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TOM PAIN (basado en nada) de Will Eno – Dirección: Lucio Hernández – Por Dra.Raquel Tesone

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Analizar la obra teatral Tom Pain es, en principio, poner de relieve la interpretación de un actor descomunal como Rogelio Gracia que supo adentrarse en la complejidad de una dramaturgia que es totalmente merecedora de haber salido finalista del Premio Pulitzer. Lucio Hernández con su dirección y una puesta en escena despojada a lo Grotowski, logra que este eximio actor uruguayo reconocido por haber ganado el Premio Florencio Sánchez 2016 por “Fin de partida” y que cuenta con una gran experiencia en teatro y además en cine y televisión, luzca con toda su fuerza escénica y se conecte con el público de una forma muy original. El autor Will Eno es de origen estadounidense y colaboró en la adaptación Rogelio Gracia que supo darle un toque local muy acertado. Ya el título Tom Pain, alude a un nombre común como Tom (para Norteamérica) y un apellido que traducido en español significa dolor. Resulta que Tom podría llamarse Horacio o tener otro nombre, o podés ser vos, o yo y la lucidez de este texto que está plagado de imágenes potentes, irónicas y descarnadas, radica en el paréntesis de su título que dice mucho: (basado en nada).  Y la “nada”, es la gran protagonista de la obra, la cultura del “me da lo mismo”, el dolor que no se responde con la empatía porque el otro como otro está tachado del mapa de las emociones que nos embargan. En este punto, Tom hace una interpelación al público desgarradora: “(…) para usar la expresión que decimos hoy en día para dar fe de nuestra tolerancia estúpida y sobreactuada de todo, el colapso de la distinción, nuestra identidad nacional agonizante – “me da lo mismo” (…) ¿Los asusta? ¿Encontrarse cara a cara con la mente moderna? Debería.”

Su deriva de palabras traducen el sinsentido que pueden cargan las palabras huecas donde todo está en riesgo de vaciarse de sentido al no existir un interlocutor válido. Este borramiento del otro involucra desde la inermidad de un niño con traumas infantiles que metaforizan las pérdidas, los duelos, la muerte de la idea de un compañero fiel así como también el desamparo y la confusión entre lo que hace doler y el deseo de ser culpable del dolor producido por un otro que nos debería proteger y nutrir.  Artilugio que usan los niños como un intento de encontrar un asidero al dolor y salvar lo que podría quedar de “bondad” en el ser que comete un daño. Pero en esta historia, el amor del adulto tampoco redime los traumas de ese niño que aún lo habitan, ese ser amado pasa a ser un otro que por arte de magia o de no sé sabe qué, desaparece de repente, dejándole un agujero infinito y ningún resto de verdad. Y este efecto del desdibujamiento del otro conlleva lo que se dado en llamar en nuestra época: “ghosting”: “(…) Yo soy el tipo de persona de la que no saben nada durante un buen tiempo, pero de repente, de la nada, un día, pum, nunca vuelven a saber nada de mí”.

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En consecuencia, la palabra amor también pasa a ser sólo una palabra vacía.  Esto nos muestra las consecuencias al nivel de la comunicación que no se sostiene en nada y que resulta funcional a una cultura del “todo me da igual”. Hace quiebre con la ilusión que puede haber alguien diferente y que sea sensible a nuestro ser y a nuestros sentimientos. Tom parece esperar la inminente desaparición aún de una mujer que pueda parecer diferente o bien que en cualquier momento se convierta en “una cerda borracha” a la que le prometerá quererla igual mientras cambiará la cerradura de casa. Tom le pregunta a esa mujer que puede vislumbrar diferente: ¿Capaz que nos podemos encontrar, más tarde? ¿Después? Y rápidamente se contesta: No sé dónde voy a estar, así que capaz mejor no nos encontremos. A no ser que vos quieras. Podemos ir a tomar algo. Quién sabe, si tu vida es una mierda yo hasta podría ser un buen partido para vos. Capaz que no tendría que haber dicho todo esto .(…) Y además puedo tener otros planes. Así que olvídate de lo que te dije. Que en algún momento pensé en vos. Olvidáte de que pensé o sentí algo.

