferrero, Ana Padilla y Belén Brito, es notable la química en escena que demuestra la multi premiada dupla Marrale-Puig.

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Marrale compone a un actor de cuerpo entero, mostrando con hondura y un magnetismo irresistible el amor que un actor siente por su profesión, también el amor a una amistad incondicional a la que no siempre sabe corresponder y el amor hacia su propia pareja, que lo ama profundamente y tolera cada una de sus locuras e imperfecciones. Aún con ese aire de superioridad y divismo que todo actor estrella posee, el personaje que interpreta Marrale exhibe unas capas bien interesantes de sensibilidad que dotan al mismo de una dimensión notable: en la dependencia que muestra de forma permanente para con Norman, deja ver su fragilidad. Mimetizado con el gran teatro al que pertenece y del que parece constar su existencia, ese gran terreno de la apariencia también deja ver el esfuerzo por mostrarse más fuerte de lo que realmente es ante su entorno.

Bonzo es un ser humano en un momento muy particular: meditando su retiro de los escenarios y atravesando un serio episodio de inestabilidad psicológica que lo deja expuesto y vulnerable, necesita más que nunca de la guía de su fiel servidor. Y allí deja ver una veta de sensibilidad que conmueve genuinamente: el espectador observará un artista en su otoñal ocaso. El actor llamado “Su Excelencia” es un divo absoluto que interpreta Shakespeare como el más grande maestro. Ayer Ricardo III, hoy El Rey Lear y mañana Othello. También puede mutar en apenas segundos y su arrasador y verborrágico carácter convertirse en fragilidad a flor de piel, inestable emocionalmente para hacerse cargo de su papel, despótico para tratar a sus compañeros de trabajo.

El ego que disimula la timidez y busca explorar en los miedos más profundos del actor para buscar algo que lo sostenga de pie en el escenario, constituye, nada menos, el motor que prolonga su labor. Ese que se resignifica en el aplauso de su público como fiel retribución. También aquel que confirma la elección de hacer honor a la vocación, honrada y respetada como una auténtica declaración de principios, aunque el noble oficio depare una vida nómade y de ciertas privaciones. De a ratos mezquino, de a ratos adorable, el personaje de Marrale sufre un profundo trance profesional, su propia tragedia shakesperiana. Obstinado con el papel que le toca interpretar, al mismo tiempo busca libarse de la cruz que su nuevo reto actoral le representa. Uno lo ve desbordado, cometiendo continuos desplantes a todo aquel que lo rodea, su humor oscila entre la altanería  y el patetismo. El espectador, invitado a los pormenores que suceden en el camarín del actor y tras de escena, se da cuenta que está asistiendo a una crónica de una muerte anunciada.

Allí aparece el delicioso personaje que compone Puig en una magnífica interpretación, para otorgar equilibrio a la obra. Norman es el encargado de venir al auxilio de su amigo, para socorrerlo, atenderlo y mimarlo. Su papel consiste en contarle anécdotas de algún amigo  (que no es otro más que él mismo, transfiriendo sus propias frustraciones) que alguna vez también sintió ese desasosiego y esa soledad. Con enorme sensibilidad, Norman también desnuda su corazón y deja ver sueños de juventud, sus ilusiones robadas y un protagonismo en su propia vida que nunca llegó.

Puig, inconmensurable encarnando a Norman, lleva a cabo una interpretación notable, conmovedora y sumamente exigente. Se apodera de un personaje con ricos matices y le brinda una luminosidad superlativa a su interpretación. Su Norman es homosexual, reprimido, alcohólico, soñador y tiene una infantil predilección por las golosinas. Carga consigo ilusiones rotas de un pasado poco favorecedor y su fidelidad es absolutamente inquebrantable. La cara oculta de este personaje deja ver un sufrimiento genuino, su idea del compromiso afectivo es el pilar sobre el que se sostiene la débil estabilidad mental de Bonzo. Claro, a veces es mejor no ver la realidad. Y otras veces, la ingratitud se paga caro. Entonces, Norman se arrodilla y nos enternece: comienza a cepillar meticulosamente una prenda, como si el acto  simbolizara un último gran número.

Pese a seguir la marca clásica de opuestos que se atraen, ambos personajes tienen muchísimo que ver entre sí. Se necesitan, se completan y complementan. Por momentos se repelen, en otros se espejan. Se identifican en sus flaquezas, en sus miserias, en sus debilidades: uno sufre una gran crisis de salud que no puede superar en medio de una exigente interpretación, el otro es un fiel servidor que busca reconocimiento a toda costa y si no lo obtiene se sentirá traicionado. En última instancia, el egoísmo, y las miserias humanas también definen el vínculo que establecen ambos y todos los seres humanos portamos nuestro antifaz.

Por último, cabe mencionar que la obra posee el atractivo extra de representar escenas cotidianas de la vida y los vínculos dentro del ámbito teatral. Resulta paradójico que, en tiempos de guerra, en pleno conflicto, la gente acudiera a los teatros a distenderse. Es curioso, pero es absolutamente cierto. Desde siempre la ficción y los mundos de fantasía que el teatro y el cine construyeron fueron un bienvenido escapismo a una realidad que por momentos se torna atroz. Allí, en pleno conflicto el teatro constituyó ese amparo, un lugar de resistencia para que aflore la imaginación y triunfe el deseo; en definitiva, la vida por sobre la barbarie.  Allí, en ese espacio sagrado, donde la función nunca se puede cancelar, el telón se levantará una vez más y esa celebración que representa el teatro para actores y público por igual, cobrará vida. Con Shakespeare o con “El Vestidor”. Esa fascinación atemporal.

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