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Después de Casa de Muñecas dirección: Javier Daulte – Por Flavia Mercier

 

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Fotos Patricio Rodríguez / milWatts

Esta obra plantea el regreso de Nora con un inteligente libro de Lucas Hnath. La protagonista de Casa de Muñecas, la célebre obra de teatro de Ibsen, 15 años después de haber cerrado la puerta de su hogar detrás de sí. De alguna manera, en este regreso, Nora vuelve a estar atrapada en una trama de intrigas y mentiras, como en los sucesos que desencadenaron su partida 15 años antes. Entonces fue la mentira de Nora la que podía hundir a su familia. Ahora es la mentira en la que ha vivido Torvald todos estos años la que los ha dejado a todos atrapados. Pero la Nora que vuelve ya no es la misma. No sólo quince años han pasado, sino mucha vida. ¿Cómo resolverá esta Nora el retorno a la escena de las mismas cuestiones? ¿Quién pagará las consecuencias esta vez? ¿Pagó alguien las consecuencias la vez pasada? ¿Quién se hará responsable?

 

 

 

Construida mediante una sucesión de soberbios duelos actorales -que hace muy difícil elogiar la labor de cualquiera de los protagonistas disociada de la labor del otro con quien comparte escenario-; “Después de Casa de Muñecas” no sólo ensaya un camino posible para Nora tras haber dado aquel célebre portazo, sino de cómo este portazo hizo también de umbral para todos los que quedaron detrás de la puerta.

Hace quince años el enfrentar la extorsión, las intrigas y el miedo, haciéndo-se responsable, Nora (Paola Krum) vio como otra imagen en el espejo emergía. Advertida de su potencia, marchó para cultivarla y desplegarla, aunque fuese a costa de dejar a sus hijos. De alguna manera sintió que tenía que criarse a sí misma antes de poder criar a nadie. Salió de la casa en la que residía para habitar el mundo y del recorrido que hizo casi sin equipaje, pero sin dejar de sumar bagaje, resultó el poder oír su propia voz. Y en la resonancia de esta escucha fue encontrando una singularidad para decir, que plasmó en escritura. Y así, Nora pudo ganarse la vida como escritora, ganancia que se produce por el hallazgo de oír-se.

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Hoy Nora se enfrenta a una amenaza de cárcel como consecuencia de la mentira que urdió Torvald para no asumir públicamente, ni ante sus hijos, que ella le había abandonado. Nora regresa entonces para pedir a Torvald que subsane su mentira.

Allí se encuentra primero con Anne Marie (Julia Calvo), su nana y la niñera de sus hijos. Fiel servidora que, sin embargo, no aprueba lo que ahora Nora pretende porque teme por el inestable equilibrio que finalmente reina en esa casa. Anne Marie le hace ver además a Nora, que para defender ideales hay que estar en posición de poder hacerlo. Ella, Anne Marie, no tuvo elección al dejar a su hija, porque ella tenía que trabajar.

La obra retoma en este punto la cuestión de clase que ya se insinuaba en la trama de Ibsen. La causa feminista quedaría atravesada -tal como advierten, hace tiempo, numerosas voces concernidas por la misma- no sólo por la cuestión de género, sino también por la etnia y la clase. Estas condiciones añaden a la situación de sumisión en la que pueden estar muchas mujeres por el sólo hecho de serlo, un notorio plus de vulnerabilidad. Son, por tanto, cada vez más los planteos que reclaman que la lucha feminista no quede disociada de otras luchas que enfrentan la opresión y la violencia.

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En otra escena, aparece Torvald (Jorge Suárez) desorientado, sin entender de qué se le acusa cuando lee la historia de ambos que escribió Nora. Él hizo lo mejor que pudo lo que le enseñaron. De hecho, él sigue intentando hacerlo, y va a arriesgar todo para intentar salvar a Nora, como lanzado a la inmolación, quizás creyendo que así ganará las indulgencias del Gran Otro; quizás sintiéndose atormentado por ese Otro de sí que hoy descubre. Al fin de cuentas, los hombres también llevan en el cuerpo las marcas del padecimiento al que les somete esa forma de organización jerárquica de nuestra sociedad que es el patriarcado, ordenándolos según las muestras de narcisismo y crueldad de las que son o no capaz: ansiedad, insomnio, taquicardias, impotencia …

Quien podría pagar las consecuencias de ese sacrificio que Torval ofrece a Nora, podría ser Emmy (Laura Grandinetti), la hija de ambos. Emmy se presenta ante Nora como ante una extraña y como si se hubiese transformado en su alter ego. Necesitada de ser alguien para alguien, según sus palabras, Emmy le pide a Nora que se marche dejando las cosas como están para que no se desbarate el matrimonio que está a punto de contraer y la vida que conlleva. Sería fácil formular la hipótesis que son las marcas del abandono materno las que llevan Emmy a identificarse con su madre por la vía de la oposición. Sin embargo, esa sería una lectura moralista, de la que el buen teatro huye. El planteo de la obra parece ir mucho más allá. Interpela al espectador sobre cómo pasar el deseo de una existencia (¿No es acaso de lo que se trata en la función de “dar la vida”?), si se renuncia al propio deseo.

Nora queda así confrontada con la eventualidad de dejar de existir pasando al anonimato para que su hija tenga una vida con la que sueña pero, que resulta tan contraria a lo que Nora considera deseable o cercana a una existencia. O, defender la existencia que se ganó aceptando el sacrificio de Torvald que le permitiría vivir como una mujer libre, aunque dejando caer las consecuencias sobre Torvald y Emmy.

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Llegados a este punto de la historia, un torrente de preguntas derrama de la escena ¿Se puede ser libre cargando con la culpa de la infelicidad ajena? ¿Se puede vivir renunciando al propio deseo? ¿Qué les legaremos a nuestros hijos con nuestras renuncias? ¿Por qué Nora no volvió antes y compartió con sus hijos su hallazgo? ¿Por qué no les dio la posibilidad de saber de otra cosa? ¿Cuál de los caminos conduce mejor a cumplir la misión que Nora cree tener cuando dice “…el mundo no va a ser como yo creo que va a ser, a menos que yo empiece a cambiarlo “?

La obra de Ibsen ponía el foco en las relaciones sociales que se inscriben a partir de la relación con el dinero. La mujer que Nora era antes, inmersa en un matrimonio que la dejaba bajo la tutela de su marido, no era un sujeto de pleno derecho: no tenía derecho a asumir una deuda porque no tenía derecho a asumir obligaciones socialmente. “Después de Casa de Muñecas”, trata de la responsabilidad, de quién está en posición de responsabilizarse y qué efectos produce responsabilizarse del propio deseo; posición por la que el sujeto gana el advertirse de los propios derechos, por los que asumirá deberes frente a otros y con su Otro. Por tanto, ambas son condiciones necesarias para la emancipación del sujeto. ¿Cómo resolverá entonces esta Nora emancipada la paradoja a la que se enfrenta?

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