Entonces no solo la palabra “amor” sino el sentimiento, se banaliza, y ese otro pasa a ser alguien, cualquiera, todos, todas, ninguno o ninguna, porque no hay nadie que haga una diferencia, todo es igual, todo da lo mismo. Así lo dice Tom: A cada rato se escucha la palabra amor, se usa y se tira. Capaz que cada vez menos, pero todavía pasa mucho. La palabra amor. La usamos para un montón de cosas. (…) No sé. Es que…el frío… cómo se puede… o capaz que fuimos… carajo. (…) No pudo seguir para ver cómo terminaba. No amaba mucho, no amaba bien, amaba con demasiado sudor, mierda, y miedo, con demasiadas palabras largas, demasiadas comas.

Rompiendo lo que en teatro se llama la “cuarta pared”, Gracia consigue que los espectadores le contesten y se sientan implicados con el personaje, porque sus angustias, sus temores, sus deseos, su amor y su odio, entran en conflicto y los hace jugar con tanta verdad y honestidad que puede tocar el alma de todos. Sin embargo, la respuesta es siempre refrendada, paradojalmente, busca en el público a ese otro que lo rescate pero el otro no parece tener una verdadera presencia en su mundo, se diluye y él parece a punto de explotar de angustia con tal de ser escuchado. Pero Tom padece una desolada soledad donde no cabe la esperanza de una sincera escucha del otro y si bien muestra atisbos de una demanda de amor, la sensación de no ser correspondido se traslada en un relato interrumpido por las contradicciones que a todos nos hacen perder el rumbo. Es la nada y a la vez, es el todo; todo lo que nos está sucediendo en un imaginario cultural construido en base a una sociedad mercantilista donde el otro y uno mismo podemos ser un objeto de consumo descartable inmediatamente. El otro parece estar dibujado y en consecuencia, uno también. Y si bien, Tom o el niño Horacio descree de la escucha, logra en su propio soliloquio, convocar e interpelarnos sobre los temores, los dolores y  los sueños de cada uno de los espectadores. ¿Cuándo se les terminó la infancia? ¿Cuánto los lastimaron cuando eran, así, cuando eran así de chiquitos, esa cosita así chiquita lastimable, no más que un par de ojos grandes, un corazón, unas cien palabras en el vocabulario? ¿No es genial cómo nunca nos recuperamos? Lastimaduras y heridas damas y caballeros. Omisiones y abusos, ah, qué paraíso. Vivir en el miedo, adaptando el dolor a nuestra necesidad. Hablo en serio.

Es una crítica dura a una sociedad que nos confina a la soledad y, por momentos, es cruel y provocativamente perturbadora de resistir porque esa nada y ese vacío en el que los seres humanos estamos poblando nuestra existencia, se instala ineludiblemente dentro de la sala y parece como si nos tragara a todos los asistentes. El actor es impecable y atrapa, manteniendo dentro de ese texto caótico un cuestionamiento agudo al público haciéndolo ingresar a su universo y transmitiendo en cada palabra, en sus cambios de voz y de dinámica de velocidad, en sus ralentizamientos, tanto como en sus silencios, la sensación de la nada.

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A través de un libro muy difícil de ser interpretado y corriendo el riesgo de promover reacciones en el público que podrían ser inesperadas, Rogelio Gracia sabe desplegar su arte y logra meterse en la piel de este personaje que no deja de utilizar el humor para gritar sus verdades y confrontarnos con las nuestras.  

Esta crítica social es muy contemporánea y absolutamente necesaria, ya que apela a nuestra sensibilidad que, por momentos, nos instala en el caos del sinsentido para que podamos hacernos cargos de nuestros miedos, nuestros sufrimientos y  nuestros sueños, y a partir de allí, conseguir empatizar con las vivencias de los demás. Tom le dice a un hombre del público: ¿Señor? ¿Querría compartir sus grandes sueños con nosotros? (Inmediatamente) ¿No? No importa. Lo entiendo. No quiere atraer la mala suerte. O no tiene nada para atraer.  O no tiene sueños. O no le gusta compartir. Ay, la vasta gama de posibilidades. Siéntanse libres de sentir lo que quieran. Éxtasis religioso, Anarquía, Temblor, Cosas físicas, Nada, Sangre, A su vecino, A ese extraño con el que se casaron. Cuántas posibilidades tenemos, cuántas maneras de vivir y de morir.

La obra nos deja con un final insólito para seguir pensándonos generando el deseo de salirnos de esta alienación y sensibilizarnos frente al otro y a  nosotros mismos. Un final que nos golpea fuerte y nos sorprende, promoviendo reacciones para darnos cuenta que si no hacemos aparecer a ese otro que es nuestro próximo y si lo seguimos cosificando, desapareceremos todos de la escena de la vida antes que el telón baje.

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